24. Asalto #4
Los ojos del geomante no revelaron preocupación alguna. Lo que decía Conrad resultaba un tanto descabellado. Pero el hecho de que Heiligslicht y AIU estuvieran allí con nosotros debía de significar algo. No éramos los típicos agoreros que despotricaban anunciando que «¡el Fin estaba cerca!».
—Hijo —dijo Cox, dirigiéndose al geomante mientras se situaba junto a Conrad—, no hay dinero que compense lo que esos sectarios intentan conseguir. Sus creencias son una locura. Y provocarán el fin de todos nosotros.
El geomante miró más allá de nosotros, como si solo le importara la roca. Masticó algo y después lo escupió. Resonó al golpear la piedra. Me di cuenta de que había estado masticando metal.
—Yo también tengo mis creencias, compañero. Creo que, si te pagan, haces el trabajo. Da igual que te pidan el apocalipsis o un túnel de metro. Lo haces de todos modos.
—¡¿Aunque suponga el fin del mundo?! —soltó Conrad, horrorizado.
El geomante asintió.
—Aunque no estuvierais poniéndoos histéricos por nada, seguiría adelante, compañero. Los principios perduran incluso después del fin del mundo. Sin ellos no somos nada.
Admirable… pues no. Todo debía tener límites. Y hacer un trabajo demencial sin importar las consecuencias no era ningún principio inalienable.
¡Ja! ¡Jamás pensé que acabaría diciéndole a la gente que mandara sus principios a la mierda!
Brick posó una mano sobre el hombro de Conrad cuando este se disponía a discutir de nuevo. Vi que los purificadores palidecían. Se removían inquietos y miraban la puerta situada al otro extremo de la cámara. Cox entre ellos. Yo también lo percibía.
El ritual se celebraba justo al otro lado de aquella cámara. Tras la puerta que había detrás de ese hombre. Y se acercaba a toda velocidad a su conclusión.
Brick miró al geomante directamente a sus ojos aburridos.
—Yo también tengo una creencia —dijo Brick—. Creo que puedo estrellarte la cabeza contra el suelo con tanta fuerza que reventará como una sandía.
Los ojos del geomante se abrieron de par en par antes de que estallara en carcajadas. Brick no pareció encontrarle la gracia.
—Espera, espera. ¿No estás bromeando?
Brick sopesó el martillo en una mano, sin esbozar siquiera una sonrisa.
El humor del geomante se evaporó. Se irguió y detuvo la órbita de sus rodamientos, que quedaron suspendidos en el aire.
—¿Crees que puedes conmigo, compañero?
Brick asintió.
—Sé que puedo.
Ambos permanecieron inmóviles. Midiéndose con la mirada. Taladrándose el cráneo con la intensidad de sus ojos. Hasta que…
—Entonces inténtalo… compañero.
Brick ni siquiera rugió al lanzarse hacia delante.
Avanzó como una bala silenciosa, al contrario de su habitual carácter ruidoso y bravucón.
El geomante saltó hacia atrás y lanzó una andanada de rodamientos contra Brick.
Brick apartó varios de un manotazo y gruñó cuando los demás le golpearon el pecho y se incrustaron en su carne.
No cejó, ni siquiera cuando los rodamientos le atravesaron la piel y amenazaron con perforarle los órganos.
Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no correr a curarlo.
Lo único que conseguiría sería que me mataran.
El geomante dio un pisotón y provocó que la roca situada bajo Brick saliera disparada hacia arriba formando una púa capaz de perforar los bajos de un tanque.
Brick saltó y esquivó la púa por un pelo; sostuvo el martillo por encima de la cabeza mientras volaba por los aires y lo descargó sobre el geomante.
El geomante atrapó el martillo y se esforzó por resistir la fuerza de Brick. Era asombroso que hubiera logrado bloquear semejante golpe. Pero, por el enrojecimiento de su brazo, vi que no se recuperaría pronto de aquello.
Ya no quedaba arrogancia alguna en los ojos del geomante.
Ni apatía aburrida ni seguridad presuntuosa.
Solo miedo e incertidumbre. Una emoción que llevaba una eternidad sin sentir.
Probablemente no la había sentido desde que aprendió que podía defenderse de los matones del patio con una granizada de guijarros y una tormenta de arena artificial.
—¿C… cómo? —tartamudeó el geomante. Vi que intentaba manipular el martillo de Brick. Retorcerlo. Romperlo. Pero nada funcionaba. Intentaba usar su chispa para invadir el arma y hacerla suya.
Brick sonrió como el loco que era.
—No es tu martillo.
Retiró una mano mientras seguía empujando al geomante hacia abajo con el martillo y le propinó un puñetazo en la cara.
El geomante salió despedido al otro lado de la cámara y se estrelló contra la puerta opuesta, con la sangre manándole de la nariz rota. Y probablemente también del rostro destrozado. No sabía si seguía vivo. No me importaba lo suficiente como para comprobarlo. No se recuperaría pronto de aquello.
Brick se sacudió las manos con una sonrisa satisfecha.
—Eso ha sido por Tom —dijo.
En cierto modo, había sido como una revancha contra Steelbender. Y esta vez Brick había ganado.
—¡El ritual está casi completo! —siseó Cox mientras abría paso hacia la puerta.
Brick dejó de regodearse y tiró de la puerta de la cámara ritual con ayuda del detective hombre lobo.
Lograron abrirla justo cuando un maremoto de energía demoníaca nos arrolló.
Habíamos llegado demasiado tarde.