24. Asalto #2
Esquivé las balas y me deslicé por debajo de un disparo de escopeta sin detenerme siquiera a disparar contra los sectarios. Rodé por el suelo y aterricé justo delante de uno que me miraba atónito, al que lancé al rostro una descarga de luz dorada.
No podía perder a otro amigo. No lo permitiría. Aquello no iba a ser como mis pesadillas. Esta vez lo salvaría. Los salvaría a todos.
El grupo de tiradores se apostó dispuesto a disparar y yo me quedé paralizada.
En ese preciso instante, un rugido atronador hizo vibrar la entrada de la cueva y los sectarios se volvieron hacia las fauces llameantes de un dragón.
¡Grietas! No me esperaba eso.
Se encogieron y cayeron hacia atrás mientras el dragón se alzaba sobre ellos, rugiendo con una cólera ardiente e incandescente.
Me repuse de la conmoción y volví la vista hacia Brick.
Dos figuras encapuchadas y vestidas de blanco se me adelantaron, se agacharon junto a él y le pusieron las manos encima, inundándolo de luz dorada.
Brick tosió y farfulló mientras las balas que seguían alojadas en su interior salían despedidas y su carne se regeneraba como si no hubiera ocurrido nada.
Abrió los ojos con un parpadeo. Frunció el ceño, confuso.
—¿Cins? Estás distinta. ¡Y hay dos como tú!
Las figuras encapuchadas lo ayudaron a levantarse, esforzándose bajo su peso.
Me volví hacia los sectarios, que se encogían ante el dragón. Abrieron fuego, pero las balas se limitaron a atravesarlo. No tuvieron tiempo de meditar sobre ello, pues unos disparos de precisión alcanzaron sus objetivos y los abatieron.
Las figuras con túnicas blancas se volvieron hacia mí y se bajaron las capuchas.
—¡Sarah! ¡Kabo!
—¿Quién si no? —preguntó Sarah, con gotas de sudor reluciendo sobre la frente. ¡Debían de haber recorrido a pie todo aquel camino!
—¿De verdad pensabas que íbamos a dejar que salvaras el mundo sin nosotras? —añadió Kabo.
Abracé a mis antiguas compañeras de clase.
—¿A mí no me das un abrazo? —preguntó Stephanie mientras se acercaba a grandes zancadas por detrás.
El alivio me inundó el corazón. Giré sobre los talones y estreché a mi amiga en un abrazo demoledor.
—Vale, vale. Ya sé que te caigo bien. No me… rompas la columna.
—¡Perdona! —la solté y miré alrededor.
No estaban solo Sarah, Kabo y Steph. Una docena de purificadores, ataviados con túnicas blancas y tapices cubiertos de runas, y protegidos con chalecos antibalas, rodeaban la entrada de la cueva. Y no eran los únicos.
Un puñado de hombres y mujeres vestidos de paisano, con expresiones adustas y armados con pistolas reglamentarias y escopetas, se encontraban junto a la linde del bosque. Al frente se erguía una elfa alta con un abrigo rojo, que empuñaba una espada élfica curva y un viejo revólver de pistolero.
—¡Caro!
La detective elfa me obsequió con una de sus sonrisas profesionales.
—Creía que AIU no podía hacerse cargo de este caso —dijo Conrad, sacudiéndose del traje el barro y unas salpicaduras de sangre.
—Tenía unas horas de vacaciones acumuladas. Digamos que esto es lo que me gusta hacer en mi tiempo libre.
Un hombre corpulento, con una coleta castaña entreverada de gris y ojos dorados y resplandecientes, se echó a reír.
—Estas son las primeras vacaciones que Caro se toma en los últimos siglos.
Reconocí al hombre. Era un hombre lobo de AIU. ¡Grietas! Nos vendría muy bien contar con su ayuda en aquella misión.
Caro ignoró a su camarada y señaló a los agentes que nos rodeaban.
—Todos son voluntarios. Saben lo que está en juego.
—Espera… No te hemos puesto al corriente. ¿Cómo sabes lo que está en juego?
—Yo se lo conté —dijo Cox mientras se unía a nuestro círculo después de atender a sus compañeros purificadores.
—¡Chapter-Meister! —exclamé sin poder evitarlo—. ¡Has venido!
Él asintió con gesto sombrío.
—El purificador Naidoo me contó lo que planea el culto. Y lo que harán los Serafines si no conseguimos contener la infección. Además, sigues siendo purificadora, Cindy Giles. Siempre lo serás. No íbamos a permitir que te enfrentaras sola a esta oscuridad.
Aquellas palabras hicieron que mi corazón y mi chispa resplandecieran. No se habían olvidado de mí. Nunca. Heiligslicht seguía siendo mi familia. Aunque yo le hubiera dado la espalda.
—Y él nos lo contó a nosotros —añadió Caro, ignorando mi sentimentalismo.
—Aun así —dijo Conrad—, ¿cómo nos habéis encontrado?
Cox y Caro parecieron desconcertados por la pregunta.
—Recibimos vuestras coordenadas GPS. Creíamos que las habíais enviado vosotros.
Negamos con la cabeza. No se nos había ocurrido hacerlo. Habría sido una buena idea.
Intercambié una mirada con Conrad. Estaba pensando lo mismo que yo.
La única persona que conocía aquel lugar era Ariel.
Al parecer, no era del todo reacia a interferir en nuestros asuntos.
—¡¿A qué estamos esperando?! —gritó Brick, impaciente por volver al combate. Era como si una ráfaga de balas no acabara de convertirlo en un queso gruyer.
