Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

—Hola, mamá —dice Grace cuando abre la puerta del apartamento.

Eleanor entra y besa la mejilla de su hija, a la que no ha visto desde que la recogió en el aeropuerto.

Es sábado por la noche y Grace le escribió ayer para decirle que la invitaban a cenar.

Eleanor estuvo a punto de contestarle que no podía porque sabe que Grace le va a exigir respuestas, pero no se negó porque una de sus prioridades es recuperar la relación con su hija, la que había comenzado a funcionar antes de marcharse y que ella se encargó de estropear con sus malas decisiones.

—Hola, Grace —dice, y se quita el abrigo, dejándolo sobre el respaldo de una silla mientras acompaña a su hija a la cocina—. Huele bien, Dumont —añade cuando la encuentra frente al fogón.

—Eso espero —dice, torciendo una sonrisa—. Me alegro de que haya venido.

Natalie se acerca y le da un apretón en el brazo, después saca una copa limpia del armario y la rellena con el mismo vino que está bebiendo ella mientras cocina.

—Gracias —dice Eleanor, y da un trago largo que, de algún modo, hace que se sienta más tranquila—. ¿Tú no quieres? —le pregunta a Grace.

—No, yo solo estoy supervisando a Natalie en los fogones, ya sabes, para que no queme la casa —dice, mirando hacia Natalie con una sonrisa torcida y provocadora.

Natalie se gira y la fulmina con la mirada.

—A la única que hay que supervisar en la cocina es a ti, cualquier día prenderás fuego al apartamento.

Grace se ríe y se acerca para darle un beso rápido en la mejilla.

Después abre un armario y empieza a sacar platos mientras Eleanor las observa desde el umbral de la puerta.

Sonríe sin darse cuenta, porque le gusta la felicidad que percibe en su hija y le gusta ver la cotidianidad con la que ambas se mueven por la cocina sin molestarse, y solo deja de sonreír cuando se da cuenta de que algo como esto es lo que ella estaba empezando a construir con Julia, pero metió la pata.

—¿Os ayudo con algo? —pregunta, porque se siente incómoda sin hacer nada.

—No hace falta, solo queda controlar el horno, lo demás está listo —dice Natalie—. ¿Por qué no vais al salón a poneros al día? Yo me quedo limpiando esto.

Eleanor nota que el pulso se le acelera cuando Grace le hace un gesto para que la siga. Natalie ha sido sutil al deshacerse de ellas, aunque Eleanor sabe de sobra que probablemente ya lo habían hablado antes de que ella llegara para que Grace pudiera quedarse a solas con su madre.

Eleanor la mira y Natalie sonríe antes de darse la vuelta.

Hay algo en esta mujer que siempre la ha desconcertado, una especie de capacidad para ver exactamente lo que la gente necesita sin que se lo digan, que Eleanor admira y que le resulta ligeramente irritante al mismo tiempo.

Se pregunta si Grace lo sabe, si se da cuenta de lo que tiene y se esfuerza lo suficiente por conservarlo.

—Siéntate, mamá —dice Grace cuando llegan al salón, señalando el sofá.

Eleanor se sienta en una esquina, con la espalda recta como en la consulta de la doctora Lamond, solo que ahora tiene la copa de vino en una mano.

—Julia vino la otra noche —suelta Grace, y a Eleanor por poco se le resbala la copa entre los dedos.

No pregunta cuándo ni qué le dijo, solo se mantiene a la espera, mirando a Grace con el aliento contenido.

—Me contó que os encontrasteis en el pasillo —Grace arrastra una silla y se sienta frente a su madre como si fuera un interrogatorio, aunque dejando un espacio considerable para no incomodarla—. ¿Has intentado hablar con ella desde entonces?

—No —responde Eleanor, antes de dar un sorbo y dejar la copa en la mesa central.

Grace niega con la cabeza muy despacio mientras mira algún punto entre su madre y el suelo.

—Lo intentó, mamá, pero de verdad que no te entiendo —dice frustrada.

—Grace…

—Necesito que me expliques qué fue lo que te hizo tomar la decisión de no volver —la corta su hija—. Y te pido por favor que no me mientas, dime la verdad. ¿Qué mierda se te pasó por la cabeza para actuar de esa manera tan…?

Grace no termina la pregunta porque se da cuenta de que todavía no ha encontrado una palabra adecuada para describir el comportamiento de su madre.

