Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 26. Consecuencias
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26. Consecuencias

Consecuencias

Pese a tratarse de una misión extraoficial, Caro logró movilizar refuerzos de la HCPD de toda la ciudad para ayudar a detener a los cultistas restantes.

Sí, aún quedaban algunos. Solo los más fanáticos habían muerto en aquel necio intento de provocar un apocalipsis inútil.

Seguía sin entender muy bien qué pretendían.

Pero eso no era asunto mío. Yo me ocupaba de las curas, no de las causas.

Heiligslicht, los enanos y los hombres rata se habían esfumado antes de que llegara la HCPD. Caro aseguró la cámara ritual y la red de túneles. Por suerte, la detective hombre lobo había sobrevivido. No podía decirse lo mismo de cinco detectives de la AIU y una docena de purificadores.

Tenía que repetirme que podría haber sido peor. Pero la muerte no podía cuantificarse. No había una cantidad aceptable de muertos. Solo tragedias. Una tras otra.

Caro dejó a Heiligslicht, a los hombres rata y a los enanos fuera de su informe.

Y no para acaparar la gloria, conste. De verdad que no queríamos atraer la atención pública.

Si El Consejo no había estado dispuesto a ayudarnos desde el principio, tampoco iba a importarle lo bastante como para recompensarnos.

Ni siquiera aunque hubiéramos salvado el mundo.

Para mí, eso ya había sido recompensa suficiente. No me importaba que la AIU se llevara el mérito. Habían hecho un buen trabajo. Les vendría bien que les aumentaran el presupuesto. Y, de todos modos, Caro se merecía un ascenso.

Ariel visitó a Conrad unos días después del incidente.

Informó de que los Serafines habían considerado que la Tierra estaba relativamente libre de demonios, lo suficiente para que la amenaza de contagio volviera a encontrarse dentro de unos parámetros aceptables y seguros.

Conrad pareció aliviado, pero saber que los Serafines podían decidir destruir mi mundo en cualquier momento no me dejaba tranquila.

En fin, esa sería una batalla para otro día.

Mis amigos no dejaron de preocuparse por mí durante los días siguientes.

Conrad me traía cantidades ingentes de café y me obligaba a salir a desayunar todos los días.

Gibbs me dejó una cinta con una selección de sus mejores canciones.

Y Brick era... bueno, Brick. Me abrazó, y eso fue todo.

Y no hacía falta más. Steph venía todos los días con la cena, incluso después de que yo volviera a cocinar.

A veces, Sarah y Kabo venían con ella. Había estrechado lazos con ellos.

Pese a todo. Una prueba de lo que el tiempo podía lograr.

Podía sanar todas las heridas y salvar todas las distancias.

O, al menos, eso esperaba.

Pasó un mes antes de que Heiligslicht nombrara a un nuevo Maestre del Capítulo para sustituir a Cox.

No sabía hasta qué punto un sustituto estaría a la altura de aquel hombre siempre estresado y cascarrabias, pero también bondadoso, firme y digno.

Pero no tardé en tener ocasión de averiguarlo.

Recibí una invitación para reunirme con el nuevo Maestre del Capítulo. Un hombre al que conocía. El maestre Idano. Ahora, Maestre del Capítulo. Un hombre sereno y racional que ya era viejo cuando yo era joven. Ahora era aún mayor, pero, de algún modo, no había cambiado.

Había sido mi profesor de sanación. Una mano firme y compasiva para guiar a una Heiligslicht más benévola. Tal vez fuera lo mejor.

Llegué al complejo de Heiligslicht por la mañana. Esta vez tenía cita, así que el guardia me dejó pasar sin protestar. Saludé a Steph con la mano mientras subía, me crucé con algunos purificadores que habían participado en la batalla y, finalmente, llegué al despacho del Maestre del Capítulo.

Me quedé paralizada ante la puerta de Cox... Quiero decir, de Idano... Eso iba a ser difícil.

Cox había sido un hombre severo. Injusto, a veces, en mi opinión. Pero siempre había tenido muy presentes los intereses de todos nosotros. Y, al final, se había sacrificado para salvar a quienes estaban a su cargo.

Había muerto como había vivido.

Dejé que mis dedos acariciaran distraídamente las cicatrices de mi brazo. Me había hecho un regalo antes del final. Lo utilizaría para luchar contra nuestros enemigos. Esa era la mejor forma de recordarlo.

Respiré hondo y llamé a la puerta. Nuevo Maestre del Capítulo, nueva yo. Más valía empezar con buen pie.

—Adelante.

Entré. Idano aún estaba sacando sus cosas de las cajas: varios tótems de curación, manuscritos médicos y una estatua de Hermes.

—Maestre del Capítulo, ¿quería verme?

Idano siempre había sido serio, pero me desarmó con una leve sonrisa.

—¡Señorita Giles! Cuánto tiempo. Recuerdo su examen final en la academia. Su uso de las compresiones a distancia en un entorno sometido a mucha tensión fue ingenioso.

Me contuve para no sonrojarme. —Gracias, señor.

—Siempre ha sido una gran sanadora, señorita Giles. Me entristeció enterarme de su expulsión, hace ya tantos años. Pero comprendí que se negara a regresar con nosotros.

No respondí. Veía por dónde iba. Me miró a los ojos.

—Durante estos últimos años ha demostrado tener talento para mucho más que sanar. Tanto es así que mi predecesor llegó a reservarle un lugar especial entre sus personas de confianza.

Aquello me sorprendió. ¿De verdad había sido tan importante para Cox?

No pude evitar sentir de nuevo la pérdida que había supuesto su muerte.

—Cindy Giles —dijo mientras ordenaba unos papeles sobre el escritorio antes de dedicarme toda su atención—, quiero invitarla a volver a Heiligslicht. La asociación necesita a alguien como usted. Una purificadora poderosa. Alguien con determinación, compasión y valor.

Bueno, había ido directo al grano. Yo ya tenía preparada mi respuesta.

—Lo siento, Maestre del Capítulo. No puedo volver a estar atada a una mesa de operaciones. Quiero sanar, pero también quiero seguir persiguiendo demonios y monstruos. Es mi vocación.

Era lo que me hacía feliz. Lo que Tom quería...

Negué con la cabeza. —Heiligslicht ya no tiene divisiones de combate. Ya no se da caza a monstruos. He oído que incluso podrían disolver la rama de exorcistas. Lo siento, pero no puedo aceptar su oferta.

Para mi sorpresa, Idano sonrió. Con picardía, como un niño travieso. Resultaba bastante entrañable en el rostro de un hombre tan anciano.

—No lo entiende, señorita Giles. No le estoy ofreciendo volver a su antiguo puesto.

Quiero que se convierta en paladín de nuestra asociación.

Y no en una paladín cualquiera. Quiero darle carta blanca.

Un puesto sin funciones definidas, para que haga cuanto considere oportuno al servicio del bien y la justicia.

Solo quiero ofrecerle la bendición de Heiligslicht, nuestros recursos y el lugar que le corresponde junto a su familia.

Me quedé sin palabras.

Repasé todo cuanto había dicho. Lo examiné en busca de tecnicismos. De ese «pero» burocrático.

Pero no encontré nada. No había trampa. Ni limitaciones.

Confiaba en mí.

Y quizá hubiera llegado el momento de que yo confiara en ellos.

Asentí y, todavía atónita, respondí:

—Supongo que acepto.