Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 21. Enanos #2
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21. Enanos #2

Pasamos junto a dos guardias acorazados que portaban pesadas hachas de asta, grabadas con runas enanas que emitían un tenue resplandor azul en la noche. Al costado llevaban unas metralletas mucho más modernas, de fabricación humana.

Una vez dentro de la fortaleza enana, me quedé atónita al encontrar un mercado iluminado por braseros que desprendían luz dorada.

Humanos y enanos iban de un lado a otro, dedicados a sus negocios y vendiendo objetos de metal, recuerdos y obras de arte, además de comida frita y jarras de madera llenas de cerveza.

Era como una feria renacentista, salvo cuando te fijabas en los chips informáticos de fabricación enana.

—Roca y piedra, amigos humanos —nos saludó un enano que se acercó trotando cuando entramos—. Karem deru’kar.

— Dan’nar Urôu Karem —respondió Conrad, inclinando la cabeza mientras se tocaba la barbilla, se la acariciaba con el dorso de los dedos y después mostraba la palma al enano que nos había recibido.

¿Conrad sabía hablar enano? ¡Nunca dejaba de sorprenderme!

El enano pareció sorprendido y luego encantado.

—Entonces no es usted un simple turista. ¿Ha visitado antes Mina de Plata Karem? Discúlpeme. No lo recuerdo.

—Así es —respondió Conrad. Fue sutil, y sospecho que solo yo me percaté, pero Conrad se esforzaba por mostrarse educado y no soltar su pregunta sin más.

El enano se irguió y sacó pecho.

—Los Kazaz’ta le dan la bienvenida, amigo que regresa. Nos enorgullecemos de nuestra artesanía, pero también de estar al servicio de nuestros conciudadanos de esta gran urbe. Por favor, disfrute del bazar y dígame si puedo ayudarlo en algo.

—En realidad, sí necesitamos algo.

El enano captó el tono de Conrad y su sonrisa se desvaneció.

—Necesito hablar con el Thane Khar-ankar —dijo Conrad—. Inmediatamente.

—Oom... Ejem... —tartamudeó, pasando al enano y utilizando muletillas para retrasar su respuesta.

Conrad aprovechó su silencio para pasar de largo.

—¡Amigo, el Thane está muy ocupado! —insistió el encargado de recibirnos, que tuvo que trotar para seguir el paso de Conrad.

—Sé que este bazar es solo lo que ve el público. Lléveme al karem DE VERDAD. O empezaré a destrozar este sitio hasta encontrarlo por mi cuenta.

¡Grietas! Conrad estaba pidiendo a gritos que lo inscribieran en el Libro de los agravios. Debía de estar desesperado. ¿Cuánto peligro corrían Gibbs y Brick?

El enano terminó soltando un suspiro exasperado que le hizo temblar la barba.

—Por aquí.

Seguimos al derrotado guía entre la multitud de compradores y artesanos, atravesamos una trastienda y pasamos junto a unos guardias que nos examinaron de arriba abajo como si estuviéramos a punto de echar cuernos y desenvainar espadas llameantes.

Detrás de todo aquello, el guía nos condujo hasta una pequeña estatua de una mujer enana.

Me di cuenta de que se trataba de una fuente y de que cada gota de agua manaba de los ojos de la mujer.

¿Alguna especie de deidad? ¿O quizá una antepasada importante? No conocía demasiado bien la cultura enana. Debería haber leído algo durante el trayecto. O habérselo preguntado a Conrad.

El guía se tocó la frente con una mano mientras se acariciaba la barba con la otra; después tocó la frente de la estatua y la presionó.

La estatua empezó a temblar y luego se elevó, revelando una puerta debajo.

—A partir de aquí estáis solos, azum . Por favor, no hagáis que me arrepienta.

Conrad y yo intercambiamos una mirada. Parecía cansado. Pero decidido. Él nunca abandonaba a uno de los suyos. Ni siquiera si estaba encarcelado por enanos.

Entró delante de mí. No miramos atrás, ni siquiera cuando la estatua volvió a su sitio.

El entrechocar de los martillos, el zumbido de engranajes y máquinas y el rugido de las llamas llenaban el aire. Unos braseros encendidos con llamas azules que conferían al lugar una atmósfera mucho más sombría ocupaban una sala flanqueada por estatuas de antepasados, dioses y héroes enanos.

