Profesora Morley (Eleanor Morley 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

E leanor ha pasado demasiados años entrando en el campus y ya no recordaba lo que era tener que buscar aparcamiento, porque siendo la rectora, tenía una plaza reservada donde su nombre estaba escrito en una placa.

Ahora intenta no pensar en nada de eso y se baja del coche para enfrentarse a su primer día como profesora mientras trata de que el nudo que le oprime el centro del pecho se disipe un poco.

Cruza la puerta principal con su maletín en una mano y un café en la otra que ha comprado en el vestíbulo, porque ese es otro de los privilegios que ha perdido: el de tener su propia máquina en el despacho.

Se cruza con los estudiantes y suspira irritada cuando ve que todos parecen perdidos buscando sus aulas, como si las vacaciones de Navidad les hubieran borrado del cerebro todo lo aprendido el semestre anterior.

Se cruza también con un par de profesores y el aire se le escapa de los pulmones sin que pueda controlarlo, no porque haya notado que la miraban unos segundos de más cuando la han saludado, sino porque cualquiera de ellos podría haber sido Julia, a la que no se ha atrevido a escribir desde que ha vuelto, pero a la que sabe que se encontrará en cualquier momento porque ambas imparten clases en la facultad de Derecho.

Otro cambio que nota es que nadie la mira ni se aparta cuando ella camina como pasaba antes, no enderezan la espalda cuando la ven venir ni la saludan con aquel respeto que era más parecido al miedo, ahora simplemente lo hacen como si fuera una más, y Eleanor sabe que le costará mucho acostumbrarse a eso.

Cuando sube al tercer piso, donde se encuentra el despacho que le han asignado, casi se da de bruces con el decano Vancy, que la está esperando en el pasillo con cierta incomodidad porque después de haber estado bajo sus órdenes como rectora, ahora no sabe cómo tratarla.

—Señora Morley —dice Vancy, sin usar el título de rectora por primera vez, pero tampoco la llama profesora, y Eleanor lo agradece porque necesita su tiempo para acostumbrarse a esto.

—Vancy —responde ella, con ese tono frío que forma parte de su carácter y que no sorprende al hombre.

—Bienvenida —dice, y le tiende la mano—. Me alegra que se haya reincorporado.

Eleanor le estrecha la mano. Vancy es una de las pocas personas a las que siempre ha respetado, porque es bastante competente en su área y un hombre sincero.

—Gracias.

—¿Le muestro el despacho? —Vancy carraspea, de nuevo incómodo ante la idea de tratarla como a una subordinada cuando hace un año era la persona ante quien respondía.

—Claro —responde ella, que parece que solo es capaz de decir una palabra cada vez que abre la boca.

Su despacho está al fondo del pasillo, es la segunda puerta a la izquierda, junto a una de las ventanas que dan al patio interior —no a los jardines del campus junto al aparcamiento— lo cual es otro recordatorio de que ha perdido su poder.

Vancy abre la puerta y se hace a un lado para dejarla pasar. La estancia es pequeña —más bien, es diminuta— con dos mesas enfrentadas, dos estanterías y una ventana en la pared del fondo que da al mismo patio interior.

—¿Quién ocupa la otra mesa? —pregunta, acercándose a la que está vacía.

—El profesor Harkins —responde Vancy—, de Derecho Mercantil, lleva tres años en el departamento.

—Sé quién es —dice ella.

—Claro —Vancy carraspea otra vez, sintiendo que le sudan las axilas—. Normalmente, llega hacia las nueve y media, pero no suele pasar mucho tiempo aquí.

Eleanor lo mira y Vancy le sostiene la mirada. Admira a la mujer que tiene delante porque desde que Eleanor dejó el cargo para proteger la relación de su hija, él siempre se ha preguntado si hubiera hecho lo mismo de estar en su posición.

—Entiendo —dice Eleanor, cada vez más incómoda.

—Supongo que lo ha recibido por correo —dice entregándole una carpeta—, pero esta es la documentación sobre el programa docente.

El plazo para presentar la propuesta definitiva acaba el día treinta y uno.

Cualquier duda que tenga sobre el procedimiento, la puede comentar con Marta, la secretaria de la nueva rectora.

Se hace un silencio tan incómodo cuando Eleanor coge la carpeta, que Vancy se afloja el nudo de la corbata porque siente que se asfixia.

Eleanor abre la carpeta solo para hacer algo con las manos y tener un lugar donde enfocar la vista, porque lo único en lo que piensa —y no puede evitarlo— es que antes era ella la que aprobaba los programas docentes.

El formato del programa tiene cuatro secciones, objetivos, metodología, evaluación y bibliografía, y hay un apartado de observaciones donde el jefe de departamento puede solicitar modificaciones antes de la aprobación final.

Eleanor conoce este formato porque ella misma lo estandarizó hace seis años cuando reorganizó el sistema de coordinación académica de la facultad.

—De acuerdo —dice, cerrando la carpeta.

Vancy parece aliviado de que la conversación haya ido bien hasta aquí, lo cual le resulta a Eleanor bastante irritante, porque no es un animal impredecible y nunca lo ha sido, pero entiende de dónde viene el alivio y decide no decir nada.

—El claustro general es el viernes a las doce —añade Vancy—. Le enviaré el orden del día por correo.

—Bien.

—Y si necesita cualquier cosa, sabe dónde encontrarme.

Lo dice con una sinceridad que Eleanor aprecia, y asiente antes de que Vancy salga y la deje sola en el despacho con la carpeta en las manos y un silencio ensordecedor que la aturde.

