Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 18. Ángel
68%

18. Ángel

Ángel

—¿Eres un puto qué? —preguntó Gibbs con una elocuencia increíble, dadas las circunstancias. Yo fui incapaz de articular palabra.

Conrad respiró hondo.

—Un ángel. Sí. Yo... Siento no habéroslo contado. Es solo que... la gente no suele tomárselo demasiado bien cuando se lo digo.

—Probablemente porque lo has mantenido en secreto durante más de una puta década —soltó Alex, algo completamente impropio de él. En su tono no había solo rabia. Había dolor. Una sensación de traición que yo también compartía.

Creía conocer a Conrad. Al menos, creía conocerlo mejor que la mayoría. Pero parecía que me había equivocado de cabo a rabo.

Gibbs aún estaba asimilando la información mientras Alex interrogaba a Conrad. Brick permanecía a un lado, en silencio. No sabía si no entendía lo que estaba pasando o si también intentaba asimilarlo. Brick no era tan estúpido como creíamos. La mayoría de las veces.

Miré fijamente a Ariel mientras contemplaba las consecuencias que había provocado al presionar a Conrad para que confesara su naturaleza divina.

Parecía humana, al menos bajo su forma actual, pero también algo más que humana.

Perfecta. No tenía una sola imperfección.

Ni un diente torcido, ni una peca, ni una cicatriz, ni una punta abierta.

Ni siquiera Stephanie habría podido concebir una ilusión tan impecable, porque aquel grado de perfección era algo que nosotros jamás podríamos llegar a imaginar.

Su cabello plateado no se debía a la edad.

Relucía como una espada pulida y reflejaba la luz de luna más pura.

Volvió hacia mí sus ojos, encendidos por un fuego intenso. Estuve a punto de apartar la mirada mientras El Reckoning acorralaba a Conrad. La gente-rata observaba la escena con desconcierto. Pero yo le sostuve la mirada.

Había en ella algo inconfundiblemente ajeno. No pertenecía a este mundo. Ni a ningún otro mundo en el que yo hubiera estado antes. Aunque tampoco es que hubiera visitado muchos. Solo dos. Pero eso era el doble de lo habitual, así que seguía siendo impresionante.

Sin embargo, pese a su singularidad, a aquella intensa alteridad, también había en ella algo familiar.

Incluso bajo su forma humana, por perfecta que fuese, poseía algo que apelaba a una parte de mi alma humana.

Los ángeles eran fundamentales en la mitología de nuestra civilización.

Adoptaran la forma que adoptasen, constituían los pilares de la humanidad.

Aquello que aspirábamos a ser, pero que ni siquiera podríamos llegar a imitar.

Pero, más aún que eso, sentía una conexión con ella: mi chispa tendía hacia la energía de purificación que fluía de Ariel como un sol abrasador y hermoso. Sin embargo, pese a que mi chispa buscaba esa conexión, ella permanecía fría. Distante.

Había desprecio en su mirada. Resentimiento por tener que soportar la presencia de simples mortales. Pero no podía detestarla por ello. Porque percibía su magia y conocía su verdadera naturaleza, sin importar la expresión de su rostro.

—Basta, mortales —dijo Ariel—. Zephon, pon fin a este mezquino engaño y explícales tu verdadera naturaleza a esas mentes de los planos inferiores antes de que les estallen sus diminutas cabecitas.

Bueno, quizá sí fuera un poco capulla.

Conrad se mordió el labio inferior, mostrando mucha más vulnerabilidad y humanidad de lo habitual. Lo miré fijamente. Lo observé de verdad y me di cuenta de algo.

Conrad siempre parecía esforzarse demasiado. Una sonrisa falsa y demasiado blanca, maquillaje, el pelo engominado hacia atrás, ropa barata que pretendía parecer elegante. El atuendo de alguien que se esforzaba muchísimo por tener buen aspecto sin saber en absoluto qué aspecto tenía en realidad.

Sin embargo, bajo aquella fachada impostada, Conrad no tenía una sola imperfección. Ni siquiera una arruga. Hablaba de cosas que habían ocurrido décadas atrás como si hubiera estado presente. Porque lo había estado. Y no había envejecido ni un solo día.

Le resultaba imposible adoptar una apariencia normal.

Ocultar la perfección de su verdadera naturaleza.

Así que se había excedido. Se había vuelto demasiado perfecto.

Hasta parecer un vendedor de coches usados que se rociaba la piel, ya de por sí oscura, con bronceador, se blanqueaba los dientes dos veces al día y llevaba trajes de raya diplomática que le sentaban fatal.

Se había convertido en alguien sórdido. Untuoso. Falso y poco digno de confianza. Todo en un intento por parecer humano.

Pese a la rabia de Alex, la confusión de Gibbs y el silencio de Brick, no podía enfadarme con él.

