Capítulo 13
E leanor lleva más de la mitad de la sesión con la doctora Lamond hablando de la universidad, de las clases —también ha mencionado el seminario de Julia por encima, de cómo lo defendió en la reunión— y de que su relación con Grace está volviendo a la normalidad.
No a una verdadera relación de madre e hija, porque esa era la que estaban reconstruyendo cuando Eleanor desapareció y lo echó todo por tierra, pero sí que han vuelto al punto en el que estaban, poniendo de su parte —sobre todo Eleanor, que es la que había fallado— para que al fin lo consigan.
—Conocí a la nueva rectora —explica Eleanor, que no ha parado de hablar desde que ha llegado.
Lamond mira el reloj y luego a Eleanor. Sabe que su paciente solo tiene un motivo para hablar tanto: evitar que la doctora pregunte por el tema más incómodo para ella, por eso incluso habla de la relación con Grace, porque intenta darle algo que demuestre que avanza, pero la doctora considera que ya es suficiente.
—¿Cómo está Julia?
Eleanor cierra la boca de golpe, sintiendo que el corazón se le sube a la garganta en cuanto escucha su nombre. Todavía no comprende por qué le sigue acelerando el pulso de ese modo, pero la profesora sigue provocando ese efecto en ella a pesar de que prácticamente no le dirige la palabra.
—Ya hemos hablado de Julia —dice Eleanor, cruzando una pierna sobre otra.
Se lleva las manos a la melena y se recoge el pelo como si fuera a hacerse una coleta justo antes de soltarlo de nuevo.
—Hemos hablado del seminario de Julia y de que Julia intervino en la reunión del claustro, pero no hemos hablado de Julia —corrige la doctora.
Eleanor se muerde el interior de la mejilla y mira hacia la puerta durante un segundo, pensando que podría levantarse y salir ahora mismo, porque ella es la que paga, y por lo tanto, decide lo que pasa. Casi sonríe cuando se da cuenta de que en esta consulta sigue conservando su poder.
—Está bien —responde con sequedad.
—Claro —dice Lamond—. ¿Ha hablado con ella?
—Lo intenté —confiesa Eleanor—. Fui a su despacho y lo intenté.
—¿Pero?
—Me quedé en blanco, y ella no estaba por la labor de soportar mi presencia, así que me fui —dice Eleanor, aunque sabe perfectamente que más bien fue Julia quien la echó.
—¿Qué hubiera querido decirle?
—¿Cómo? —Eleanor frunce el ceño y Amanda Lamond anota algo en su libreta.
—Ha dicho que se quedó en blanco. ¿Por qué no prueba conmigo? Dígame lo que quería decirle a Julia y quizá la próxima vez sí que sea capaz de hablar.
Eleanor mira ahora hacia la ventana, descubriendo que hay una planta nueva que está en una maceta demasiado pequeña para su tamaño.
—Quería disculparme, decirle que lo siento y explicarle mis razones. Aclararle que no hice lo que hice porque no me importara y que ella no es culpable de nada.
Lamond asiente, con la sensación de que Eleanor, en realidad, no le está diciendo nada.
—¿Y por qué piensa que no pudo decirlo?
—No lo sé, la miré y se me fue todo de la cabeza —responde Eleanor, entre frustrada y decepcionada consigo misma.
—La última vez que hablamos —empieza Lamond—, me contó dos cosas. El correo de reincorporación que la paralizó y el miedo a depender de Julia. Me dijo que había más, pero que no estaba lista para hablar de ello. Han pasado seis semanas desde aquella sesión, señora Morley.
—Sí.
—¿Está lista ahora?
Lamond espera sin presionar, manteniéndose en silencio mientras Eleanor decide si quiere responderle.
—Sé que fui yo la que eligió no volver, pero la soledad me aplastaba a partir de ese segundo mes.
El primero la necesitaba, el viaje en solitario estaba cumpliendo su cometido, me estaba ayudando a entender ciertas cosas de mí misma y a comprobar que lo que siento por Julia es real porque la echaba demasiado de menos.
—¿Y qué pasó después? ¿Por qué cree que se sentía tan sola desde que decidió seguir el viaje?
—No lo sé, sentía que todo lo que pensaba rebotaba en las paredes y volvía a mi cabeza de manera amplificada.
—¿Qué era lo que rebotaba?
Eleanor abre la boca y la cierra un par de veces antes de responder.
—La voz de mi padre —confiesa, y un escalofrío helado le atraviesa la columna mientras Lamond toma notas.
—¿Qué le decía su padre?
—Que era patética, que necesitar a alguien a mi edad era una forma de debilidad injustificable.
Que la mujer que había comenzado a ser, esa que no sabía estar sola, que temblaba cuando la tocaban y que llamaba a Julia solo porque necesitaba escuchar su voz, no era alguien que Julia mereciera tener en su vida.
Lamond vuelve a tomar notas.
—Y usted le hizo caso a esa voz.
—Supongo.
Eleanor tiene la mirada vacía porque siente tanta vergüenza de sí misma que no puede soportar mirar a la doctora a los ojos.
Le hizo caso a esa voz de su padre con el mismo miedo con el que se lo hacía cuando era adolescente y él la pilló a punto de besar a Clara.
Eleanor tiene clavada en la memoria esa mirada de asco y rechazo de su padre, y está convencida de que es la misma con la que él la miraría ahora si pudiera verla.
—Me convencí de que lo mejor que podía hacer por Julia era no volver —sigue Eleanor—.
Que si volvía, iba a hacerla cargar con algo que no le correspondía cargar.
