23. Barrera
Barrera
El ambiente en El Gravekeeper era a la vez sombrío y febril, cargado de una ansiedad tácita. Todos sabíamos que el tiempo se agotaba. Y no se trataba solo de incumplir un contrato o perder a un cliente. Porque, si Ariel decía la verdad…
Nos acercábamos al fin del mundo.
La profecía de Lilian se estaba cumpliendo. Tal vez fuera realmente el Padre del Final.
—No sé cómo ha podido pasar esto —repitió Alex, meneando la cabeza, incrédulo.
Había tenido muy poca suerte buscando aliados para nuestra causa.
Ningún mercenario dispuesto a jugarse la vida por un par de cazadores de monstruos acabados.
Y, aunque yo tenía una suma considerable en el banco, no bastaba para contratar la clase de músculo que necesitábamos.
Al menos no para un trabajo tan peligroso.
Nuestra mejor oportunidad para enfrentarnos al culto de Lilian y detenerlo de una vez por todas había sido que los enanos y los hombres rata trabajaran juntos. Y, hasta la noche anterior, habíamos albergado la esperanza de poder arreglarlo.
Pero ya no.
—¿Intentaste explicárselo? —le pregunté a Conrad.
—Hice todo lo posible, pero Thane Yuel no quiso escucharme. —Negó con la cabeza y, con los brazos cruzados, siguió paseándose junto al reservado—. Esos demonios rata llevaban encima alguna clase de ilusión. O simplemente ropa mejor. Los enanos no notaron la diferencia cuando los atacaron.
—Los hombres rata aseguran que los enanos atacaron la Subciudad anoche —respondí—.
No sé si se trataba de un destacamento de enanos auténtico o del culto disfrazado de ellos.
Lo más probable es lo segundo. No pude encontrar a Chitrit, pero su caudillo dejó claro que ya no confían en nosotros.
Nos culpan de haber revelado la ubicación de la Subciudad.
Había hablado con los hombres rata esa misma mañana. Como os podéis imaginar, no había pegado ojo. Otra vez. A esas alturas tiraba de chispa y vapores. Y de cantidades ingentes de café. ¡Muy sano, ya lo sé!
Alex suspiró.
—¿Nosotros? ¿Revelar la Subciudad? No sería capaz de encontrarla ni aunque estuviera justo debajo de mis pies. Esas cavernas son una pesadilla. Esperaba poder usar los túneles de los enanos. Al menos ellos tienen señales.
—Bueno, ya no contamos ni con los túneles de los enanos ni con nuestros guías hombres rata. —Conrad dejó de pasearse y suspiró—. Sinceramente, no sé cuál es el siguiente paso.
—Ya hemos hablado con los maderos, ¿no? ¿Y hemos parlamentado con los soldaditos? —preguntó Gibbs, algo más comprensible que de costumbre.
—Aunque El Consejo se tomara en serio nuestras conspiraciones sobre los hombres rata y el fin del mundo, no cambiaría nada. Esto consiste, más que nada, en llegar a la cámara y contar con la fuerza necesaria para luchar contra esos demonios rata —respondió Conrad antes de volver a suspirar.
—¡Tenemos a Cins! —dijo Brick, el único de nosotros que aún sonreía—. Ella puede hacer volar por los aires a todos los demonios. Yo aplasto al resto.
—Gracias, Brick —dije, dedicándole una tenue sonrisa—. Pero, dada la magnitud de este culto, sospecho que yo sola no bastaré.
Brick no pareció ni convencido ni preocupado.
Todo sería mucho más sencillo si Heiligslicht se limitara a ayudarnos.
Pero tampoco podía culpar demasiado a Cox.
El Consejo los había desarmado. Por completo.
Y no podían arriesgarse a acabar en la cárcel por una corazonada sobre el fin del mundo.
Si hubiera que creerse todas las conspiraciones apocalípticas, tendríamos un apocalipsis diario. En cierto modo, ya era así.
Pero esto era distinto. Los Serafines no se presentaban sin más para advertirnos de que pensaban volar el mundo por los aires si no tenían intención de hacerlo de verdad.
—¿De verdad no podemos hacer nada, jefe? —preguntó Alex, con una triste desesperación en los ojos. Sin duda aquello ya iba mucho más allá del mero deseo de vengar su bar.
Conrad parecía cada vez más humano para ser un ángel. Resultaba irónico que solo hubiera empezado a parecerme mortal al descubrir que era todo lo contrario. Se mordió el labio, y sentí una punzada de compasión por mi jefe y amigo.
El peso del mundo descansaba con firmeza sobre sus hombros.
En momentos así, habría compartido con Tom la responsabilidad del mando. Quizá fuera mejor que El Reckoning se hubiera disuelto tras la muerte de Tom. Conrad era nuestro jefe. Pero no era nuestro líder.
Aunque, por el momento, tenía que serlo. Y yo que iba a asumir ese papel.
—Sabemos que salían de la entrada del túnel situada en la fábrica de los barrios bajos. Y que conecta con la Subciudad y con las antiguas redes de túneles del Casco Antiguo. También sabemos que el ritual se lleva a cabo en una cámara situada bajo Table Mountain.
—¿Por qué no nos abrimos paso a la fuerza? —propuso Brick—. Puedo atravesar la montaña con mi martillo. ¡No tardaré ni un segundo!
Todos lo ignoramos. Ni siquiera Brick era tan fuerte. Y no teníamos ni idea de dónde tendríamos que excavar.
Conrad se frotó la barbilla, pensativo.
—Hay unas antiguas cuevas del Culto del Titán al pie de la montaña.
Las utilizaban para intentar adorar al Titán desde cerca.
El Consejo las clausuró después de descubrir que habían excavado a demasiada profundidad.
