13. Orden
Orden
No era propio de mí ir con el sombrero en la mano a pedirle nada a... bueno, a nadie. Soy una chica autosuficiente. Y menos aún quería ir a suplicar ayuda a Heiligslicht.
Conrad entendía mis sentimientos hacia mi alma mater tan poco como entendía lo que sentía por él.
Sin embargo, él nunca había pertenecido a Heiligslicht. No lo habían relegado a autómata de sanación, le habían negado el acceso a la rama de combate ni le habían impedido siquiera intentar vengar a su mentor y padre adoptivo.
Y, sobre todo, no lo habían expulsado de la única familia que había conocido hasta entonces.
Y eso no era más que la punta del iceberg. Gurtrum había utilizado Heiligslicht para asesinar a sus enemigos. Habían arrestado a Stephanie solo por ser una hechicera de ilusiones. Y ahora que mi chispa me había abandonado, yo ya no les servía de nada.
Sí. Como podréis deducir por mi diatriba tan sumamente específica, no me llevaba bien con Heiligslicht.
Pero aquello exigía medidas extremas. Como no beber todos los días, trabajar con Conrad más de unos cuantos días seguidos y volver a preocuparme de verdad por algo.
Muy extremas, desde luego.
Fui en mi propio coche hasta la sede de Heiligslicht. En otro tiempo había sido un hospital privado enclavado junto al río que separaba Pinelands de Mowbray. Desde entonces, lo habían ampliado, fortificado y convertido en un hospital fortaleza.
Conrad había querido venir en persona, pero, aunque tenía amigos en muchos sitios, Heiligslicht no era uno de ellos.
Políticos, policías y gente de la calle al azar caían rendidos ante los encantos y la sonrisa de dientes de perla de Conrad, pero los purificadores no.
No tenían tiempo para semejantes afectaciones. Los espantaban.
Aunque ya no fuera una de ellos, conocía sus costumbres.
Las blancas torres de Heiligslicht se alzaban imponentes y proyectaban una larga sombra mientras giraba desde Alexandra Road hacia el recinto.
No había vuelto allí desde que perdí mi chispa.
Ni siquiera para visitar la consulta de Stephanie.
Los recuerdos aún dolían. Estar rodeada de tanta magia de purificación y ser incapaz de invocar la mía...
Me recordaba lo que había perdido.
Pero ahora no tenía elección. Alex tenía razón.
Necesitábamos magia de purificación para destruir a aquellos demonios.
¡Grietas! La necesitábamos para mantenernos en la lucha.
No se podía ganar una batalla sin alguien que curase.
Y, por desgracia, mis días como sanadora habían quedado muy atrás.
A esas alturas, seguramente metería la pata hasta al poner una tirita.
Una de las primeras cosas que me llamaron la atención al dirigirme al control de seguridad de la entrada del recinto hospitalario fueron tres banderas que ondeaban lánguidamente al viento, izadas en altísimos mástiles y rodeadas por un mar de césped verde perfectamente cuidado.
El Caduceo, portando una linterna dorada.
Un símbolo omnipresente de Heiligslicht desde antes de que yo naciera.
La bandera blanca, azul y negra de Hope City, con la emblemática silueta de Table Mountain, tampoco era ninguna sorpresa.
Pero había una incorporación nueva: un águila negra bicéfala sobre fondo amarillo, con sendas aureolas alrededor de las cabezas del ave mutante.
El Reichsadler. Un símbolo antiguo. Resucitado una y otra vez. Y aquella era su encarnación más reciente. No pude evitar que aquel emblema me produjera cierto desasosiego. No era la misma águila que había provocado tanto odio y destrucción casi un siglo atrás. Pero se le parecía.
La barrera de acceso al hospital estaba bajada. Había un carril abierto para ambulancias, pero no pensaba gastar energías fingiendo que conducía un modelo nuevo de ambulancia.
Un guardia de seguridad se acercó a mi ventanilla mientras la bajaba. Lo primero que me llamó la atención fue que no era un purificador. De hecho, por lo que parecía, ni siquiera pertenecía a Heiligslicht.
Antes, allí habría montado guardia un purificador con túnica o algún miembro del personal de Heiligslicht.
Cuando era acólita, casi me tocó hacer mi buena parte de guardias, pero mis superiores insistieron en que no perdiera el tiempo con tareas tan insignificantes.
Mi chispa era demasiado poderosa para aquello.
¿Ahora? Ahora solo me permitirían hacer guardia. Un purificador sin chispa y casi sin habilidad para la hechicería no tenía ningún valor.
Pero aquellos guardias de seguridad no eran de Heiligslicht. Con chispa o sin ella. Vestían de blanco de la cabeza a los pies. Hasta sus chalecos tácticos eran blancos y lucían en los hombros y el pecho el contorno negro de un escudo de lágrima.
Seguridad Whiteshield.
Una empresa privada de mercenarios que pasaba la mayor parte del tiempo contratada por el Gobierno.
Tanto era así que bien podría haber sido una división oficial de la CDF.
