Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 12. Planificación
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12. Planificación

Planificación

¿Por qué, por qué teníamos que ir siempre a los barrios marginales?

Pensé que había escapado de allí para siempre cuando Herschel me rescató, siendo yo apenas una niña, de una chabola anegada en sangre. Pero cuanto más me adentraba en aquel oficio, más me arrastraba de vuelta al mismo lugar del que llevaba toda la vida intentando escapar.

Hope City era mucho más que el Casco Antiguo y los Suburbios del Sur.

Si te pasabas la vida entera en aquellos lugares, hasta podías ignorar que el Cataclismo hubiera tenido consecuencias negativas.

Salvo por alguna que otra oleada de la falla y algún demonio suelto, se vivía bastante bien en el corazón de la Ciudad de la Esperanza.

Pero en la mayor parte de la ciudad las cosas no eran tan lekker , como dirían muchos de sus habitantes.

Al este de los Suburbios del Sur se extendía una aglomeración urbana que se adentraba muchos kilómetros tierra adentro.

En las décadas transcurridas desde el Cataclismo, había engullido pueblos, asentamientos de chabolas, granjas y todo cuanto había en el Entremedio.

Ahora, si querías salir de los límites de Hope City, tenías que atravesar kilómetros de barriadas de chabolas, bloques de viviendas que se caían a pedazos y peligrosas zonas de guerra dominadas por bandas.

El Consejo hacía mucho que había renunciado a hacerse con el control de los barrios marginales. Solo sobrevivían algunos reductos de vecindarios ordenados en un erial de delincuencia y anarquía. Y aquellos pequeños oasis estaban bajo amenaza constante.

Desde luego, aquella dirección no conducía a ningún oasis.

—Está a un salto de donde me enfrenté a Lilian —dije mientras localizaba la dirección en el mapa digital de un teléfono que pertenecía al dueño de El Gravekeeper. ¡Qué aparatito tan maravilloso! Uno de esos días tenía que hacerme con un smartphone.

—¿Casualidad? —preguntó Conrad mientras daba un sorbo a su café matutino.

Ni siquiera sabía que en El Gravekeeper sirvieran café. Claro que, cuando tenías un inquilino con horarios tan extravagantes como Conrad Khoi, podías hacerte de oro vendiendo cafeína.

—En esa parte de los barrios marginales hay un desgraciado intentando provocar otro apocalipsis cada pocos metros. Y entre ambos lugares aún hay un bloque y medio de viviendas.

Conrad asintió, aceptando la explicación, pero a mí no me convencía tanto haber descartado la importancia de aquella probable coincidencia.

Muy pocas cosas sucedían por casualidad en este mundo.

Y, si Lilian estaba involucrada, algo que cada vez era más una cuestión de cómo que de si , lo más probable era que ambos lugares estuvieran conectados.

—¿Qué sabes de la zona? —pregunté. Yo no era ninguna experta en los barrios marginales, aunque hubiera pasado allí los primeros años de mi infancia. Sinceramente, apenas recordaba nada de antes de cumplir los ocho. Mi vida no había comenzado de verdad hasta que Heiligslicht me acogió.

Conrad se encogió de hombros. Su indiferencia me sentó mal y tuve que contenerme para no chasquear la lengua.

—¿Qué me he perdido, camaradas ? —preguntó Alex a modo de saludo mientras se sentaba con nosotros en el reservado. Percibí un sarcasmo inconfundible en la última palabra, dirigido expresamente a Conrad.

—¿Eso es una pinta entera? —exclamó Conrad, boquiabierto ante el vaso alto de néctar dorado y espumoso que descansaba frente a Alex.

Alex giró el vaso para que Conrad pudiera ver la medida marcada en el lateral. En efecto, era una pinta entera.

—¿Tan temprano? ¡Grietas! Ni siquiera Brick llegaba a esos extremos.

—Para mí es de noche, jefazo.

Conrad pareció a punto de discutir, como si estuviera en posición de ejercer de padre con Alex, precisamente, pero se lo pensó mejor al reparar en mi mirada fulminante.

Alex dio un largo trago y suspiró satisfecho antes de volver al asunto que nos ocupaba.