Caro comprobó las recámaras del tambor de su revólver y después gritó a sus hombres unas órdenes en clave policial. Una retahíla de números y jerga. Ellos respondieron con un:
—¡Sí, sí, capitana!
—¡La Luz Sagrada está con nosotros, purificadores! ¡Limpiemos este mundo de oscuridad! —prosiguió Cox, dirigiéndose a sus purificadores.
Al unísono, Heiligslicht, AIU y El Reckoning entraron en las cuevas. Y de inmediato sentí que la oscuridad devoraba el mundo.
***
Los purificadores enviaron orbes de luz resplandeciente por delante de nuestra comitiva para iluminarnos el camino mientras nos internábamos en las profundidades.
Los sectarios habían ofrecido una resistencia simbólica durante el trayecto: salían de nichos ocultos y se lanzaban contra nosotros en ataques suicidas. Sus gritos dejaban patente su fanatismo.
—¡El Padre del Final!
—¡Muerte a los opresores!
Pero, sobre todo:
—¡AAAAAHHHH!
Este último solía cambiar de tono cuando se encontraban cara a cara con Brick y su martillo.
Las paredes del túnel habían pasado de la piedra natural y accidentada, tallada con cinceles, picos, martillos neumáticos y trabajo humano, a los túneles de corte liso y perfectamente uniformes de un geomante.
Vi en los ojos de Caro que también se había dado cuenta. A tanta profundidad bajo tierra, un geomante suponía una sentencia de muerte. Esperaba que ya no estuviera allí. Steelbender aún me daba miedo. Incluso a día de hoy.
Llegamos a una bifurcación del túnel y nos detuvimos.
Cerré los ojos y percibí el flujo de la línea wey. Cuando los abrí, muchos de los purificadores ya habían empezado a enviar sus luces flotantes en la dirección correcta.
¡Claro! Ahora no era más que una purificadora entre tantos. Pero, en vez de sentirme prescindible, me sentí envalentonada. Esto era lo que siempre había querido. Estar entre los míos, luchando contra demonios.
Cox se detuvo cuando entramos en el nuevo túnel. Se volvió y cerró los ojos. El detective hombre lobo también se quedó inmóvil, con los ojos encendidos por un feroz resplandor dorado mientras olfateaba el aire.
—¿Qué coño es ese olor? —Brick se tapó la nariz.
—Eres tú, tío —bromeó Gibbs, aunque después hizo una mueca al olerlo él mismo.
Carne podrida. Lo cual solo podía significar una cosa…
—¡Conrad! —gritó un hombre desde la oscuridad, con ponzoña en su voz cantarina—. Sal, Conny-boy. He venido a por ti, leuenaar broek aan die brand .
Miré a Conrad, que fruncía el ceño. No parecía nada contento. En absoluto.
—¡Demonios! —gritó un purificador.
Me volví para mirar hacia la parte superior del túnel. Una horda de demonios rata nos cortaba el paso. Inmóviles. El hedor a carne podrida, mezclado con azufre, se volvió insoportable cuando miré hacia el lugar por el que habíamos venido.
Una horda de zombis se alzaba hombro con hombro, meciéndose al unísono. Tras ellos había alrededor de una docena de matones vestidos de negro, con los brazos al descubierto para lucir tatuajes de calaveras.
Y, a la cabeza, había un hombre rechoncho al que le faltaban los dientes delanteros y que fulminaba a Conrad con la mirada. En una mano llevaba un bastón cubierto de hojas de afeitar ensangrentadas.
—Skinny Jan… —siseó Conrad.
—¿Skinny? —No pude evitar preguntarlo.
Skinny Jan chasqueó la lengua.
— Ja . Skinny. ¿Tienes algún problema con eso, meisie ? Ya me parecía que no.
La horda de zombis gimió en respuesta.
—¡Exacto! —añadió Skinny Jan—. No saben lo que es el respeto.
Hasta sus subordinados vivos miraron de soslayo a Skinny Jan. Pero los nigromantes rara vez estaban del todo cuerdos.
—Te metiste en mi territorio, Conny-boy. Engañaste a mis ouens . ¡Usaste mi nombre en vano, boet !
—¡Todo esto es un malentendido, Jan! —dijo Conrad, volviéndose hacia el séquito.
Los purificadores se habían dividido en dos grupos: una mitad encaraba a los demonios y la otra, a los muertos vivientes. AIU no sabía hacia dónde mirar. Todos salvo la detective Caro, que clavaba una mirada gélida en Skinny Jan.
—Está al mando de una de las mayores necropandillas de los suburbios —susurró—. Es el número uno de nuestra lista de detenciones.
—¿Lo necesitáis vivo? —pregunté.
Caro me dedicó una sonrisa, y vi en ella a la Corte de la Guerra.
—Qué va.
—¡Malentendido se gat ! Te metiste con mi banda. Ahora te comen.
Skinny Jan soltó un silbido estridente. Los zombis aullaron y rugieron en respuesta antes de lanzarse a la carga. Al mismo tiempo, los demonios se abalanzaron sobre nosotros.
Lancé una descarga de energía purificadora contra los demonios y después contra los zombis. Andanadas de proyectiles, esferas y llamas doradas salieron disparadas en ambas direcciones. Algunos demonios rata se desintegraron. Otros siguieron cargando por mucha purificación que les cayera encima.
En el otro flanco, los zombis se echaron sobre nosotros y saltaron contra nuestras filas.
Brick arremetió contra ellos con su martillo y aplastó a varios zombis a la vez. Caro repartía tajos y desmembraba zombis sin dejar de ejecutar una fluida danza de muerte. Un agente de AIU disparó su pistola reglamentaria antes de que lo arrastraran al interior de la horda.