Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 15. Tierra Muerta
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15. Tierra Muerta

Tierra Muerta

Cuando los zombis recorren las calles, suelen ir acompañados por una cacofonía de gritos, sirenas de policía y disparos. Pero aquí no.

En lo más profundo del territorio de las necropandillas de los suburbios, los zombis caminaban abiertamente junto a sus amos.

Algunos llevaban correas de perro y cadenas.

Otros iban en grupos, vestidos como sus amos.

Todos se encontraban en distintas fases de descomposición.

Algunos parecían haber muerto hacía poco.

Aún se veía sangre fresca en sus pechos acribillados, cuajados de agujeros de bala.

Pero también había muertos vivientes mucho más pasados que avanzaban a trompicones tras sus amos nigromantes.

Piel descamada, carne amarilla o incluso ennegrecida.

Rebosaban de gusanos. Vi a un caballero de aspecto particularmente repugnante que empuñaba su propio brazo descompuesto a modo de garrote.

Parecía una escena sacada de una película de terror absurda. Los suburbios ya habían sido bastante malos la última vez que estuve allí. Pero ahora resultaban increíbles.

—Después de los asesinatos de los Drummond —dijo Conrad—, los nigromantes se envalentonaron. ¿Veis las marcas de las bandas?

Mientras pasábamos despacio junto a un grupo de pandilleros, todos ataviados con las mismas sudaderas verdes y negras, pañuelos y pantalones cortos de faena caídos, examiné sus tatuajes.

Calaveras. Todo eran calaveras. Habíamos visto tatuajes, o banderas (como los llamaba Conrad), así en otras zonas. Todos y cada uno de los símbolos de las bandas tenían una calavera.

—Ni siquiera hace falta ver a los zombis —añadió Conrad—. Se puede medir la influencia nigromántica por la cantidad de calaveras que hay en sus grafitis.

Pasamos junto a un grafiti rojo, blanco y azul de la banda de los Yankees. En otro tiempo no había sido más que una bandera estadounidense. Pero ahora las estrellas habían sido sustituidas por calaveras.

—Con los Dead Comings, los Skelly Boys, los Gravey Boetz y la otra docena y media de bandas nuevas del barrio, esto sí que es un imperio de muertos vivientes —concluyó Conrad con amargura.

—Por suerte, no está tan organizado —añadió Alex—. ¿Te imaginas que esos cabrones colaborasen entre ellos?

No quería ni concebirlo. Una necropandilla unificada que abarcase todos los suburbios podría amenazar incluso a Hope City. Tal vez hasta destruirla.

A pesar de que los muertos vivientes recorrían las calles y las bandas las gobernaban, se percibía cierto orden. No nos habíamos topado con ningún tiroteo ni ninguna guerra territorial. Al menos, todavía.

Pero, aunque no reinaba tanto caos como esperaba, había tensión en el ambiente. Miedo.

Los escolares daban un amplio rodeo para evitar a los zombis mientras sus cuidadores se burlaban de ellos. Un grupo de matones acosaba a una joven y le prometía hacer que saliese guapa en su esquela.

Puede que no hubiese violencia abierta, pero aquel no era un lugar seguro.

Esperaba que Blue Downs no estuviese tan mal.

Sobre todo, esperaba que la anciana que me había dado café tantos años atrás se encontrase bien.

Me pregunté si su bebé draco ya habría crecido.

Con suerte, la mantendría a salvo. No podía imaginar que un puñado de zombis supusiese un problema ni siquiera para un draco adolescente.

Mientras nos acercábamos a Portland, dejando atrás campos humeantes de neumáticos en llamas, yonquis colocados y aún más muertos vivientes con sus amos armados hasta los dientes, no pude evitar preguntarme si la Bestia de los Blue Downs habría tenido razón.

Quizá los corruptores y asesinos como él habían sido el mal menor.

Los que mantenían a raya aquella… oscuridad.

Conrad detuvo el coche en la esquina de Silversands y Merrydale.

Por suerte, aquel viejo cacharro oxidado era el coche más barato en varios kilómetros a la redonda.

Incluso en una zona tan profunda de los suburbios, la gente tenía el listón más alto que Conrad Khoi. No llamamos demasiado la atención.

—¿Es ese el sitio? —pregunté, inclinándome entre los asientos del conductor y del acompañante.

Conrad asintió mientras se frotaba la barbilla, pensativo.

El edificio era más nuevo que los de alrededor.

