Capítulo 6
—¿Esperas a alguien? —pregunta Natalie cuando suena el timbre del apartamento.
Ella y Grace están en la cocina preparando la cena y Grace deja a medias la ensalada que estaba haciendo para limpiarse las manos con un trapo.
—No, voy a abrir. Si grito, escóndete en el baño —bromea antes de salir de la cocina.
Natalie se ríe y sigue preparando las hamburguesas mientras Grace camina hasta la puerta y la abre.
—Siento venir sin avisar —dice Julia—. Me he colado en el portal con un vecino —añade señalando hacia el pasillo, como si el hombre estuviera con ella.
—No pasa nada, entra. Estamos preparando la cena, ¿te quieres quedar?
Grace se hace a un lado y observa a Julia mientras entra en el apartamento. Tiene las manos hundidas en los bolsillos y el ceño fruncido, algo muy raro en la profesora, cuya expresión natural siempre es de simpatía.
—¿Va todo bien, Julia?
—He visto a tu madre esta mañana —suelta mientras se quita el abrigo, sin mirar hacia ningún sitio en concreto—. No quería venir a molestar, en serio, pero es que estoy nerviosa desde entonces y no sé con quién hablar.
—No molestas, ¿por qué no te sientas? —dice Grace, señalando hacia el sofá.
—Déjame saludar a Natalie primero.
Julia entra en la cocina y las dos mujeres se dan un abrazo afectuoso.
—Dice que no se queda a cenar —dice Grace desde la puerta de la cocina.
Natalie mira a Julia y levanta una ceja.
—No serás capaz de rechazar una de mis hamburguesas.
—Está bien —acepta Julia con una sonrisa—. ¿Te ayudo?
—No, id al salón, os aviso cuando esté listo.
Grace coge un par de refrescos de la nevera y le guiña un ojo a Natalie antes de darse la vuelta y volver al salón.
—Así que la has visto —dice, sentándose frente a Julia a la mesa.
—Sí, llevo toda la semana sabiendo que está allí, rabiosa porque ni siquiera ha tenido la decencia de decirme que ha vuelto, o de venir a saludarme, y pensaba que ya lo tenía todo controlado, que verla no me afectaría.
—Y te ha afectado —dice Grace, torciendo los labios en una mueca de frustración.
—Sí —Julia se frota las manos sobre la mesa como si no supiera qué hacer con ellas—. ¿Tú has hablado con ella?
—Poco, solo la vi cuando la fui a buscar al aeropuerto, y en aquel momento no quise interrogarla porque hacía cuatro meses que no nos veíamos y no me apetecía discutir con ella, pero joder, Julia, por más que lo pienso, no consigo comprenderlo.
—Ya —susurra ella.
—Entonces, ¿habéis hablado? ¿Cómo ha sido el encuentro?
—Incómodo y frustrante al mismo tiempo —contesta Julia—. Me la he encontrado cuando salí de un aula y te juro que he sabido que estaba ahí antes de verla. Es como si tuviera algo que me conecta a ella y que no puedo romper, y eso me enfurece.
—Te entiendo —sonríe Grace—, mi madre suele tener esa capacidad de enfurecer a la gente.
La broma consigue su objetivo y Julia se ríe, relajándose un poco.
—Me ha preguntado si tenía un momento y le he dicho que no —explica la profesora—.
No porque no quiera preguntarle y sacudirla hasta que escupa cada motivo que la ha llevado a comportarse así, sino porque he tenido la sensación de que ha dicho lo primero que se le ha pasado por la cabeza.
Verme en ese momento no entraba en sus planes, la ha pillado desprevenida.
—A mi madre la coge desprevenida cualquier cosa que no tenga planificada con un mes de antelación.
Las dos se miran en silencio unos segundos, porque Grace acaba de definir a Eleanor Morley a la perfección. Es una mujer controlada a la que no le gustan los imprevistos.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta Grace.
—Seguir con mi vida.
—Eso ya lo había notado —sonríe Grace—. ¿La sigues queriendo?
La pregunta es como un puñetazo en la boca del estómago para Julia, el aliento se le escapa y algo se le oprime por el pecho.