—Es complicado —dice Eleanor, cogiendo la copa de nuevo porque necesita hacer algo con las manos.

—Contigo todo es complicado —suelta Grace, mirándola fijamente—.

Te fuiste por un mes y después dijiste que necesitabas uno más.

No quise preguntar porque consideré que tendrías tus motivos, pero después dejaste de contactar y yo comencé a recibir las llamadas de Julia porque no sabía nada de ti.

Te has pasado los últimos dos meses sin apenas dar señales de vida.

Dos meses, mamá —repite y se levanta—. Te pasaste años echándome en cara que hubiera abandonado los estudios, pero yo al menos tenía un motivo, y desde luego no me escondí.

—Sé lo que hice —dice Eleanor, que no puede escuchar más reproches porque se avergüenza de sí misma.

—Entonces explícamelo, porque yo lo que veo es que hiciste exactamente lo mismo que hacías cuando yo era una niña —Grace se vuelve a sentar y apoya los codos en las rodillas—.

Cuando algo te superaba, desaparecías. No físicamente, porque estabas en casa, pero era como si no estuvieras.

Te encerrabas en el despacho, te sumergías en tu trabajo y yo podía estar llorando en mi cuarto que tardabas horas en enterarte.

Eleanor contiene el aliento, sintiendo el pulso palpitarle detrás de las orejas.

—Y ahora lo has hecho de verdad —sigue Grace, soltando todo lo que ha estado conteniendo desde que su madre regresó—. Has desaparecido de repente, justo cuando pensaba que tú y yo podíamos arreglar toda la mierda que arrastrábamos y podíamos tener al fin una relación de madre e hija.

—Grace, eso…

—Espera —Grace la corta otra vez—. Lo nuestro se puede arreglar, supongo —dice, y ladea la cabeza, pensativa—, eres mi madre y tendría que pasar algo muy grave para que no te quisiera en mi vida…

A Eleanor se le aprieta tanto la garganta que se hace daño al tragar.

Quiere levantarse y abrazar a Grace, estrecharla con fuerza entre sus brazos y suplicarle que la perdone mientras le explica que nunca pretendió romper nada, pero que a veces no sabe cómo actuar para arreglar las cosas.

Quiere hacerlo, pero no se mueve porque Grace tiene derecho a decir todo lo que piensa, a desahogarse hasta quedarse vacía, y Eleanor debe escuchar hasta la última palabra.

—Lo que no comprendo es lo de Julia —ahí va la frase que probablemente la remate—, pensaba que estabais bien, que ella te gustaba de verdad.

Joder, mamá, no lo pensaba, estoy segura de que era así, pero también desapareciste para ella, apartaste de tu vida a la única persona que, en cuestión de meses, te arrancó más sonrisas de las que yo te he visto en toda mi vida.

Eleanor siente una pulsación en el centro del pecho, es como un golpe seco que le corta la respiración y detiene sus latidos un par de segundos antes de que vuelva a funcionar.

Aunque no lo pretendía, Grace le ha dado donde más le duele, en la parte de su corazón que tiene reservada para su hija y en la que tiene para Julia.

Abre la boca, consciente de que Grace está esperando a que se explique, a que le dé una razón lógica para lo que hizo, pero las palabras no le llegan en ese momento.

—Mamá —dice Grace, porque ha pasado un minuto y Eleanor parece catatónica.

—Necesitaba espacio, Grace. Necesitaba pensar, saber quién era.

Grace frunce el ceño.

—¿Saber quién eras? Eres Eleanor Morley, mi madre.

Eleanor parpadea, sorprendida por la facilidad de Grace para resumir las cosas.

—Sí, soy tu madre —confirma Eleanor—, pero no sé quién soy para Julia.

—¿Qué es lo que no sabes? —pregunta Grace, bajando el tono de voz porque necesita que su madre deje de estar tensa y le hable de una manera que ella pueda comprender.

—Julia se enamoró de mí cuando era rectora, cuando era una figura de poder, alguien incluso inalcanzable a ojos de los demás. Ahora no soy nada de eso, Grace.

A Grace le entran ganas de gritar y preguntarle si ha perdido la cabeza, y probablemente lo haría si Eleanor fuera diferente, pero ella mejor que nadie sabe lo difícil que es para su madre enfrentarse a los cambios, y lo cierto es que en el último año sufrió unos cuantos importantes: como descubrir que le gustan las mujeres a una edad donde todo parece más caótico y perder un puesto de trabajo que adoraba.

