Profesora Morley (Eleanor Morley 2)
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Capítulo 1
E leanor Morley arrastra la maleta por el suelo de la terminal de llegadas del aeropuerto de San Diego con la sensación de que pesa el doble de lo que pesaba cuando salió de Roma, pero sabe perfectamente que no es la maleta lo que pesa, sino ella, todo su cuerpo, como si la gravedad de esta ciudad tirara de sus huesos con más fuerza que la de cualquier otro lugar en el que ha estado durante los últimos cuatro meses.
Se detiene junto a la cinta de equipajes y coge la maleta que ha facturado, la misma con la que se marchó en septiembre con la intención de volver en cuatro semanas.
Cuatro semanas que se convirtieron primero en ocho, después en doce y, por último, en dieciséis, porque Eleanor, la mujer que durante años dirigió una universidad con aplomo y la rigidez propia de su cargo de rectora, resultó ser incapaz de tomar la decisión más sencilla de su vida: volver a casa.
Ahora lo ha hecho, pero no porque lo hubiera decidido, sino porque el tiempo se le ha terminado. El año que pidió de excedencia en la universidad después de dimitir como rectora ha llegado a su fin y Eleanor tiene que reincorporarse al trabajo, solo que esta vez, volverá siendo profesora.
Pasa por el baño antes de salir y, mientras se lava las manos, se mira en el espejo.
Lleva el pelo recogido en una cola baja porque no se ha vuelto a hacer ese moño apretado y perfecto desde que renunció a su cargo, como si ese peinado formara solo parte de su identidad como rectora, y ahora que no lo es, le resulta imposible verse así.
Tiene las ojeras marcadas por el insomnio de demasiadas noches mirando los techos de los hoteles donde se alojaba y su mirada verde como la de su hija parece completamente apagada.
Ahora nadie la mira ni la reconoce. En otro momento de su vida, eso la habría ofendido, porque Eleanor Morley era alguien, esa mujer que entraba en cualquier sala y cuya presencia provocaba que la gente se pusiera recta, y su nombre daba miedo y respeto con solo escucharlo.
Ahora es una mujer con aspecto de no haber dormido bien en meses que arrastra dos maletas por el aeropuerto, y a nadie le importa.
Respira hondo y sale de la terminal para dirigirse hacia el aparcamiento.
Es enero, pero en San Diego no es lo mismo que en Londres o en Berlín, donde ha pasado las últimas semanas; aquí el sol todavía calienta lo suficiente como para que alguien atrevido lleve manga corta en algún momento del día, y el olor a salitre del Pacífico le entra por la nariz haciendo que se pregunte por qué no ha vuelto antes, y la respuesta le da tanta vergüenza que quiere abofetearse a sí misma.
A Eleanor le cuesta unos segundos reconocer a Grace cuando la ve a lo lejos, apoyada contra el coche de Natalie mientras la espera mirando su móvil.
Lleva unos vaqueros, unas zapatillas deportivas y una camisa abierta encima de una camiseta.
Eleanor no sabía qué versión encontraría, si esta, la informal, o la de la abogada seria en la que Grace se había convertido durante los últimos meses antes de que ella se marchara.
Eleanor sigue caminando hasta que su hija levanta la mirada y la ve.
Durante una fracción de segundo, las dos se quedan quietas, entonces Grace aprieta la mandíbula, después la afloja de inmediato y suaviza su expresión, recordándole a su madre a la niña que corría hacia ella cuando volvía del trabajo, a la Grace que era antes de que todo se rompiera entre ellas por culpa de Eleanor y su dificultad para comunicarse.
—Hola, mamá —dice Grace cuando Eleanor se detiene frente a ella sin saber muy bien cómo actuar.
Es Grace la que se mueve y la abraza, apretándola con una determinación que hace que Eleanor exhale.
—Hola, Grace —susurra, sin saber qué más puede decir ahora mismo, pero profundamente aliviada por el gesto de su hija que sin duda no merece.
El abrazo es fuerte y largo. Grace la rodea con los brazos y la sujeta con una fuerza que sorprende a Eleanor, como si quisiera asegurarse de que de verdad está aquí.
Eleanor hunde la cara en el pelo de su hija y aspira su olor, sintiendo que no ha cambiado desde que era una niña y, cuando se separan, Eleanor ve lo que se estaba temiendo cuando ha bajado del avión, la mirada de Grace acaba de cambiar y se ha endurecido, con un destello acerado en sus ojos que parece más propio de su madre que de ella.
—Estás más delgada —afirma Grace, mirándola de arriba abajo.
Eleanor no sabe qué responder, aunque parece que su hija tampoco espera que diga nada al respecto, porque le coge las maletas y las mete en el maletero antes de rodear el coche y subirse.
Eleanor se queda unos segundos de pie en la acera hasta que se decide a abrir la puerta del copiloto y se sienta.
—¿Y tu coche? —pregunta, tratando de evitar las preguntas que no quiere responder.
—Lo vendí.
Eleanor parpadea sorprendida y Grace se incorpora al tráfico.
—¿Qué? Te encantaba ese trasto —dice, todavía incrédula con la noticia.
—Apenas lo utilizaba, mamá. Al trabajo voy en transporte público y el de Natalie nos resultaba más cómodo para movernos por la ciudad, no tenía sentido tenerlo.
—Claro, entiendo —dice Eleanor, aunque no lo entiende del todo.
No sabe en qué momento su hija ha madurado de este modo, y siente vértigo al preguntarse cuántas cosas más habrán pasado en estos cuatro meses que ha estado fuera sin apenas comunicación.
—¿Cómo está Natalie?
Grace la mira de reojo mientras avanza por las calles de San Diego.
