19. Regreso
Regreso
Uno de los hombres rata sabía hablar al menos un poco de inglés, aunque a duras penas.
Nos condujo hasta los túneles que había estado utilizando el culto.
Recorrimos el camino con una incómoda sensación de inquietud.
Y no solo por las secuelas de nuestro encontronazo con Ariel y por el hecho de que nuestro amigo y mentor fuera un ángel caído.
En aquellas cavernas había peligros muy reales. Pertenecían al culto de Lilian. Y era imposible saber cuántos de sus repugnantes secuaces acechaban entre las sombras.
Ariel desapareció mientras planeábamos nuestro siguiente movimiento.
Conrad puso los ojos en blanco, dando a entender que aquello era habitual.
Al parecer, los miembros de El Reckoning le perdonaron a Conrad su secretismo y pasaron los siguientes minutos poniendo verdes a Ariel y a los Serafines.
Todos menos yo. Quizá se debiera a que percibía el espíritu puro que había en su interior.
O quizá a que comprendía que la vida no era tan sencilla como para condenar a Ariel sin más por no intervenir.
Estaba sujeta a limitaciones que nosotros no podíamos comprender.
Y tampoco podíamos esperar que desatendiera su deber eterno de salvar lo que, para ella, debía de parecer una simple roca.
Los hombres rata recogieron las armas de los cultistas caídos, musitando entre chillidos plegarias por sus hermanos perdidos y mutados.
Antes de entrar en el túnel, la chica rata a la que había salvado me cogió de la mano y alzó hacia mí unos ojos negros que me hablaban mejor de lo que jamás podrían hacerlo las palabras.
Le sonreí, confiando en que comprendiera el gesto.
El hombre-rata que hablaba inglés nos condujo lo mejor que pudo por los túneles del culto, hasta que llegamos a una bifurcación y nos adentramos en otros más naturales. No estaban excavados por un geomante, sino abiertos a golpe de pala, pico, diente y garra.
—El culto debe de haber utilizado este túnel para secuestrar a sus víctimas —señaló Alex.
Teniendo en cuenta la enorme cantidad de hombres rata que ya habían mutado, además de los que formaban nuestro séquito, debían de estar secuestrándolos día y noche. Bajo tierra, la hora probablemente daba igual.
—¿Lo necesitamos? —preguntó Brick.
Alex enarcó una ceja, perplejo.
—Sospecho que saldremos de aquí por otro camino. Así que no.
Brick sonrió, volvió trotando a la entrada del túnel y empezó a golpear sus soportes con el martillo. De las paredes y el techo se desprendieron rocas que bloquearon el paso.
Brick regresó con el grupo, más orgulloso que unas pascuas. Ninguno tuvimos valor para decirle que el culto podía recurrir a su geomante para abrir otro camino. Al menos, la intención había sido buena.
Debíamos de haber reducido de manera bastante considerable las filas del culto.
O quizá los habíamos asustado y se habían refugiado en las profundidades de sus túneles.
Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía aquel intervalo de ocho años entre la muerte de Lilian y su regreso.
Había estado consolidando su poder. Manipulaba a sus seguidores poseyéndolos, susurrándoles al oído y aprovechándose de su desesperación y avaricia para crear no solo un grupo de secuaces, sino un ejército.
Y, con ese ejército, se había erigido un auténtico imperio bajo tierra.
Uno capaz de competir con la Subciudad. Me pregunté si supondría una amenaza para los enanos de la Mina de Plata.
Se encontraban bastante lejos de la Subciudad, que parecía estar debajo del Casco Antiguo.
Pero era imposible saber hasta dónde llegaban aquellos túneles.
No me cabía duda de que al culto aún le quedaban muchas fuerzas que lanzar contra nosotros.
Lilian estaba loco. Era pura maldad. Pero no era estúpido.
No iba a enviar contra nosotros a todas sus tropas de aquella manera.
Fuera cual fuese su plan para regresar, reservaría el grueso de sus fuerzas para asegurarse de que saliera adelante.
Sospechaba que se trataba de un ritual. Y estaría fuertemente protegido.
¿Teníamos lo necesario para derrotarlos?
Y, si fracasábamos…
Me acerqué a Conrad sin soltar la mano de la chica rata. Había permanecido callado durante el trayecto. Meditabundo.
—Así que un ángel, ¿eh?
Respondió con un gruñido.
Solté un bufido.
—Eso no cambia nada. Para mí sigues siendo el mismo timador rastrero, codicioso y de tres al cuarto.
Conrad me miró y sonrió.
—Vaya, gracias.
Le di un suave puñetazo en el hombro y se echó a reír.
Nuestro guía olisqueó el aire y se comunicó con sus compañeros mediante chillidos antes de tomar un camino inclinado que descendía. ¡Claro que teníamos que bajar aún más!
Al menos había recuperado mi chispa. Unas esferas de luz dorada flotaban sobre nuestras cabezas e iluminaban al grupo. Puede que los hombres rata no las necesitaran, pero nosotros desde luego que sí.
