24. Asalto #3
Los demonios rata chocaron contra nuestras filas. Sarah y Kabo esquivaron a uno mientras devoraba a uno de sus compañeros. Sarah intentó curarlo, mientras Kabo dejaba que un torrente de energía dorada incinerase al demonio que tenían delante.
Stephanie tejió un ejército ilusorio que atrajo el fuego de los gánsteres. Pero los zombis no cejaron.
Y, mientras tanto, Gibbs se marcaba el solo de guitarra más brutal que jamás había tocado con su keytar. Una pena que no pudiera oírse por encima de los disparos.
Lancé una descarga tras otra de mi magia, haciendo estallar la cabeza de un zombi antes de mandar a un demonio rata a las profundidades del infierno mientras este arañaba y clavaba las garras, desesperado por quedarse.
Las balas de los gánsteres apostados arriba llovían sobre nosotros mientras Skinny Jan reía como un maníaco. ¡Menudos aires de villano de pacotilla!
—Creo que ha llegado la hora de transformarte —le dijo Caro a su amigo hombre lobo mientras disparaba varias veces en rápida sucesión contra unos zombis que cargaban hacia ellos.
El hombre lobo negó con la cabeza y disparó su escopeta contra la muchedumbre de zombis.
—Todavía no. No es el momento.
Si este no era el momento, no sabía cuál podía serlo.
Oí a Cox recitar un encantamiento, pero, entre el estruendo de la batalla y el empuje de los cuerpos, no conseguía lanzar el hechizo.
Me abrí paso hacia él justo cuando logró liberar una parte.
Varios zombis cayeron. Inertes, después de que les arrancaran las ataduras nigrománticas que los mantenían como muertos vivientes.
Cox alzó la vista hacia mí; el reconocimiento le cruzó el rostro mientras el sudor le corría por la frente.
—¡Giles! No puedo lanzarlo como es debido. La línea wey de este lugar es demasiado inestable. Caótica. Necesito tu chispa. Tienes que lanzar tú el hechizo.
—¡No conozco el hechizo! —grité por encima del estruendo. Una purificadora gritó cuando la mordieron y la arrastraron al interior de la horda de muertos vivientes. Para unirse a ellos.
Cox frunció el ceño y se le arrugó la frente. Su mirada descendió hasta mi brazo. Mi brazo escarificado, donde había escrito la inscripción para desterrar al archidemonio de Lilian de vuelta a los Infiernos.
—Lo que se escribe en la carne y el espíritu perdura —dijo, como si recitara alguna máxima mística.
Abrí mucho los ojos al comprender su plan.
—Hazlo —dije mientras me subía la manga y dejaba al descubierto el brazo sin cicatrices.
Vaciló, horrorizado ante lo que aquello implicaba, pero, con los gritos resonando a nuestro alrededor, ambos sabíamos que no teníamos elección.
Le pasé mi cuchillo y apreté el labio entre los dientes. Contuve mi chispa para impedir que curase las heridas antes de que quedaran grabadas en mi carne.
Mordí con más fuerza mientras Cox tallaba en mi brazo, con meticulosa precisión, el hechizo y la inscripción rúnica en medio de un dolor atroz. Todos los que nos rodeaban seguían luchando por sus vidas, mientras más y más caían ante las hordas gemelas de demonios y muertos vivientes.
Dejé que su determinación fluyera hacia mí, me armé de valor y acepté el dolor. Y, con cada curva y cada línea, sentí que el conocimiento de lo arcano contenido en el hechizo de Cox penetraba en mí.
Me llenó la mente. Y las palabras acudieron a mí. Aun mientras él escribía, empecé a recitar el encantamiento y dejé que mi chispa fluyera por mi interior.
Por fin, Cox soltó mi cuchillo y lo dejó repiquetear contra el suelo mientras la sangre me manaba del brazo. Toqué con una mano los cortes abiertos y ensangrentados, percibiendo cada línea y cada sílaba arcanas.
No permití que el dolor me detuviera. No permití que la sangre que brotaba a raudales de mi cuerpo me debilitara. Pensé en todas y cada una de las personas que estaban allí y supe que no había elección.
