21. Enanos
Enanos
Regresé a casa sin necesidad de recurrir a mi chispa, pues el vigor de mi nuevo descubrimiento me llenaba de energía. ¡Tom estaba ahí fuera! Podía volver. Volvería. ¡Lo sabía!
A decir verdad, no conseguía asimilarlo del todo.
Las historias de viajes en el tiempo siempre eran innecesariamente enrevesadas y confusas.
Pero sí entendía que Tom no había muerto.
Tan solo se había convertido en otra cosa.
En un ser capaz de trascender el tiempo y el espacio.
Y, si podía trascender el tiempo y el espacio, entonces podía regresar.
Cuando terminara su misión. Podía volver conmigo.
Me daba cuenta de que Conrad se arrepentía de habérmelo contado. De haberme infundido un falso optimismo. Pero no era una falsa esperanza. Yo conocía a Tom. Volvería. Y podría verlo de nuevo.
Siempre y cuando el fuego angélico no destruyera antes el mundo, claro.
No sabíamos exactamente cuándo intentaría Lilian llevar a cabo su ritual. Pero, poco después de su fatídico regreso, abriría un portal a los reinos demoníacos y provocaría que los Serafines redujeran la Tierra a una bruma cósmica de ceniza.
No alcanzaba a concebir semejante poder.
El poder de destruir barrios, ciudades, países...
quizá. Pero incluso eso costaba creerlo.
Fafnir empequeñecía Berlín y, aun así, la ciudad sobrevivió.
Por no hablar de la pataleta de El Titán cuando El Cataclismo tuvo la desfachatez de despertarlo de su siesta.
¿Pero poder destruir un planeta? Venga ya. Aunque yo no necesitaba creerlo. Conrad sí. Y, pese a todo, confiaba en él. Y, cuando él tenía miedo, yo también.
Mañana utilizaríamos las minas enanas y sus túneles para acceder a la cámara ritual situada a gran profundidad bajo Table Mountain. Y destruiríamos aquel culto antes de que Lilian pudiera volver a pronunciar otra de sus palabras siniestras.
Rebusqué algo para picar en la cocina mientras sopesaba nuestro siguiente paso. La chispa podía mantenerme activa y revitalizada, pero no podía sustituir las calorías. Solo retrasar el daño que provocaría una inanición prolongada. Pero eso sería malgastar magia.
Conseguí encontrar una vieja caja de galletas saladas y empecé a devorarlas, demasiado hambrienta para que me importara que estuvieran rancias.
Mi chispa zumbó, satisfecha y de acuerdo. La comida era buena. Y, mejor aún, la casa estaba limpia. Más limpia incluso que cuando Tom estaba aquí.
Cerré los ojos, invadida por una placidez que no había experimentado en una eternidad.
—Gracias —dije en voz alta—. Por volver a mí.
Mi chispa ronroneó feliz en respuesta. No estaba viva, exactamente. Pero formaba parte de mi alma. Poseía cierta identidad propia. Y por fin volvíamos a estar del mismo lado.
El rugido de un motor y el chirrido de unos neumáticos hicieron añicos mi paz, seguidos de un golpe sordo cuando un coche frenó en seco justo delante de mi casa y embistió mi cubo de basura.
Contuve el aliento. ¿Había venido a por mí el culto de Lilian?
¡Grietas! No deberíamos habernos separado.
Aquello no era una cacería normal, de esas en las que los monstruos se mantenían alejados y podíamos dormir tranquilos en nuestras camas.
Creo que todos habíamos olvidado que unos asesinos nos perseguían.
Saqué la Glock y corrí hacia la entrada. Me agaché tras una pared para cubrirme, esperando que en cualquier momento una lluvia de balas atravesara las ventanas.
La puerta del coche se resistió a abrirse, hasta que por fin cedió con un desgarrador chirrido de metal oxidado. El conductor salió jadeando del asiento delantero y corrió hacia la puerta.
Apunté. Lista para disparar.
—¡Cins! —llamó Conrad—. Tenemos un problema muy gordo.
Me relajé de inmediato, pese a la inquietud de su voz.
—¿Qué pasa, Conrad? —pregunté mientras abría la puerta, un tanto irritada por su repentina y aparatosa llegada—. Nos hemos visto hace cosa de media hora. El mundo no ha podido acabarse en tan poco tiempo.
—Pues se acabará si no actuamos deprisa —respondió—. Esos imbéciles han cabreado a los enanos. ¡Han conseguido que los arresten!
—¿Brick y Gibbs?
Conrad asintió con expresión sombría.
—¿Cómo demonios, por la Luz Sagrada, lo han conseguido? No ha pasado ni una hora.
Salí de mi casa tras haber disfrutado de ella apenas unos minutos.
—No trato mucho con los enanos, aparte de comprarles de vez en cuando algunos artículos forjados para las cacerías. Son gente solitaria. Y se enfadan con facilidad —explicó Conrad mientras regresábamos a su coche.
¡Su coche! ¿No estaba en los suburbios marginales?
Conrad debía de haberse apresurado a recogerlo.