—Me siento muy perdida, Grace —confiesa de repente—, no sé quién soy sin ese cargo, ni si podré adaptarme alguna vez a no tener autoridad, a no tener nada que haga que Julia me mire como antes.

Por primera vez esta noche, Grace no sabe qué decir. Sigue pensando que su madre ha actuado mal, pero no puede culparla por sentirse perdida, aunque tampoco sabe cómo ayudarla.

—¿Has hablado de esto con la doctora Lamond? —pregunta finalmente, levantándose de la silla para sentarse en el sofá.

—Sí, estoy en ello.

—Bien, porque Julia no te está esperando, mamá —dice Grace con toda la suavidad que puede.

Eleanor asiente, con la mirada fija en la pantalla apagada del televisor.

—No digo que esté con alguien, pero decidió avanzar sin ti, y yo la apoyé porque se estaba hundiendo.

No te lo cuento para hacerte daño, pero necesito que lo entiendas, porque tengo la sensación de que simplemente estás esperando hasta encontrar el momento oportuno o tener las palabras adecuadas para acercarte a ella, y si tardas mucho en hacerlo, a lo mejor ya no queda nada que puedas arreglar.

—Lo sé —dice Eleanor, sintiendo que se rompe por dentro.

Grace traga saliva y se muerde los labios. Sabe que Julia sigue enamorada de su madre, pero también que es orgullosa y que no hará nada para facilitarle las cosas a Eleanor, y necesita que su madre reaccione de una vez antes de que Julia conozca a alguien y todo se vaya a la mierda.

—No sé si lo estás entendiendo, mamá —insiste Grace—.

Julia no te necesita, está rehaciendo su vida, tiene más amigas y sale de vez en cuando, así que si piensas que va a estar esperando a que tú decidas que te sientes lista para darle una explicación, es que no estás entendiendo el terremoto que has causado en tu propia vida.

Eleanor clava la mirada en el suelo, incapaz de contestar porque está sintiendo un dolor intenso en el centro del pecho, como si la estuvieran partiendo en dos desde dentro.

—¿Sabes qué es lo irónico de todo esto? —dice Grace, mirándola de soslayo mientras su madre permanece completamente rígida—.

Que hiciste el sacrificio más grande de tu vida por mí, por salvar mi relación con Natalie.

Renunciaste a tu cargo y a todo lo que eras profesionalmente solo para protegernos, y cuando llegó el momento de simplemente quedarte con Julia y construir una nueva vida con ella, saliste corriendo —Grace sacude la cabeza—.

Solo tenías que pelear por tu relación como peleaste por la mía, ¿por qué no puedes hacer eso por ti?

—No lo sé, Grace —reconoce con sinceridad, con la voz convertida en un susurro ronco.

—Pues averígualo pronto —dice, y cuando escucha la puerta de la cocina abriéndose, le pone una mano en la rodilla antes de levantarse—. ¿Quieres más vino? —añade, señalando la copa vacía de Eleanor.

Ella asiente sin decir nada y ve cómo Grace la recoge de la mesa y se la lleva.

Debería levantarse y ayudar a traer los platos, pero es incapaz de moverse, ni siquiera de parpadear o respirar con normalidad mientras piensa en la pregunta de Grace y se maldice porque a ojos de su hija, todo era sencillo, solo tenía que volver y continuar con lo que había comenzado.

Era feliz, o empezaba a serlo después de muchos años de amargura, pero Eleanor parece tener un don para joderlo todo con las personas a las que más quiere.

Cuando la cena termina, Eleanor sale a la calle y va directamente hasta su coche, encerrándose dentro mientras recuerda otra cosa que le ha dicho Grace, quizá la más importante.

“Julia no te necesita”.

Por primera vez, por encima de la tristeza, la culpa y el dolor que lleva experimentando los últimos meses, lo que Eleanor siente es miedo.

Un miedo atroz y gélido que se le cuela bajo la piel, y Eleanor decide no analizarlo como haría en cualquier otro momento o con cualquier otra emoción.

No lo convierte en un argumento que pueda defender con palabras, porque este miedo está ahí, producido por la sensación de que ha perdido a Julia, y si se deshace de ese miedo, no tendrá un motor que la mueva para intentar recuperarla.