Capítulo 3
E leanor llega a la consulta de la doctora Lamond con un nudo en la garganta a pesar de que ya lleva más de un año asistiendo a terapia con esta mujer y, aunque han sido cuatro meses los que ha estado sin venir, ha hablado con ella por videollamada en un par de ocasiones durante sus vacaciones, así que no debería estar nerviosa como si fuera la primera vez que viene.
—Pase, Eleanor, me alegro de verla de nuevo —dice Amanda Lamond cuando le abre la puerta de su casa, que es también el lugar desde el que trabaja.
—Gracias —responde Eleanor, siguiendo a la mujer hasta la consulta y, en cuanto entran, sus ojos se clavan de inmediato en el sillón, ese desde el que ha pasado tantas horas hablando de cosas que jamás se esperaría haber compartido con nadie.
—Siéntese —señala la doctora, acomodándose en su sitio.
A Eleanor le costó muchas sesiones conseguir sentarse en una posición cómoda en este sillón, pero parece haber perdido esa capacidad, porque vuelve a sentarse con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo, sin saber qué hacer con ellas.
—¿Qué tal la vuelta? —pregunta Lamond, que tiene una ligera idea de cuál es la situación de Eleanor gracias a esas dos veces que han hablado.
—Llegué muy cansada.
Amanda Lamond levanta una ceja y Eleanor sabe que, si no añade nada más, no se dará por satisfecha y seguramente le hará alguna pregunta incómoda.
—Me está costando un poco adaptarme a la vuelta.
La doctora asiente y no dice nada durante varios segundos que para Eleanor son interminables. Odia que haga eso, que se quede callada para provocar que sea ella la que rellene ese momento incómodo, pero Eleanor parece tener la lengua convertida en cartón ahora mismo.
—¿Cómo se encuentra? —cede la doctora.
—Bien —responde Eleanor, aspirando profundamente para intentar relajarse.
—¿Bien en qué sentido?
Eleanor cambia de posición, cruzando las piernas mientras gana tiempo para responder, porque la pregunta le parece una trampa de manual.
—Ya le he dicho que estoy cansada, pero por lo demás…
No continúa la frase, porque ella misma sabe que miente.
—¿Quiere contarme por qué cuatro semanas de viaje se convirtieron en dieciséis?
La pregunta parece sencilla, pero Eleanor siente que el aire se le escapa de los pulmones.
—Ya lo sabe —responde con sequedad.
—Que lo sepa no significa que no haya que hablar de ello en profundidad. ¿Por qué no me habla de ese correo que dice que recibió? —pide Amanda, guiándola hacia el desencadenante del problema.
La mirada de Eleanor se pierde en algún punto por detrás de la doctora mientras piensa en ese correo que recibió a finales de septiembre, un correo informativo, pero que para ella fue como un golpe de realidad que le hizo darse cuenta de lo mucho que había tratado de ignorar el hecho de que ya no era rectora.
—No sé qué quiere que le diga —dice Eleanor, a la defensiva.
Amanda guarda silencio y mira las notas en su libreta, las que tomó las dos veces que habló con Eleanor durante el viaje.
—Dijo que contenía los detalles de su reincorporación, ¿qué detalles eran esos?
Eleanor suspira con cierta exasperación.
—El programa docente, el calendario de reuniones y la asignación del despacho, ese tipo de cosas.
—¿Y por qué le afectó tanto esa información?
—Yo no dije que me hubiera afectado —rebate Eleanor.
—Pero lo hizo, porque me llamó a las diez de la noche.
Los labios de Eleanor se fruncen hasta dibujar una línea recta.
—No tendré despacho propio, tengo que coordinarme con otro profesor del área de Derecho. El programa docente que sugerí está sujeto a revisión y aprobación del jefe de departamento y debo asistir a las reuniones del claustro de forma obligatoria.
—Entiendo —dice Lamond, pero Eleanor duda que lo haga.
Es imposible que esta mujer sepa lo que se siente al perder todos tus derechos. Eleanor ha pasado de ser la mujer con más poder en esa universidad, a no tener ninguno.
—¿Qué sintió al ser consciente de estos cambios?
—Creo que tuve algo parecido a un ataque de pánico —confiesa Eleanor sin pensarlo—. Por eso la llamé… Y después me quedé dos días encerrada en el hotel.
Amanda Lamond no muestra ninguna reacción en su expresión, aunque le preocupa la reacción de Eleanor y empieza a tener la sensación de que todo lo que había avanzado en la terapia durante meses, lo perdió tras recibir ese correo, o más bien, tras tomar conciencia real de que ahora es solo Eleanor Morley, la mujer, no la rectora.
—¿Dos días? —pregunta la doctora.
—Sí —responde Eleanor sin añadir nada más, y Amanda decide permitirle ese silencio porque ya tiene claro que debe ir poco a poco otra vez.
—Pero después salió.
Eleanor clava sus ojos verdes en ella.
—Quedarme tres días encerrada me parecía excesivo —dice, sin poder contener el tono de ironía.
—Bien, ahora dígame lo que sintió cuando leyó el correo.
Eleanor ladea la cabeza, confundida.
—Ya se lo he dicho, tuve un ataque de pánico, ¿qué más necesita? —pregunta irritada.
—No le he preguntado lo que sintió su cuerpo, le pregunto qué sintió usted, su cabeza.
Eleanor cambia la posición de sus piernas.
