10. Terapia
Terapia
Conrad condujo sumido en un silencio reflexivo antes de dejarme en casa de Tom.
Ya fuera por cansancio o porque necesitábamos regodearnos en nuestros pensamientos, ninguno de los dos tenía muchas ganas de hablar con el otro.
Ya habría tiempo de sobra para eso en los próximos días.
Por desgracia. Pero, si servía para salvar a aquellos hombres rata secuestrados y evitar otra masacre, charlaría hasta con el mismísimo diablo.
Ya era noche cerrada cuando recorrí el sendero que llevaba hasta la puerta de Tom. Rebusqué entre mis llaves, dando gracias a El Titán, a la Luz Sagrada y a Levi Strauss por no haberlas perdido durante la refriega bajo tierra.
Al abrir la puerta, me golpeó un muro de hedor asfixiante. Presa del pánico, desenfundé la pistola y entré en la casa como una exhalación. Pero, en cuanto olfateé el aire, la verdad quedó clara.
Sudor, comida pasada, alcohol derramado, polvo, suciedad y años de abandono.
No había nada sobrenatural en aquello. No había demonios de la putrefacción ni bestias que se bañan en mugre.
Solo las pruebas de mis años de apatía y dejadez.
Un cúmulo de inmundicia que había visto, pero que no me había importado. Hasta ahora.
Sentí vergüenza, una vergüenza intensa. ¿Cómo había permitido que llegara a este extremo? Aquella... aquella era la casa de Tom. Y yo había dejado que se convirtiera en una ruina.
Podía poner excusas. Podía culpar al inevitable deterioro de la vida, a la futilidad de todo. Podía preguntarme una y otra vez: ¿para qué? Solo iba a volver a ensuciarse. Y, por mucho que limpiara, no haría que él regresara.
Pero ahora aquellas excusas me parecían vacías. Sentí que el calor me subía a las mejillas, cada vez más rojas, como si me sonrojara después de recibir una reprimenda. No hacía falta que hubiera nadie allí para presenciar mi bochorno. Yo misma lo veía. Y tenía que hacer algo al respecto. Por fin.
No lo dudé. Respiré hondo y empecé a limpiar.
Comencé por lo básico: recorrí la casa a toda prisa, como si esquivara bolas de fuego, y fui metiendo en bolsas de plástico botellas y latas viejas, envoltorios de comida rápida y toda clase de basura que había ido a parar a kilómetros del cubo.
Catalogué con rapidez la infinidad de libros y revistas desperdigados por la casa y los coloqué en sus respectivos estantes, al tiempo que tomaba nota de las capas de polvo que rodeaban aquellos viejos volúmenes. Eso sería lo siguiente.
En cuanto despejé, tiré o guardé la basura, pasé a quitar el polvo.
Limpié cada centímetro cuadrado de la casa de Tom mientras una nube de suciedad asfixiante se alzaba en el aire.
Sin preocuparme por la seguridad, abrí todas las ventanas y dejé que los restos acumulados de los últimos siete años se disiparan en el exterior.
Cuanto más tiempo pasaba, más se desdibujaba todo. No era la bruma malsana de una borrachera, sino la concentración de alguien entregado a un propósito.
Nunca había limpiado tan deprisa. Ni con tanta eficacia. No utilicé magia. No conocía ningún hechizo que pudiera ayudarme. Pero tampoco me hacía falta.
Solo necesitaba estas dos manos. No requería magia. Solo tenía que perseverar. Seguir luchando.
Y esa era la mejor forma de honrar la memoria de Tom. No revolcarme en la autocompasión. No consumirme entre mi propia inmundicia. Sino luchar contra monstruos.
Así que purifiqué el lugar donde vivía. La casa de Tom. Y no necesité mi chispa, hechizos sofisticados ni lo arcano para hacerlo. Tenía todo cuanto necesitaba.
Y, cuando hubiera librado la casa de toda su suciedad y mugre, encontraría a aquel culto. Encontraría a quienes habían incendiado el bar de Alex. Y averiguaría si Lilian había regresado de verdad.
Y me aseguraría de que jamás pudieran volver a hacer daño a nadie.
A esas alturas, quitar el polvo, usar agua, fregar enérgicamente y barrer ya no bastaba para vencer a la suciedad, así que volví a la parte más limpia de la casa: la cocina.
Abrí el armario bajo el fregadero. La puerta estaba pegajosa, y tuve que usar las dos manos para arrancarla de sus bisagras oxidadas y de los bordes cubiertos de mugre. ¡Menuda parte más limpia de la casa!
Dentro del armario había todo un tesoro de productos de limpieza.
Los habían comprado hacía una eternidad.
Pero, por suerte, nunca habían perdido del todo su eficacia.
Metí la mano en aquel arsenal para coger una botella de plástico de lejía.
Estaba justo fuera de mi alcance. Me estiré un poco más y entonces me detuve.
Había algo más allí dentro. Un bulto envuelto en tela. Sentí un sabor ácido en la punta de la lengua. Había olvidado que estaba allí.
Con cuidado, rodeé la tela con las manos y noté su peso. Pesaba más de lo que recordaba. Tanto en sentido literal como metafórico.
Me incorporé despacio, apretando el paquete mientras lo dejaba sobre la encimera de la cocina.