—Bueno, ¿qué es lo siguiente en el orden del día?

Miré la pinta de Alex y recordé que, unos días atrás, me habría unido a él. Lo que fuera con tal de anestesiar aquella pena perpetua. Pero ahora la idea de beber alcohol no me atraía en absoluto. Quería estar bien despierta para aquello.

—Primero, ¿qué tal fue la búsqueda? —pregunté—. ¿Encontraste a esos chupamierdas?

Alex negó con la cabeza y apretó con más fuerza el vaso de cerveza.

—Nadie los ha visto desde entonces. Yo diría que a estas alturas ya estarán a medio camino de Goldfield.

—O escondidos en el complejo de una secta en lo más profundo de los barrios marginales —sugirió Conrad.

—Eso es demasiado concreto. ¿Qué has estado tramando?

Conrad deslizó por la mesa el papel en el que figuraba la dirección. Alex la examinó durante unos instantes.

—Esto está en los barrios marginales. ¿Mitchells Plain?

—Sí... —respondí.

Alex soltó una maldición entre dientes.

Siete años atrás, cuando El Reckoning aún seguía unido, habríamos acudido sin vacilar a una cacería en Mitchells Plain. Pero entonces formábamos un equipo. Solo Brick tenía fuerza suficiente para enfrentarse a cualquier hechicero chiflado que intentara atracarnos. Pero las cosas habían cambiado.

Ahora también teníamos que preocuparnos por bandas armadas hasta los dientes y sus hordas de muertos vivientes.

—¿Qué vamos a encontrar aquí? —preguntó Alex.

—Nuestra fuente no se mostró muy comunicativa, pero hice mis propias averiguaciones antes de que llegaras —respondió Conrad.

—¿Cuándo? Solo te ausentaste unos diez minutos cuando fuiste al baño.

—Sí. Pero tardé la mitad de ese tiempo en llamar a uno de mis colegas de Elftown.

Dice que la línea wey de allí está oscura.

Muy oscura. Incluso para lo habitual en los barrios marginales.

Y que hay un montón de individuos sospechosos entrando y saliendo.

De los que llevan capucha. Y sin lucir ninguna calavera, que es lo que está de moda últimamente por esos barrios.

—El hecho de que Caro nos diera esta dirección ya es motivo suficiente para seguir la pista —añadí—. En cuanto a lo que encontraremos...

Fruncí el ceño al notar cómo comenzaba a disiparse la euforia de aquella mañana mientras asumía la realidad de nuestra situación.

—Muchos sectarios. Y, muy probablemente, muchos más demonios rata.

—Cins... —Alex vaciló, con el ceño fruncido—. Tengo que preguntártelo... ¿Qué eres capaz de... ya sabes, hacer con tu chispa últimamente?

Temía de verdad aquella pregunta, aunque fuera inevitable.

Me encogí de hombros, fingiendo que no tenía importancia, aunque el recordatorio de mi impotencia era como una cuchillada en las tripas.

—No gran cosa. En realidad, nada en absoluto. Quizá podría encender una lucecita si me concentrara muchísimo.

Sí. En realidad, ni siquiera eso.

Alex frunció aún más el ceño.

—Todavía tienes cerebro, Cins. Eso es lo que importa a fin de cuentas. Y es todo cuanto necesitaremos para enfrentarnos a esos cabrones secuestrarratas amantes del apocalipsis —dijo Conrad, dedicándome una mirada tranquilizadora. Creía de verdad en mí. Y yo no sabía qué sentir al respecto.

—Aun así... —intervino Alex—. La magia de purificación nos vendría bien.

No pude evitar hundirme un poco más en la silla. Conrad fulminó a Alex con la mirada. Ojalá no lo hubiera hecho. No necesitaba que me protegieran. Y mucho menos él.

—Tenemos pergaminos y, aunque haya demonios rata de los que preocuparse, los sectarios morirán cuando se encuentren con un pedazo de plomo alojado en la cabeza.

—Eso no bastará —lo interrumpí.

Por mucho que me doliera, Alex tenía razón. Necesitábamos magia de purificación.

Y solo había un lugar donde podíamos encontrarla.

Después de tantos años, había llegado la hora de volver a casa.

A Heiligslicht.