11. Detective #3
Quería creer a Caro. La idea de que las personas podían cambiar, de que la redención era posible, siempre resultaba atractiva.
Pero no podía evitar sentirme incómoda cerca de un hombre así.
Esperaba que solo fuera consecuencia del estigma que me había impuesto mi afinidad.
Y que de verdad estuviera reformado. Pero no me correspondía a mí decidirlo.
Tenía cosas más importantes por las que preocuparme.
Caro tomó asiento y se recostó en la silla, apoyando los codos en los reposabrazos y juntando las yemas de los dedos para formar una pirámide.
—Entonces, ¿en qué puedo ayudaros, respetables contratistas de la paz? El señor Khoi fue bastante parco en detalles.
Muy propio de él. Tenía que darle dramatismo. Podríamos haber obtenido nuestra respuesta por teléfono.
Yo también me recosté en la silla y cedí el escenario a Conrad. Por suerte, nunca tenía problemas para darle a la lengua.
—Ayer por la mañana, el HCPD nos contrató mediante un contrato cerrado para investigar un homicidio múltiple. Cadáveres desmembrados dispuestos en forma de símbolo neosatánico.
¡Mira qué profesional parecía Conrad!
—La Marca de la Bestia —añadí. Por si era relevante.
Caro no ocultó su desdén.
—¿Tiene alguna pista el HCPD?
—Ninguna —respondió Conrad.
Caro puso los ojos en blanco.
—Qué novedad. Giles, ¿hizo un examen forense?
Asentí.
—Desmembramiento post mortem. La muerte fue causada por las garras de un monstruo. Concretamente, un demonio.
Caro se inclinó hacia delante. Ahora sí teníamos su atención.
—Nuestra investigación nos llevó hasta los túneles —prosiguió Conrad, saltándose partes para abreviar—. Allí encontramos una cámara ritual.
—¿Un círculo de invocación?
—No que nosotros viéramos. Pero había algo más... una especie de profecía. Por lo que pudimos deducir, un grupo de personas era responsable de los asesinatos. Una secta.
Conrad escogía con cuidado qué datos revelar y cuáles mantener en secreto. Yo confiaba en Caro, así que quizá le habría contado más. Pero ¿quién sabía quién más podía estar escuchando?
—Así que queréis saber si tenemos en el radar alguna secta que encaje con ese perfil.
Conrad y yo asentimos al unísono.
Caro suspiró.
—Últimamente la AIU se ha centrado en la actividad de las sectas. Estamos en alerta máxima desde que el Caso Drummond puso frenéticos a todos los Tom, Rick y Larry el Trol de las Cavernas.
Incluso sumida en mi estupor etílico y depresivo de los últimos años, había oído hablar del Caso Drummond. Ocurrió hacía unos cuatro años. Una familia de los suburbios del sur había sido secuestrada y sacrificada en un espantoso ritual nigromántico. Solo había sobrevivido la niña.
No podía imaginar cómo se recuperaba alguien de algo así.
—Entonces, ¿tiene algo para nosotros? —preguntó Conrad con impaciencia.
Caro negó con la cabeza, y Conrad se hundió visiblemente en el asiento.
—Las sectas demoníacas son cosa del pasado, señor Khoi.
Igual que los corruptores e incluso los deformadores de mentes.
Ahora todo es nigromancia. Necropandillas, señores nigromantes.
Hoy en día es más probable encontrarse una pelea callejera entre hordas de zombis que un tiroteo como los de antes.
Nuestra unidad Mag-Tac dedica la mayor parte del tiempo a contener brotes.
Ni siquiera encuentra tiempo para asaltar las fábricas de carne.
Volvió a negar con la cabeza, como si se hubiera resignado a aquella nueva realidad.
—Por lo que respecta a El Consejo, los demonios y las sectas demoníacas ya no son un problema.
No pude evitar soltar un bufido desdeñoso.
—En esta ciudad hay un súcubo devorando cada pocos minutos a una víctima bajo control mental.
Una pulga cerebral que vuelve a alguien contra sus seres queridos.
Diablillos que devoran familias. Por no hablar de los engendros y los diablos.
¿Y El Consejo de verdad cree que ya no representan una amenaza?
Caro no se inmutó.
—Cada día se producen una docena de apocalipsis en esta ciudad asolada por el vacío, señorita Giles. La AIU solo puede ocuparse de uno cada vez.
—¿Y qué hay de los apocalipsis que implican a hombres rata secuestrados, una revolución y ratas demoníacas satánicas? —preguntó Conrad, dejando escapar el núcleo del misterio.
Casi esperaba que Caro reprendiera a Conrad por difundir disparates conspiranoicos de la Subciudad.
Pero no lo hizo. Entrecerró los ojos al mirarlo y se volvió más fría y distante que cuando mostraba su cordialidad profesional.
Tenía la sensación de que aquella era su verdadera personalidad. No esa fachada de relaciones públicas.
Sus ojos morados examinaron el rostro de Conrad con precisión casi quirúrgica. Buscaban algo. Una vulnerabilidad. Un indicio delator.
No sabía si yo habría sobrevivido a una mirada así. Estaba casi segura de que confesaría un crimen que jamás había ocurrido solo para lograr que se detuviera.
Conrad mantuvo la calma. No sudó. Ni siquiera parpadeó.
Por fin, Caro asintió.
—Eso cambia las cosas...
Se inclinó hacia delante y abrió el cajón superior del escritorio, del que sacó un bolígrafo y un bloc de notas. Escribió algo con un trazo rápido y florido, más propio de la elegante y compleja escritura de los Sintari.
Arrancó la hoja y nos la entregó.
Una dirección.
—La AIU no tiene presupuesto para ocuparse de esto —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro desenfadado—. Ni personal suficiente. Pero por eso siempre hemos dependido de contratistas como vosotros.
Se puso en pie para indicar que la reunión había terminado.
—Espero que encontréis vuestro unicornio perdido... —anunció en voz alta mientras abría la puerta y nos hacía salir—. Dejad fuera un poco de heno encantado por las hadas durante la noche.
Nuestras miradas se cruzaron y me guiñó un ojo antes de vocalizar en silencio:
—Buena suerte.
Conrad y yo intercambiamos una mirada. Bueno, aquello había sido raro.
Salimos de la AIU y pasamos junto a los mafiosos coboldos mientras un frustrado agente de patrulla intentaba leerles sus derechos.
Por suerte, el túmulo ya no estaba allí.
Me pregunté qué habría hecho. Y cómo se encarcelaba a una criatura como aquella.
Una cadena perpetua no significaba gran cosa cuando ya estabas muerto.
Conrad ocultó la cara al vigilante de coches armado con el bastón e intentó evitar el contacto visual mientras bajábamos por la calle y volvíamos a subir a su coche.
Milagrosamente, estaba intacto. Bueno, parecía que la mejor manera de evitar que te robaran era no tener nada de valor.
—Entonces, ¿cuál es la dirección? —pregunté cuando ya nos encontrábamos en la intimidad del coche de Conrad.
—Avenida Merrydale, 132 —empezó Conrad antes de detenerse. Me miró con los párpados ya caídos por la frustración—. Portland.
Me contuve para no soltar un suspiro atronador. Las cosas nunca podían ser fáciles.
¡Por supuesto, tenía que estar en pleno territorio de las necropandillas!