16. Bastión #2
Gente-rata.
Aceleré el paso, siguiendo el flujo de la línea wey, justo cuando oímos el golpeteo de unas botas contra el hormigón.
Alex me arrastró hasta una estancia oscura en el preciso instante en que dos figuras pasaban ante nosotros.
Llevaban hachas y cuchillos dentados. Y lucían máscaras de fiesta que representaban ratones de dibujos animados.
De no ser por la magia infernal que emanaba de ellos, habría pensado que eran unos cosplayers provocadores que se habían disfrazado demasiado pronto para Halloween.
Pasaron de largo y desaparecieron por otro pasillo. Contuve el suspiro de alivio por si los tópicos del terror decidían volverse contra mí.
Seguimos por el pasillo. El flujo de energía oscura se convirtió en un torrente colosal.
Los cánticos retumbaban y cada palabra distinta del hechizo me raspaba el cerebro como una cuchilla.
Y eso fue antes de que oyera los alaridos.
Los lamentos agónicos de seres inteligentes que suplicaban clemencia.
¿Habíamos cometido un error al ir allí? Nos faltaba un hombre. ¡Demonios! Aunque Conrad hubiera estado con nosotros, nos habrían faltado varias docenas. Necesitábamos un ejército para desmantelar aquel lugar.
Pero no teníamos un ejército. Solo nos teníamos a nosotros.
Y había personas que necesitaban que las salváramos.
El final del pasillo se iluminó, y sentí a la vez el alivio de un aire más fresco y la náusea que producía encontrarse ante semejante maldad.
Alex y yo seguimos adelante hasta salir del pasillo a una pasarela, desde la que contemplamos una inmensa cámara subterránea, bien iluminada por tubos fluorescentes.
Varias cintas transportadoras serpenteaban por la superficie, desde un cercado lleno de gente-rata aterrorizada —muchos eran niños— hasta un altar negro empapado en sangre.
A lo largo del sistema de cintas, docenas de sectarios encapuchados, entre ellos el hombre al que habíamos visto fuera, cantaban al unísono mientras grababan runas en los hombres rata que chillaban, les untaban sustancias químicas en las heridas y los empujaban por la cinta.
Al final de la cinta transportadora, un sectario arrastraba a los hombres rata heridos y traumatizados hasta el altar de la parte superior.
Allí, el líder de la secta, cuya capucha era mucho más puntiaguda que las del resto, entonaba el último verso del pútrido conjuro y hundía una daga ritual en el corazón de cada hombre-rata.
Esperaba que el hombre-rata forcejeara y después muriera. Un sacrificio sin sentido en el retorcido juego pseudoespiritual de aquella secta. Pero, en lugar de eso, el hombre-rata cambió. Se transformó. Y no pude evitar llevarme una mano a la boca, horrorizada.
El pelaje del hombre-rata empezó a derretirse mientras su carne se volvía tirante y gris.
Le brotaron cuernos de la cabeza y se le cayeron los dientes, sustituidos por colmillos afilados como cuchillas.
Algunos sectarios vitorearon mientras otro de sus sacrificios mutaba, sufría convulsiones y, por fin, dejaba de forcejear.
El líder de los sectarios retrocedió para dejar que el demonio rata se pusiera en pie junto al altar, antes de que este desapareciera por un túnel del que surgían otros sectarios con más gente-rata encadenada.
¡Luz Sagrada! Chitrit tenía razón. ¡Vórtice! Los demonios rata no eran demonios de otro reino. Eran hombres rata mutados. Monstruos creados con la carne de inocentes. Y los estaban corrompiendo a escala industrial. ¡Una fábrica de demonios!
Al ver transformarse a sus congéneres, los hombres rata capturados chillaron y gimieron, debatiéndose contra sus captores. No podía entenderlos. Pero no hacía falta. Nadie merecía aquello.
No solo los sacrificaban. Perdían sus cuerpos. Perdían la razón. Y quizá incluso perdían sus almas.
Algo en mi interior se estremeció y palpitó. Sentí junto a mí el asco, la ira y el miedo absolutos de Alex. Pero quedaron eclipsados por algo que ascendía desde lo más profundo de mi ser.
Aquel Vacío dentro de mí. Aquel agujero negro donde antaño había residido mi alma y que durante tanto tiempo había llenado de alcohol y autocompasión empezó a hablarme.
—Cindy... —susurró Alex, casi siseando—. Tenemos que salir de aquí. Esto nos supera. Informemos a la AIU. ¡Ni siquiera El Consejo podrá ignorar algo así!
Docenas de sectarios. Demonios rata creados a cada instante. No podíamos luchar contra ellos.
Pero, por cada instante que esperáramos, otro hombre-rata se transformaría. Otra alma sería corrompida y retorcida.
La energía palpitaba y vibraba dentro de mí. El ácido me subió por el estómago y comprendí que no respiraba. Sentía la oscuridad. Toda. Sentía el sufrimiento. Hasta la última brizna de desesperación y miedo presente en las mentes de aquellas pobres criaturas.
Un hombre-rata mucho más pequeño fue arrastrado desde el extremo de la cinta transportadora, cubierto de inscripciones aún sangrantes y runas infernales. Un niño.
