Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 24. Asalto
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24. Asalto

Asalto

Avanzamos en los coches de Conrad y Gibbs todo lo que pudimos por las sinuosas pistas de tierra, los caminos secundarios y las carreteras de servicio abandonadas hacía mucho de Newlands Forest. Mientras subíamos por la montaña, el bosque feérico, fascinante y extraño a un tiempo, fue marchitándose y desvaneciéndose poco a poco, dejando paso a la fauna más mundana del Precataclismo.

Pero, aun sin la influencia de los fae, aquel bosque no era menos espeso ni imponente.

Con todo, la ausencia de fae resultaba reveladora.

Los fae de la naturaleza eran sensibles a las magias oscuras del mundo. Incluso los fae oscuros, más traviesos y de nombre poco imaginativo, sentían aversión por las magias infernales de los demonios y la corrupción retorcida de la nigromancia.

Que los fae hubieran dejado de extender sus dominios por aquel lugar significaba que debía de haber magia impura en el ambiente. Y nosotros nos precipitábamos de cabeza hacia ella.

Seguimos en coche hasta que el camino acabó volviéndose demasiado accidentado para el pobre Golf de Conrad y el deportivo ostentoso y de escasa altura de Gibbs. Bajamos de los vehículos y emprendimos el ascenso a pie, con las ramas y las hojas crujiendo bajo nuestros pies.

Mientras ascendíamos por la montaña, impulsándonos a base de aferrarnos a raíces, ramas y pura fuerza de voluntad, el aire se volvía cada vez más sofocante.

No percibía el inconfundible olor a goma quemada, pero sí los efectos de una línea wey que se oscurecía.

Al menos, a retazos. Dudaba que muchas otras personas fueran capaces de percibir un cambio semejante.

La línea wey que emanaba de El Titán era un flujo constante que diluía la oscuridad antes de descender hasta la ciudad.

Para cuando atravesara el bosque feérico y llegara a los magos de la ciudad, se habría filtrado y purificado demasiado para hacer saltar ninguna alarma.

Por lo general, los magos oscuros se ocultaban en un océano de hechicería maligna y líneas wey contaminadas.

Al fin y al cabo, era fácil esconder mugre entre la mugre.

Pero aquel culto era listo. Necesitaban poder.

Más energía mágica de la que ofrecían los suburbios.

Y, aun allí, un ritual como aquel habría levantado sospechas.

Sin embargo, allí podían esconderse entre la afluencia constante de magia nueva.

¡Gracias a la Luz Sagrada por haber descubierto dónde estaban! De otro modo, nadie se habría dado cuenta.

Gibbs jadeaba, con el pecho agitándose mientras continuábamos el ascenso.

Roce su brazo con las yemas de los dedos y le proporcioné unas gotas de resistencia adicional para evitar que se desmayara.

Por fortuna, los demás aún estaban en suficiente buena forma para soportar la caminata.

Alex, pese a ser el mortal de más edad de Reckoning, había activado sus runas de escarificación, que le proporcionaban una fuerza y una resistencia superiores a las de un hombre sin mejoras. Él iba en cabeza.

La presencia de magia oscura en la línea wey aumentaba, como manchas de aguas residuales en un arroyo por lo demás limpio, mientras seguíamos trepando cada vez más alto.

Hasta que…

Alex se agachó. Todos salvo Gibbs nos echamos al suelo. Conrad tiró del DJ y lo arrastró detrás de un árbol.

—¿Qué ves? —susurré mientras gateaba hasta situarme junto a Alex.

—Gente —respondió—. Parecen civiles, pero están merodeando alrededor de la entrada de una cueva.

Los ojos de Alex tenían una expresión vidriosa. Estaba listo para matar.

—Son sectarios. Me jugaría el bar.

Ninguno tuvimos valor para señalar que ya no le quedaba ningún bar que apostar.

Conrad se arrastró hasta nosotros y atisbó por encima del borde. Me miró.

—¿Estás preparada, Cins? —susurró.

Mi chispa vibró ante su pregunta. Estaba preparada. Yo estaba preparada. Por primera vez en casi una década, me sentía realmente viva.

Asentí. Conrad me devolvió el gesto y después se volvió hacia los demás.

—Nos acercaremos con cuidado. Manteneos entre los árboles para protegeros. No os alejéis de Cins por si os hieren. Y, sobre todo, no hagáis ninguna estupidez.

Nos levantamos al unísono y coronamos la pendiente.

Había alrededor de una docena de sectarios deambulando en torno a un enorme saliente de piedra.

Desde el interior de una cueva se veía el resplandor de unas luces que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes rocosas.

Se adentraba mucho en la montaña. Habíamos encontrado la entrada.

—No parecen muy duros —dijo Gibbs—. Solo son público a la espera de un espectáculo. ¡No hace falta luchar cuando podemos cautivarlos!

Antes de que alguno pudiera descifrar lo que quería decir o detenerlo, Gibbs se lanzó hacia delante mientras tocaba unas notas en su keytar.

Conrad y yo intercambiamos una mirada de sufrimiento antes de echar a trotar para alcanzar a nuestro amigo imbécil.

—¡Eh, eh, eh, amigos del bosque! —gritó Gibbs mientras tocaba un riff rápido con el keytar.

La docena larga de sectarios, que habrían parecido senderistas corrientes de no ser por sus expresiones dementes y aterradoras, se volvieron hacia aquel imbécil con un keytar.