Un almacén de ladrillo visto de tres plantas, adosado a un conjunto de tiendas más antiguo y ruinoso.

A pesar de todo, entre aquellas ruinas seguía funcionando un local de pescado con patatas.

Una guirnalda de talismanes de papel con caligrafía árabe cruzaba la entrada.

Seguramente eran taweez de protección. Concebidos para mantener alejados a los espíritus malignos.

No servirían de mucho contra los pandilleros y los muertos vivientes.

Pero, de momento, parecían funcionar. Más o menos como el círculo de sal de Conrad.

—¿Ves alguna entrada? —preguntó Alex mientras Conrad entornaba los ojos para observar el edificio situado detrás del local. No sacó los prismáticos. Probablemente fuese lo mejor. Las ventanillas no estaban tintadas, y ponerse a mirar por unos prismáticos era buscarse problemas.

—Todavía no…

Conrad se vio interrumpido cuando Alex y yo dimos un respingo. Un zombi sin nariz nos miraba directamente a través de la ventanilla del acompañante. Y detrás de él había tres pandilleros de aspecto furioso que portaban un machete, una pistola y un bate erizado de clavos oxidados.

—¿Qué fok miras, rykman ? Tienes un coche de kak , pero ya veo esa klere . Sal del coche o te vuelo la jou fokken kop .

Bueno, esto empezaba de maravilla.

Conrad miró a Alex y luego a mí. Nos dedicó una sonrisa tranquilizadora y abrió la puerta.

Pensé en echar mano de la Glock, pero, con aquel zombi sin respirar contra la ventanilla y sus cuidadores observándonos con atención, decidí que sería mejor no hacerlo.

En cuanto Conrad salió del coche, el pandillero de la pistola se la plantó en la cara.

— Geld . Dinero. Ya. Después, las llaves.

—Habéis cometido un grave error… —empezó Conrad, esbozando su sonrisa más blanca y engreída.

Eso fue hasta que recibió un golpe en el estómago.

Sentí cierta satisfacción al ver cómo se le borraba aquella expresión de la cara, pero la preocupación la eclipsó cuando el pandillero apretó la pistola contra la sien de Conrad.

— Hou jou bek y dame el dinero.

—¡Urrrrgh…! —exclamó el zombi.

—Lo que él ha dicho —añadió otro pandillero.

Conrad se irguió, apretó los dientes y, con los ojos llameantes, sostuvo la mirada del hombre que le apuntaba a la cabeza. Durante un instante, hasta yo le tuve miedo.

—Y yo que he venido hasta aquí para enseñaros a vosotros, fokken dom mense , el mayor botín de vuestra vida. Skinny Jan dijo que os apuntaríais. Pero parece que estáis demasiado puestos de swart-tik para que os importe la mayor cantidad de dinero que podríais ganar en toda vuestra vida.

Eso sí que detuvo en seco al pandillero.

—¿Qué? —respondió con suma elocuencia. Aunque no tanta como la del zombi, cabría añadir.

Conrad abrió los brazos, sobresaltando al zombi y haciendo que al pandillero se le abrieran los ojos de par en par.

—El mayor botín que verás en tu vida, boet ie. ¿Has tocado oro alguna vez? ¿ Goud de verdad?

El pandillero vaciló y después negó con la cabeza.

—¿Y tú? —preguntó Conrad al otro pandillero—. ¿O tú?

Los demás también negaron con la cabeza.

—Y, a menos que nuestro distinguido amigo tenga empastes de oro que no nos esté enseñando, dudo que haya posado siquiera sus ojos lechosos sobre el oro.

Pero Skinny Jan me ha enviado para meteros en el golpe de este fokken siglo.

Un camión lleno de oro, allí plantado, esperando a que lo jodamos y nos lo llevemos nosotros, caballeros.

—¿Dónde? ¿Cuándo? —preguntó el pandillero de la pistola, tan ansioso que había olvidado que apenas unos segundos antes acababa de intentar desplumar a Conrad.

Conrad hizo toda una representación exagerada de mirar su reloj.

—Eh… ¡ fok !

—¿Qué pasa? —preguntó el pandillero del bate, que sujetaba la correa del zombi.

Conrad le enseñó el reloj.

—¡Vamos a perderlo! ¡Por Paul Mambazo! Sois unos fokken dom tsotsis . Tenemos que irnos. ¡Por aquí!

Empezó a guiarlos mientras les hacía señas para que lo siguiesen.

—¿Y la wit meisie y el swart ou ? —preguntó el pandillero de la pistola.