Se sienta en la mesa que no tiene nada encima, que es la que le corresponde, y pone la carpeta sobre la superficie.

La silla tiene ruedas y el respaldo no llega a los hombros, no como la que tenía antes, donde podía apoyar la cabeza y reclinarse sin miedo de acabar en el suelo.

Está colocando sus cosas cuando escucha pasos en el pasillo y después una voz.

—¿Eleanor?

Albert Thompson aparece bajo el marco de la puerta con una de esas corbatas horrendas que Eleanor tanto detestaba, pero lo que más le molesta ahora además de su presencia, es que se atreva a llamarla por su nombre.

—Albert —responde sin apenas mirarlo.

—Qué alegría verte de vuelta —Thompson entra sin que nadie le haya invitado a hacerlo y mira el despacho con una sonrisa que es incapaz de contener—. ¿Este es tu nuevo espacio? Parece acogedor.

Eleanor levanta la mirada y sus ojos, de un verde intenso, se clavan en el hombre que en parte fue responsable de que perdiera su cargo.

Si él no hubiera descubierto la relación de Grace y Natalie, probablemente habrían terminado el año sin que nadie se enterase, pero este tipo, que solo sabe ascender buscando puntos débiles en los demás, se presentó en su despacho con las suficientes pruebas como para que Eleanor se viera obligada a adelantarse.

—¿Quieres algo? —espeta, cogiendo la carpeta para dejarla caer en una esquina con un golpe sordo que sobresalta a Thompson.

—No, solo quería darte la bienvenida. Debe de ser raro, ¿no? Cruzar estas puertas como profesora cuando has sido rectora durante tanto tiempo.

Ahí está el verdadero motivo por el que este hombre está aquí, solo quiere pavonearse, o provocarla hasta sacarla de quicio, pero Eleanor se dice mentalmente que no tiene energía para discutir con un tipo tan insignificante para ella.

—Las puertas son las mismas. Si no necesitas nada, cierra al salir.

El tono seco y la orden directa son como los mismos que utilizaba antes para deshacerse de él, y Thompson parece volver al pasado, porque se yergue y asiente antes de salir.

Eleanor espera a que el sonido de sus pasos desaparezca en el pasillo y después mira la pared de enfrente durante varios segundos.

Debe de ser raro, ¿no? Cruzar estas puertas como profesora cuando has sido rectora tanto tiempo.

Lo ha dicho como quien pone el dedo en un moratón para ver si todavía duele, y la respuesta es que sí, que duele, aunque Eleanor no tenga ninguna intención de dársela a Thompson ni a nadie que no sea Amanda Lamond en la consulta de su casa.

Se levanta y sale al pasillo porque el profesor ha dejado el despacho cargado de una energía que no le gusta.

No sabe hacia dónde ir, pero mira hacia la derecha porque sabe que en este pasillo también está el despacho de Julia, solo que no es a Julia a quien ve acercarse, sino a Natalie Dumont, a la que todavía no ha visto desde que regresó del viaje.

—¿Se ha equivocado de edificio, Dumont? —pregunta Eleanor, señalando la puerta abierta de su despacho.

Natalie tuerce una sonrisa cuando pasa por su lado y entra, quedándose junto a la puerta cuando Eleanor la cierra.

—Solo he venido a saludarla, me alegro de que haya vuelto —dice Natalie.

Eleanor la mira y su expresión se relaja después de la visita inoportuna del profesor. Natalie siempre le ha caído bien, y la respeta mucho después de que se atreviera a plantarle cara cuando, en un arrebato de insensatez, le exigió a Grace que rompiera la relación.

—Gracias. ¿Qué tal todo? —pregunta Eleanor, cruzándose de brazos.

Natalie arquea una ceja.

—¿Se refiere a Grace?

Eleanor suspira y, aunque lo intenta, no logra evitar que sus labios también se curven en una sonrisa.

—A las dos, Dumont, tú y ella, no a saber si sigue enfadada conmigo por desaparecer.

Natalie asiente y se aparta un mechón rubio platino de la cara, aliviada por no tener que intervenir en algo que sabe que Grace tiene que solucionar con su madre.

—Estamos bien. Debería venir un día a cenar.

—Sí, supongo que sí.

Natalie consulta la hora y pone la mano en el pomo de la puerta.

—Me alegro de que haya vuelto, en serio —insiste Natalie.

—Yo también —responde Eleanor, acompañando las palabras con un asentimiento—. Gracias por venir a saludarme.

Natalie le dedica una sonrisa corta y le da un apretón en el brazo antes de salir del despacho.

Eleanor pasa la siguiente hora y media revisando la documentación de Vancy.

El programa de Derecho Constitucional que tiene que presentar para aprobación no es complicado de estructurar: ha estado años impartiendo esta materia y podría hacerlo con los ojos cerrados, pero hay algo en el hecho de tener que justificar cada decisión metodológica ante otra persona que le produce un malestar que no controla, como si su cuerpo reconociera la inversión de jerarquía antes que su cabeza.

Eleanor lo anota mentalmente como algo sobre lo que hablar con Lamond el lunes y sigue leyendo.

Una hora más tarde, sale del despacho para impartir su primera clase con la sensación de que le falta algo, porque una parte de ella, aunque tiene claro que no lo merece, deseaba que Julia también fuera a darle la bienvenida, pero Julia no lo ha hecho y ella sabe que no lo hará, porque es orgullosa y además es consciente de que se merece mucho más, y si alguien tiene que dar un paso, es Eleanor, no Julia.

El problema es que Eleanor está tan perdida que todavía no sabe el camino que tiene que seguir.