Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

E leanor camina hacia el aula donde tiene que impartir su clase con su maletín en una mano y un café en la otra.

Todavía siente esa incomodidad que arrastra en cada una de las que imparte, porque se siente como una especie de impostora, alguien que todavía no se ha acostumbrado a su nuevo puesto y que tiene que plantarse delante de veintitrés alumnos que ya no la miran como a la rectora a la que hay que tratar con cuidado, sino como a la exrectora a la que observan como si trataran de adivinar lo que queda de ella.

Cuando Eleanor entra, algunos elevan la vista y otros siguen a lo suyo hasta que ella deja el maletín sobre la mesa con un ruido seco que provoca que todos levanten la cabeza.

Es consciente de que la respetan, solo que todavía no saben cómo tratarla porque ni siquiera ella misma sabe cómo debe permitir que lo hagan.

—Buenos días —dice, paseando la mirada por cada uno de ellos.

La clase se llena de respuestas que se mezclan entre ellas y Eleanor asiente y da un sorbo a su café antes de comenzar.

La primera media hora es técnica y Eleanor repasa los fundamentos del control de constitucionalidad, la doctrina de los actos políticos y el margen de apreciación del legislador.

Lo hace de forma correcta, con la estructura que conoce desde hace treinta años, pero con la rigidez de quien está más pendiente del continente que del contenido.

Escucha su propia voz y la reconoce como la misma que utiliza en las reuniones y no con la que piensa.

Los alumnos toman notas, algunos con más atención que otros, y Eleanor siempre los mira mientras habla, en busca de alguno que esté completamente distraído.

Una chica en la segunda fila tiene el bolígrafo suspendido sobre el cuaderno desde hace varios minutos, no es que no preste atención —porque la mira fijamente— pero eso significa que espera algo que todavía no ha llegado, algo que no sepa ya o algo brillante que la haga sumergirse en la clase por completo.

Eleanor pasa al caso Marbury contra Madison y lo desarrolla con la precisión de quien lo ha explicado tantas veces que podría hacerlo dormida, y está a punto de pasar al siguiente punto del programa cuando una mano se levanta en la tercera fila.

Es un chico con gafas y un cuaderno donde Eleanor puede ver, desde donde está, que ha escrito más de lo que ella ha dicho. Eso significa que estaba pensando mientras escuchaba, que es lo que Eleanor siempre ha considerado la única forma correcta de escuchar.

—¿Sí? —dice Eleanor.

—Si el Tribunal Supremo tiene la última palabra sobre qué es constitucional —empieza el alumno, con miedo de no saber si la pregunta es demasiado elaborada para este momento o está mal planteada a ojos de una mujer que brilla en este campo, aunque no quiera—, ¿quién controla al Tribunal Supremo?

Porque si la respuesta es nadie, entonces la constitucionalidad no es un límite al poder, es solo el nombre que le da el poder a sus propias decisiones.

El resto de los alumnos se quedan completamente quietos al escucharlo mientras Eleanor lo mira.

El chico le sostiene la mirada, pero parece asustado como si dudara, como si su pregunta ahora que la ha vocalizado le pareciera una torpeza y ya no pueda hacer nada para cambiarlo porque su profesora lo ha escuchado.

Algo se remueve en el interior de Eleanor, algo que llevaba mucho tiempo dormido, una especie de chispa que recuerda de sus primeros años dando clase, cuando todavía no era rectora ni jefa de departamento ni nada más que una profesora de treinta y dos años que se quedaba en el aula veinte minutos después de que los alumnos se fueran porque la conversación con alguno de ellos seguía en su cabeza.

—Es una pregunta que Alexander Hamilton ya se hizo —responde Eleanor, y su voz suena tan diferente, sin el tono monótono habitual, que hasta ella misma se sorprende—.

Y la respuesta que dio en el Federalista número setenta y ocho fue que el Tribunal no tiene ni la espada ni la cartera, solo el juicio.

Lo cual es una forma muy elegante de decir exactamente lo que usted acaba de decir: que su poder depende de que los demás lo acepten como legítimo.

El alumno frunce el ceño.

—Entonces es frágil.

—Todo el derecho constitucional es frágil —aclara Eleanor, y da un paso desde detrás de la mesa y se coloca delante, apoyando el culo en la madera—.

Es un sistema que funciona mientras la gente cree que funciona.

En el momento en que el ejecutivo decide ignorar una sentencia del Tribunal y nadie hace nada para impedirlo, el sistema se ha roto, aunque los papeles digan que sigue en pie.

¿Conocen el caso de Worcester contra Georgia?

Casi todos niegan con la cabeza, pero la chica de la segunda fila ha vuelto a poner el bolígrafo sobre el cuaderno, interesada.

Eleanor les cuenta el caso. Andrew Jackson, el Tribunal Supremo dándole la razón a la nación cherokee y Jackson ignorando la sentencia. «John Marshall ha tomado su decisión, que la ejecute él» .

—La frase que probablemente nunca dijo, pero que resume con exactitud lo que pasó: es que el Tribunal falló y no pasó nada, porque el Tribunal no tiene la espada ni la cartera, solo el juicio, y ese día nadie aceptó su juicio.

El aula está en silencio. No el silencio pasivo de quien espera a que termine la clase, sino el otro, el que Eleanor reconoce porque lo ha visto pocas veces y siempre le ha parecido una prueba de que algo está funcionando.

