Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 27. Caza de monstruos
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27. Caza de monstruos

Caza de monstruos

Pasaron los meses y comenzó un nuevo año. Estuve a punto de dejarme arrastrar de nuevo por la melancolía, pero Steph, Conrad y las demás personas que formaban parte de mi vida me salvaron. Celebré con ellos la Navidad y el Año Nuevo. Mi familia.

Pasé mucho tiempo en un quirófano, salvando vidas. Había algo catártico en ello. Algo casi meditativo. Y, sin ningún demonio de ceniza suelto, no perdí a ningún paciente.

Pero, pese a haber recuperado mi propósito salvando vidas, empecé a sentirme perdida otra vez.

El Reckoning no sobrevivió a la reunión. Alex reconstruyó su bar. Iba a visitarlo siempre que podía. Gibbs tenía un hueco fijo en su calendario de actuaciones. A veces yo era la única que asistía. Pero, incluso cuando no lo era, siempre aplaudía más fuerte que nadie.

Durante un tiempo mantuve el contacto con Brick, hasta que, como era inevitable, volvió a desaparecer del radar. Lo último que había oído era que se había marchado al norte. A las Tierras Baldías, en busca del León de Nemea.

No estaba segura de que realmente se encontrara allí, pero no temía que Brick no fuese a salir adelante. Siempre lo hacía. Cada vez estaba más convencida de que ya no era humano.

Intenté convencer a Alex y a Gibbs para que volvieran a cazar monstruos. No les interesaba. Y, aunque Steph, Sarah y Kabo me habían acompañado en algún que otro destierro de demonios, no era lo mismo.

Con el paso del tiempo, Conrad empezó a ponerse nervioso. La aplicación Monster Slayer puso en marcha un programa de colaboración con agentes que permitía a gente como él representar a profesionales independientes. Parecía que todavía había un lugar en este mundo para los de su calaña.

—Entonces, ¿cuándo vas a representarme? —le pregunté un día mientras tomábamos algo en El Gravekeeper.

—¿Yo? ¿Representarte a ti? —Soltó un bufido.

—¡Eh! Literalmente ayudé a salvar el mundo el año pasado.

Dio un trago y después eructó. Fruncí el ceño.

—No hace falta que seas tan asqueroso para parecer humano.

Sonrió como un niño repugnante y satisfecho de sí mismo.

—Que salvaras el mundo es precisamente la razón por la que ya no puedo representarte —continuó—. Has conseguido demasiado para alguien como yo.

Esta vez fui yo quien bufó. Pero su expresión se tornó seria.

—Siempre me he considerado un mentor. Un entrenador. Mi trabajo consiste en crear héroes. En prepararlos para este mundo violento, sangriento y lleno de gloria.

—¿Tú, crear héroes?

No se rio.

—Contigo cumplí mi cometido, Cins. Estás más que preparada. ¡Demonios! Me has superado. En conciencia, ya no puedo seguir siendo tu jefe.

—Entonces, ¿qué? ¿Estoy despedida?

—Como si necesitaras mi dinero, señorita paladín de la Asociación de Heiligslicht. ¡Por no hablar de todo el dinero que tienes en el banco! ¿En qué te lo gastas? ¿En huérfanos?

—Pues sí.

—Muy propio de Cindy.

Se frotó la barbilla, pensativo.

—Ya no puedo representarte. Y tampoco encajaríamos bien. No eres una profesional independiente. Necesitas un equipo. Ahí es donde brillas. ¿Qué te parecería una agencia?

—Creía que odiabas las agencias.

—Bueno, no sería yo quien se uniría a una. ¿Puretide?

Fruncí el ceño.

—¿Después de cómo metieron la pata en el rescate de Drummond? No, gracias.

—¡Entonces Drakenbane! Creo que podrían gustarte. Son unos buscadores de emociones fuertes. Probablemente hasta Brick se sentiría como en casa con ellos.

—No quiero atarme a nada, Conrad. Ya lo sabes.

—Qué tiquismiquis eres —me reprendió, agitando un dedo ante mí—.

Pero precisamente por eso son perfectos.

Han creado un programa auxiliar para gente como tú.

Necesitan sobre todo sanadores. Y, entre curar las heridas de algún lacayo corporativo, tendrás tu buena ración de destierros, desanimaciones y furia justiciera en el Entremedio.

Es por contrato, así que podrás darte de baja cuando te canses.

¡Eh! Puede que incluso acabes haciendo amigos.

—Ya tengo amigos de sobra.

—Nunca se tienen demasiados, Cins.

Solté un bufido desdeñoso, pero me tomé en serio las palabras de Conrad.