No de verdad. Porque seguía siendo Conrad. Y nunca nos había ocultado realmente nada.

Los hombros de Conrad se hundieron cuando por fin cedió.

—Mi verdadero nombre es Zephon, de la 56 ª Hueste. Portadores de la Última Luz.

—Demasiado rimbombante. Creo que seguiré llamándote Conrad —dije en voz alta.

Él esbozó una tenue sonrisa.

—¿Por qué no nos lo contaste? —volvió a preguntar Alex—. ¿Tom lo sabía?

Conrad hizo una mueca y asintió. Ahora me tocaba a mí sentirme traicionada. Había creído que Tom me lo había contado todo. Pero, si aquel era el secreto de Conrad, quizá Tom no tuviera derecho a revelarlo.

—No os lo contó porque es un fugitivo —intervino Ariel, con la voz cargada de frío veneno y desdén—. Huyó de las huestes de los Serafines, abandonó su puesto y descendió a la Tierra para jugar a fingir entre los mortales.

—Somos una panda de renegados —respondió Alex—. Nos habría dado igual que fuera un fugitivo. ¡Grietas! Todos somos fugitivos. ¿Por qué, Conrad? ¿Por qué?

Alex conocía a Conrad desde años antes de que yo llegara a conocer a cualquiera de ellos. Para él, aquella mentira se multiplicaba. Por diez. No podía juzgarlo por sentirse traicionado.

Conrad vaciló, librando una guerra en su interior. Hasta que por fin miró a Alex y cerró los puños para armarse de valor.

—No quería que me vierais de otra manera.

¿Crees que quiero ser un ángel? —Su tono se convirtió en un grito mientras descargaba su rabia contra Alex, Ariel y el mundo entero—.

¿Un miembro de una Gestapo multidimensional con ínfulas de santidad?

Me he construido una vida en la Tierra porque quiero estar aquí.

Porque amo a la humanidad. Con sus defectos y sus virtudes.

No quiero ser un puto Serafín. No quiero ser el puto Zephon de la 56 ª Hueste.

Un Portador de la Última Luz. Soy Conrad Khoi.

Agente Cazador de Monstruos Extraordinaire.

¡Un hombre! Quizá no sea mortal. Pero me acerco lo suficiente.

Se hizo el silencio mientras Conrad respiraba y se calmaba. Alex contempló el arrebato con los ojos muy abiertos y algo conmocionado. Pero su expresión se suavizó al recordar quién era aquel hombre. Seguía siendo Conrad. Nuestro Conrad.

—Entonces, ¿es un fugitivo? —preguntó Brick.

Al principio creí que simplemente le había costado entenderlo. Pero detecté en su voz un inconfundible matiz amenazador. Una frialdad que solo aparecía antes de matar.

Alzó su martillo y avanzó lentamente hacia Ariel. Como un depredador aproximándose a una presa atrapada.

—Y tú quieres llevártelo de vuelta, ¿eh? Encadenarlo y entregárselo a tu corito, atado de pies y manos como una recompensa. ¿Eso es lo que quieres, engel ?

Se plantó justo delante de ella. Pese al inmenso tamaño de Brick, sostuvieron la mirada. Ariel no parecía asustada. En absoluto.

—No vas a quitarnos a Conrad. ¿Me oyes?

Su voz rezumaba auténtico peligro. Incluso sabiendo solo la mitad de lo que los ángeles eran capaces de hacer, empecé a temer por la seguridad de Ariel.

Brick y Ariel se miraron fijamente en silencio. ¿Evaluándose el uno al otro? O quizá librando una guerra con la mirada.

—¿Has terminado? —preguntó Ariel por fin—. De acuerdo, pues...

De repente, unas alas plateadas brotaron de su espalda e inundaron el salón con una luz abrasadora e incandescente. Tuve que apartar la mirada. ¡Era como mirar directamente al sol!

—¡Soy Ariel! Leona de los Serafines. 3 ª Arconte de los Vientos y Espíritu del Aire.

Ángel de las Aguas de la Tierra y Portadora del Fuego Sagrado.

Soy yo quien ejerce su dominio sobre esta roca miserable y quien impide su aniquilación total.

Inclínate ante mí, mortal. Inclínate y suplica perdón, apóstata y difamador. O afronta tu destrucción definitiva.

Sentí que mi cuerpo se volvía pesado cuando las órdenes de Ariel se abatieron sobre mí, y no pude evitar desplomarme hacia el suelo, apretando los dientes mientras las lágrimas me corrían por las mejillas.

¿Aquel era el poder de un ángel? No alcanzaba a concebirlo. Comparada con ella, mi chispa no era nada. Menos que nada. Y se encogía ante el océano del que había brotado. Una mera gota.

