Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 9. Superficie
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9. Superficie

Superficie

El mundo se había teñido de un carmesí apagado y un naranja agonizante mientras el sol luchaba por conservar su último atisbo de supremacía en el cielo y la luna proclamaba su temprana victoria en el manto estrellado de las alturas.

Comparado con aquella densa e interminable sensación de estar a medio camino de la asfixia que persistía bajo tierra, y con el hedor acre de la podredumbre que impregnaba hasta las propias rocas, el aire del crepúsculo e incluso el penetrante olor a gasolina eran una bendición divina.

¡Nunca volvería a dar por sentado el mundo exterior!

Al menos hasta que pisara excrementos de grifo y maldijera los cielos abiertos.

Habíamos pasado la mayor parte del día en los túneles.

Y mi cuerpo lo acusaba. No había tenido ocasión de sentarme, tumbarme ni siquiera echar un trago de algo bueno en todo el día.

Sin embargo, pese al dolor de las extremidades y a lo cerca que habíamos estado de morir, sentía en cuerpo y mente una energía renovada que no experimentaba desde hacía una eternidad.

Los policías se habían marchado del foso hacía mucho.

Y también los cadáveres. Si necesitábamos examinarlos de nuevo, tendría que conseguir autorización en algún depósito de cadáveres del HCPD.

Podía permitirme el soborno, pero hasta la corrupción tenía su papeleo.

Y coincidía con Conrad en que el papeleo era mucho más diabólico que cualquier engendro.

Por suerte, no creía que fuéramos a necesitar ver aquellos cuerpos de nuevo. Muerta, la mujer sin nombre me había proporcionado la pista que necesitábamos. Y ahora pasábamos a la siguiente fase de la investigación.

Por desgracia, esa era la parte difícil.

Como si estar a punto de morir a manos de demonios rata y descubrir después que una civilización de hombres rata vivía bajo Hope City no hubiera sido ya bastante difícil.

Mientras contemplaba el cielo y luego el foso ya vacío de cadáveres que se extendía ante nosotros, con los ecos de la brutalidad aún frescos en la memoria, recé en silencio por la mujer sin nombre y las demás víctimas.

Me aseguraría de que se hiciera justicia.

La venganza no la salvaría, pero reparar los agravios seguía teniendo algo de importante.

Alex se desperezó mientras parpadeaba bajo la tenue luz de las farolas crepitantes y las estrellas lejanas.

—Y bien, ¿por dónde empezamos? —preguntó, conteniendo un bostezo.

—¿De verdad vamos a hacer esto, Cins? —Conrad me miró, con los ojos cargados a partes iguales de agotamiento y escepticismo—. Estamos tratando con los hombres rata. Son tan aterradores que hasta El Consejo los mantiene ocultos. ¿De verdad vamos a confiar en ellos?

Alex chasqueó la lengua.

—¿Dónde está ahora tu compasión, jefazo? Hablas de igualdad y de la justa furia contra la opresión, pero, en cuanto la víctima tiene una cola escamosa y el pelaje sarnoso, quieres llamar a un exterminador.

Volvió a chasquear la lengua. No se lo reprochaba. Conrad estaba siendo mucho menos razonable incluso que de costumbre, y eso que ya solía ser bastante huraño.

Conrad se cruzó de brazos y vi cómo tras sus ojos se libraba un acalorado debate. Al final, dejó caer los brazos a los costados mientras exhalaba.

Asentí, satisfecha con el resultado de su conflicto interno.

—Nuestra misión no ha cambiado —anuncié, con las manos en las caderas. Puede que antes Conrad fuera el jefe, pero tanto en los ojos de Alex como en la postura del propio Conrad vi que yo estaba al mando de aquella misión.

Tal vez fuera por mi edad, pero aquella presión ya no me incomodaba tanto como lo habría hecho en otro tiempo.

—Matamos monstruos. Da igual para quién.

No respondieron, pero sentí su conformidad. Aquella siempre había sido nuestra misión. No se trataba del dinero. ¡Demonios! Este no era un trabajo decente para ganar dinero.

Algo nos había atraído a aquel modo de vida. Y seguía haciéndonos volver. Y, aunque algunos dijéramos que lo hacíamos por la gloria o porque no sabíamos qué otra cosa hacer, la verdad era mucho más sencilla.

Hay monstruos en este mundo.

Y tenemos que matarlos.

Inspiré el aire del crepúsculo y exhalé antes de volverme hacia mis compañeros.

—Los hombres rata peinarán el subsuelo en busca de los suyos. Nosotros haremos lo mismo en la superficie.

—Fácil —respondió Alex—. No veo cómo un hombre rata gigante podría pasar inadvertido en la superficie. Alguien tiene que haber visto algo.

—Buena suerte con eso. Hay demasiados chiflados hablando de avistamientos de hombres rata. Más nos valdría ponernos a buscar a Bigfoot —replicó Conrad.

Ni a Alex ni a mí se nos escapó que Conrad estuviera llamando chiflados a otros.

—¿No vive Bigfoot en Minnesota? —preguntó Alex.

