Capítulo 2
J ulia está sentada en la que se ha convertido en su cafetería favorita en estos últimos meses.
Es sábado por la mañana y, frente a ella, está Nora Walsh, una profesora que se incorporó el semestre anterior —al mismo tiempo que la nueva rectora— para cubrir una plaza de Derecho Internacional.
Es pelirroja, con los ojos muy oscuros y complexión atlética, además de una risa extremadamente contagiosa y una edad cercana a la de Julia.
Solo es tres años mayor que ella y ambas profesoras conectaron de inmediato, lo cual fue un alivio para Julia, porque en ella encontró un pilar en el que apoyarse ante la ausencia injustificada de Eleanor, aunque nunca le haya hablado de ella.
—¿Esta es la parte que te parece problemática? —pregunta Nora, señalando un párrafo en los documentos que Julia tiene frente a ella.
Es el artículo de uno de sus alumnos, que está terminando de corregir y comentando con su amiga.
—Enorme y bastante conveniente para sus conclusiones —opina Nora.
—Sí, exacto —dice Julia, y siente una punzada de algo parecido a la rabia atravesándole el pecho.
Este es el tipo de conversaciones que le encantaba tener con Eleanor, donde la antigua rectora brillaba y ella babeaba mientras la escuchaba.
Ante esa misma observación que ha hecho Julia, Eleanor se habría explayado en la respuesta, dando su punto de vista y señalando los motivos por los que esa parte del artículo le hubiera parecido muy vaga, pero Eleanor no está aquí y Nora sí, y su amiga prefiere hablar de cualquier cosa menos de trabajo cuando están fuera de él.
—¿Se lo vas a decir en la revisión? —pregunta Nora.
—Voy a pedirle que justifique el salto —responde Julia, que ahora sí que levanta la vista—. Seré amable —sonríe, y Nora aprieta los labios para no reírse.
—Amable —repite divertida, arqueando una de sus cejas cobrizas—. Qué considerada.
—Soy considerada cuando la persona al otro lado del artículo lleva tres años trabajando en él, pero dejaré de serlo si no lo mejora.
Ahora Eleanor la miraría con esos ojos verdes tan intensos que siempre hacían que a Julia le hormiguease medio cuerpo, orgullosa y satisfecha, pero de nuevo, Nora no es Eleanor.
—¿Algo más que añadir a mi proceso editorial? —pregunta Julia, entornando la mirada.
Nora sonríe y niega con la cabeza.
—No. Creo que tu enfoque es el correcto, Kaplan tiene potencial, pero necesita que alguien le haga las preguntas que es evidente que él no se ha hecho.
Ahora sí que se parece un poco a Eleanor y la rabia vuelve a invadir a Julia, porque le gustaría no pensar tanto en ella y más en esta mujer que tiene delante, pero le resulta imposible.
Ella y Nora son esto: cafés los sábados, momentos de charla rápida en los pasillos de la facultad de Derecho durante la semana, algún almuerzo cuando sus horarios coinciden y alguna copa un viernes por la noche.
—¿Cómo va tu artículo? —pregunta Julia, guardando las hojas que revisaba en su bolso—. ¿Cuándo se lo enviarás al editor?
—El martes, supongo —dice Nora, aunque no parece muy convencida—. Si consigo terminar la nota a pie de la página diecisiete sin que me entre un tic en el ojo.
Julia se ríe.
—¿Qué problema tienes con esa nota?
—Que cita tres fuentes contradictorias entre sí y yo tengo que reconciliarlas sin que el texto principal se derrumbe —Nora hace una pausa—. Básicamente, estoy construyendo una casa con pilares que apuntan en direcciones distintas.
Julia levanta las cejas y silba.
—Seguro que encuentras una solución.
—Sí, no dormir durante el resto del fin de semana.
Julia se ríe de nuevo y Nora se contagia. Su risa tiene ese toque que hace que Julia tenga que reírse todavía con más fuerza, aunque todo sea absurdo. Es una de las muchas cosas buenas de Nora, es fácil y cómodo estar con ella, sin complicaciones.
El teléfono le vibra sobre la mesa y Julia ve el nombre de Grace Morley en la pantalla porque lo tiene bocarriba.
Lo coge sin dudar, porque la relación entre ella y Grace se ha estrechado mucho en estos meses cuando ambas, desconcertadas por esos mensajes cada vez más espaciados de Eleanor, le preguntaban a la otra si sabía algo que ella no sabía.
Después pasaron a preguntarse si simplemente sabían algo de Eleanor, hasta que dejaron de preguntar por ella y Grace le escribía a Julia para saber cómo le iba una semana, y Julia le decía lo mismo a la siguiente. Y así hasta ahora.
Lo desbloquea de inmediato y abre el mensaje pensando que Grace le va a decir que pase por su apartamento para tomar un café o cenar con ella y con Natalie como hace algunas veces, pero lo que lee la deja congelada en la silla.
