16. Bastión #3
Alex, cubierto de sangre y sudor, entró en la burbuja de luz protectora, soltó la escopeta y desenfundó las pistolas. Abrió mucho los ojos al mirarme a mí y a la niña rata entre mis brazos.
Los brazos de la niña, convertidos en miembros demoníacos provistos de garras, empezaron a encogerse. El tono gris desapareció y volvió a ellos un color saludable, de nuevo recubierto de un pelaje castaño y brillante.
Los gritos de dolor cesaron y ella me miró, sorprendida y confusa. Pero ya no tenía miedo.
—Estás a salvo —dije, con la voz vibrante por la fuerza de mi poder arcano.
Lo entendió, aunque no hablaba mi idioma.
Mi luz dorada empezó a desvanecerse, pues mi chispa ya no detectaba corrupción ni mutación alguna. Levanté a la chica rata y la coloqué detrás del altar antes de volverme hacia los sectarios repartidos por el suelo de la fábrica.
Se quedaron mirándome. Sus expresiones permanecían ocultas bajo capuchas y máscaras de plástico. Pero percibí una emoción por encima de las demás.
Miedo.
Rugidos demoníacos y el repiqueteo de garras contra la roca llenaron la estancia mientras los demonios rata empezaban a salir en tropel de la entrada del túnel. Los sectarios parecieron sorprendidos mientras abrían paso a sus refuerzos. Alex me miró, esperando mi señal.
Pero los demonios no atacaron.
Abrieron paso a otra figura. Un joven demacrado que aplaudía con fingido júbilo.
Alex soltó un grito ahogado. Lo reconocía.
El chico de los túneles.
O, al menos, lo había sido.
Ahora tenía los ojos blancos y lechosos, y sus extremidades sufrían espasmos y convulsiones como si estuviera padeciendo una docena de pequeñas crisis.
Me miró y ya no me quedó ninguna duda. Había sentido aquella mirada mil veces.
—Sois unos mosquitos difíciles de matar, Cindy y Alex. Por desgracia, siempre fuisteis las mayores espinas que tuve clavadas. Al menos después de aquel imbécil en llamas. Lástima que se quitara de en medio. Me habría gustado matarlo yo mismo.
Era inconfundiblemente la voz de Lilian, que hablaba a través del cuerpo de aquel pobre chico.
—¡Te vi morir! —grité.
Lilian soltó una risita, aunque el chico no se movió. Un contraste extraño.
—Así fue, mi querida Cin-cin.
Puaj.
—Pero ¿es que no aprendiste nada? El mal no muere. La oscuridad no desaparece sin más. Es el estado natural de las cosas. Lo inevitable.
El tono jovial abandonó su voz.
—Y recuerda mis palabras, Cindy Giles. Yo soy inevitable.
Soy el Padre del Fin. La Bestia que se alza con los cuernos de un cordero y la voz de un dragón.
Haré caer fuego de los cielos y esclavizaré a quienes no abracen la única oscuridad verdadera de este mundo.
Este es el fin prometido. El fin de todo.
Una sonrisa enfermiza y retorcida, que solo podía pertenecer a mi principal némesis, deformó el rostro del chico.
—Yo soy el fin, viejos amigos. El fin de todo.
Su sonrisa se desvaneció y pareció sinceramente triste.
—Pero, por desgracia, no estaréis vivos para presenciar mi segunda venida. Por mucho que me encantaría volver a veros, sé de lo que eres capaz, Purificadora.
Los demonios rata empezaron a avanzar hacia nosotros.
—Os digo adieu , Reckoning. Que vuestra agonía se prolongue hasta la noche eterna.
En un instante, el chico poseído sacó una daga y se degolló. Esa fue la señal para que los demonios rata y los sectarios cargaran contra nosotros, un conjunto unido por el odio y la maldad. No estaba segura de cuáles eran más demoníacos.
Las pistolas de Alex tronaron mientras yo liberaba una oleada de energía purificadora. Pero no bastó. La chica rata se acurrucó detrás del altar y se tranquilizó un poco cuando le dediqué una sonrisa reconfortante.
Quizá Lilian tenía razón. Probablemente no sobreviviríamos a aquello. Pero no pensaba ponérselo fácil. Ni mucho menos.
La cámara tembló y parte del techo se derrumbó, aplastando a los sectarios que había debajo. El polvo llenó el aire y obligó a sectarios y demonios rata a vacilar.
Alex y yo nos quedamos inmóviles y observamos cómo el polvo se removía y empezaba a disiparse.
No podía ser...
Un enorme martillo negro surgió de la nube de polvo y destrozó a tres sectarios de un solo golpe.
Sus cuerpos chocaron unos contra otros, se estrellaron contra una cinta transportadora y la hicieron añicos.
Un demonio rata se lanzó dentro de la bruma de hormigón, solo para salir despedido. Destrozado y jadeante.
Y, cuando el polvo se disipó, supe que solo podía tratarse de una persona.
Brick esbozó la sonrisa más amplia e infantil que jamás había visto en un hombre de semejante tamaño y nos saludó con dos dedos.
—¡Veo que habéis empezado sin mí!
Las lágrimas me anegaron los ojos. ¡Grietas! ¡Brick!
La música electrónica, cargada de graves, inundó la cámara mientras unos pequeños altavoces circulares caían por el suelo como granadas marchosas. El ritmo reverberó en mi alma. Mi chispa resonó con él. Recordaba aquellas sesiones. En lo más hondo de nuestros huesos.
—¿Me has echado de menos, CG? —gritó Gibbs, sonriendo mientras se movía al ritmo de la música. Llevaba un keytar colgado al cuello y se encontraba en la pasarela por la que habíamos entrado. Cambió el ritmo, haciendo que los demonios rata se estremecieran.
Y junto a él estaba Conrad, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Perdón por llegar tarde! —gritó al otro lado de la fábrica—. Me he encontrado con unos viejos amigos.
Brick hizo crujir los nudillos mientras los sectarios y los demonios rata alternaban la mirada entre nosotros, incapaces de decidir quién resultaba más aterrador. Los potentes graves retumbaron contra el suelo de la fábrica.
Y yo no podía borrar la sonrisa de mi cara.
¡La banda volvía a estar reunida!