25. Ritual #3
Mi magia cesa. No sale más. Me tambaleo y caigo de rodillas.
Lilian deja caer las manos a los costados y detiene la descarga de fuego infernal. Las lágrimas me corren por las mejillas.
—Haré que sea rápido, mi enemiga favorita —dice Lilian, con verdadero respeto en la voz, mientras forma entre las manos su espada de fuego infernal y la levanta sobre mi cabeza.
Por encima de todo, desearía haber podido pasar un solo instante más con Tom. Es lo único que quiero.
Cierro los ojos.
Y veo un destello.
Abro los ojos y veo una figura translúcida detrás de Lilian. El loco que se alza sobre mí saborea alegremente el momento pese a su promesa de una muerte rápida, mientras la figura le da unos golpecitos en el hombro.
Confuso, Lilian se vuelve y recibe en plena cara un puño fantasmal. Un puño envuelto en llamas.
¡¿Puede ser?!
—No... eso... —tartamudea Lilian, agarrándose la ensangrentada mandíbula. Por primera vez, veo verdadero miedo en él—. Es imposible. ¡Estás muerto!
—No estoy muerto —responde Tom, con la voz distorsionada por el Vacío y humeante de fuego arcano.
Sus llamas fantasmales adquieren un intenso color naranja y el fuego se alza alrededor de él y de su ígneo abrigo de salamandra. Las chispas vuelan como luciérnagas. Y, cuando esas ascuas flotantes me rozan, vuelvo a sentirlo. Su chispa. Su esencia. Y reaviva mi chispa.
Me pongo en pie mientras Lilian se encoge ante Tom, que ahora tiene el aspecto que recuerdo. No titila. No es translúcido. Es el Tom real y físico.
¡Ha vuelto!
¡Luz Sagrada! Sabía que volvería.
—Nunca me has caído bien, Lilian —dice Tom—. Salvo quizá ahora.
—¿Por qué...? ¿Cómo?
Tom sonríe con malicia.
—Porque ahora puedo hacer esto.
Le propina a Lilian un puñetazo en la cara y lo lanza hacia mí.
Envuelvo los puños en poder purificador y aporreo a Lilian en la nuca.
Lilian escupe sangre demoníaca y vísceras impregnadas de magma, revelando hasta qué punto ha mutado.
Y lo poco que queda de la humanidad que alguna vez pudo albergar.
Pero no supone ninguna diferencia.
Miro a Tom y él me devuelve la mirada. Y en ella sé que todavía me ama. Que nunca ha dejado de amarme.
Lilian yace en el suelo, con el pálido rostro lleno de terror, mientras nos cernimos sobre él.
Ha llegado la hora de acabar con esto.
Me abalanzo sobre Lilian y lo golpeo en la cara mientras reúno fuerzas para levantarlo. Tom lo atrapa y le asesta un golpe en el estómago con tanta fuerza que le hace exhalar fuego infernal.
Y, entre los dos, convertimos al supuesto mesías oscuro en nuestro saco de boxeo hasta que solo queda una masa magullada y rota.
Tom lo agarra por el pelo grasiento y apelmazado, lo hace girar como un lanzador olímpico de martillo y lo suelta.
Lilian chilla mientras surca el aire y desaparece en una voluta de humo al volver a entrar en el Vacío. Y esta vez sé con certeza que no regresará jamás.
La cámara queda en silencio.
Alzo la vista y observo cómo Ariel asiente despacio. Satisfecha. Desaparece.
Una pequeña parte de mí sabe que acabamos de salvar el mundo.
Pero enseguida la abruma la constatación de que es Tom quien está ante mí.
Lo miro en silencio, incrédula, antes de correr hacia él y rodearlo con los brazos.
¡Es real! Siento carne, fuego y una calidez ahumada que he añorado. Durante siete años. Siete años que parecen una eternidad.
Mis labios se encuentran con los suyos y siento su anhelo; comprendo que mis siete años han sido incontables para él. Y sé que también ha sufrido.
Pero eso no importa. Porque ahora está aquí. Y puedo volver a ser feliz.
Y entonces titila.
Mis brazos lo atraviesan como si atravesaran agua.
Conmocionada, retrocedo.
Su rostro está triste. Una tristeza insondable.
—Yo... No quería que me vieras así.
—¿No puedes...? ¿No puedes curarte?
Niega con la cabeza.
—Lo he intentado.
Ante mis ojos, empieza a desvanecerse. Quiero abrazarlo. Aferrarme a él. Besarlo. No dejarlo marchar nunca.
Pero no puedo tocarlo. Ya no. Solo puedo observar cómo vuelve a desaparecer de mi vida.
—No pensaba morir —dice—. Esa es la verdad. Pero morí. Y he pasado mil años en mil mundos buscando la forma de regresar contigo.
Niega con la cabeza.
—No hay forma, Cins. Y, maldita sea, me enfrentaría al Ragnarök, a Raz'ed y a los más oscuros de los reinos con tal de encontrar una manera de estar a tu lado. Pero...
Ya puedo ver a través de él. Las lágrimas caen por su rostro fantasmal. Doy un paso adelante y le llevo una mano a la mejilla. No puedo sentirlo. Pero eso no importa.
—Sé feliz, Cins. Por favor.
Contengo un sollozo.
—Quédate...
Las lágrimas caen de sus ojos, pero él se mantiene estoico. Aunque sus ojos reflejan mi desesperación angustiada.
—Ahora pertenezco al Vacío, Cins. Yo... necesito que sigas adelante. Necesito que me prometas que encontrarás la felicidad. Por favor...
¿Cómo podría? ¿Cómo podría seguir adelante? ¿Cómo podría ser feliz sin él?
Pero no puedo permitir que lo sepa. No puedo dejar que se enfrente a otra eternidad sabiendo que me ha destrozado.
—Te... te lo prometo —miento.
Contiene un sollozo; su fachada impasible se ha desmoronado.
—Te quiero, Cindy Giles. Por favor... sé feliz...
Desaparece.
Me quedo allí. En silencio. Incluso mientras los enanos y los hombres rata vitorean al unísono.
Thane Yuel y el Escurrimante Chitrit se estrechan la mano sobre las piedras ensangrentadas por sus enemigos.
—Se ha derramado sangre por una causa honorable. Una afrenta ha sido expiada con valor y sacrificio. No habrá ajuste de cuentas. Ni ahora ni nunca —anuncia Thane Yuel.
—Roca y travesura. Paz —responde Chitrit.
Y los enanos y los hombres rata vitorean mientras yo caigo de rodillas, incapaz de disfrutar de esta victoria o de sentir el menor alivio.
Steph llega a mi lado, seguida de Conrad. Y ambos me alejan de este lugar. Me aferro el pecho.
Mi corazón sigue latiendo. Y siento mi chispa dentro de mí. A pesar de todo. Y brilla con fuerza, aunque mi mundo haya vuelto a sumirse en la oscuridad.