Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 8. Subciudad
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8. Subciudad

Subciudad

Incluso después de que Tom me dijera que los hombres rata eran reales, yo seguía sin creérmelo del todo.

Una parte de mí siempre había pensado que me estaba gastando una de sus muchas (léase: MUCHAS) bromas.

Era muy propio de él. Y las estrafalarias teorías de Conrad sobre los hombres rata de la Subciudad no habían hecho sino convencerme aún más de que su existencia era cada vez más improbable.

A decir verdad, probablemente habría creído a Tom si Conrad no se hubiera obsesionado tanto con el tema. A veces, Conrad podía decirme que el cielo era azul y yo tenía que comprobarlo.

Pero, aunque los hombres rata encapuchados que nos habían salvado no hubieran bastado para disipar todas mis dudas acerca de su existencia, aquella visión acabó por convertirme en creyente.

Una caverna inmensa se extendía hasta donde alcanzaba la vista, tenuemente iluminada por hongos fosforescentes y multitud de faroles flotantes que albergaban gemas de un verde resplandeciente.

Bajo aquel cielo artificial se alzaba una ciudad gigantesca de viviendas excavadas en la roca, construidas con madera podrida o fabricadas con metal recuperado.

Recordaba a los asentamientos de chabolas de los suburbios, pero las casas se amontonaban unas sobre otras como una montaña de cuerpos, cada estructura erigida encima de otra y elevándose hacia las luces artificiales.

Algunas incluso rozaban la roca oscura del techo de la caverna.

De una torre colgaban retales de tela, juguetes y electrodomésticos rescatados, e incluso la puerta de un coche, como adornos de un árbol de Navidad.

Puentes de madera, cuerdas y escaleras conectaban aquella colección de casuchas improvisadas.

Y por las pasarelas, los puentes y los tejados de aquella metrópolis subterránea se movían cientos, si no miles, de miembros de la gente-rata.

Vestían prendas de lo más variopintas. Sobre todo túnicas y capas.

Pero muchos llevaban ropa humana adaptada a sus peculiares cuerpos: camisetas estiradas sobre espaldas encorvadas y cubiertas de pelo.

Reconocí algunas marcas y personajes de programas infantiles.

Por lo que pude apreciar, la gente-rata era más baja que nosotros.

A diferencia de los demonios rata, que solían sacarme al menos treinta centímetros.

Incluso sin contar su encorvamiento, la gente-rata era un pueblo de baja estatura; la más alta de las ratas encapuchadas que nos acompañaban apenas me llegaba al pecho.

Y yo no soy precisamente la mujer más alta del mundo.

—¿Gusta lo que ve-ve? —preguntó uno de los hombres rata con su voz gorjeante, casi chillona, al vernos contemplar boquiabiertos la escena desde la boca del túnel. Una pasarela tallada en la pared descendía hacia la ciudad.

Conrad no hacía el menor esfuerzo por disimular su inquietud. Miró a los hombres rata con abierto desprecio. Me puse delante de él.

—Es increíble. Pero... ¿cómo conseguís mantenerlo oculto?

—Está lejos-lejos, profundo-profundo —respondió el hombre-rata con total naturalidad antes de darse la vuelta, como si aquello bastara. Tal vez bastara.

Volvimos a reunirnos con nuestros escoltas, que nos guiaron pasarela abajo. Conrad se acercó arrastrando los pies hasta ponerse a mi lado y me susurró con voz tensa:

—¡Esto no me gusta, Cins! Estas ratas son inteligentes. Todopoderosas. ¿Por qué crees que El Consejo mantiene en secreto su existencia? Controlan el mundo de la superficie mediante cambiaformas infiltrados estratégicamente. ¡Hasta el sistema bancario está a sus órdenes!

—Todo el mundo sabe que las hadas y los dragones son los dueños de los bancos —repliqué con rigidez—. ¡Ahora compórtate! Conspiraciones o no, nos han salvado. Eso significa algo para mí y también debería significarlo para ti.

Alex lo estaba llevando mucho mejor que Conrad y se detuvo a examinar la arquitectura de las moradas de la gente-rata.

A primera vista parecían endebles. Chapuceras y a punto de venirse abajo.

Pero, al observarlas de cerca, se apreciaba el ingenio de su construcción.

Cada pieza de la estructura estaba aprovechada al máximo, sin nada redundante ni desperdiciado.

