16. Bastión
Bastión
La falta de cerraduras tanto en la puerta lateral como en la sencilla puerta de madera del siniestro almacén me hizo pensar que nos habíamos equivocado de sitio.
Pero mi trabajo consistía precisamente en seguir mi instinto.
Y mi instinto me decía que era allí. Que tenía que seguir a aquel hombre y averiguar qué estaban haciendo.
Tras la endeble puerta de madera había una pared interior de chapa ondulada que se oxidaba a toda velocidad.
El metal estaba salpicado de agujeros como un campo de minigolf, y el polvo y la mugre cubrían hasta el último centímetro.
Me tapé la nariz, reprimiendo un estornudo.
¡No podía imaginar que un lugar pudiera acumular tanto polvo!
Sin decir palabra, seguimos la pared de chapa ondulada hasta llegar a una abertura que daba a la parte interior del almacén.
El suelo estaba sembrado de botellas de licor rotas, colillas y huesos de pollo a medio roer.
Solo con verlo todo me entraron náuseas.
Tal vez debería haber pospuesto mi avance de la noche anterior y haber retrasado la recuperación de mis compulsiones.
Aquel lugar me provocaba algo más que incomodidad. ¡Sentía una repugnancia atroz!
Un olor repulsivo logró abrirse paso entre el hedor incesante a goma quemada que impregnaba todas las líneas ley oscuras. Ojalá no lo hubiera hecho. Aguas fecales. Sin tratar. Quizá ni siquiera habían pasado por tubería alguna.
Esa es una forma educada de decir que alguien había utilizado parte de aquella estructura como cuarto de baño. Y con mucha frecuencia.
Aquel era un lugar maligno. Estaba convencida. Aunque resultara que no había ninguna secta perpetrando alguna atrocidad allí, tenía la certeza de que aquel sitio merecía ocupar el rincón más remoto de los infiernos.
Sí. Soy dramática.
Pero no se trataba solo de los olores y el caos. Una inconfundible esencia demoníaca impregnaba el lugar. Una oscuridad que únicamente había sentido en la cámara subterránea. Y que, hasta entonces, quizá solo había percibido cerca de Lilian.
Alex me detuvo cuando nos acercábamos a la abertura.
Vi que contenía la respiración. Más para librarse del hedor que por sigilo.
Se pegó a la pared junto al vano, echó un vistazo y dobló la esquina con la escopeta preparada.
Lo seguí mientras apuntaba a todos los rincones, buscando posibles emboscados.
Nada. Ni rastro. Cero.
Solo un enorme espacio diáfano cubierto de basura, los ya mencionados excrementos humanos, montones de colillas, drogas usadas y revistas impías con las páginas arrancadas.
Alex bajó la escopeta, rezumando desconcierto. Yo también lo sentía.
—¿Salida trasera? —sugerí.
—No hay gran cosa detrás de este vertedero —respondió Alex—. Y... sé que tú también debes de sentirlo.
Así era. La oscuridad. Aquel hedor maligno que iba mucho más allá de una línea ley oscura o de un entorno repugnante. Recubría aquel lugar. Palpitaba allí. No procedía de detrás del edificio ni de sus inmediaciones. Estaba allí. Rugía como un agujero negro en aquella misma estancia.
—Parece un cuchitril cualquiera —continuó Alex, frunciendo el ceño ante la ingente cantidad de botellas de licor rotas—. Un lugar donde estos matones vienen a olvidarse de que son humanos. Pero...
—Este no es el olor de la delincuencia —terminé por él. Alex asintió. Él también lo sentía.
Alex era mucho más hábil detectando magia que el resto de El Reckoning. Pero siempre había sido mucho menos sensible que yo. Para cualquiera salvo Brick, aquel lugar habría sido un faro de absoluta depravación y decadencia.
Solo podía existir en los suburbios. Donde a la gente, o bien no le importaba, o bien le daba demasiado miedo que le importase.
Pero la esencia de aquella oscuridad ocultaba algo más que su descomunal intensidad.
—¿Tú también lo notas? —pregunté.
Alex frunció el ceño y luego asintió.
—Es él. Tiene que serlo.
Lilian. Era su magia.
Examiné la estancia, sintiendo cómo la oscuridad palpitaba a mi alrededor, entremezclada con la corrupción y los desechos humanos. Cerré los ojos e intenté aislar toda aquella inmundicia.
Siempre se me había dado bien detectar la magia. Pero aquello era distinto. Desde que supe que algo iba mal en el bar de Alex, me había vuelto hipersensible a la magia oscura. En la cámara, casi me había perdido a mí misma escuchando su voz incorpórea.
¿Era posible que el hueco que antaño había ocupado mi chispa estuviera llenándose con una nueva habilidad?
Dejé que mis sentidos se extendieran y me estremecí al detectar la oscuridad pura de aquella línea wey.
Las hebras de magia, que en otros lugares parecían hilos o agua, allí se comportaban como serpientes.
Como vapores químicos putrefactos. Atrapar una era peligroso.
Requería una confianza o arrogancia que yo jamás podría poseer.
Y nunca iba a utilizar la clase de magia que se engendraba en un lugar como aquel.
Pero eso no significaba que no pudiera observarla. Comprenderla. Y rastrear su origen...