—Entonces —dice el alumno de las gafas—, ¿el derecho constitucional es en el fondo una convención social?

—Toda la ley es una convención social —responde Eleanor—. La diferencia es que la constitución es la convención sobre la que se apoyan todas las demás. Si esa cae, no se cae sola.

La chica de la segunda fila levanta la mano y Eleanor no mira el reloj en los siguientes veinte minutos.

En el pasillo, Julia, que pasaba por delante del aula en ese momento, se ha detenido en seco al ver a Eleanor dentro, sorprendida por ese tono eufórico con el que solía debatir casos con ella. La puerta del aula está medio abierta y Julia se asoma con cuidado.

Eleanor está de pie, apoyada contra su mesa en posición relajada, gesticulando con las manos al hablar, con una expresión que Julia solo le había visto en la cama de madrugada cuando se enzarzaban en alguna discusión sobre derecho penal, sobre filosofía política o sobre cualquier cosa que les diera un motivo para seguir hablando en lugar de dormir.

Es la misma expresión de cuando Eleanor se olvida de ser Eleanor Morley y es simplemente alguien a quien le importa lo que está diciendo.

Julia sonríe sin poder evitarlo y, cuando se da cuenta de que lo ha hecho, se aparta de la puerta y sigue caminando, molesta consigo misma por transportarse de inmediato a esos momentos que le recuerdan las manos de Eleanor en su espalda cuando estaban en la cocina y le susurraba al oído algún caso que hacía que su mente volara.

Le encantaban esos ratos casi tanto como perderse en el cuerpo de esa mujer.

«Maldita seas » , piensa, apretando los puños para contener la frustración que siente.

Cuando la clase termina, los alumnos recogen con prisas, pero el chico de las gafas se queda un minuto más mientras guarda sus cosas.

—Era una pregunta seria —dice, como si necesitara confirmar que Eleanor lo considera así.

—Lo sé —dice Eleanor—. Por eso la he respondido en serio.

El alumno asiente y se marcha, dejando a Eleanor sola en el aula.

La profesora se sienta de nuevo en el borde de la mesa, que es algo que nunca haría en una reunión de rectorado y que, sin embargo, era su posición natural cuando daba clases hace años.

Mira las sillas vacías y la pizarra donde ha empezado a escribir al inicio de la clase y de la que se ha olvidado por completo porque no la necesitaba.

Como rectora, dirigía. Ella establecía el marco, fijaba los límites del debate y orientaba las conclusiones hacia donde necesitaba que fueran porque siempre había algo que conseguir, algún resultado que justificara la reunión.

Aquí no busca nada que no sea que sus alumnos la escuchen y se hagan preguntas.

Eleanor mira la pizarra otra vez y piensa en los primeros años, en aquellas clases que impartía donde todavía creía que enseñar era la cosa más importante que podía hacer, antes de que los cargos fueran llegando y la convencieran de que lo relevante estaba en otro sitio.

Piensa en cuándo empezó a creer eso y no encuentra el momento exacto; fue una acumulación de pequeñas decisiones que parecían razonables por separado, y que juntas construyeron a la mujer que presidía reuniones desde la cabecera de una mesa y ya no recordaba lo que se siente cuando un alumno hace una pregunta que no tiene respuesta fácil y el aula se queda en silencio.

Recoge el maletín y el café, del cual se ha olvidado por completo y está frío, y apaga la luz del aula.

Sale al pasillo y camina hacia el exterior del edificio porque necesita que le dé el aire antes de volver al despacho, o eso es lo que se dice, porque en realidad lo que necesita es ese momento para caminar sola después de una clase que no esperaba que fuera así.

El campus a esta hora tiene mucho ruido: hay grupos de estudiantes moviéndose entre los edificios, gente comiendo en los bancos y el sonido del tráfico llegando desde fuera de las verjas.

Eleanor lo cruza sin prisa, ajena a todo lo que hay a su alrededor porque por primera vez desde que volvió, no se siente como alguien que está ocupando un sitio que no le corresponde.

Es una sensación que le resulta extraña y agradable al mismo tiempo.

No es una revelación ni un punto de inflexión, ni ninguna de las cosas que en otras circunstancias habría clasificado y archivado en su cabeza.

Es simplemente que, durante los últimos cuarenta minutos en un aula de tercer año, Eleanor Morley no ha pensado en lo que perdió.

Ha pensado en lo que estaba haciendo y se ha sentido cómoda.

Lo único que enturbia todo eso es que lo que más le apetece ahora mismo es contárselo a Julia: hablarle de la pregunta del alumno, la dirección que ha tomado la conversación y el silencio del aula cuando Eleanor habló de Worcester contra Georgia.

Julia habría tenido algo que decir sobre todo eso, algún punto de vista desde el derecho comparado o desde la teoría política que habría obligado a Eleanor a reformular su respuesta, y se habrían pasado una hora larga contrastando argumentos con el placer de dos personas que piensan de forma parecida, pero no idéntica.

Eleanor se detiene junto a la fuente del patio central, consciente de que antes de poder hablarle de nada, tiene que arreglar lo que rompió.

El problema es que todavía no sabe cómo, y que cada día que pasa sin saberlo es un día más que Julia puede utilizar para construir una vida donde Eleanor no tiene un sitio reservado.