Capítulo 7
H ace casi un año.
Julia ha aparcado mal, es consciente de ello cuando se baja del coche y ve que la distancia entre el morro del vehículo y el bordillo es de casi medio metro, pero no tiene energía para corregirlo y simplemente aprieta el botón del mando para cerrarlo y camina hacia la entrada de la casa de Eleanor con el bolso en una mano y la chaqueta en la otra.
Eleanor tarda unos segundos en abrir porque estaba en la cocina y, cuando ve la expresión de Julia, levanta las cejas.
—Pasa —dice, haciéndose a un lado para dejarle espacio.
Julia se acerca a ella y le da un beso en los labios antes de entrar y, cuando Eleanor cierra la puerta, lanza su chaqueta sobre el sofá y deja el bolso encima de una silla con gesto desesperado.
Eleanor frunce el ceño mientras la observa, porque cree que el esfuerzo de dejar la chaqueta en el sofá es el mismo que el de dejarla en el perchero, pero no dice nada porque ya ha visto esa expresión en Julia un par de veces y lo último que necesita la profesora en ese estado es que Eleanor le explique que el desorden la pone nerviosa.
—¿Qué te pasa? —pregunta Eleanor cuando ambas entran en la cocina.
Toda la estancia huele a ajo y a la salsa para la carne que Eleanor está cocinando, y Julia se queda de pie como una estatua, como si estuviera desorientada.
—¿Te ayudo en algo? —pregunta, sin apartar los ojos del guiso porque, aunque está de mal humor, tiene mucha hambre.
—No, siéntate ahí y suelta lo que sea que te tiene así —responde Eleanor, señalando la mesa y las sillas de la cocina.
—Méndez —suelta Julia, dejándose caer en una de las sillas con pesadez.
Eleanor no dice nada, termina de remover el guiso y se gira, apoyándose en la encimera con los brazos cruzados mientras espera a que Julia siga explicándose.
—Llevo dos meses preparando el seminario.
Dos meses convenciendo a gente, justificando cada decisión de diseño y consiguiendo que los alumnos lo elijan cuando no tienen ninguna obligación de hacerlo —Julia pone los codos en la mesa—.
Y hoy Méndez ha dicho en una reunión, delante de cuatro personas, que el seminario es un proyecto interesante, pero que no tiene el peso académico suficiente para sobrevivir a un cambio de dirección.
Que depende demasiado de mi implicación personal y que eso lo hace institucionalmente frágil.
Eleanor baja el fuego a la mitad.
—¿En qué reunión?
—La de la comisión de programas. La nueva, la que Vancy ha montado para revisar la oferta del departamento de cara al año que viene —explica Julia.
—¿Vancy estaba presente cuando Méndez dijo eso? —pregunta Eleanor.
—Sí.
—¿Y qué dijo él?
Julia hace una pausa y tuerce los labios en una mueca.
—No dijo nada.
Eleanor abre un cajón, saca el sacacorchos y lo deja sobre la encimera mientras busca una botella de vino en el armario.
Vancy es ahora una especie de rector en funciones hasta que encuentren a alguien para sustituir a Eleanor, y ella ya se lo imagina completamente estresado y desbordado, haciendo su trabajo y asumiendo el de ella.
—Méndez lleva tres años diciendo que todo lo que no ha hecho él es institucionalmente frágil —dice Eleanor, cogiendo la botella—. Es su forma de operar, Julia. Identifica lo que alguien valora y lo llama frágil antes de que pueda demostrar que no lo es.
—Lo sé. Lo que me jode es que Vancy sabe perfectamente lo que hace Méndez —Julia coge la copa que Eleanor le ha puesto delante y bebe—. Por eso me irrita más que lo haya dejado pasar. No porque no lo vea, sino porque ha decidido que no vale la pena el conflicto que generaría haber intervenido.
Eleanor vuelve a la cazuela y remueve de nuevo.
—El problema no es Méndez, Julia —dice sin girarse—. El problema es que Vancy ha permitido que esa lectura del seminario quede en el acta de la reunión sin una respuesta formal. Y eso es lo que hay que corregir.
Julia la mira y vuelve a torcer el gesto, pero esta vez por rabia, porque sabe que, si Eleanor hubiera estado ahí, esto no habría pasado.
—¿Y cómo se corrige?
—Documentándolo —Eleanor se gira hacia ella y toma un sorbo de su copa—.
No el valor académico del seminario, eso ya lo tienes, pero tendrás que documentar el impacto real del proyecto una vez esté en marcha.
Alumnos que han pasado por él y decisiones profesionales que se pueden trazar hasta el pensamiento que desarrollaron ahí.