O habría pedido a uno de sus innumerables contactos que se lo llevara.
Debía admitir que me alegraba de ver aquel cacharro, aunque estuviera aparcado sobre el césped de mi jardín.
La vecina se encontraba en su porche, con las manos en las caderas y negando con la cabeza.
La saludé y le dediqué una sonrisa contrita a modo de disculpa.
—Quizá no deberíamos haber dejado que Gibbs y Brick se encargaran —sugerí.
Conrad resopló.
—Un error de juicio por mi parte. Lección aprendida. Ahora salvémosles el pellejo para poder intentarlo de nuevo.
Nos dirigimos a toda velocidad hacia el sur, rumbo a Mina de Plata, dejando atrás los bosques feéricos que invadían cada vez más la autopista y la prisión de máxima seguridad de Pollsmoor, que, inexplicablemente, aún estaba situada junto a una zona residencial.
En fin, no se podía esperar gran cosa del urbanismo.
Ni el Gobierno anterior ni el posterior al Cataclismo se habían caracterizado por su visión de futuro.
La noche estrellada iluminaba la cordillera que se alzaba ante nosotros, formando una silueta oscura que se extendía por el horizonte.
Las montañas de Muizenberg. La cordillera que serpenteaba desde Table Mountain, al norte, y protegía la península meridional de Hope City. Y en su centro, coronándola como una joya, se encontraba Mina de Plata.
Pese a su nombre, Mina de Plata no tenía plata. Pero eso no había impedido que los enanos la convirtieran en su hogar. Ni que prosperaran desde entonces.
Hope City no era el lugar más acogedor para los seres de otros mundos.
Los elfos que no se integraban en alguna unidad de élite, como Caro, solían residir en guetos, intentando conservar algún vestigio de su identidad del viejo mundo.
A los orcos se los consideraba prácticamente persona non grata .
Las reiteradas incursiones de sus congéneres en el norte y la matanza de comunidades enteras no les habían granjeado el cariño de la población de Hope City.
Vivían de las sobras en las peores zonas de los suburbios marginales.
Incluso las hadas, esenciales para la supervivencia del ecosistema mágico de Hope City, eran consideradas alimañas por la mayoría.
Pero los Kazaz’ta, los enanos de las montañas, eran distintos. Quizá porque se limitaban a parecer humanos bajos y fornidos. Aunque yo sospechaba que, más probablemente, habían prosperado porque se habían vuelto indisociables de la economía de Hope City.
Las fundiciones y forjas de Mina de Plata Karem eran legendarias en toda el África austral.
Incluso el Imperio Zulú había intentado alcanzar un acuerdo comercial con los enanos.
Pero estos escupieron ante el emisario y se negaron a comerciar con ellos.
Para un enano, la lealtad, los acuerdos, el honor y el compromiso lo eran todo.
Pero también tenían un mal genio legendario.
Y guardaban rencor durante muchas generaciones.
Incluso circulaban rumores de que los enanos conservaban un Libro con todos sus agravios.
Un tomo colosal donde registraban cada ofensa o injusticia para poder vengarla.
Mediante un ajuste de cuentas violento, la mayoría de las veces.
Sin embargo, pese a su mal genio y su naturaleza vengativa, los enanos habían demostrado ser grandes aliados de Hope City. Y yo confiaba en que comprendieran la urgencia y la importancia de nuestra causa.
Pese a lo avanzado de la hora, el tráfico de ida y vuelta a la cima seguía siendo intenso.
Los enanos de Mina de Plata tenían contratos con empresas y particulares de toda Hope City.
Fabricaban armaduras y armas para la CDF, componentes para MagiKorps y suministraban grandes cantidades de minerales mejorados a la industria.
El antiguo martillo de Brick era de fabricación enana.
Quizá había alardeado de su nuevo martillo de ogro y eso había molestado a los enanos. ¡Grietas! No podía evitar irse de la lengua. Eso o Gibbs había intentado ofrecer una actuación improvisada en la zona de las forjas y le había reventado los tímpanos a algún pobre herrero.
Conrad tomó el desvío hacia la fortaleza enana, con el sudor corriéndole por la frente como salados riachuelos. Desde luego, ahora no parecía un ángel. Su ansiedad era profundamente humana.
—¿Estamos cerca? —pregunté, en parte para distraerlo.
Señaló al frente y abrí los ojos de par en par.
Tallada en la propia roca, con una naturalidad y una armonía casi idénticas a las de la propia naturaleza, se alzaba la cabeza de un enano colosal.
Su hermosa barba descendía hacia la carretera asfaltada que conducía hasta ella y se abría para formar una puerta de la que se derramaban luz dorada, repiques de martillos y alegres gritos de celebración en la noche.
Los coches estaban aparcados ordenadamente ante aquella sobrecogedora puerta mientras humanos y enanos conversaban, regateaban y comerciaban hasta bien entrada la noche.
—El trajín nunca se detiene —comentó Conrad—. Las forjas enanas siguen trabajando. Sin descanso. Y nunca le cierran la puerta a un amigo que necesite ayuda o que le forjen algo.
Aunque, por lo visto, sí lo detenían.