Cada fragmento de chatarra, roca o madera recuperada cumplía una función en la construcción de las viviendas de aquel pueblo.

Si de verdad eran los dueños de los bancos, como insinuaba Conrad, no se les daba demasiado bien sacar provecho de ello. Pero la necesidad era la madre del ingenio, y habían sabido aprovechar al máximo lo poco que tenían.

Entramos en la calle principal de aquella zona de la caverna, flanqueada por torres. No había gente-rata en las calles salvo un puñado de ratas corpulentas armadas con lanzas hechas con cuchillas de carnicero y mangos de escoba.

El penetrante olor a carne y verduras en descomposición lo impregnaba todo.

No sabía qué otra cosa podía esperar. Al fin y al cabo, eran ratas.

Pero, más allá de eso —y quizá desde una perspectiva algo menos intolerante—, tampoco tenían dónde dejar los desperdicios, pues vivían hacinados bajo tierra, con muy poco espacio siquiera para respirar.

Aun así, la maniática de la limpieza que seguía existiendo en lo más profundo de mi ser quería conseguir varios camiones cargados de detergente y una buena cantidad de ambientador para poner remedio a aquel desastre.

Alcé la vista hacia las casuchas que se elevaban sobre nosotros y vi unos ojillos negros y brillantes que nos observaban desde las alturas. No necesitaba magia para percibir la inquietud en el ambiente. Ni el miedo en aquellos ojos inteligentes y animalescos.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté—. ¿Por qué están todos escondidos?

—Miedo —explicó el hombre-rata que los lideraba, una criatura de pocas palabras.

—Hombres malos. Llevan-llevan —añadió otro.

Sospeché que los humanos no eran las únicas víctimas de la crueldad de aquel culto demoníaco. Si estaban masacrando a personas sin hogar en los túneles superiores, no era descabellado suponer que la gente-rata también estaba perdiendo miembros de su comunidad.

Y, a juzgar por la apariencia de los demonios rata, aquello era mucho más personal.

Al final de la calle, los edificios daban paso a un acantilado vertical, más allá del cual la ciudad seguía extendiéndose a nuestros pies.

¡Allí abajo debían de vivir miles de miembros de la gente-rata!

Tal vez fuera mejor que nadie de la superficie conociera la verdadera extensión de la Subciudad.

Intentarían inundarla o lanzar fuego fatuo por sus túneles.

Vivir encima de una civilización de ratas resultaba un poco inquietante.

Pero, pese a la suciedad y el caos, no podía evitar admirarlos a ellos y a su evidente ingenio.

Hacían falta agallas para sobrevivir y prosperar siendo un ser de otro mundo en Hope City.

Y, por lo que a mí respectaba, lo habían conseguido sin hacer daño a nadie.

Aunque, en realidad, eso aún estaba por ver. Y, a juzgar por la abrasadora mirada de Conrad, él seguía muy lejos de estar convencido.

Un hombre-rata solitario, aún más bajo que los demás, se encontraba al borde del precipicio sosteniendo un bastón adornado con huesos, plumas y viejos cedés pulidos hasta relucir.

En lo alto había un cráneo de hombre-rata.

Bueno, aquello era un poco grotesco. Pero al menos no se trataba de un cráneo humano.

El hombre-rata, que supuse bastante mayor que los demás, se volvió hacia nosotros mientras nuestros escoltas se dispersaban para montar guardia. Solo permaneció allí el líder, que intercambió chirridos y chillidos con el anciano.

El anciano levantó una garra y se acercó a nosotros.

Tenía una barba larga y rala que casi arrastraba por el suelo.

Su túnica estaba hecha de una tela distinta a las demás, una especie de mezcla de lana y seda.

Tuve la impresión de que no pertenecía a este mundo.

Sería un vestigio del mundo del que los habían arrancado antes de traerlos aquí.

No pude evitar mirar alrededor en busca de unas tortugas expertas en artes marciales.

Desde luego, tenía toda la pinta del sensei Splinter .

Nos enseñó los dientes con aire amenazador y Conrad dio un respingo. Lo agarré del brazo para devolverlo a la realidad.

Le devolví la sonrisa al hombre-rata, imitando lo que sin duda era un intento de ofrecernos una sonrisa humana.