Todos salvo Conrad retrocedimos y caímos, mientras el resplandor ocultaba a Brick de nuestra vista. Gibbs lloraba, con los ojos enrojecidos. Alex apartó la mirada, mientras la gente-rata castañeteaba los dientes y chillaba presa del más absoluto terror.

El oro inundó la estancia. Cegador. Entonces se disipó y sentí que el aura desenfrenada de Ariel se desvanecía. Alcé la mirada y vi que Brick seguía en pie ante el ángel. Sin inclinarse. Nada impresionado.

—He visto espectáculos de luces en mi vida —dijo Brick, frotándose el ojo con un nudillo como si acabara de mirar de refilón una luz intensa—. ¿Se suponía que eso tenía que asustarme?

Por primera vez desde su llegada, Ariel mostró una emoción que no era rabia, desprecio ni arrogancia implacable. Una confusión absoluta y completa.

Suspiró, acercándose demasiado a parecer humana.

—No he venido a arrestar a Zephon. Es un fugitivo, pero las huestes divinas saben de su existencia y no lo consideran una amenaza.

Brick asintió, satisfecho. A juzgar por su expresión, aquella demostración de poder angelical no le había causado ni una pizca de miedo. ¡Luz Sagrada! ¿Acaso era humano?

¿O simplemente no se enteraba de nada? No tenía la menor sensibilidad mágica. Quizá le pasara lo mismo cuando los ángeles intentaban intimidarlo.

Sospechaba que podría enfrentarse a una abominación sobrenatural de ángel cubierta de ojos sin sentir verdadero miedo. En fin, Brick siempre sería Brick.

—¿Por qué has venido, Ariel? —preguntó Conrad, haciendo que la conversación avanzara.

Ella no respondió de inmediato, pues seguía observando a aquella bestia descomunal de hombre que parecía inmune al miedo. Conrad se aclaró la garganta y Ariel levantó la vista.

—Porque, Zephon, pese a la insignificancia de este plano inferior, preferiría no verlo destruido.

—¿Existe de verdad esa posibilidad? —pregunté mientras daba un paso adelante—. ¿Lilian podría destruir el mundo de verdad?

Sabía que no parábamos de repetirlo. Que él era el Padre del Final y todo eso. Pero ¿destruir el mundo? ¿De verdad? Tal vez convertir Hope City en un paisaje infernal infestado de demonios. Pero ¡seguro que no podía destruir el mundo! ¿Verdad?

—Él no. Pero, si se le permite regresar, abrirá un agujero en esta realidad. Un agujero que acabará conduciendo a los reinos infernales y dará paso a las huestes infernales de los condenados y los impíos.

—Los demonios entran por Grietas en Hope City todo el tiempo —dijo Alex—. Tenemos purificadores. Cazadores de demonios.

—No es lo mismo —replicó Conrad—. La magnitud de esta invasión demoníaca...

No podremos resistirla. Pero eso no es lo peor.

La Tierra no es un reino cualquiera, diga lo que diga Ariel.

Nos encontramos en una encrucijada entre incontables reinos del Entremedio.

Y, debido al flujo causado por el Vórtice, el velo entre esos reinos se ha vuelto muy fino. Lo cual significa...

—Contagio demoníaco —concluyó Ariel por él—. Si invaden la Tierra, todos los reinos se verán amenazados. Y, si existe la más mínima posibilidad de que eso ocurra, las huestes de los Serafines tendrán que destruir la Tierra.

—¿Como la última vez? —preguntó Conrad.

—Exactamente como la última vez.

—¿La última vez? —preguntó Gibbs, horrorizado y con bastante razón.

—¿Por qué los ángeles no detienen a Lilian antes de que pueda abrir el agujero? —pregunté—. Para vosotros debería ser sencillo.

Ariel negó con la cabeza.

—No podemos interferir en los asuntos de los mortales.

—A menos que esa interferencia consista en un genocidio planetario, por supuesto —añadió Conrad con un siseo en la voz—. Supongo que esta visita de cortesía ya rebasa los límites, ¿verdad, Ariel?

Ariel vaciló, pero después asintió. Al menos teníamos eso. Había quebrantado el protocolo para advertirnos.

—No podemos ni debemos romper las cadenas del libre albedrío —dijo Ariel—. Pero, si los humanos detienen por sí mismos el contagio demoníaco, la Hueste no tendrá que destruir este mundo.

Y, pese a todo el desdén que mostraba, percibí en su tono que prefería con mucho esa posibilidad a la aniquilación total.

La expresión de Conrad habría bastado para ahuyentar a los espectros. Decir que estaba irritado era quedarse muy corto.

—Así que hay más en juego. Pero nuestro proceder no cambia. Hay que detener a Lilian. Y tenemos que hacerlo nosotros mismos.

Para salvar el mundo...