Méndez puede decir que es frágil, pero no puede decir que no tiene impacto si el impacto está escrito y demostrado.
Julia bebe otra vez.
—Eso lleva tiempo.
—Sí —Eleanor no lo suaviza—, pero es lo que hay.
Julia se queda callada mirando la copa y Eleanor sigue cocinando en silencio, y Julia se da cuenta de que se siente mejor.
Eleanor no la ha animado ni le ha mentido diciendo que todo se arreglará por arte de magia, le ha dicho la verdad y lo que puede hacer para resolverlo, pero, sobre todo, la ha escuchado.
—Cuando lleve unos meses en marcha tendré datos suficientes para cerrarle la boca a ese imbécil —dice Julia, que se levanta para poner la mesa, pero se acerca a Eleanor, la coge por la cintura desde atrás y le da un beso en el cuello.
—Sé que lo harás —dice Eleanor, con una seguridad que es todo lo que Julia necesita.
Cenan ahí mismo en la cocina, porque Eleanor nunca utiliza la mesa del comedor cuando están ellas dos solas.
Eso lo descubrió Julia el tercer fin de semana que se quedó con ella y le pareció un dato interesante teniendo en cuenta que Eleanor está acostumbrada a presidir mesas enormes y que ahora prefiere estar en esa tan pequeña de la cocina, como si así fuera más fácil para ella.
Hablan del seminario, de Vancy y de la comisión de programas.
Después hablan de otras cosas, como un artículo que Eleanor ha leído por la mañana o de una sentencia del Tribunal Supremo que a Julia le parece incorrecta y a Eleanor también, aunque por razones diferentes, y discuten sobre esas razones con la copa de vino en la mano y los platos a medias.
Julia la mira mientras piensa que esto es una de las cosas que no esperaba de Eleanor Morley: que discrepar con ella fuera tan estimulante como cuando se ponen de acuerdo.
Es después, cuando ya han cenado y recogido los platos, cuando nota el cambio en Eleanor.
Es algo gradual, como una marea que va subiendo y no te das cuenta hasta que se te mojan los pies.
Eleanor está de pie junto al lavavajillas, con la copa de vino en la mano y la mirada en algún punto entre la ventana y la pared.
Su postura también ha cambiado, tiene la espalda más recta, los hombros ligeramente subidos y una expresión tensa que Julia ya le ha visto más de una vez.
Eleanor no está en la cocina ahora mismo, está en algún sitio al que Julia no puede llegar, probablemente en algún despacho donde Eleanor Morley sigue siendo la rectora que gestiona problemas, toma decisiones y es la persona más importante de la sala, porque ese es el único lugar donde Eleanor sabe quién es en realidad.
Julia la observa durante unos segundos. Podría hacerle una pregunta sobre lo que estaban hablando y traerla de vuelta con esa excusa porque ya lo ha hecho otras veces y sabe que funciona.
Eleanor vuelve, le sonríe y hace algún comentario que indica que es muy consciente de que se había ido y agradece que Julia no haga preguntas.
Esta vez no lo hace. En esta ocasión, Julia se levanta y camina hasta ella, se detiene justo delante y, sin decir una palabra, lleva las manos por detrás de la cabeza de Eleanor y busca la goma que sujeta su coleta baja, deslizándola por su pelo hasta que la melena de la exrectora se libera y Julia se la peina con los dedos sin dejar de mirarla.
—Hola —susurra Julia cuando Eleanor parpadea y sus ojos verdes la enfocan.
La comisura izquierda de Eleanor tira hacia arriba y suelta el aire por la nariz mientras deja su copa sobre la encimera.
—Hola —responde ella, sintiéndose repentinamente relajada entre los brazos de Julia, que los tiene apoyados sobre sus hombros.
—¿Estás bien?
—Sí, perdona.
—No te disculpes, nadie te culpa por echar de menos tu trabajo —susurra Julia, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.
Eleanor asiente y trata de contener el escalofrío que le recorre todo el cuerpo ante la caricia de la profesora.
—Está controlado —dice Eleanor—, es solo un trabajo, y ahora tengo tiempo para mí.
—Claro —Julia sonríe y le da un beso.
No considera que Eleanor le esté mintiendo, sabe que disfruta de muchos de sus momentos a solas, que pasa mucho tiempo leyendo y que sale a pasear por la playa, pero también es consciente de que le falta mucho todavía para adaptarse a este cambio.
—¿Te quieres quedar esta noche? —pregunta Eleanor.
—Por supuesto que sí —asegura Julia que, aunque está agotada, aprovecha cada segundo que puede junto a Eleanor.