Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 17. Reencuentro
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17. Reencuentro

Reencuentro

El último rastro de polvo se asentó, mezclándose con demonios incinerados y una neblina sanguinolenta que impregnaba el aire. Cortesía de nuestro adorable carnicero armado con un martillo, por supuesto.

Mis poderes habían regresado. Y tenía que agradecérselo a toda una sala de demonios rata concienzudamente purificados.

Por desgracia, estaban demasiado perdidos para salvarlos como a la chica rata.

Pero los había vengado igualmente. Con un poco de suerte, la destrucción de sus cuerpos corrompidos liberaría sus espíritus de la prisión demoníaca en la que estuvieran atrapados.

Con la ayuda de Alex, rompí el candado del corral de la gente-rata y observé con melancólica satisfacción cómo la chica rata corría hacia uno de los cautivos, soltando chillidos de alivio y emoción. Ambos se acariciaron con el hocico, reconociendo que habían sobrevivido.

Mi silenciosa contemplación de aquel momento sagrado se vio interrumpida cuando DJ Gibbs se abalanzó sobre mí y me derribó. Me estrechó con fuerza mientras soltaba una retahíla de jerga incomprensible que, en realidad, se reducía a que me había echado de menos.

—Yo también te he echado de menos, Gibbs —dije por fin cuando me soltó, tras lo cual chocamos los puños. Como si eso pudiera salvar su reputación callejera después de semejante muestra de afecto.

Había envejecido, como todos nosotros. Un atisbo de canas, apenas ocultas por el tinte amarillo de su oscura mata de pelo. Tenía nuevas arrugas en el rostro. Pero sus ojos seguían siendo jóvenes. Llenos de la pasión de siempre.

—Veo que tienes equipo nuevo —dije, señalando los altavoces esféricos. Cogí uno para comprobar cuánto pesaba. Parecía bastante resistente—. ¿Por qué no usabas algo así cuando cazábamos juntos?

—No sabía que existía, ¿sabes? He estado buscando mi alma y me he agenciado un nuevo tinglado. ¿Me pillas?

Asentí, aunque no lo pillaba ni de lejos.

—Pero ¿qué tal te ha ido, CG? ¿Te ha tratado bien la vida?

Traducción: ¿qué había hecho durante todos aquellos años?

Cocerme a fuego lento en mi propia mierda de draco, autocompasiva, nihilista y llena de odio hacia el mundo. Crucé una mirada con Conrad mientras este le daba unas palmadas en la espalda a Alex antes de volverse para ayudar a varios gente-rata heridos a reunirse con sus compañeros.

No lo odiaba. No de verdad. Quizá nunca lo había odiado. Y ahora era lo bastante sincera conmigo misma para reconocerlo.

Me volví de nuevo hacia Gibbs.

—Lo de siempre. Matar monstruos.

Gibbs asintió de manera exagerada.

—Ya te digo. Siendo auténtica.

Me habría gustado que Gibbs me hablara con normalidad. Que me mostrase su verdadero yo. Pero así era Gibbs. Jerga inventada, gestos exagerados. Una actuación tan estrafalaria que ya había dejado de ser una actuación. Y yo no lo habría cambiado por nada del mundo.

—¡Brick! —llamó Alex mientras Brick machacaba contra el suelo los cadáveres ya pulverizados de un grupo de cultistas y formaba un pequeño cráter—. ¡Deja de jugar con los cadáveres y ven a saludar!

—No estoy... —gruñó Brick mientras alzaba el martillo negro por encima de la cabeza. De algún modo, seguía siendo el Martillo del Khan Oscuro. Estaba casi segura de que lo había perdido al perder el kanato— jugando.

Volvió a machacar los cadáveres hasta reducirlos a una pasta fina.

Alex tamborileó con el pie, impaciente, hasta que Brick suspiró y se frotó las manos, satisfecho.

—Luché contra un tipo en el norte que se negaba a quedarse en el suelo.

Casi me arrancó un pedazo. Por eso ahora siempre me aseguro dos veces de que estén muertos —explicó Brick mientras se acercaba a nosotros con paso tranquilo, sin dar la menor señal de estar siquiera sin aliento. ¿Acaso era humano?