¿Por qué lo había escondido allí, precisamente? Quizá porque, de algún modo, sabía que no iba a utilizar aquellos detergentes. ¿Porque mi chispa ya me había abandonado y, por tanto, no tenía sentido seguir intentándolo?
¿De verdad me había rendido tan pronto? ¿Y de forma tan absoluta?
Contemplé el bulto de tela durante un rato. La noche estaba en silencio. No se oían cigarras, grillos, tráfico lejano ni rugidos monstruosos.
Solo estábamos yo y el símbolo de mi transgresión.
Con mano temblorosa, agarré la parte superior del bulto y lo abrí.
No sé qué esperaba que sucediera. Una oleada de magia. Un mímico. Quizá darme cuenta de que todo había sido una larga pesadilla.
Pero no ocurrió nada de eso.
Dentro del envoltorio de tela había una pistola. Una vieja antigüedad de otro mundo. En este mundo se parecía a una pistola alemana Mauser C96. Con empuñadura de palo de escoba y todo.
Y en uno de sus costados aparecía inscrito el farragoso texto: — Die Weltreisepistole des Dreiunddreißigsten Reiches.
La Pistola Trotamundos del Trigésimo Tercer Reino.
El Trigésimo Tercer Reino. Los Bosques Eternos. Un plano demoníaco de muerte. El más allá de los muertos olvidados y atormentados por la guerra.
Y el primer lugar donde había descubierto la verdad sobre los poderes de Tom. Que había sido un caminante del vacío. Un ser capaz de recorrer el Entremedio. De viajar por los infinitos reinos que conformaban aquella existencia infinita.
Al final, aquello lo había matado.
No sabía con exactitud qué había ocurrido. Pero podía suponerlo. El Vacío se lo había llevado. Lo había despojado de su esencia. Y había fundido su alma con el Entremedio.
Eso era también lo que parecían pensar los demás. Pero nadie estaba del todo seguro. Lo único que sabíamos era que se había ido.
Y, enfurecida por haberlo perdido, había usado aquella pistola para matar a un asesino. Me había convertido en una asesina. Y había perdido mi chispa.
Se llamaba Voidshot. Y yo había jurado no volver a tocarla jamás.
Pero las cosas habían cambiado. Puede que Lilian hubiera regresado. Los demonios rata estaban masacrando a inocentes. La gente-rata existía de verdad y estaba siendo secuestrada por un culto apocalíptico a la muerte.
Y, aunque tenía la Glock de Falcie, no me serviría.
No como Voidshot.
Cerré los ojos y extendí la mano hacia la fría y dura superficie metálica de aquella arma engañosamente inerte. Dejé que mis dedos recorrieran los surcos de la inscripción, la madera barnizada de la empuñadura y el gélido metal de su alargado cañón.
Y, mientras lo hacía, busqué en lo más profundo de mi ser. Más hondo de lo que había buscado en los últimos siete años.
—Si sigues ahí —me susurré—, dame permiso. Déjame volver a usarla para expiar mis crímenes. No puedo ganarme tu regreso, pero aún puedo hacer el bien. Todavía puedo luchar.
Mi chispa no respondió.
De mucho había servido pedir permiso.
Unos golpes en la puerta me arrancaron de mi ensimismamiento. Abrí los ojos sobresaltada y me di cuenta de que aferraba Voidshot como si estuviera a punto de usarla.
La solté a toda prisa e hice una mueca cuando estuvo a punto de desportillar la encimera.
Los golpes cesaron. Y después se reanudaron.
¿Quién demonios llamaba a la puerta a esas horas?
Miré el reloj de la cocina. Al parecer, eran las tres de la tarde. Miré la oscuridad del exterior y después el segundero inmóvil del reloj.
Había perdido la noción del tiempo. Y el reloj estropeado no había ayudado, desde luego. Me propuse mentalmente cambiarle la pila mientras envolvía de nuevo Voidshot y volvía a guardarla debajo del fregadero.
Aquellos golpes eran mucho más suaves que las incesantes embestidas de ariete de Conrad aquella mañana.
Recordé sus advertencias de antes. Distraída por mi renovado amor por la higiene, no había prestado la menor atención a la seguridad. Ni al hecho muy real de que había gente intentando matarnos.
Me acerqué en silencio a la puerta principal mientras llevaba la mano hacia la pistola, aún enfundada. Despacio, miré por la mirilla.
Y dejé escapar un suspiro de alivio casi palpable.
—¡Hola, Cins! —me saludó Stephanie. Su sempiterna sonrisa iluminó aquella noche ya avanzada.
Su abundante cabello negro había crecido aún más en los últimos siete años y caía en cascada sobre el blanco de su uniforme de Heiligslicht, como una catarata oscura y resplandeciente al mismo tiempo.
Rondaba la treintena. Como yo. Pero, mientras yo me había abandonado y había acabado sumida en la pérdida de peso y el letargo, ella había mantenido su pasión por los cosméticos y el cuidado personal.
Por mucho tiempo que hubiera pasado, seguía siendo aquella reina deslumbrante de la academia.
Se acercó para abrazarme y acepté el abrazo. Me permití tranquilizarme un momento antes de invitarla a entrar. Antes de cerrar la puerta a su espalda, miré a ambos lados de la calle. Todo despejado.
¡Grietas! A este paso, iba a volverme tan paranoica como Conrad.