Despertaron a unos gusanos de roca gigantes que aún hoy causan estragos ocasionales por la ciudad.
—¿Crees que el culto de Lilian podría haberse apropiado de esos túneles abandonados?
Conrad asintió.
—Eso creo. No me imagino que recorran todos los días la distancia desde los barrios bajos hasta la montaña para preparar el ritual. Y no vimos huellas de neumáticos ni raíles.
—Lo que significa que tienen una entrada más cercana —respondí—. Una que los hombres rata desconocen.
—Tendría que estar apartada —añadió Alex—. Lejos de miradas indiscretas, pero con acceso por carretera para transportar el equipo. Jefe, ¿sabes dónde estaban las cuevas del Culto del Titán?
Conrad levantó un dedo para indicarnos que esperáramos y corrió a su despacho. Regresó enseguida con un mapa enrollado. Lo extendió, revelando un plano de la zona de Table Mountain. Había marcas que señalaban santuarios del Culto del Titán, puestos de guardia y cuevas destinadas al culto.
—Le pagué una buena suma a una empleada del Culto del Titán para conseguirlo. Es de fiar. Aunque su mirada podría fundir el bronce de un coloso.
Señaló tres marcas en la ladera oriental de la montaña. El lado en el que nos encontrábamos.
—Habrían saltado demasiadas alarmas, por no hablar de la intervención del Espíritu de la Ley, si los esbirros de Lilian hubieran conseguido sobornar o manipular al Consejo para que autorizase obras en la propia montaña.
Solo estas tres cuevas quedan por debajo de la barrera protectora de la montaña.
Además, se encuentran a una altitud lo bastante baja como para que las excavaciones no molesten al Titán.
No es que molestar físicamente al Titán fuera a servir de mucho. Los Magos del Titán de la Ciudadela lo atiborraban de tanta magia somnífera que podrías hacer estallar una bola de fuego dentro de su cráneo y él seguiría roncando. ¡Y gracias a las Grietas por ello!
—Este túnel está demasiado cerca de la Estación del Teleférico de la Ciudadela. Hay demasiado tránsito. Así que podemos descartarlo.
—¿Y este? —preguntó Alex, tratando de acelerar las cosas.
—Es una posibilidad, pero recibe a muchos senderistas que suben desde la UCT. Lo que nos deja…
—Newlands Forest —concluí—. Es frondoso. Fácil para esconderse. Pero tiene viejos caminos de tierra para acceder a la zona maderera y al embalse.
Tom y yo habíamos ido a explorar aquel lugar una vez.
Conrad asintió.
—Es nuestra mejor opción. Iremos a echar un vistazo y veremos si percibimos magia oscura. Un ritual así no podrá ocultar su firma de línea ley. Y menos aún ante Cins.
Noté que me ardían las mejillas al tiempo que una presión considerable empezaba a pesar sobre mis hombros.
—Espero que este cambio de energía signifique algo bueno —dijo una voz fría y arrogante. Ariel.
Vestía su atuendo humano. Traje de chaqueta y tacones ilusorios que ocultaban su verdadera estatura.
El dueño de la taberna, que normalmente se enorgullecía de no meter las narices en los asuntos ajenos y de no permitir que nada lo sorprendiera, se quedó boquiabierto ante la recién llegada.
Estaba absolutamente maravillado hasta que se acordó de guardar las formas y volvió a sacar brillo al mismo vaso por enésima vez.
Ariel se plantó junto a Conrad, con las manos en las caderas. Miró a un Brick que no se enteraba de nada y por su rostro cruzó un fugaz destello de desconcierto, antes de recuperar su habitual actitud férrea.
—El tiempo se agota, mortales. El ritual está entrando en las últimas fases de preparación. Ya noto girar los engranajes del destino. El futuro se ha vuelto borroso. Los míos reúnen sus fuerzas, dispuestos a liberar el poder de la Everstar sobre vuestro mundo.
Conrad chasqueó la lengua.
—¿Usaréis nuestro sol, que nos da la vida, para destruirnos? ¿Como si fuéramos alimañas vampíricas?
—La Everstar tiene muchos propósitos —respondió Ariel sin parpadear, pero vi un atisbo de algo en su expresión. Incomodidad. Estaba de acuerdo con Conrad. Al menos un poco.
—Podrías ayudarnos —dijo Conrad—. Debes de saber cómo encontrar la cámara. Confírmanos cómo podemos llegar hasta allí.
—No debo interferir —respondió Ariel, aunque vaciló—. Pero seguid por vuestro camino. Allí donde yazca la oscuridad, debéis perseguirla.
¡Era el lugar correcto!
Todos los demás, salvo Brick, captaron la indirecta, y sentí que una nube se disipaba sobre nuestro pequeño grupo al resolver al menos uno de nuestros problemas.
—Los túneles de los enanos habrían sido más seguros —dijo Conrad, apartándose de Ariel mientras proseguíamos con nuestro plan—. Pero esto es mejor que nada.
Miré al ángel, intentando calibrar sus emociones y expresiones racionadas. Pero había desaparecido. Un poder muy útil. Y muy teatral.
—Los miembros del culto y sus demonios estarán vigilando el camino —dijo Alex—. Los atacaremos a las puertas de su propia casa.
—¡Parece divertido! —Brick sonrió como un loco. ¡Probablemente porque lo estaba!
—No tenemos elección —respondió Conrad—. Nos vamos ya. Los cogeremos por sorpresa si podemos. Y nos apresuraremos a salvar el mundo…
O moriremos en el intento.
¡Grietas! No debería haberle gritado a Stephanie. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de hablar de nuevo con ella. De hacerle saber que lo sentía.
Pero ya era demasiado tarde.
Hicimos inventario de nuestras armas y de nuestro valor, y partimos hacia nuestra batalla final.