—Para mí sigues siendo el Conrad de siempre… —continué, bajando la voz—. Pero, si tienes algún poder de ángel como los que Ariel nos ha mostrado allí arriba, creo que nos vendría de maravilla en nuestra situación actual.
El semblante de Conrad volvió a ensombrecerse y lamenté habérselo preguntado.
—Lo siento… —empecé, pero él levantó una mano para detenerme.
—No pasa nada. Es una pregunta razonable. —Respiró hondo y después suspiró—. Antes tenía poderes como los de Ariel. Venganza llameante y poder sagrado. Todo el lote. Pero los agoté.
—¿Los agotaste? ¿Eso es siquiera posible?
—Para los ángeles caídos, sí. No estamos hechos para existir en un plano mortal.
Al menos, no durante tanto tiempo como llevo yo aquí.
Básicamente, tenemos una especie de batería.
Y la mía lleva bastante tiempo descargada.
Probablemente podría exprimir uno o dos golpes divinos si fuera necesario.
Pero ¿más allá de eso? La verdad es que no lo sé.
Probablemente dejaría de existir. Kaput. Finish y klaar.
Conrad me miró y me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Borra esa expresión de tu cara, Cins. No voy a ninguna parte. Lilian cometerá algún error.
Se echó a reír.
—Ni siquiera se acordaba de usar una pastilla de jabón. ¿Crees que será capaz de provocar el apocalipsis?
Negó con la cabeza, riéndose entre dientes.
—Acabaremos con él y con su culto antes del fin de semana. Y después dejaré que nos invites a unas copas a mí y al equipo en El Gravekeeper.
Quería creer a Conrad, creer que sería así de fácil. Sonaba bien. Demasiado bien para ser verdad. Pero sabía que no iba a ser fácil. Nada que mereciera la pena lo era.
—Si usar tus poderes es tan peligroso, no lo hagas a menos que no te quede otra opción —dije—. ¿Entendido?
Conrad sonrió con tristeza.
—Estaré bien, Cins. Puedes contar conmigo.
Decidí creerlo.
Los túneles se llenaron del hedor pútrido de la basura y la descomposición. ¡Eso significaba que habíamos llegado! Por fin. ¡Grietas! De no haber recuperado mi chispa, ahora mismo me estarían doliendo las articulaciones.
La caverna desembocó en la Subciudad, con todo su esplendor caótico y organizado.
Una multitud de hombres rata, ataviados con armaduras y armados con lanzas improvisadas a partir de utensilios de cocina recuperados y chatarra, salió a recibirnos.
Su actitud defensiva pronto se transformó en júbilo cuando se reencontraron con sus parientes perdidos.
Por toda la ciudad estalló un coro de chillidos y grititos emocionados al regresar aquellos a quienes daban por perdidos.
La chica rata me soltó la mano y corrió hacia un grupo de hombres rata vestidos con retales de tela y mantas de lana. Se abrazaron y restregaron los hocicos unos contra otros. La escena me llenó el corazón de calidez y mi chispa resplandeció en consonancia.
Entre el gentío, inundado de alivio y celebración, Chitrit avanzó cojeando hacia nosotros con la ayuda de su bastón. La absoluta sorpresa que le produjo ver a los suyos a salvo se convirtió en comprensión y gratitud palpable al reparar en nosotros.
—Cindy Giles salvar-salvar. Promesa cumplida. Gratitud de los mischief… —Inclinó la cabeza—. La tienes.
—Era lo correcto —dije, inclinando a mi vez la cabeza.
Gibbs y Brick contemplaban cada rincón de la Subciudad como niños maravillados.
—¿Estás viendo este garito, eh, Brick?
—Lo estoy viendo —respondió Brick—. No me lo creo. Pero lo veo.
—Todo es real, chicos —dijo Alex—. A pesar de lo que dijo El Consejo. Empapaos bien de todo.
Conrad se acercó a mí, ya sin observar a Chitrit con aquel desprecio propio de un conspiranoico.
—Hemos salvado a los tuyos del culto de la superficie —dijo—. Pero tenemos problemas más graves.
Asentí.
—Están convirtiendo a los tuyos en demonios rata. En mutantes. Mediante alguna especie de ritual. Lo detuvimos. Los matamos a todos. Pero aún hay algo peor.
—¿Peor-peor? Siempre. No hay queso si no hay trampa.
¿Tenían trampas para hombres rata? ¿O Chitrit había aprendido cosas sobre las ratas de la Tierra viendo Tom & Jerry ? Sí, ya sé que Jerry es un ratón.
Conrad negó con la cabeza.
—Aquí no hay queso. Solo trampas. O, para ser más exactos, un puto exterminador enorme.
Chitrit frunció el ceño a la manera de las ratas. No le gustaba cómo sonaba aquello.
