Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 13. Orden #2
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13. Orden #2

—¿Te acuerdas...? —empezó con voz queda y pensativa. Era un tono que evocaba tantos recuerdos como las propias palabras—. ¿De la señorita Trunch y sus clases sobre conservación de la chispa?

No respondí de inmediato mientras rebuscaba en mis recuerdos entre las muchas decenas de profesores y docentes que tuvimos durante nuestra estancia en la academia.

—Solo nos dio dos clases —dije mientras una leve sonrisa empezaba a dibujarse de forma inconsciente en mis labios.

—¿Te acuerdas de cuando creyó que se había desatado en el aula una maldición que devoraba chispas? De cómo trepaba por encima de los pupitres para intentar escapar.

No pude evitar reírme y la leve sonrisa se me extendió por todo el rostro.

—Le dio un rodillazo en la cara a Kabo al intentar trepar al techo.

Sarah también se echó a reír e intentó continuar la historia pese a que el recuerdo la dejaba sin aliento.

—Kabo se reía tanto que ni siquiera se dio cuenta de que había perdido un diente.

—Nos gritaba que huyéramos para salvar nuestras vidas y nuestras almas. Que había llegado el fin de los tiempos —respondí entre risas al recordar más detalles de la historia.

—¡Grietas! Es verdad. Creo que solo por eso la despidieron. ¿Te acuerdas de lo que era en realidad la maldición?

—Steph, por supuesto. —Yo la había visto lanzar el hechizo—. La señorita Trunch no sabía que había una alucinomante en clase. Así que ni se le ocurrió pensar que aquella aterradora masa de humo morado pudiera ser una ilusión.

—Y ninguna le contamos la verdad porque era demasiado gracioso.

Tuve que agarrarme el pecho para dejar de jadear de tanto reír. Sarah se unió a mí y compartimos aquel momento. No hacíamos más que rememorar una infancia común y las situaciones desternillantes de uno de aquellos días.

Me sequé una lágrima del ojo mientras me recuperaba del ataque de risa.

—No me extraña que a los mandamases no les gustara Steph. Tuvieron que trasladar a la señorita Trunch.

Sarah hizo una mueca de desprecio.

—No les gusta lo que no entienden. Pero ahora Steph ha demostrado su valía. Es la jefa de la división de salud mental. Si la señorita Trunch siguiera por aquí, tendría que acudir a Steph en busca de ayuda psicológica.

—¡A su torturadora!

Volvimos a reír hasta quedarnos roncas y luego guardamos silencio.

Miré a Sarah y vi que su buen humor se había desvanecido. Ahora parecía triste.

—Yo... Quería volver a darte las gracias por salvarla. Es importante para mí. Para nosotras. Y solo tú podrías haberlo hecho...

—También es amiga mía, Sarah. No iba a permitir que se pudriera por un crimen que no había cometido.

—Lo sé. Es solo que... —cambió el peso de un pie a otro mientras pensaba en lo que iba a decir y apartaba la mirada. Dejó de moverse y clavó los ojos en mí—. Quería disculparme. Por cómo te traté hace tantos años.

Levanté una mano para impedir que se entregara a aquel sentimentalismo.

—No pasa nada...

—Lo siento, pero sí pasa. Fui cruel. Sin necesidad.

Puede que estuviera celosa. Resentida. Da igual.

Lo importante es que, como purificadores, deberíamos estar a la altura de unos valores más elevados que la mayoría.

Pero dejé que el título se me subiera a la cabeza.

Y lo pagué contigo y con quienes me rodeaban.

Nunca podré expiarlo de verdad, pero quiero intentarlo.

Me miró a los ojos y vi en ellos una intensa sinceridad y un profundo anhelo de redención.

—Lo siento, Cindy. Por haber sido una zorra tan cruel sin ninguna necesidad.

Dejé que sus palabras flotaran en el silencio antes de alargar la mano y apretarle el hombro.

—Vamos, Sarah. No eras tan mala. Se supone que los adolescentes son monstruos. Y, comparada con los monstruos a los que he tenido que enfrentarme... —le guiñé un ojo—, no eras tan mala.

Sarah pareció desconcertada durante un segundo antes de sonreír. Me acerqué y volví a abrazarla mientras una acólita asomaba la cabeza por la esquina.

—¿Paladín Penny? Tiene a un paciente esperándola en el quirófano B11.

Sarah masculló una maldición mientras yo la soltaba. Se volvió para marcharse, pero se detuvo.

—Volveré a verte, ¿verdad, Cins?

Sonreí levemente y asentí. Sarah volvió a sonreír y desapareció en el hospital.

Dejé que la inesperada serenidad y la novedad de aquel momento me acompañaran un rato antes de permitir que la urgencia de mi misión me empujara a entrar en el hospital y buscar el camino hasta el despacho de Cox.

Al pasar junto a las habitaciones, no pude evitar percibir decenas de pozos de magia. Como el que yo misma había albergado en otro tiempo. Intenté ignorar el anhelo que me producía detectar aquella magia, pero no pude. Aceleré el paso para dejar atrás cuanto antes aquello que ya no poseía.

Subí en ascensor hasta la última planta del ala administrativa del hospital.

Sorprendentemente, no había ningún Whiteshield de guardia.

Como era de esperar, Cox seguía sin tener recepcionista.

No pude evitar sentir lástima por él. La última vez que lo vi ya estaba desbordado por una carga de trabajo que no podía asumir.

Ahora era más viejo y Heiligslicht soportaba mucha más presión.

Como mandaba la tradición, irrumpí en el despacho de Cox sin llamar.

El maestre capitular casi salió disparado de la silla.

Cox había envejecido visiblemente desde la última vez que lo vi, en el funeral de Tom.

Era hechicero y administrador, y no poseía ninguna chispa de purificación que lo mantuviera joven.

Su cabello oscuro se había vuelto casi por completo gris a gran velocidad, y las mejillas que antes llevaba bien afeitadas estaban ahora descuidadas.

Tenía bolsas y arrugas bajo los gélidos ojos azules.

Y una fatiga palpable que solo un estrés interminable podía causar en un hombre.

Al ver que solo era yo quien había invadido su santuario, el maestre capitular Geoffard Cox se desplomó en la silla y se relajó. Varios papeles habían caído al suelo y se habían unido a otras pilas de documentos. No se agachó a recogerlos.

—¡Cindy Giles! Eres la única persona capaz de irrumpir por esa puerta sin avisar.

Parecía enfadado, pero en su voz también había un atisbo de alivio.

—Y la única a la que dejarías echar abajo tu puerta. ¿Verdad, maestre capitular?

A Cox se le escapó una risita jovial que quedó interrumpida por una tos áspera. Mi sonrisa se convirtió en ceño fruncido.

—Deberías hacerte mirar eso. No tienes excusa para no hacerlo. Cuentas con un ejército de purificadores a tu entera disposición.

Resopló.

—No dejes que El Consejo te oiga llamarlo ejército. ¡Me echarán a sus perros encima antes de que puedas gritar Luz Sagrada !

—¿Perros? ¿Te refieres a Whiteshield? Por cierto, ¿a qué viene eso? ¿Al fin te has dado cuenta de que los purificadores son más útiles haciendo labores de purificación que montando guardia?

—Las guardias inculcaban disciplina y propósito meditativo a los acólitos, niña. Quizá, de no haberte eximido de ellas, te habrías portado bien.

Me tocó a mí resoplar.

—Ni hablar. Pero, si sigues creyendo con tanta firmeza que los purificadores deben perder el tiempo en los controles, ¿a qué viene esto?