Alex señaló el charco de sustancia sanguinolenta del suelo.

—¿No habías confirmado ya su muerte hace tres golpes?

Brick no parecía preocupado.

—Hicieron falta diez para asegurarme de que no se levantara.

Brick asintió con respeto al recordar a su adversario caído.

—Era un tío cojonudo. Ojalá le hubiera dejado levantarse otra vez. Ha sido la mejor pelea que he tenido en años.

A Alex se le quedó la boca abierta al oír las palabras que salían de los labios de Brick, pero se limitó a negar con la cabeza y sonreír mientras le tendía la mano.

—Te he echado de menos, colega. Me preocupé cuando supe que habías perdido el kanato.

Brick agarró la mano de Alex y se la estrechó.

—No tuvo importancia. De todas formas, ya empezaba a aburrirme. Solo puedes matar a dos docenas de ogros que te desafían por el trono antes de que la cosa se vuelva un poco aburrida.

Brick tenía el mismo aspecto de siempre. Enorme. Inquebrantable. Estaba segura de que aquí y allá había señales de su edad. Y bastantes cicatrices nuevas. Pero, para mí, siempre sería simplemente Brick.

Levantó el zapato para comprobar si tenía vísceras pegadas antes de continuar.

—¡Y no paraban de pedirme que tomara decisiones! Por las Grietas. Odio tomar decisiones. Lo justo era que el kanato pasara al hijo del Kan Oscuro. Debería haber sido suyo desde el principio. Además, lo ganó de forma limpia. Juega al backgammon de puta madre.

—Y seguro que ayudó que tú no supieras lo que hacías, ¿eh, Brick? —intervine.

Brick sonrió de oreja a oreja al verme.

—¡Cins! —exclamó antes de aplastarme en un gigantesco abrazo de oso capaz de partirme la columna y levantarme del suelo. Por suerte, había recuperado mi chispa, que me curó de inmediato cualquier posible lesión.

Brick volvió a bajarme al suelo y me dio unas palmaditas en la cabeza.

—Te he echado de menos, Cins. Yo... Siento no haber estado allí...

Brick no había asistido al funeral de Tom. La horda de ogros se lo había llevado. Y sospechaba que, además, estaba demasiado destrozado para afrontarlo.

Negué con la cabeza.

—Eso es cosa del pasado. Ahora estás aquí. Estamos todos.

Brick sonrió, pero enseguida se le agrió la expresión.

—Alex, ¿es verdad que quemaron tu bar?

Alex asintió con gesto sombrío.

—Pues matémoslos a todos y cada uno de ellos.

Alex se irguió.

—Ese es el plan.

—La pandilla otra vez reunida y tal. Todo un episodio de reencuentro, ¿me pilláis? —añadió Gibbs.

—¿Te está dando un ictus, Gibbs? —preguntó Conrad, al parecer sinceramente preocupado.

—¿Me pilláis...? Yo, yo... —farfulló Gibbs mientras Conrad se unía al círculo.

—¿Ya has superado tu odio hacia las ratas, jefazo? —preguntó Alex, señalando al grupo de gente-rata liberados que se atendían las heridas unos a otros. Varios rodeaban a la chica rata, que no paraba de soltar chillidos de emoción. Ni rastro de mutaciones.

Miré en mi interior y di las gracias a mi chispa por ayudarme a salvarla. Zumbó en respuesta. Solo había cumplido con su deber. Igual que yo.

—A ver, yo solo odio a las ratas cambiaformas que intentan dominar el mundo. No a los hombres rata normales. ¡No soy un intolerante ni nada por el estilo! —explicó Conrad antes de guiñarme un ojo con picardía.

Casi me eché a reír. Todo era una actuación. Desde el principio. Nunca había odiado a las ratas. Solo era su fachada. Su interminable pantomima de opiniones y convicciones pasajeras con la que daba forma al personaje de Conrad Khoi.

No creo que fuera capaz de odiar de verdad a nadie.