Al llegar a casa, solicité entrar en el programa auxiliar de Drakenbane y me aceptaron de inmediato. Debía conocer a mi equipo a la mañana siguiente.

Aquella fue una de las pocas noches en que Steph no pudo venir a cenar. Sus responsabilidades iban en aumento.

La casa estaba en silencio. Quizá Conrad tuviera razón. Unos cuantos amigos más no podían hacerme daño.

Por la mañana me desperté temprano y me puse mi antiguo equipo de cazadora de monstruos, adornado con mi cogulla oficial de paladín y el tabardo de Heiligslicht.

Conduje hasta la cercana sucursal de Drakenbane en Rondebosch.

Ya tenían oficinas por toda la ciudad. Admiraba su éxito al mismo tiempo que temía de verdad dónde me estaba metiendo.

No estaba hecha para ser una mercenaria corporativa.

Aun así, decidí concederles el beneficio de la duda mientras aparcaba el coche frente a la sucursal. Era un lugar modesto: una antigua clínica dental reconvertida, con una torre de vigilancia de acero erigida en la parte trasera.

Avancé con paso decidido hacia la puerta principal y me dispuse a llamar.

—¡Eh! Estamos aquí —gritó un hombre. Me volví y vi a dos hombres con uniformes de Drakenbane, de pie junto a una furgoneta que llevaba un draco carmesí pintado en el lateral.

El hombre que me había llamado me hizo señas para que me acercara. Era más joven que yo. Rondaría los diecinueve años como mucho. Tenía el pelo oscuro, cortado muy corto, y llevaba manga larga pese al calor. Lucía una sonrisa forzada, como si tuviera que esforzarse mucho por parecer alegre.

—¿Eres la sanadora auxiliar? —preguntó. Su acento no era hopeano. Procedía de algún lugar del nordeste. ¿Goldfield?

Asentí y le tendí la mano.

La aceptó y me la estrechó con firmeza.

—Brett —dijo—. Brett Callahan. Cazador de Drakenbane, número de serie RB334-2.

Recitó el número de serie como un soldado que respondiera a un instructor militar. Asentí para dejar constancia de que lo había oído y después me volví hacia su compañero.

Era un hombre de piel oscura, más o menos de mi edad. Tenía la cabeza afeitada y una mirada intensa. Cuando nuestros ojos se encontraron, algo me hizo vacilar. Y por un instante me olvidé de respirar.

—Y este es Guy Mgebe —dijo Brett.

Guy me tendió la mano.

—Encantado de conocerte.

Su voz era grave. Tenía el aire de un hombre de pocas palabras, lo que hacía que cada una de las que pronunciaba resultara aún más valiosa.

Me di cuenta de que ambos me miraban fijamente. Esperaban.

—¡Cindy! —solté de golpe—. Cindy Giles. Estoy deseando trabajar con vosotros.

—Encantado de conocerte, Cindy —dijo Brett. Estaba a punto de añadir algo más cuando la radio de la furgoneta cobró vida.

—Furgoneta RB334, ¿me recibís?

—Te recibimos, Control —respondió Brett mientras introducía el brazo por la ventanilla de la furgoneta y agarraba el micrófono.

—Código 34-B en el sector Z22-12. ¿Podéis encargaros?

—Afirmativo. Recibido, Control. Corto y cierro.

Brett sonrió de oreja a oreja al colgar la radio.

—Un 34-B es una bestia desbocada sin descripción clara —explicó Brett. Parecía entusiasmado.

—A Brett le gusta enfrentarse a bestias misteriosas —añadió Guy.

—Me gustan las sorpresas. ¡Denunciadme!

—Mientras la sorpresa no nos almuerce a nosotros... —añadí.

Brett se echó a reír mientras ocupaba el asiento del conductor de la furgoneta.

—Nos convertiría en pienso para bestias, pero lamentaría el día en que intentara comerse al amigo Guy. Pincha más que un demonio de púas.

Guy esbozó una leve sonrisa. Tan fugaz y sutil que estuve a punto de no verla.

Me abrió la puerta de la furgoneta y me indicó cuál era mi asiento. Brett pisó el acelerador y arrancamos. A toda velocidad hacia otro monstruo.

Contemplé el mundo que desfilaba al otro lado de la ventanilla. Y me di cuenta de que, a pesar de todo, estaba sonriendo.

Esperaba que Tom pudiera verlo. Estuviera donde estuviese.

Podía ser feliz.

La caza continuaba, siempre adelante y hacia lo más alto. Para siempre. Y, mientras hubiera otra bestia que abatir, otro demonio que desterrar u otra persona que salvar, estaría satisfecha.

Se lo debía a Tom. Y dedicaría mi vida a cumplir esa promesa.

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