Conrad asintió.

—Exacto. Así que aquí no lo encontraremos.

Alex se limitó a negar con la cabeza. Le dirigí una mirada compungida. No tenía sentido hablar con Conrad de esas cosas. Ni de ninguna otra.

—Al menos no tenemos que volver bajo tierra —dijo Alex—. Si no vuelvo a bajar más allá de un puñetero aparcamiento subterráneo, seré un hombre feliz.

Por mucho que me hubiera gustado compartir el optimismo de Alex, no estaba tan segura de que pudiéramos librarnos de volver a internarnos en las entrañas de aquella ciudad.

Pero no temía la oscuridad ni los espacios cerrados. No de verdad.

Mientras Alex y Conrad parloteaban sobre el alivio que sentían por haber escapado de las profundidades, mi mirada volvió al lugar del que habíamos salido. Al oscuro abismo de la entrada enrejada del túnel. Y a los horrores que ocultaba.

Era poco probable que volviéramos a encontrar aquella cámara secreta. Pero tampoco quería hacerlo.

Aquella voz...

Había sido tan irreal. Tan inquietantemente familiar. Y no era solo el hecho de que las cabezas incorpóreas hubieran hablado lo que resultaba tan perturbador. Me conocían. Y su voz de ultratumba me resultaba familiar.

Por el comportamiento de mis compañeros, sabía que ellos no habían oído la voz. Quizá debería contárselo. O quizá solo hubiera sido fruto de mi imaginación. Últimamente sucedían cosas extrañas.

Primero había percibido el resguardo de fuego infernal antes de que detonara, y ahora oía aquella voz incorpórea que estaba segura de que pertenecía a un muerto.

Necesitaba saber con certeza qué me estaba ocurriendo antes de hablar con ellos. Me decía que era para ahorrarles un estrés innecesario. Ya tenían bastante.

Pero la verdad era mucho más egoísta.

Tenía miedo.

Miedo de que pensaran que estaba loca. Que creyeran que era el agotamiento. ¡O, no lo permitiera la Luz Sagrada, que sintieran lástima por mí!

No podía consentirlo. Tenía que ser fuerte. Tenía que llegar hasta el final.

Alex y Conrad pusieron fin a su conversación cuando Alex inspiró profundamente.

—Lo único que quiero en realidad es vengar mi bar. Hacer pagar a los cabrones que me dieron aquella maldita bomba.

Alex decía eso, pero yo sabía que para él era mucho más que aquello. Alex no era la clase de hombre capaz de contemplar tanta maldad y dejarla sin oposición.

—Si es que está relacionado —añadió Conrad.

Alex lo fulminó con la mirada.

—Sabes que lo está, jefazo.

Conrad no discutió. Todos sabíamos en lo más profundo que era una coincidencia demasiado grande para no estar relacionado.

—Esas eran las ratas de Lilian. —Alex me miró—. Cins, ¿estás segura de que lo mataste bien?

—Yo no lo maté. Lo hizo el archidemonio que invocó. Se lo tragó entero.

Fue la primera vez que un demonio me cayó vagamente bien. Aunque eso no me impidió desterrarlo de vuelta a los Infiernos de los que procedía.

—No creo que esto sea obra de Lilian —intervino Conrad—. Está muerto. Lleva muerto... ¿ocho años ya? ¿Por qué empezar a atacar ahora?

Alex parecía convencido. Quizá ambos quisieran creer que Lilian estaba muerto. Pero yo no estaba segura. Lo había sentido en aquella voz. Al menos, había percibido su esencia.

Pero también lo había visto morir.

¿De verdad podía haber regresado?

Conrad soltó un bostezo monumental, con la boca tan abierta que podría haberse tragado unas moscas mamut. Estaba a punto de burlarme de él cuando el cansancio sacudió mi propio cuerpo y un bostezo escapó de mis labios.

—¿Supongo que será mejor que lo dejemos por hoy? —sugirió Alex.

Conrad asintió.

—¿Tienes dónde quedarte? Siempre puedes dormir conmigo.

—¿En la parte de atrás del Golf? —Alex soltó un bufido—. Gracias, de verdad. Pero tengo dónde quedarme.

Nos despedimos, pero, justo antes de separarnos, Conrad se aclaró la garganta.

—No creo que tenga que recordaros que estéis alerta. Tened cuidado. Esa bomba de esta mañana y esos demonios... Deberíamos estar muertos. No sé quién puede ser el responsable. Restos de Goldfield relacionados con el complot Dawi. O miembros de ese culto neosatanista de pacotilla. Da igual.

Nos miró a los ojos. Ni rastro de su sarcasmo o jovialidad habituales. Aquel era el Conrad al que respetaba de verdad. Y al que quizá temía un poco.

—Tened cuidado.

Alex volvió a bufar. Conrad no le daba miedo. Y, por lo visto, tampoco las amenazas contra su vida.

—¿Alguien intenta matarnos? Qué novedad.

Nos dio la espalda y se despidió con la mano mientras subía por la pendiente del foso.

—Solo es otro día de trabajo.