Tapices ornamentados adornaban las paredes rocosas y caían desde unos techos descomunalmente altos.

Pese a su estatura, a los enanos parecían gustarles los techos elevados.

Pinturas y murales ilustraban la historia de los enanos y narraban una historia con más claridad de lo que jamás podrían hacerlo las palabras.

O de lo que jamás permitiría el estoicismo enano.

Las estatuas, los tapices, los murales y las obras de arte hablaban de un pueblo lejos de su hogar.

Arrojado a un mundo nuevo y extraño, obligado a vivir bajo un cielo abierto que era anatema para su naturaleza.

El arte hablaba de las lágrimas no derramadas que se acumulaban en sus almas mientras intentaban sobrevivir en aquel lugar, repleto de monstruos y de seres que los detestaban por ser diferentes.

Los enanos estaban acostumbrados a ser forasteros. A recibir burlas y desprecio.

Pero que estuvieran acostumbrados no significaba que pudieran soportarlo eternamente. Un hombre se alzó por encima de la diáspora enana de Hope City y condujo a su pueblo hasta Mina de Plata, donde alcanzó un acuerdo con los humanos y obtuvo aquel lugar al que podían llamar hogar.

Y, para honrarlo y honrar a su pueblo, lo consagró a una doncella llorosa que derramaba lágrimas por todas sus penurias y mostraba la vulnerabilidad que la roca y la piedra de un enano no tenían permitido mostrar.

La historia aún estaba por concluir. Porque los enanos de Mina de Plata Karem resistían. Incluso ahora.

Mi reverencia y mi solemne contemplación de la legendaria historia de los enanos se vieron interrumpidas por los chillidos estridentes de —¿quién si no?— Gibbs.

—¡Solo era una broma, tío! No seas corto de miras...

Mala elección de palabras.

—¡Ay! Quiero decir... eres muy alto.

Gibbs estaba que se salía aquel día. Al menos, esperaba que no ardiera literalmente.

Conrad y yo recorrimos el pasillo a paso ligero hacia el sonido y entramos en una gran cámara sofocante. Toda la zona estaba teñida de un naranja incandescente mientras el mineral fundido caía desde las forjas a unas cubas de abrasador metal líquido.

En el centro de la cámara, Gibbs y Brick estaban de rodillas, con las manos atadas a la espalda. Un enano anciano de patillas grises le dio a Gibbs un capón, como un profesor de otra época que reprendiera a un alumno travieso.

Y ante él, examinando el martillo negro de Brick, había un enano que, pese a su estatura, poseía una presencia mayor que la de cualquier gigante.

Su larga barba castaño rojiza casi rozaba el suelo y estaba adornada con broches y anillas de oro, joyas y los metales más exquisitos.

Llevaba en la cabeza un sencillo aro de plata, cubierto de runas enanas.

Thane Yuel Khar-ankar. Hijo de Yurgan Khar-ankar. Fundador de Mina de Plata Karem. Señor de los Kazaz’ta de Hope City.

Nos miró directamente sin mostrar el menor atisbo de confusión o sorpresa. Arrojó al suelo el martillo de Brick. Este lo contempló con anhelo. Como un perro al que hubieran confiscado su juguete mordedor favorito.

—Perdono la vida a tus hombres, Conrad Khoi, por el respeto que te profeso. Pero su ofensa ha sido grave. Solo por la deuda que mi padre tenía contigo me abstengo de inscribir sus nombres en el Libro.

Conrad, pese a lo directo que se había mostrado antes con el guía, hizo una profunda reverencia. Más profunda que ninguna otra que le hubiera visto hacer. Hasta que su cabeza quedó por debajo de la del Thane.

—Mis disculpas, Thane de la Mina de Plata. Mis hombres son unos necios, incapaces de responsabilizarse de sus actos porque su estupidez les impide tener la capacidad de tomar auténticas decisiones.

—Vaya, yo también te quiero, jefe —replicó Gibbs antes de recibir otro capón del viejo enano.

—¡Él es mucho más hombre que tú, patética excusa de bardo! —escupió el anciano.

—¡Eh! Te encantó mi concierto. Dio una pasta. ¿Lo pillas? ¡Y ni siquiera pedí mi parte!

El rostro del viejo enano se volvió de un intenso color carmesí.