Dejé que mi voz retumbara por el túnel convertido en campo de batalla mientras recitaba cada palabra y permitía que mi chispa estallara hacia fuera, llenándome de luz dorada.
Hasta que alcancé el clímax y vi fluir mi magia como un maremoto. Al unísono, todos los zombis se detuvieron. Y cayeron. Ya no eran más que cadáveres.
Skinny Jan y sus gánsteres se quedaron inmóviles al ver caer a su horda de muertos vivientes. Kabo purgó al último demonio rata y todos nos volvimos contra los gánsteres.
—Esto… ¿es demasiado tarde para negociar? —preguntó Skinny Jan, con el sudor corriéndole por la frente.
Caro cargó sin decir palabra ni hacer ruido, como una exhalación roja, pendiente arriba. En un abrir y cerrar de ojos, la cabeza de Skinny Jan golpeó el suelo. Caro sostenía la espada extendida a un lado. La sangre ni siquiera había tenido tiempo de mancharle la hoja.
Antes de que los compañeros de Skinny Jan pudieran dispararle, Brick se abalanzó sobre ellos y los aporreó hasta convertirlos en pulpa.
Sonrió a Caro.
—No se te da nada mal, tía.
Pese a la elocuencia de Brick, Caro lo recompensó con una respetuosa inclinación de cabeza.
Sentí poder curativo en el brazo mientras tres purificadores me atendían, limpiaban la sangre y convertían los cortes en cicatrices recientes. Flexioné los dedos al notar la carne aún sensible. Ya curada. Esas cicatrices me acompañarían para siempre. Y no lo habría querido de otro modo.
—El ritual ha comenzado de verdad —anunció Cox—. Percibo una energía infernal y magmática. Más adelante.
—Estamos cerca —añadí—. Solo falta un poco más.
No nos concedimos tiempo para lamernos las heridas, atender a los muertos ni siquiera recuperar el aliento. Seguimos avanzando por el túnel, conscientes de que lo peor aún estaba por llegar.
El túnel desembocó en una cámara más amplia. La llenamos de luz antes de entrar en tropel. Sin embargo, en lugar de demonios rata o sectarios, había un único hombre sentado en un taburete de piedra. Un taburete tallado en la propia roca.
Tenía una barba oscura y larga, trenzada con aros metálicos.
Llevaba una diadema de acero en la cabeza.
A diferencia de Steelbender, no vestía una armadura metálica.
Solo una camisa de leñador de tartán rojo y blanco y unos vaqueros cubiertos de barro y polvo de roca.
Hacía malabares con toda naturalidad con un enjambre de rodamientos, como si no pesaran nada.
Era un espectáculo hipnótico que me habría impresionado de no saber de qué más era capaz aquel hombre.
—No creí que fuerais a llegar tan lejos —anunció el geomante. Tenía un deje peculiar al hablar, como los que solo había oído en viejas películas ambientadas en el Salvaje Oeste de los antiguos Estados Unidos.
Un detective de AIU dio un paso al frente y apuntó, pero Caro interpuso un brazo. Negó con la cabeza, con una visible preocupación reflejada en el rostro. Sabía de qué era capaz un geomante. Las balas apenas le harían cosquillas antes de volver disparadas contra quienes las habían lanzado.
El geomante se levantó, se hizo crujir la espalda y dejó que los rodamientos flotaran alrededor de su cabeza como planetas en torno a una estrella.
—Bueno, ¿hago que se derrumbe este precioso túnel que me he pasado casi un año excavando o preferís morir a manos del metal? Yo prefiero lo segundo. Es sucio, pero me permite volver a casa mucho antes.
—Después de esto no vas a volver a casa —replicó Conrad mientras daba un paso al frente—.
Supongo que te han pagado para obedecer a esta gente.
¿Eres mercenario? Si es así, deberías saber que el dinero no valdrá gran cosa cuando terminen lo que están haciendo ahí dentro.
Esto no es un simple cártel demoníaco que intenta hacerse con el control de una ciudad.
Los Serafines se han percatado de lo que ocurre.
¡Destruirán este mundo si el ritual llega a completarse!