Grace Morley
Volvió ayer. Mi madre está en casa.
Lee la frase dos veces y después una tercera, aunque ya la tiene memorizada desde la primera, y necesita una cuarta para confirmar que no está alucinando.
La expresión de Julia no cambia de un modo que sea fácil de identificar.
No palidece, no se queda con la boca abierta ni suelta el teléfono como si le estuviera quemando la mano.
Hace exactamente lo contrario, se queda muy quieta, bloquea la pantalla y deja el teléfono donde estaba, solo que lo pone bocabajo.
—¿Estás bien? —pregunta Nora, que no puede percibir nada más que el silencio repentino de Julia.
Julia levanta la vista y parpadea.
—Sí, no es nada importante.
Nora la mira muy seria y Julia sabe que no le está creyendo, pero tampoco la presiona porque es de esas personas que saben darte tu espacio para que hagas las cosas a tu ritmo, otra de las cosas buenas de Nora.
—De acuerdo —dice Nora, y coge su taza para beber.
La conversación vuelve a fluir entre ellas, pero ambas saben que algo ha cambiado, aunque ninguna lo mencione. Julia está presente, pero una parte de ella ya no está ahí, su mente se ha detenido en el mensaje de Grace, en esa frase que se repite en bucle en su cabeza.
Volvió ayer. Mi madre está en casa.
Al final, pide la cuenta antes de lo que tenía planeado, con la excusa de que quiere terminar de corregir el artículo del tal Kaplan. Nora no lo cuestiona, aunque tampoco se cree sus motivos del todo, pero la acompaña hasta la puerta sin insistir y le da un abrazo en la acera a modo de despedida.
Cuando Julia llega a su apartamento, cuelga el abrigo y deja el bolso sobre el mueble del recibidor. Después camina directamente a la cocina sin saber muy bien por qué ha ido hasta allí, y la culpa la tiene Eleanor.
Cuatro meses en lugar de uno. Dieciséis semanas que ella ha contado una por una a pesar de que ha intentado no hacerlo.
En el fondo, sabía que este momento iba a llegar muy pronto, porque el año sabático de Eleanor terminaba y tenía que reincorporarse.
Lo que Julia no supo calcular fue lo que iba a sentir cuando este momento llegara, y ahora que ha sucedido, solo puede definirlo con una palabra: rabia.
Esa es la emoción que corre por su cuerpo con más intensidad, la misma que la ha acompañado durante este tiempo y que ella comenzó a acumular junto con la frustración cuando las llamadas de Eleanor comenzaron a espaciarse primero, desapareciendo por completo durante los últimos dos meses.
Lo mismo pasó con los mensajes: primero tardaba en responderlos hasta que en noviembre simplemente dejó de hacerlo.
Julia ha intentado comprender la situación.
Cuando acabó su mes, Eleanor dijo que necesitaba más tiempo y ella no lo cuestionó, no le preguntó para qué lo quería, consideró que le tenía que dar ese espacio porque Eleanor había tenido que aceptar muchas cosas en muy poco tiempo, pero no entiende todo lo demás.
No entiende la distancia, su frialdad y esa falta de comunicación, y la rabia sigue creciendo dentro de ella como si quisiera devorarla.
Se sirve un vaso de agua, pero no se lo bebe, se queda mirándolo mientras aprieta los dedos en el borde del mármol.
La parte que más le cuesta no es la rabia, porque lleva semanas con ella y sabe gestionarla, lo que le cuesta es otra cosa que vive por debajo de ella y se niega a desaparecer.
Es ese tipo de cosa que cuando Nora hace un comentario gracioso en la sala de profesores y Julia se ríe, le recuerda que hay una risa que no ha vuelto a escuchar en cuatro meses.
Que cuando un alumno hace un comentario brillante en clase y Julia siente esa ansiedad por compartirlo con alguien, ese alguien ya no está. Y así con todo.
Se bebe el vaso de agua y va hacia su habitación como si fuera un robot, quedándose en la puerta mientras observa el libro que permanece bocabajo en la mesilla contraria a la que duerme.
Eleanor se lo regaló antes de marcharse, después de que Julia le hubiera preguntado si había algún libro de teoría jurídica que Eleanor considerara imprescindible.
Le citó su favorito y le dijo que tenía una edición antigua y desgastada, y días después se lo regaló.
Julia ya lo ha leído y, cada vez que lo ve, siente ganas de estrellarlo contra la puerta del armario, pero las ganas se quedan en eso, porque nunca lo toca, lo tiene ahí como si fuera lo único que le queda de Eleanor.
Se cambia de ropa y se pone unas mallas, una camiseta técnica y las zapatillas de correr. Después coge los auriculares, las llaves de su casa y el teléfono, y sale a la calle dispuesta a quemar esa ira que siente por dentro de la única forma que conoce: corriendo hasta que le arden los pulmones.