Mordió y pateó al corpulento sectario que lo llevaba hacia el altar. Pero su pequeña muestra de valentía no sirvió de nada. Lo arrojaron sobre la losa de piedra y lo obligaron a mirar mientras el líder de los sectarios alzaba la daga de sacrificio y concluía su letal conjuro.
Y no pude seguir mirando.
Disparé sin pensar. El estampido resonó por toda la cámara y la bala alcanzó en el pecho a uno de los sectarios de la cinta transportadora.
Los cánticos infernales cesaron y los sectarios alzaron la vista hacia mí. Todos se quedaron inmóviles y luego echaron mano de sus armas.
Oh, estiércol de troll...
Alex abrió fuego contra los sectarios situados justo debajo de la pasarela y cargó otro cartucho en la recámara. Los disparos de pistola resonaron en nuestra dirección. Me agaché justo cuando oímos gritos y fuertes pisadas que se acercaban por el pasillo del que habíamos venido.
¡Parecía que estábamos rodeados! Buen trabajo, Cindy. ¡Pues no!
—¡Matad a los intrusos! —gritó el líder de los sectarios mientras yo asomaba la cabeza por encima del borde de la pasarela y disparaba contra varios de los pistoleros. Uno de ellos recibió una bala en el hombro y dejó caer el arma antes de sacar una daga y cargar hacia la entrada de la pasarela.
Nuestros buenos amigos con las máscaras de ratones de dibujos animados llegaron justo por detrás.
Alex rodó hasta quedar boca arriba y acribilló a los nuevos atacantes con dos disparos rápidos a quemarropa.
El del hacha cayó y su sangre proporcionó al techo de hormigón una muy necesaria mano de pintura.
El del cuchillo se abalanzó sobre mí, pero conseguí rodar hacia un lado por los pelos y le propiné una patada en la cara.
La máscara de plástico se abolló y le tapó la vista, así que volví a patearlo.
Retrocedió, intentando colocarse bien la máscara, mientras varios sectarios armados con garrotes y cuchillos abarrotaban la pasarela. Alex disparó contra la maraña de cuerpos, acabó con la vida de cara de máscara y obligó al resto a retroceder.
En ese momento oí un chillido desgarrador. Me volví y vi al líder de los sectarios hundir la daga ritual en el pecho de la niña rata, liberando una oleada de energía maligna por toda la cámara. Nada como corromper el alma de una niña para complacer a los numerosos infiernos.
La niña rata empezó a convulsionar mientras trataba de resistirse a la corrupción.
Mi alma palpitó y oí una vieja voz conocida gritar dentro de mi cabeza.
—¡Sálvalos!
Y, antes de poder contenerme, salté desde la pasarela hasta el suelo de la fábrica.
Los sectarios se apartaron de mi trayectoria mientras yo rodaba para amortiguar la caída y me lanzaba a correr.
Arremetieron contra mí con sus hojas dentadas y sus garrotes cubiertos de púas, pero yo me agaché, me deslicé y salté.
El pelaje empezó a derretirse en el brazo de la niña rata mientras ella seguía gritando.
Salté sobre la cinta transportadora y esquivé ataques por todas partes, mientras los estampidos de la escopeta de Alex proporcionaban el acompañamiento adecuado a las amenazas y gritos de los sectarios.
No sabía qué me impulsaba hacia delante. Ya no tenía mi chispa. No quedaba energía sobrehumana para alimentar mis extremidades, llenar mis pulmones o reparar mis huesos rotos.
Solo adrenalina. Y necesidad. Y la certeza de que, si no lo conseguía, aquella joven vida sufriría un destino peor que la muerte.
Salté, me agarré a una lámpara colgante y me balanceé en ella hacia el altar. La niña rata aún resistía. Luchaba contra la oscuridad que le recorría las venas.
Lancé una patada contra el corpulento sectario y le clavé el tacón de la bota en plena cara mientras soltaba la lámpara. Él cayó hacia atrás y me impulsó hacia el líder.
El muy cabrón se rio en mi cara. Ni siquiera trató de defenderse cuando le apunté al rostro con el arma y disparé. Cayó, aunque su daga ritual permaneció clavada en el pecho de la niña rata.
Miré a aquella pobre criatura mientras se retorcía y temblaba. Sus extremidades estaban deformadas, retorcidas. Las venas oscuras sobresalían y se hinchaban, visibles incluso bajo el pelaje que le quedaba. Comprendí que era una niña. Una niña valiente que luchaba contra lo inevitable.
Saqué la daga y acuné a la niña rata mientras las lágrimas me corrían por las mejillas. Tenía que salvarla. En aquel momento, nada más importaba.
Hundí la mano en aquel pozo por el que antaño había fluido libremente mi chispa, pero esta vez no hubo vacilación. Ni arrepentimiento. Introduje la mano hasta lo más profundo y la obligué a salir. No admití discusión alguna. No acepté excusas. No necesitaba perdón. No necesitaba ganármela de nuevo.
Eso no importaba. Solo importaba la niña que sostenía entre mis brazos.
Y, por primera vez en siete años, dejé que mi luz fluyera.
Los sectarios se estremecieron y retrocedieron cuando una burbuja de luz dorada creció a mi alrededor. Se resistieron a ella y sisearon al sentir su contacto.