—Cins, ese espectáculo de luz dorada que has montado ¿significa lo que creo que significa? —preguntó Conrad, pasando a asuntos más serios.

Asentí. Mis poderes habían vuelto. El cálido resplandor de mi pecho era prueba suficiente. ¡Mi chispa había regresado!

Pero mi expresión se endureció. No era momento para celebraciones. No del todo.

—Conrad, ha vuelto. Esta vez de verdad. Lilian habló con nosotros. A través de una especie de víctima poseída, pero era él.

Conrad me miró conmocionado. No quería creerlo. Ninguno queríamos. Un demonio rata que creaba una secta apocalíptica ya era bastante malo. Un cabrón de pura maldad, capaz de invocar demonios y sin el menor respeto por la higiene personal, era una pesadilla de las malditas Grietas.

—Yo también lo oí —añadió Alex—. Era él. No cabe duda. Y va a volver.

—¿Lilian sigue dando guerra? —preguntó Gibbs, palideciendo y hablando de forma algo más coherente—. Mieeeeerda...

Brick ladeó la cabeza, confuso.

—¿Lilian está vivo? ¡Es una noticia estupenda! Podremos pasar el rato como en los viejos tiempos. Me pregunto qué habrá estado haciendo. Creía que estaba muerto y todo eso.

Gibbs le apretó el hombro a Brick y negó con la cabeza.

—Brick, colega, Lilian trae problemas, ¿me pillas? Es malvado de verdad.

Brick parecía desolado, como si no recordase en absoluto lo que Lilian había hecho. Bueno, creo que nadie se lo había explicado con suficiente claridad.

—Si de verdad vuelve —continué—, un ejército de demonios rata mutantes no será más que el principio.

Puede traer, y traerá, demonios más grandes y peores.

Engendros, diablos... Lo que se os ocurra.

Sin ayuda, estuvo a punto de traer a este mundo un archidemonio de tamaño colosal.

Imaginad lo que puede conseguir con esos imbéciles a su entera disposición.

—Lo llaman el Padre del Final —añadió Alex—. Lilian nunca fue de dramatizar ni mentir. Por gracioso que suene. Si promete el fin, podéis estar seguros de que intentará provocarlo.

—Puede que ese no sea el peor de nuestros problemas... —añadió Conrad, con una aprensión que rezumaba de su voz normalmente serena mientras miraba por encima de nuestros hombros.

Todos nos volvimos hacia la sección hasta entonces desierta de la planta de la fábrica.

En un claro entre la cinta transportadora aplastada y el montón de cadáveres triturados, cortesía de Brick, había una mujer alta, vestida con un traje de negocios gris ceniza, de aspecto formal, y con el cabello plateado cayéndole suelto sobre los hombros.

Tenía los brazos cruzados y una expresión capaz de fundir el mithril.

Ninguno la habíamos oído entrar. Y no había accedido por la pasarela ni por el túnel. Eso solo dejaba el agujero que Brick había abierto en el techo. Y estaba casi segura de que él solo había soportado aquella caída porque había bajado surfeando sobre el fragmento de techo que se desplomó.

—Se queda usted corta, Zephon —respondió la mujer con una voz que contenía metal y fuego. Percibí algo en ella. Algo ajeno. Y poderoso. Pero, al mismo tiempo, tremendamente familiar.

—¿Zephon? —pregunté, mirando a Conrad. Se había quedado blanco como una sábana.

—¿Te guardabas un nombre callejero de los buenos, jefazo? —añadió Gibbs.

Alex lo miró fijamente, empezando a comprender antes que cualquiera de nosotros que estaba ocurriendo algo importante.

—Yo... Yo no soy Zephon —intentó mentir Conrad, pero todos pudimos verlo con claridad.

La recién llegada puso los ojos en blanco y cruzó los brazos.

—Ponga fin a este engaño mezquino, Zephon. No tenemos tiempo.

Conrad palideció y tragó saliva antes de interponerse entre la misteriosa mujer y nosotros.

—Todos, esta es Ariel. Ella... ella es un ángel.

Vaciló y después me miró a los ojos.

—Como yo.