—Saludos, los de arriba —nos recibió el viejo hombre-rata con una voz áspera por la edad. Pese a lo excéntrico de sus palabras, su acento era menos chillón que el de sus compañeros. Había en sus ojos y en sus palabras una inteligencia que su forma de expresarse no dejaba entrever.

Incliné la cabeza en señal de respeto.

—Me llamo Cindy Giles —dije.

—¡Chis! —Conrad dio un paso al frente—. ¡No digas nada más, Cins! Adoptará tu forma y tu identidad y...

Le propiné a Conrad tal coscorrón que seguramente olvidaría los últimos minutos.

Por desgracia, los demás no lo haríamos.

Alex apartó a Conrad mientras este se frotaba la cabeza.

Oí a mi amigo susurrarle unas palabras en tono severo.

Eso, unido a mi despreocupada agresión, pareció surtir efecto, y Conrad guardó silencio.

—Mis disculpas... —empecé a decir.

La vieja rata negó con la cabeza.

—Ofensas no-no. Muchos de arriba temen a nosotros. No saben de nosotros-nosotros. ¿Tú Cindy Giles? Yo Chitrit. Escurrimante de los mischief. Primero de los escurre-cielos y último del hogar verdadero-verdadero.

¿Los mischief? ¿No era esa la palabra que designaba en inglés a un grupo de ratas? ¿De verdad habían llamado a su civilización como una divertida palabra inglesa que describía a un grupo de ratas?

Bueno, lo mejor era seguirles la corriente.

Por el resto de sus palabras deduje que era una especie de chamán y el miembro más anciano del grupo. El único que recordaba su mundo natal.

Un papel semejante conllevaba una enorme tristeza y una gran responsabilidad.

Había conocido a otros como él, pertenecientes a otras especies.

Ogros ancestrales y elfos desolados. Que no lo aplastara el peso de una civilización y unos conocimientos perdidos hacía mucho revelaba una resistencia envidiable que me inspiró un respeto inmediato por Chitrit.

—Gracias, Chitrit, por salvarnos de los demonios de arriba.

Chitrit inclinó ligeramente la cabeza.

—Los mock-mocks de los mischief traen violencia a nosotros-nosotros. No hablan. Solo matan. Solo llevan. Roban jóvenes. Roban grandes. Llevan y...

Negó con la cabeza. Un gesto exagerado, aprendido imitando los ademanes humanos. Lo hacía por mí.

—¿Sabes quién se está llevando a los tuyos? ¿Y qué les hacen?

—Mal hedor. Hedor a muerte. Hombres malos. Engendros-engendros del infierno. Ambos. Llevan. Transforman. Hacen mal.

Sus ojos se iluminaron con un miedo absoluto.

—Hacen más.

—¿Estás diciendo que convierten a los tuyos en demonios?

—Sí-sí.

Negué con la cabeza.

—Los demonios no se fabrican. Se invocan. Esos no son los tuyos.

Pero lo más probable es que utilizaran a la gente-rata como sacrificios para invocarlos. Omití esa parte.

La esperanza brilló en los ojos de Chitrit.

—Hombres malos. Cosas mal hechas. ¿Tú? ¿Enemigos?

Asentí. Eso estaba claro.

—Son mis enemigos. Quiero impedir que hagan daño a nadie. Ni a los míos ni a los tuyos.

Chitrit golpeó el suelo con su bastón, emocionado.

—Escurre sobrevive. Los mischief agradecen-agradecen.

Pero entonces bajó la mirada, decepcionado.

—No podemos ir arriba. Hombres ven-ven y nosotros huimos-huimos. Cachorros llevados arriba. Bajo cielo vacío.

—Los encontraremos —dije sin vacilar—. Y haré cuanto esté en mi mano para traerlos de vuelta.

Chitrit sonrió a su manera. Había en sus ojos un destello que trascendía las especies.

Sentí algo en lo más profundo de mi ser. Un fulgor. Y un estremecimiento de aprobación.

Y supe que era mi chispa. Aún pequeña, pero presente. Y seguía observándome. Esperando a que volviera a ser digna de ella.

Y recuperaría su confianza. No solo para salvar a las víctimas sin voz que habían sido asesinadas y secuestradas.

Sino porque, si la voz en el interior de aquellas cabezas pertenecía realmente a quien yo creía y él estaba regresando, tendría que hacer todo cuanto estuviera en mi mano para detenerlo.