Observé las hebras oscuras mientras cambiaban y se movían. Como arroyos contaminados, descendían hacia el suelo en busca de alguien que las utilizara.
¡Bingo!
Abrí los ojos y corrí hacia una zona especialmente sucia de la estancia, cubierta por unas cajas de cartón aplastadas y una alfombra comida por las pulgas.
Me detuve justo antes de tocar aquel desastre. ¿Y si me equivocaba? Las moscas zumbaban alrededor. Un hedor indescriptible llegó hasta mí.
Me armé de valor. Tenía que intentarlo.
Alex me observó con preocupación y curiosidad mientras daba un paso hacia la porquería y luego otro.
Noté que el pie se me hundía con un chapoteo en la alfombra y que la bilis me subía por la garganta. Dejé que el otro pie lo siguiera. Otro chapoteo. ¡¿Cómo podía estar mojada?!
Pero seguí adelante. Sin detenerme.
—¡Te estás hundiendo! —exclamó Alex.
¡Dioses benditos! Así era. Pero eso era justo lo que esperaba.
La energía de la línea wey se dirigía a alguna parte.
Como un río. Y bajaba. Hacia abajo, bajo tierra.
Porque, cómo no, íbamos a tener que viajar otra vez por el subsuelo.
Y lo que ocultaba aquella entrada no era una mera ilusión visual, sino una tan vívida y real que habría impresionado incluso a Stephanie. Y luego le habría provocado arcadas.
—Es... —intenté decir, pero el hedor que me invadía las fosas nasales estuvo a punto de hacerme vomitar. En lugar de eso, agaché la cabeza bajo la alfombra ilusoria mientras me hundía en ella y alcé un brazo para levantar el pulgar hacia Alex.
¡Esperaba de verdad que aquello no fuera una trampa!
La oscuridad, oscuridad de verdad y no solo la clase mágica y metafórica, me engulló. Noté que caía despacio. Como si estuviera envuelta en lodo. Y entonces abrí los ojos.
Me encontraba en una estancia de hormigón, débilmente iluminada por un farol rojo. Desde allí se extendía un pasillo en penumbra que se perdía de vista.
Inspiré hondo. El ambiente estaba cargado. Sin duda nos encontrábamos bajo tierra, pero el acre hedor a basura y materia fecal había desaparecido.
Alex me siguió, jadeante y con los ojos muy abiertos de asco.
—¡Grietas y Titán! Es la puerta de entrada más repugnante que he tenido la desgracia de cruzar. Y una vez visité la habitación de Gibbs en la residencia.
Alcé la vista hacia el techo. Desde allí parecía una simple trampilla, con una escalera de mano que conducía hasta ella. De sentido único.
Aquella secta requería individuos especialmente entregados.
Gente dispuesta a atravesar a diario excrementos humanos para llegar al trabajo.
No querían atraer a saqueadores ni ladrones, así que eliminaban la tentación prescindiendo de cerraduras.
El espejismo de aquella inmundicia absoluta bastaba para mantener a raya al oportunista medio.
Y quizá, sospeché, también a mí. Si Lilian estaba de algún modo en el corazón de aquella secta, sabían quién era yo. Conocían mi obsesión por la limpieza y mis compulsiones. Tal vez pensaban mantenerme alejada de aquel lugar.
Pero no sabían hasta dónde estaba dispuesta a llegar para cumplir mi misión.
—Sigamos adelante —dije—. Preferiría que no nos pillaran aquí durante el cambio de turno.
Suponiendo que hubiera cambios de turno. ¿Tenían turnos los sectarios? ¿Horarios laborales? ¿Pausas para comer? ¿Un sindicato?
Todas eran preguntas pertinentes.
Me aseguraría de preguntárselo a alguno si teníamos ocasión.
Entramos en el pasillo tenuemente iluminado, procurando pisar con suavidad y hacer el menor ruido posible sobre el suelo de hormigón.
El túnel era nuevo. De construcción reciente y carente hasta de una mano de pintura o del menor gusto.
Incluso de las tenues luces sobresalían cables como peligrosos ramos de flores.
Aquel lugar tenía un propósito único y muy concreto. No había espacio para distracciones innecesarias. Al fin y al cabo, era una secta apocalíptica. ¿Para qué molestarse en embellecer las cosas si planeabas volarlo todo por los aires?
Pasamos junto a estancias vacías y oscuras y otros pasillos que se cruzaban con el nuestro. A medida que nos adentrábamos más y más en las entrañas de aquellas instalaciones, empecé a comprender lo enormes que eran en realidad. Por primera vez desde que habíamos entrado, sentí verdadero temor.
Quizá aquello nos venía grande.
Pero, aunque hubiéramos querido marcharnos, no conocía el camino. Aquel laberinto era demasiado complejo para desandar nuestros pasos. Solo podía seguir avanzando, buscando el origen de aquella insondable oscuridad.
Noté que el suelo descendía muy ligeramente, cada vez más abajo, llevándonos hacia las profundidades de aquel lugar.
Hasta que oímos ruidos. Al principio, tenues. Cánticos. Voces graves que entonaban una armonía discordante mientras canalizaban las oscuras oleadas de energía maligna de la línea wey para dar forma a sus abominables hechizos.
Y, puntuando los cánticos, oí chillidos. Gritos de auxilio. Animalescos, pero desesperados.