Capítulo 5
E leanor lleva tres días sabiendo exactamente dónde está Julia Bernet en cada momento sin haberla visto todavía.
No es que la esté espiando o tenga un lacayo a su servicio que le chiva la información, es simplemente que Eleanor tiene la costumbre de leer los tablones de información del departamento con la misma atención con la que antes leía los informes del consejo, y los horarios del profesorado están en el tablón del tercer piso actualizados desde el lunes.
Julia imparte clases todos los días por la mañana, tiene tutorías los miércoles de cuatro a seis y el seminario de pensamiento crítico los viernes a las once.
Su despacho está a doce metros del de Eleanor, en el mismo pasillo, puerta número trescientos cuatro para ser exactos, pero la casualidad ha hecho que todavía no hayan coincidido en ningún momento, lo cual no significa que Eleanor no haya sentido acelerones en el pecho, porque el miércoles por la tarde oyó su voz al fondo del pasillo y se quedó congelada cuando iba a salir de su despacho.
Escucharla fue como volver atrás en el tiempo, a todos esos momentos que compartió con ella y que solo le recuerdan lo mucho que la echa de menos.
Otra de las veces que se tuvo que recordar que necesitaba respirar, fue cuando entró en la sala de profesores al día siguiente y vio una taza sobre la mesa con las iniciales de Julia escritas en rotulador permanente en la parte más baja.
Era una simple taza, pero Eleanor solo podía pensar en Julia en su cocina sosteniendo una parecida después de haber pasado la noche con ella.
A media mañana, cuando Eleanor ha salido del aula donde acaba de terminar una clase y dobla la esquina con el maletín en una mano y unos papeles en la otra, Julia sale en ese momento de otra aula y el corazón de Eleanor da un vuelco tan violento que por poco pierde el equilibrio.
El olor de su perfume le llega antes de que pueda procesar nada más, antes incluso de que su vista haya terminado de enfocar o de que su cerebro haya tenido tiempo de formular algún tipo de pensamiento coherente.
Ese rastro cítrico se le cuela por las fosas nasales y la transporta a un lugar cálido del que Eleanor se arrepiente de haber abandonado.
Julia levanta la mirada, distraída, y durante una fracción de segundo, su expresión se endurece y su mandíbula se aprieta en cuanto la ve. Eleanor cree estar alucinando, pero hasta los ojos color miel de Julia parecen haberse oscurecido un momento antes de volver a su color normal.
—Eleanor… —susurra Julia cuando pasa por su lado.
No dice nada más, y se ha esforzado por utilizar el mismo tono que utilizaría con cualquier otro profesor.
No muestra frialdad porque eso sería demasiado, y tampoco calidez porque la calidez sería mentirse a sí misma, porque en todo caso, debería utilizar un tono rabioso, pero Julia decide mostrarse completamente indiferente, dejándole claro que no la necesita y que su vida puede continuar, aunque Eleanor haya desaparecido de ella.
—Julia… —responde Eleanor de forma automática, deteniéndose en seco tras pronunciar esa palabra—. ¿Tienes un momento? —se escucha decir.
Julia gira ligeramente la cabeza sin detener el paso, como si sus pies tuvieran más capacidad de decidir que su cerebro.
—Voy al seminario —dice, con el mismo tono neutro con el que ha pronunciado su nombre—. Si necesitas algo del departamento, Marta puede ayudarte.
Tras eso, sigue caminando y desparece mientras Eleanor se queda en el pasillo como si estuviera hipnotizada por su perfume, procesando que Julia ya no está frente a ella.
Julia camina con la garganta apretada y la respiración contenida.
Ha sentido la presencia de Eleanor antes de verla, ha sido algo que no puede explicar, como si su cuerpo la hubiera intuido, pero que le ha erizado la piel en cuanto ha salido del aula y ha puesto un pie en el pasillo.
A veces tiene la sensación de que Eleanor tiene un campo magnético a su alrededor y Julia es el único elemento que siente esa fuerza de la misma manera que siente el impulso de unirse a ella.
Eleanor llega a su despacho, deja el maletín sobre la mesa y se sienta en su silla tras saludar a Harkins, el profesor con el que lo comparte.
No es capaz de encender su portátil ni de hacer nada que no sea pensar en lo que ha percibido en Julia.
Eleanor no sabe exactamente cómo esperaba encontrarla, pero lo que ha visto ha sido a una mujer que no está rota, porque lo único roto es lo que había entre ellas, y eso lo estropeó Eleanor.
Ha visto a una mujer con la cabeza alta, que parece saber lo que quiere —y lo que no— y las riendas de su vida cogidas con ambas manos.
Julia no la está esperando y, aunque Eleanor sabe que es lo justo y se alegra de que haya seguido adelante, no puede evitar el escozor que le está quemando el pecho como si hubiera tragado brasas en una hoguera.
Julia no ha necesitado que Eleanor haga nada para aliviar su dolor, porque lleva dos meses construyendo una vida que está funcionando sin Eleanor en ella, y la exrectora, además de culpable por haber roto lo único bueno que tenía, se siente mezquina porque, en el fondo, pensaba que cuando se vieran, sería suficiente para allanar el camino y tener la oportunidad de disculparse, pero ahora entiende que no va a ser así, que sus actos han tenido unas consecuencias que probablemente serán devastadoras para ella porque no está segura de poder arreglar nada.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Harkins, que la está mirando por encima de la montura de sus gafas cuando Eleanor levanta la vista.
—Perfectamente —responde con ese tono seco que no puede evitar.
El hombre vuelve a lo suyo y Eleanor clava la mirada en su teclado hasta que las letras se le vuelven borrosas y parpadea para centrarse.
Abre el documento con el programa docente que todavía no ha presentado para su revisión y escribe un par de líneas sobre los objetivos del primer bloque, pero después las borra porque se da cuenta de que no tienen sentido.
Entonces abre el correo y busca el contacto de Julia.
Lo pulsa sin pensar y se pone a teclear con rapidez, como si tuviera muy claro lo que va a decir.
Julia, me gustaría hablar contigo cuando tengas un momento. No es nada relacionado con el departamento.
Lo lee dos veces y lo borra, y después vuelve a escribir uno diferente.
Julia, quería decirte que me alegra que el seminario siga adelante. He leído el programa y es exactamente lo que esta facultad necesita.
Lo lee y frunce el ceño. Lo que ha dicho es verdad, pero no es lo que quiere decir, y usarlo como pretexto para hablar con ella solo le recuerda lo cobarde que es. Lo borra y escribe una tercera vez, más despacio.
Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero si alguna vez quisieras hablar, estaré aquí.
Lo lee durante más tiempo que los anteriores, con el cursor parpadeando sobre el botón de enviar, pero el dedo de Eleanor no se mueve para apretar, así que lo borra y ya no escribe más.
Cierra el correo y se queda mirando el fondo de pantalla, uno genérico con un paisaje de una playa con palmeras que le podría parecer llamativo en otro momento, pero que ahora solo puede ver de color gris, como todo lo demás en su vida.
Se recuesta en la silla y a su mente viene la doctora Lamond, a quien si Eleanor le contara que ha escrito tres mensajes que no ha sido capaz de enviar, la doctora le diría que el problema es que está buscando las palabras correctas para acercarse a Julia, y lo que Julia necesita no son palabras.
La silla cruje y Eleanor se sobresalta, poniéndose recta de repente ante el miedo de que se parta y se caiga hacia atrás.
Su compañero vuelve a mirarla por encima de las gafas, lo hace solo un segundo, pero Eleanor siente que, hasta este hombre que apenas la conoce, se ha dado cuenta de que su vida se está desmoronando.