—Joder, Grace…
—No la defiendo, Julia. Es mi madre y la quiero, pero la ha cagado contigo y no voy a intentar convencerte de que la perdones, y menos cuando yo tampoco sé qué demonios le pasa.
—Ninguna de las dos lo sabéis —dice Natalie, que en ese momento se acerca a dejar el bol de la ensalada y los cubiertos—. Ambas deberíais hablar con ella por separado, cada una para lo suyo, y decidir si pasáis página o queréis seguir enfadadas.
—No sé si es tan sencillo en mi caso —dice Julia, soltando un suspiro profundo.
—No digo que lo sea, pero creo que independientemente de lo que ha pasado, necesitas respuestas para avanzar —opina Natalie.
—Sí, supongo que sí.
Natalie se marcha a la cocina de nuevo y Grace le dedica una sonrisa suave a Julia que sirve para que ambas se relajen.
—¿Cómo la has visto? —pregunta Grace—. A mí me pareció muy cambiada, aunque Natalie dice que le pareció la misma, solo que muy perdida y sin el moño.
Julia se ríe, aunque es una risa más bien amarga.
—Yo la he visto más delgada, con el pelo algo más largo, no sé, sí que está diferente. Cuando se fue, todavía tenía esa presencia imponente que le salía de forma natural y que ella agudizaba a propósito para dar más miedo.
Ahora es Grace la que se ríe.
—Antes de marcharse, seguía pareciendo la rectora, aunque ya no lo fuera, pero hoy, no sé. Ahora sigue teniendo esa fuerza natural, pero sin el cargo, parece más humana —explica Julia.
—¿Y esa versión te gusta?
—Todas las versiones de tu madre me gustan, Grace, lo que no me gusta es esa incapacidad suya para comunicarse.
De repente, Julia suelta un bufido de frustración y se echa hacia atrás en el respaldo.
—¿Sabes lo que más me molesta?
—¿Qué? —pregunta Grace.
—Que llevo prácticamente dos meses sin saber nada de ella y en este tiempo me he convencido de que no la necesito, de que mi vida tiene sentido sin ella, pero ¿sabes el primer pensamiento que he tenido al verla?
—¿Cuál?
—Que quería besarla. Durante una fracción muy pequeña de segundo, me he olvidado de todo y solo quería acercarme, abrazarla y darle todos los besos que no le he podido dar en estos meses. Joder, es humillante —dice, y la rabia le inunda las venas como un torrente cada vez que piensa en ello.
—No lo es, creo que es un instinto completamente natural. Aunque no fuera oficial y ni siquiera le hubierais puesto nombre, lo que tenías con mi madre antes de que se fuera era una relación. Tal vez no una al uso, pero lo era, pasaste casi ocho meses con ella.
—Ocho meses que al parecer no contaron, porque le bastó marcharse unas semanas para decidir que no me necesitaba.
Grace no sabe qué decir ante eso, porque sin conocer los motivos que llevaron a su madre a actuar así, está tan descolocada y perdida como Julia en ese sentido.
—Natalie tiene razón, deberíamos hablar con ella.
Julia niega con la cabeza.
—Yo no pienso ser la que inicie esa conversación, Grace. Darme una explicación es lo mínimo que me debe tu madre, aunque llegue tarde, y no voy a ser yo la que se lo ponga fácil exigiéndosela.
Grace asiente. Aunque sea su madre, no puede defenderla frente a Julia porque la que ha metido la pata ha sido Eleanor.
En ese momento, Natalie anuncia que la comida está lista y ambas se levantan para ayudarla a traer los platos.
Durante la cena, ya no vuelven a hablar de Eleanor, hablan del trabajo de Grace en el bufete, de lo cansada que suele llegar tras cada jornada o del seminario que Julia está preparando, pero cuando la profesora se va a su casa, no puede dejar de pensar en ella y en esos días después de su silencio abrupto en los que Julia comenzó a despertarse en mitad de la noche, desorientada, sin entender por qué el lado derecho de la cama estaba vacío y con la sensación de que jamás se llenaría de nuevo.
—Maldita seas, Eleanor —susurra mientras aprieta el volante con fuerza, entonces recuerda el encuentro de esta mañana y se da cuenta de que todo lo que sentía por esa mujer, sigue completamente intacto, hirviendo dentro de ella.