—Esto es un muermo, aquí arriba en el bosque, colegas… —Gibbs estaba destrozando su personaje, cambiando de jerga y acento como una compañía de improvisación esquizofrénica—. Pero DJ Gibbs ha llegado a la caaasita para traeros unos temaaazos de primera.

Hizo una pausa, esperando alguna reacción. Ellos se limitaron a mirarlo. Inmóviles.

—¿Qué pasa? —añadió a modo de ocurrencia tardía.

Al unísono, los sectarios desenfundaron pistolas, sacaron escopetas de entre los arbustos e incluso desenterraron un rifle del barro. Gibbs apenas tuvo tiempo de soltar un chillido antes de tirarse al suelo; una lluvia de balas pasó sobre su cabeza.

Conrad soltó una maldición mientras nos abalanzábamos hacia delante y nos poníamos a cubierto tras los árboles y una roca.

Las balas surcaban el bosque y hacían saltar astillas.

Alex y Conrad respondieron de la misma forma, disparando sus pistolas y abatiendo incluso a varios sectarios.

Sin embargo, a medida que caían los tiradores enemigos, otros salían de las cuevas para reemplazarlos.

—¡Parece que hemos encontrado el sitio correcto! —grité por encima del estrépito.

Conrad se echó a reír de verdad mientras recargaba la pistola y regresaba a la refriega. Acertó en la cabeza a un sectario armado con un AK, que disparó una ráfaga contra los árboles de encima mientras caía. ¡Esperaba que no hubiera alcanzado a ningún pájaro!

Oí a Gibbs soltar una retahíla de expresiones callejeras que sonaban sospechosamente parecidas a una mezcla de blasfemias y súplicas de clemencia.

Pese a nuestra puntería superior, los sectarios siguieron avanzando y se acercaron demasiado a Gibbs. Disparé mi Glock, consciente del peso de Voidshot en la funda que llevaba a la espalda. Aún no había llegado el momento de usarla. Pero seguía sintiendo cómo me llamaba.

A un golpe sordo le siguió un grito de Gibbs. Un chorro de sangre brotó de él cuando una bala alcanzó su objetivo.

—¡CG! —gritó.

Envalentonados, los sectarios avanzaron. Mi chispa tiró de mí y necesité toda mi fuerza de voluntad para no abandonar la cobertura a la carrera y salvar a mi amigo.

Brick no tenía tanta fuerza de voluntad.

Soltó un rugido bestial y salió a la carga, apartando las balas con el martillo como si fueran pelotas de tenis.

Los sectarios se estremecieron cuando embistió sus filas y los arrolló como una trilladora. Uno de ellos se detuvo a recargar y Brick lo golpeó de costado, lanzándolo contra dos de sus compañeros.

Conrad, Alex y yo aprovechamos la maniobra de Brick para avanzar mientras disparábamos. Corrí hasta Gibbs.

—¡La vida se me escapa, colega! —sollozó Gibbs—. Ya veo las puertas del cielo. Mamá, ¿eres tú?

Utilicé un rápido hechizo de diagnóstico para evaluar los daños y me detuve. Le lancé a Gibbs una mirada de reproche al comprender que la sangre que había salido disparada por los aires era barro levantado por varios impactos cercanos.

Recité unas palabras mágicas inventadas y después le di una palmada en la espalda.

—¡Estás bien! Vamos.

Gibbs suspiró aliviado y me dirigió una mirada agradecida que yo no merecía en absoluto y que él no debería haberme dirigido.

—¡Me has salvado la vida, colega!

—No tiene importancia.

Brick gruñía y rugía con cada mandoble de su martillo, convirtiendo a los sectarios en muñecos de trapo mientras estos intentaban reorganizarse a toda prisa para enfrentarse a él.

Dos soltaron las armas y sacaron machetes.

Brick bloqueó las hojas con el mango del martillo antes de propinarle un cabezazo a uno y romperle la nariz, y pisotear la pierna del otro, partiéndole en dos el hueso de la pantorrilla.

Arrastré a Gibbs detrás de una roca, donde Alex y Conrad disparaban contra los sectarios.

—¡Vuelve a cubierto, Brick! —ordenó Conrad. Brick lo ignoró o no pudo oírlo.

Aplastó los cuerpos ya maltrechos de los dos sectarios de los machetes y después se volvió hacia un grupo de recién llegados armados con pistolas. Rugió con tanta fuerza y ferocidad como le era posible a un ser humano.

Justo cuando una lluvia de balas le atravesó el pecho.

Me quedé sin aliento.

La sangre salió disparada por la espalda de Brick mientras él se tambaleaba, con el cuerpo sacudido por las balas que penetraban su chaleco antibalas y lo atravesaban de parte a parte.

No soltó el martillo; tenía los nudillos blancos.

Hasta que cesaron los disparos. Se balanceó hacia delante y hacia atrás.

Las manos se le aflojaron y el Martillo del Khan Oscuro resbaló de entre sus dedos y chocó contra las rocas del suelo con un crujido.

El mundo quedó sumido en el silencio. Ninguno dijimos nada. Hasta que…

—¡Brick! —gritó Gibbs antes de intentar trepar por la roca. Alex tiró de él para hacerlo retroceder. Pero no antes de que yo misma saltara sobre la roca.