—Siento que sin ese cargo no sé quién soy —confiesa en voz más baja de lo normal, clavando la mirada en una planta porque no es capaz de mirar a la doctora mientras lo dice.
Lamond hace otra pausa. En esta no espera que Eleanor rellene el silencio, solo que sea realmente consciente de ese pensamiento que acaba de pronunciar en voz alta.
—¿De verdad cree que eso es así? —pregunta, haciendo que Eleanor la mire.
—Lo que yo crea no importa, lo que importa es que lo sentí, y la diferencia entre lo que una sabe y lo que siente cuando está sola en una habitación de hotel, puede ser bastante grande.
—Sí, puede serlo —confirma Lamond.
Eleanor descruza las piernas y vuelve a colocarse en la misma posición rígida del principio.
—¿Quiere hablarme de las llamadas con Julia?
La mirada fulminante que Eleanor le dedica sin poder controlarla es tan intensa, que Amanda se echa un poco hacia atrás de forma inconsciente.
—También lo sabe.
—Sí, sé que esas llamadas se espaciaron hasta el punto de desaparecer por completo, lo que no sé es el motivo —dice la doctora, que no quiso presionar a Eleanor cuando hablaron por videollamada.
—No sé cómo explicarlo —empieza la exrectora tras unos segundos—. Cada vez que hablaba con Julia, cogía el teléfono después y buscaba vuelos para volver porque necesitaba verla, pero nunca los compraba.
—¿Por qué no los compraba?
Eleanor se pasa la mano por el pelo y echa de menos su moño apretado, pero es incapaz de hacérselo porque siente que ese peinado pertenecía a una mujer que ya no existe.
—Porque me daba miedo lo mucho que los quería comprar.
—¿Qué tiene de malo querer volver a ver a alguien? —indaga la doctora.
—Supongo que nada.
—¿Pero?
—Tuve la sensación de que había creado cierta dependencia —explica Eleanor—.
Como si estuviera sustituyendo una cosa por otra.
Mi cargo me daba un motivo y algo en lo que centrarme, una razón para hacer ciertas cosas y, cuando lo perdí, Julia ocupó todo ese espacio —el que le pertenecía y el vacío que yo sentía— y no me pareció correcto.
—¿Piensa que necesitar a alguien la hace débil?
Eleanor se queda muy quieta, mirándola.
—No se trata de necesitar, se trata de otra cosa.
—Se trata de que, durante meses, enterró muy abajo el hecho de que ya no era rectora. Tenía a Julia y estaba empezando a recuperar la relación con su hija, y se centró tanto en eso que cada vez que sentía que le faltaba algo, pensaba en Julia y se le pasaba. ¿Es algo así? —pregunta la doctora.
Eleanor se siente un poco mareada, no sabe si es exactamente así, pero se parece mucho.
—Usted interpretó que esa necesidad de ver a Julia era peligrosa después de haber leído aquel correo y darse de frente con la realidad de que ya no es rectora. Ella no estaba allí para calmar su ansiedad, y comprendió que tenía cierta dependencia de ella.
—Me pareció que estaba buscando en Julia la misma estabilidad que me daba mi cargo, y eso me pareció injusto para ella.
—Pero la quiere.
—Por supuesto —Eleanor ni se lo piensa, lo que siente por Julia Bernet es algo que todavía le cuesta describir—, pero no quiero cargarla con una responsabilidad que no le corresponde. Soy yo la que debe rellenar este hueco, no Julia, ella ya tiene su propio espacio.
Eleanor se siente estúpida hablando de sus sentimientos y tiene la sensación de que se ha explicado tan mal que Amanda no puede entenderla, pero no sabe hacerlo de otra manera.
—¿Le preguntó a Julia si ella lo veía así?
—No.
—¿Le habló en algún momento de lo que estaba pensando? ¿De cómo se sentía? —sigue la doctora.
—No.
—Solo se limitó a espaciar las llamadas hasta convertirlas en un silencio absoluto —resume Lamond.
Eleanor traga saliva.
—Algo así.
—¿Y es eso lo que quiere? Este silencio con ella.
—No, pero ya está hecho —responde Eleanor como si nada tuviera solución.
—Dígame una cosa, ¿cree que Julia se merece una explicación por su parte, o cree que usted se merece la oportunidad de dársela? Porque las dos cosas no son lo mismo.
Eleanor es incapaz de responder tras casi un minuto con la mirada fija en la pared, así que Lamond asiente.
Hay muchísimos temas sobre los que tiene que profundizar con Eleanor, pero el tiempo se acaba y la mujer que tiene frente a ella también parece agotada de hablar de algo que no sabe cómo manejar, así que decide poner fin a la sesión.
Cuando Eleanor al fin sale de la casa de Amanda Lamond, es incapaz de ir directamente hacia su coche, necesita moverse y que le dé el aire fresco en la cara, así que camina sin rumbo fijo por la calle con las manos metidas en los bolsillos del abrigo mientras piensa de forma constante en la última pregunta de la doctora.
¿Cree que Julia se merece una explicación, o cree que usted se merece la oportunidad de dársela?
Eleanor conoce la diferencia. Lleva treinta años enseñando Derecho y sabe mejor que nadie que la misma acción puede tener motivaciones radicalmente distintas y que la motivación importa, que no es lo mismo hacer algo por la otra persona que hacerlo por una misma disfrazándolo de generosidad.
Lo que no sabe todavía, y esto es lo que la detiene en mitad de la acera durante tres segundos antes de seguir caminando, es si ella merece una oportunidad de explicarse ante Julia.