—Bien, ocupada preparando el nuevo semestre —responde con sequedad.
—Claro, me…
—Cuatro meses, mamá —la corta Grace, que ya no puede aguantarse—. Tres de ellos sin apenas llamadas, recibiendo mensajes escuetos para decir que estabas bien; ni siquiera sabía dónde demonios estabas.
—Grace…
—¿Qué coño te pasó por la cabeza? —sigue Grace—. ¿Sabes lo confuso que ha sido todo? ¿Lo preocupada que estaba?
—Siento haberte preocupado —se disculpa Eleanor, sintiendo que la culpa le atraviesa todo el cuerpo—, no era mi intención.
Grace se detiene en un semáforo y resopla cuando se gira hacia su madre.
—¿No era tu intención? —pregunta, soltando una risa irónica—.
Si no hubiera sido tu intención, habrías dado alguna explicación razonable y habrías contestado a mis llamadas, pero simplemente desapareciste.
Cuando llegó el momento de volver tras ese mes que supuestamente ibas a estar de viaje, dijiste que no podías regresar todavía y se acabó, las llamadas y los mensajes comenzaron a espaciarse hasta que simplemente desaparecieron.
Eleanor no sabe qué responder. No puede defenderse porque todo lo que dice su hija es cierto y, cualquier cosa que diga ahora mismo, será una excusa, porque Eleanor todavía no sabe cómo explicar lo que sintió ni lo que siente ahora.
—Lo siento, Grace —susurra, porque ahora mismo es lo único que puede hacer.
Grace reanuda la marcha y suspira.
—Sí, supongo.
—Ahora estoy aquí, he vuelto, ¿de acuerdo? —trata de apaciguar las cosas Eleanor.
Las manos de Grace se aprietan sobre el volante al igual que su mandíbula.
—Has vuelto porque se te ha terminado el tiempo, tu año sabático ha acabado y te tienes que reincorporar, me pregunto si habrías vuelto de no ser así.
Eleanor traga saliva y siente que el pecho se le desgarra, porque la expresión de Grace muestra la misma decepción de cuando era una niña y su madre no sabía cómo abrazarla, la de cuando su padre murió y Eleanor se encerró en su trabajo en lugar de sostenerla y la de todas esas veces que Grace necesitó a su madre y se encontró con una puerta cerrada.
—Grace…
—Da igual, mamá, no quiero discutir. Tú lo has dicho, ahora estás aquí.
Se quedan en silencio durante los siguientes minutos, hasta que Eleanor hace la pregunta que lleva quemándole la boca desde que se ha subido al coche.
—¿Cómo está Julia? ¿La has visto?
De repente, se da cuenta de que es la primera vez que pronuncia su nombre en voz alta desde hace semanas, y el sonido de esas sílabas le produce un cosquilleo eléctrico en la boca del estómago que la hace erguirse en el asiento.
—Está bien —responde Grace.
Eleanor la mira. Necesita saber más, que le diga si Julia sigue pensando en ella, si la odia —que es lo más probable y lo que merece— si se ha olvidado de ella o si ha seguido adelante después de ese silencio de Eleanor en los últimos tres meses, porque no solo dejó de comunicarse con su hija, también lo hizo con Julia.
—Está bien, pero… —dice Eleanor, esperando que le explique cualquier cosa de la profesora.
—Si quieres saber algo más, hablas con ella —espeta Grace.
El tono cortante de su hija hace que Eleanor asienta.
Sabe que tiene razón, no tiene derecho a interrogar a Grace sobre Julia porque no puede desaparecer cuatro meses y esperar que ahora le dé un informe detallado.
La vida no funciona así y Eleanor lo sabe, aunque se sienta tan perdida que no sepa cuál debe ser su siguiente paso.
No hablan más hasta que Grace detiene el coche frente a la casa de Eleanor.
—Te he llenado la nevera y he encendido la calefacción esta mañana, así no tendrás que salir si estás cansada —dice Grace.
—Gracias, no tenías que molestarte.
—No me he molestado, mamá —responde Grace.
Se bajan del coche y Grace le lleva las maletas hasta la puerta.
—¿Estarás bien?
—Sí, gracias por venir a buscarme.
Grace se acerca y le da un beso en la mejilla que vuelve a aliviar a Eleanor.
—Llámame si necesitas algo —dice mientras vuelve al coche.
—Claro, conduce con cuidado.
Eleanor la observa hasta que se aleja y después entra en su casa.
El interior huele a limpio y a cerrado al mismo tiempo, a ese olor que tienen los lugares que llevan demasiado tiempo sin ser habitados.
Todo está tal como lo dejó y, sin embargo, todo le parece diferente porque la última vez que estuvo aquí, Julia estaba con ella y Eleanor puede verla sentada en su sofá, con las piernas cruzadas y esos ojos color miel que se clavaban en ella hasta cortarle la respiración.
Se sienta en el sofá y coge su teléfono.
Piensa en llamarla, solo tiene que buscar su contacto y darle al botón verde para decirle que ha vuelto, que está sentada en el lado del sofá donde solía sentarse ella y que necesita verla ahí porque el pecho le duele de una forma que no sabe explicar.
Podría decirle que lo siente, que no debería haberse ido tanto tiempo ni cortado la comunicación de ese modo, que no ha dejado de pensar en ella ni un solo minuto y que eso la aterraba hasta el punto de quedarse paralizada.
Podría hacer todas esas cosas, pero Eleanor Morley nunca ha sabido hacer las cosas cuando tenía que hacerlas, así que deja el móvil bocabajo sobre un cojín y se queda quieta, con las manos apoyadas en los muslos y la mirada fija en la pared de enfrente.
La casa está en silencio, pero la cabeza de Eleanor no para.