Que la Eleanor que se marchó en septiembre era alguien a quien ella quizá podía querer, pero la que estaba en esas habitaciones de hotel a las dos de la mañana dejando que el recuerdo de su padre la quebrara, era otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Un problema. Siempre he sido un problema para Julia.
Me costó aceptar lo que sentía y la hice esperar y, cuando logré aceptar esa parte, me quedaba la otra, la que no me permitía dejar que me vieran en público como una mujer que se acuesta con otra mujer.
Y Julia siempre estaba ahí, paciente, sin exigir nada, pensando que volvería de ese viaje renovada, más fuerte y dispuesta a demostrarle que la quiero de verdad, pero ahí también fallé.
Eleanor no sabe si ha divagado o ha respondido bien a la pregunta que Lamond le ha hecho, pero ha dicho lo que siente, que básicamente es que es un fraude que no estuvo a la altura de lo que Julia necesitaba ni siquiera cuando estaban juntas.
—¿Por qué volvió entonces, señora Morley?
El rostro de Eleanor se contrae en una mueca y logra mirar a la doctora, mostrando su confusión.
—Ya lo sabe, se me acabó el año sabático.
—Sí, ese es el motivo que usted intenta creerse, pero ese año solo se acababa si usted lo decidía.
Nadie la apuntó con una pistola para volver, si hubiera querido seguir siendo invisible, habría tratado de llegar a un acuerdo con la nueva rectora para conseguir más tiempo, o simplemente se habría despedido del trabajo.
En cambio, usted eligió volver a pesar de que lo hacía con un cargo inferior al que tenía, sin despacho propio y sin ser la persona que dirige todas las reuniones.
El silencio se alarga al menos un minuto después de que Lamond termine de hablar. Ese es el tiempo que Eleanor necesita para que los engranajes de su cabeza se muevan y comprenda que la doctora no es estúpida y ve mucho más allá de lo que ella intenta mostrar.
—¿Eleanor? —insiste Lamond que, para esta pregunta, sí que quiere una respuesta.
—Porque no soportaba seguir sin verla —reconoce en un susurro—. Echaba de menos a Julia como el respirar y, aunque sabía que había acabado con cualquier posibilidad de que me mirara a la cara tras mi regreso, necesitaba verla.
—Creo que es la primera vez que es realmente sincera conmigo —la doctora la mira con expresión entre satisfecha y sorprendida.
Eleanor se ofende.
—Nunca le he mentido.
—No, no lo ha hecho, pero tiene usted una habilidad sorprendente para decir verdades a medias de modo que parezcan verdades completas.
Que se le acabó el año sabático era verdad, pero que no podía seguir sin ver a Julia también lo es, y usted solo mencionó el primer hecho hasta que se ha sentido obligada a mencionar el segundo.
Eleanor no responde, porque no puede defenderse de ninguna manera.
—Hemos de trabajar más en lo de su padre. Creo que, de alguna manera, él le enseñó que necesitar es sinónimo de debilidad —dice Lamond—, tal vez no lo hizo con esas palabras, pero sí con sus actos.
—Mi padre ya no está —dice Eleanor.
—Pero vive dentro de usted en forma de trauma, y está afectando a su capacidad de enfrentarse a lo que siente.
Cada vez que se acercaba a Julia —continúa la mayor de las dos—, algo en usted activaba esa voz.
Y en lugar de reconocerla como lo que es, que es el miedo de una joven de quince años que aprendió que querer de cierta manera era peligroso, usted le dio la razón. Huyó.
—No quería hacerle daño a Julia —susurra Eleanor, aturdida.
—¿Y qué cree que le hicieron dos meses de silencio?
La pregunta no necesita respuesta porque Eleanor ya la sabe.
La conoce desde que Grace se la hizo con otras palabras en el sofá de su apartamento, al igual que Lamond en su consulta durante la primera sesión y desde que ella misma intenta convencerse de que no quería hacerle daño como si la intención borrara la consecuencia.
—Le hice lo mismo que me hizo mi padre —dice, cuando por fin lo entiende.
—Exacto, su padre la abandonó emocionalmente, y usted abandonó a Julia del mismo modo para no tener que aceptar que la necesita y que la quiere tanto que eso le da pánico.
—¿Y qué se supone que debo hacer ahora? —pregunta Eleanor.
—Empezar a ignorar la voz de su padre. Usted no hizo nada malo cuando era adolescente, y tampoco estaba haciendo nada malo queriendo y deseando a Julia.
—Pero la necesidad…
—Necesitar a alguien no la vuelve débil, Eleanor.
Usted es una mujer muy capaz de sobrevivir sola, tiene su trabajo, su casa y una vida que seguirá viviendo si Julia no está en ella, pero que mejorará mucho si Julia sí que está, porque usted necesita ese cariño que ella le proporciona, el apoyo y la estabilidad que se obtiene en las relaciones sanas.
No se conforme con lo que no la hace feliz, Eleanor, eso sí que será el mayor error de su vida.
Cuando sale de la consulta, Eleanor solo tiene una frase en su cabeza: la abandonó emocionalmente para no tener que aceptar que la necesitaba.
Es lo que hizo, una actitud completamente cobarde para la que ha buscado excusas de todo tipo. El correo de reincorporación solo fue un detonante, el resto lo hizo ella dejando que el miedo la paralizara y le impidiera ver la realidad que Lamond acaba de explicarle.
Piensa en su padre y se da cuenta de que es cierto, ha trasladado su trauma a Julia, y la consecuencia es que, más de treinta años después, su padre ha logrado separarla de nuevo de una mujer.