—Hay más cultistas en estos túneles —expliqué—. Muchos más. Y están haciendo algo para resucitar a su líder. Si lo consiguen…, el mundo se acabará.
Chitrit asintió sin discutir en absoluto.
Eso facilitaba las cosas. Si se lo hubiéramos contado a un dirigente humano, habría seguido haciendo preguntas y discutiendo hasta el amanecer, para después someter a votación si debían estar de acuerdo o no con que el mundo se estaba acabando.
A continuación vendrían la revisión de un comité, un periodo de participación pública, más comités y otra votación.
—Hombres-hombres malos excavan muchos túneles. Bajo Titán dormido. Espía-espía ve cámara grande. Lugar magia mala-mala.
El culto había excavado una cámara bajo la Montaña de la Mesa.
Debajo del maldito Titán bajo la Montaña.
¡Si el Culto del Titán lo supiera! Llevarían al culto ante los tribunales por actividades sacrílegas.
Aunque su demanda sería recibida con carcajadas, porque el Espíritu de la Ley ni siquiera protegía los sentimientos del Culto del Titán.
—¿Sabes cómo podemos llegar hasta esa cámara? —preguntó Conrad—. Tenemos que detenerlos.
—Muchos-muchos túneles —explicó Chitrit, extendiendo mucho los brazos para recalcarlo—. ¿Mejor camino-camino? Por minas-minas de los Kazaz’ta . Los hombres-hombres bajos.
Kazaz’ta . ¿Dónde había oído antes ese término?
—¿Los enanos conocen la Subciudad? —preguntó Conrad.
¡Eso era! Enanos. Los enanos de la Mina de Plata eran enanos de las montañas. O, en su lengua, los Kazaz’ta.
Chitrit emitió un chillido. Supuse que expresaba desaprobación.
—Hombres-hombres bajos tienen odio-odio grande. No conocen Subciudad. Conocen mischief y scurry. Buscan. Matan-matan.
Bueno, eso no era bueno. Los enanos no eran malvados. Al menos, que yo supiera. Pero se sabía que tenían muy mal genio. Y los enanos de las montañas de la Mina de Plata eran sumamente insulares. Y territoriales. No querrían compartir sus túneles con los hombres rata.
Conrad frunció el ceño cuando los demás se reunieron con nosotros.
—Tenemos que acceder a esa cámara si queremos impedir el regreso de Lilian. Lo que significa que debemos hablar con el Thane de la Mina de Plata.
—¡Oh, oh, oh! —Gibbs levantó la mano mientras daba saltitos sobre las puntas de los pies como un niño emocionado. En el fondo, era uno.
—¿Sí, Gibbs? —preguntó Conrad, adoptando el papel de un profesor agotado.
—Los enanos me adoran, jefe. Di un concierto brutal allí. Una acogida de locos. ¿Lo pillas?
—Sí. Los enanos cavan. ¿Adónde quieres llegar?
Gibbs frunció el ceño.
—Tengo buen rollo con ellos, ¿sabes? Deja que hable con ellos. Conseguiré que se pongan cariñosos con la panda de roedores. Y entonces podremos usar sus minas.
Conrad suspiró, exasperado y completamente exhausto.
—Está bien. Cuando lleguemos a la superficie, ve a hablar con los enanos.
—Yo también iré. Quiero presumir de martillo —añadió Brick.
Conrad puso los ojos en blanco y empezó a aleccionar a Gibbs sobre la forma exacta en que debía dirigirse al Thane para que lográramos convencerlo de la urgencia de nuestra situación.
Quizá no deberíamos haber enviado a aquellos dos a una misión tan importante.
Pero, después del día que habíamos tenido, no creo que ninguno de nosotros pensara con demasiada claridad.
Mientras lo hacía, noté que Chitrit me tocaba el hombro y me llevaba aparte.
—Percibo-percibo cambio —dijo, mirándome a los ojos con aquellos pozos negros de sabiduría.
Podía percibir mi chispa. Aquel chamán nunca dejaba de sorprenderme.
—Mi chispa ha regresado —dije—. La perdí hace mucho tiempo, pero volvió a mí cuando necesité curar a uno de vuestros niños.
—No ha regresado. Diferente. Esta chispa-chispa nueva. Más nueva. Mejor.
Miró hacia la niña a la que había salvado, y percibí un atisbo de lo que para él era una sonrisa.
—Paz no es único bien-bien. ¿Enfrentas mal? Debes golpear-golpear. Nueva chispa sabe-sabe esto.
Sentí que mi chispa resonaba con sus palabras. Asentí. Ahora lo sabía.
—Fuego del alma-alma ha vuelto. Arde brillante-brillante. Pero no lo pierdas. No te pierdas a ti misma-misma.
—No lo haré —respondí.
Esta vez no. Mi chispa nunca me había abandonado. Había sido yo quien se había abandonado a sí misma. Pero esta vez no lo haría.
Ahora sabía lo que tenía que hacer. Y no iba a vacilar. Ya no.