Pero, mientras que la CDF y el HCPD estaban sujetos a las restricciones del Espíritu de la Ley, Whiteshield podía actuar más allá de los estrictos parámetros de la constitución mágica de Hope City.
Por lo visto, Heiligslicht había externalizado la seguridad.
Que una comunidad tan hermética permitiera semejante intromisión...
significaba que las cosas habían cambiado.
Me pregunté por qué Stephanie no me lo había contado.
Tal vez lo hubiera hecho. Durante los últimos siete años no había prestado demasiada atención a nada.
Aunque también era muy posible que Steph no quisiera hacerme daño sacando el tema de Heiligslicht.
El guardia de Whiteshield me examinó de arriba abajo, como si buscara heridas, armas o ambas cosas.
Llevaba la Glock enfundada al costado, pero tenía encima la licencia por si me preguntaba por ella.
Esperaba de veras que no hubieran declarado el hospital zona libre de armas. Las Grietas no respetaban las leyes.
—¿Personal o paciente? —preguntó el guardia, al parecer sin darle importancia a la pistola que llevaba al costado.
Percibí en el aire a su alrededor el tenue olor de una tormenta eléctrica.
Seguramente era electromante. No le daba miedo una nueve milímetros.
Podía derribarla con una descarga en pleno vuelo.
—Ninguna de las dos cosas —dije—. Necesito hablar con el maestre capitular Cox.
Reprimió un suspiro, pero no pudo evitar poner los ojos en blanco. Desde luego, estaba algo sobrecualificado para ocuparse de la entrada de un hospital. Probablemente había cabreado a alguien de muy arriba para acabar relegado al control de acceso.
—¿Tiene cita?
—No, pero...
—Entonces tendrá que dar marcha atrás y volver por donde ha venido. Si no tiene cita, no viene a visitar a un paciente ni necesita atención médica, no puede entrar en el recinto.
¡Grietas! ¿Desde cuándo eran tan estrictos?
Fulminé al guardia con la mirada y sostuve la suya en silencio hasta que puse los ojos en blanco, correspondiendo a su irritación.
—Estoy sufriendo una crisis psicológica. Necesito atención médica inmediata.
El guardia asintió, satisfecho, e indicó al operario de la barrera que me la abriera.
Entré sin más contratiempos. Al parecer, la seguridad era tan estricta como dictara el humor del guardia. Me venía bien, pero me preocupaba pensar qué ocurriría si una amenaza real intentaba entrar en el hospital.
Aparqué en una plaza para visitantes y me dirigí hacia la entrada, donde me recibió una cara conocida que exhalaba humo de cigarrillo al aire del mediodía.
Sarah Penny no había envejecido mucho desde la última vez que la vi.
Los purificadores rara vez envejecían. Al menos, no de forma perceptible.
Nuestra chispa mantenía a raya el deterioro de la entropía.
Y Sarah poseía una chispa tremenda. Ni de lejos tan grande como había sido la mía, pero sí lo bastante para elevarla hasta el escuadrón personal de Cox.
Sin embargo, aunque la última vez que la vi llevaba la cogulla blanca, el chaleco táctico y las vestiduras blindadas de un purificador de combate, ahora vestía la sencilla túnica blanca y la bata de una sanadora. No portaba bastón, vara, espada ni pistola. Solo un cigarrillo y una mirada aburrida.
Su expresión indolente desapareció al darse cuenta de quién era yo y se le iluminó el rostro. Apagó el cigarrillo y vino trotando hacia mí. Antes de que pudiera reaccionar, me rodeó con los brazos y me estrujó. ¡Menos mal que me había duchado después de mi frenesí de limpieza de la noche anterior!
—¡Cindy! Ha pasado... demasiado tiempo.
No supe qué responder. Sarah y yo nunca habíamos sido amigas de verdad. En la academia, me había atormentado. Era la típica niña rica y popular, con un consejero por padre. Sentía celos de mi chispa y despreciaba mi falta de riqueza familiar. En suma, el estereotipo de chica mala.
Pero eso había cambiado cuando tendieron una trampa a Stephanie.
Sarah y Kabo, ambas amigas de Stephanie, habían recurrido a mí para exculpar a nuestra amiga común.
Y, al hacerlo, me había ganado su respeto.
Sin embargo, aunque las cosas se hubieran suavizado entre nosotras, nunca había pensado que fuéramos íntimas.
—¿Ha vuelto tu chispa? —preguntó al liberarme de su abrazo mortal. Le brillaban los ojos de emoción—. ¿Vas a volver a Heiligslicht?
No sabía que mi regreso significara tanto para ella. Para ser sincera, ni siquiera sabía que hubiera pensado en mí desde que Stephanie quedó libre.
Su pregunta, pese a sus buenas intenciones, también dolió. Negué con la cabeza, incapaz de ocultar mi tristeza.
La sonrisa de Sarah se invirtió y los hombros se le hundieron. No podía comprender de verdad lo que significaba perder la chispa. Pero sí podía imaginárselo. Era como perder el alma.
Sarah apartó la mirada un instante y contempló los coches estacionados en aquel aparcamiento silencioso. Dejó que el silencio aliviara al menos un poco el dolor que hubiera podido causar su descuido.