—¡Dejadlos! No los necesitamos.

Conrad echó a correr. El zombi nos lanzó una mirada antes de que tirasen de él para llevarlo tras sus amos, que siguieron a Conrad al doblar la esquina y se metieron en un callejón entre chabolas.

Alex y yo intercambiamos una mirada.

—¿Estará bien? —pregunté.

Alex se encogió de hombros.

—Hace cosas así a todas horas.

No parecía preocupado.

Pero yo no podía evitar sentir cierta inquietud.

Ni reconocer para mis adentros que Conrad me preocupaba de verdad.

¿Qué iba a hacer cuando el furgón blindado lleno de oro no apareciese?

¿O cuando Skinny Jan descubriese que estaban usando su nombre con falsos pretextos?

Eso suponiendo siquiera que Skinny Jan existiese.

No me habría sorprendido que Conrad se lo hubiese inventado en el acto, confiando en que la codicia de los pandilleros les nublase el juicio.

—Cins… —Alex me tiró del brazo y me arrancó de mi nervioso ensimismamiento. Aparté la preocupación por Conrad y miré a través del parabrisas polvoriento hacia el otro lado de la calle.

Un hombre con una sudadera de color rojo oscuro se acercó al local, pero giró justo antes de entrar.

Cojeaba un poco. Nada raro por allí. Caminar cojeando se consideraba algo moderno.

Hacía parecer que llevabas heridas de guerra.

Probablemente se había convertido en una costumbre cuando los hijos de los pandilleros quisieron imitar a sus padres y hermanos mayores heridos.

El hombre encapuchado avanzó renqueando hasta el lateral del edificio.

Miró a su alrededor, y estuve a punto de agacharme cuando noté que su mirada se detenía en mí.

Pero volvió la vista hacia una puerta lateral situada cerca del costado del edificio.

No había saltado ninguna alarma. Al menos, todavía.

Descorrió el cerrojo de la puerta y la empujó sobre la grava antes de entrar y cerrarla tras él.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Alex con un deje de ansiedad en la voz—. ¿Esa es nuestra vía de entrada?

No respondí. Ya había salido del coche, miraba a ambos lados antes de cruzar la calle y lo seguía tan deprisa como podía sin despertar las sospechas de quienes estuviesen en el local ni de cualquiera que pudiera estar observándonos.

Alex me alcanzó llevando la escopeta que le habíamos conseguido a Falcie, sin preocuparse lo más mínimo por pasar desapercibido. Aunque una escopeta tampoco era algo insólito por allí.

—¿Qué coño estás haciendo? —susurró a gritos mientras me agarraba del brazo.

—Ese hombre… rebosaba de energía oscura. ¿No la has notado?

Era prácticamente un faro oscuro con piernas. Puede que no resultase tan inquietante como Lilian, pero estaba bañado en suficiente energía oscura para ser un protegido suyo.

Alex negó con la cabeza mientras nos deteníamos detrás de un coche aparcado frente al local.

—No podemos seguirlo sin más. Necesitamos un plan.

—Este es el plan. Lo seguimos. Conrad no va a volver con nosotros pronto. Y, cuando los pandilleros descubran que les ha mentido, ¿cuánto apuestas a que también mandarán matones tras nosotros?

Alex frunció el ceño y pareció a punto de discutir. Pero se mordió el labio y guardó silencio. Entendía lo que quería decir. Teníamos el tiempo muy justo. ¿Quién sabía qué le estaba ocurriendo ahora mismo a la gente-rata? ¿O cuándo iban a hacer su próximo movimiento aquellos sectarios…?

—Entonces, ¿averiguamos lo que podamos y salimos? —preguntó Alex. Como si fuera así de sencillo.

Asentí.

—Reconocimiento. Averiguamos qué están haciendo ahí dentro. Y después regresamos a El Gravekeeper, donde sin duda Conrad estará esperándonos.

Noté la reticencia que emanaba de Alex como la lluvia. Pero no tenía ninguna idea mejor.

Respiré hondo y avancé hacia la puerta del callejón lateral.

No era solo la energía oscura lo que me impulsaba a seguir a aquel hombre. Ni lo que me infundía aquella sensación de urgencia.

Ya había percibido antes aquella energía oscura. En la cámara subterránea. Y sabía que encontraríamos algo parecido justo al otro lado.

En realidad, quizá deberíamos haber esperado a Conrad.

Descorro el cerrojo y entro en el callejón.

Bueno, ya es demasiado tarde para eso.