Capítulo 8
L a primera semana de Eleanor en la universidad ha sido como cuando uno vuelve a una ciudad donde vivió hace años y reconoce las calles, pero ya no sabe dónde están los bares.
El campus es el mismo. Los pasillos también, y los tablones, las escaleras y la máquina del café del segundo piso que siempre ha hecho un ruido extraño antes de soltar el vaso, pero Eleanor se mueve por todos esos espacios de una manera diferente.
Se siente completamente desorientada, sabiendo que tiene temas pendientes —como hablar con Julia y también con su hija— pero primero necesita sentirse ubicada.
Ha presentado el programa docente a primera hora, con antelación porque esa es una de las cosas que siempre la han definido y no ha perdido con el cargo, su forma de trabajar: no dejar nada para el último momento y, si es posible, adelantarse.
Ahora está un poco irritada porque dos horas después, la nueva rectora le ha enviado dos sugerencias de modificación que Eleanor considera completamente innecesarias, pero que implementará sin comentario alguno porque ese es el primer paso para integrarse: aceptar que ya no da órdenes, sino que las recibe, y tiene que cumplirlas.
Eleanor cierra el portátil y se levanta mientras mira de reojo a su compañero, el profesor Harkins.
No puede quejarse de él a pesar de que el hombre tiene la fea costumbre de comer en el despacho y apestar la estancia con el aroma de ese arroz hervido que siempre lleva, de escuchar podcasts a demasiado volumen a pesar de que se pone auriculares y de que cada día utiliza un bolígrafo de color diferente, pero en general, el hombre apenas habla y no suele molestarla.
Sale del despacho y va directamente hacia la cafetería del campus para comer algo. La primera semana estaba tan aturdida que no comió en todo el día, prefirió esperar hasta llegar a su casa por la tarde, pero este es otro paso más —según la doctora Lamond— que debe dar para empezar la adaptación.
No tiene con quién comer, pero tampoco le importa porque eso ya le pasaba cuando era rectora.
Antes era el cargo lo que le impedía socializar con otros profesores, ahora es ella misma, que prefiere comer sola y en silencio antes que acompañada de gente a la que no conoce.
Solo haría una excepción por una persona, pero esa persona ha levantado un muro entre ellas, y Eleanor sabe que tiene motivos de sobra para haberlo hecho.
La cafetería está más llena de lo que le gustaría cuando llega y hay demasiadas voces a su alrededor, pero Eleanor trata de ignorar esos hechos y coge una bandeja. Elige uno de los menús del día y se gira para buscar una mesa vacía, y es justo cuando está a punto de dar un paso cuando las ve.
Julia está sentada junto a la ventana con una mujer a la que Eleanor no reconoce.
Pelirroja, complexión atlética, con una manera de estar sentada que ocupa el espacio con comodidad, con los codos sobre la mesa mientras gesticula con las manos al hablar.
Dice algo que Eleanor no puede escuchar desde donde está, y Julia suelta una risotada.
No es la risa educada de Julia ni la contenida que utilizaba en las reuniones o en los pasillos cuando alguien hacía un comentario que tenía gracia.
Es su verdadera risa, la que Eleanor tenía el privilegio de escuchar cuando estaban a solas en su casa y que le fascinaba admirar, sobre todo cuando Julia echaba la cabeza hacia atrás, cerraba los ojos y le tocaba el brazo.
Ahora se está riendo así, solo que no es su brazo el que toca, sino el de la mujer pelirroja.
Eleanor se queda de pie con la bandeja en las manos, petrificada.
No es capaz de definir el tiempo que pasa en esa posición, pero es el suficiente como para que la persona que viene detrás tenga que esquivarla para pasar, y también para que la pelirroja termine de contar lo que estaba contando y Julia se pase los dedos por debajo de los ojos para limpiarse las lágrimas, pero sobre todo, es el tiempo suficiente para que Eleanor entienda que Julia lleva tiempo riéndose así con alguien, y que ese alguien no es ella porque Eleanor nunca se lo permitió, porque durante el tiempo que estuvieron juntas, se aseguró de que no hubiera público que pudiera ver lo que había entre ellas.
Se da la vuelta, busca una mesa en el lado opuesto de la cafetería y se sienta de espaldas a la ventana para empezar a comer, pero ni siquiera es consciente del sabor de lo que se traga porque no puede dejar de escuchar las voces de ambas mujeres.
Intenta pensar en los cambios que debe implementar en el programa docente, pero solo consigue centrarse en eso durante diez segundos antes de escuchar la risa de Julia otra vez.
Se repite mentalmente que Julia tiene derecho a tener amigas, eso es algo incontestable y que a ella jamás le ha molestado, el problema es que no sabe quién es esa mujer —aunque está segura de que trabaja en la universidad— y tampoco sabe el grado de confianza que tienen ni si solo es una amiga o algo más, porque Eleanor debe recordar que se ha pasado los últimos dos meses sin hablar con Julia y sin darle una explicación lógica de su comportamiento, y que en dos meses pueden pasar muchas cosas.
Eleanor sale de la cafetería sin mirar hacia atrás y vuelve al despacho.
Tiene cuarenta minutos antes de su siguiente clase y le parece tiempo suficiente para sentarse frente al ordenador, abrir la web de la universidad y entrar en la pestaña del directorio del profesorado, organizado por facultades y departamentos, con fotografía, área de especialización, publicaciones recientes y correo electrónico de cada profesor.
Empieza por el directorio de la Facultad de Derecho porque es lo más lógico si Julia pertenece a ella, y no tarda nada en verla porque esa melena pelirroja es demasiado llamativa como para pasar desapercibida.
Nora Walsh. Derecho Internacional. Profesora asociada. Incorporación: septiembre de 2025.
La foto es una de esas donde todos posan con un fondo claro detrás, algunos con expresión incómoda —como ella misma— y otros con expresión alegre, como Julia y también Nora Walsh.
La mujer tiene un doctorado por Harvard y una lista de publicaciones que Eleanor lee por completo.
Es buena. Las publicaciones son sólidas y el área de especialización tiene una coherencia que indica que sabe exactamente lo que está haciendo.
Eleanor cierra la pestaña y después el portátil, y se recuesta contra la silla mientras se recuerda que tiene que hablar con Julia, pedirle perdón, explicarle el motivo de su comportamiento injustificable, aunque todavía no sepa cómo, y suplicarle que la perdone.