7. Túneles #4
Intenté pronunciar palabras de hechizo y canalizar la línea wey hacia los conjuros que había memorizado.
Pero, allí abajo, a tanta profundidad, rodeada de oscuridad y perseguida por monstruos, no podía aferrar los hilos de magia que necesitaba.
Mucho menos recitar un encantamiento sometida a tanta presión.
¡Dioses! Debería haber practicado más. Haber intentado sustituir mi chispa por la hechicería. En lugar de limitarme a regodearme en mi autocompasión.
Pero ya era demasiado tarde.
Apunté con la pistola que Falcie nos había vendido y disparé al pecho del demonio rata. Aminoró el paso y avanzó despacio sobre las patas traseras. Una parodia de hombre y rata. Pero no era ninguna de las dos cosas. Solo una bestia.
Seguí disparando, aun cuando las balas rebotaban inofensivamente en su pecho y su cabeza. Hasta que vacié el cargador.
Y el demonio quedó frente a mí, mirándome desde arriba con hambre y furia manifiestas. Solo podía oler azufre. Solo podía sentir miedo. Y arrepentimiento…
¡Plof!
La sangre, las vísceras y la carne de color carbón me cubrieron cuando el demonio rata explotó, reventando como un globo de agua.
Las patas que le quedaban dieron unos pasos tambaleantes y luego se desplomaron mientras sus camaradas buscaban al nuevo atacante, antes de explotar también y bañar a Conrad y Alex en sangre y una sustancia viscosa del color de la ceniza demoníaca.
Me quedé paralizada, incapaz de determinar si aquello era bueno o malo. Por supuesto, que los demonios murieran y yo siguiera conservando la cabeza solía ser algo bueno. Pero aquello apestaba a magia letal. Y la magia ya daba bastante miedo sin necesidad de ser letal.
Jadeé. Me escocía la garganta y el sudor se acumulaba en mi frente.
Un sudor caliente por haber estado a punto de morir que se mezclaba con la película de transpiración helada provocada por lo que estaba a punto de ocurrir.
Tragué saliva, intentando calmar los nervios, mientras sacaba un cargador de repuesto con la mano temblorosa y lo introducía en la pistola.
No conseguí meter una bala en la recámara. Respiré hondo y volví a intentarlo.
¡Dioses, Cins! Antes hacías cosas así para divertirte. ¿Qué te ha pasado?
Apunté con la pistola a los restos ensangrentados de los demonios rata y luego a la oscuridad del túnel mientras retrocedía hasta reunirme en formación con Alex y Conrad.
Pese a la ineficacia de sus balas, Conrad introdujo tres cartuchos nuevos, y Alex cambió los cargadores con una rapidez y una destreza que me hicieron pensar que seguía trabajando por su cuenta como pistolero el Entremedio de turno y turno en el bar.
Observamos la oscuridad. Y esperamos.
No apareció nada. No había nadie en el túnel. Ni purificadores ni magos. Aquella esperanza ya había sido vana desde el principio. Y, desde luego, tampoco pistoleros armados con armas de munición altamente explosiva. Estábamos solos.
Un leve raspar. Unos roces y, entonces, una figura cayó del techo.
Estaba encorvada. Era aún más baja que yo y llevaba una capa oscura que ocultaba sus rasgos.
No nos atacó. Ni siquiera nos miró. Mantuvimos las armas apuntadas hacia aquel misterioso recién llegado y esperamos para averiguar si era un salvador o un depredador.
A más sonidos de raspaduras les siguieron otras cuatro figuras que cayeron del techo.
Aterrizaron con una agilidad propia de ninjas, sin hacer apenas ruido.
Ocultaban sus rasgos bajo unas capas andrajosas de color gris oscuro.
Pero, por su postura encorvada y el movimiento bajo las capas, advertí que no eran humanas.
Conrad contuvo la respiración y siguió sujetando la escopeta como si se dispusiera a conseguir un jonrón, pese a haberla recargado.
La primera figura encapuchada dio un paso al frente y, con una mano provista de garras, se bajó la capucha para revelar el rostro de una rata gigante.
Pero, mientras que en las caras de los demonios rata no había más que una amenaza irracional y hambrienta, en los ojos de aquel hombre-rata había inteligencia.
Y un anhelo desesperado que iba mucho más allá de cualquier hambre mundana o necesidad bestial de violencia.
Su rala barba no hacía sino acentuar aquella impresión de humanidad y dulzura.
Conrad estaba a punto de gritar algo cuando Alex le dio un puñetazo en el hombro. Si Alex no lo hubiera hecho, yo habría hecho cuanto estuviera en mi mano por recuperar mi chispa, aunque solo fuera para dejar aturdido a Conrad hasta que perdiera el conocimiento.
El hombre-rata que encabezaba el grupo no reaccionó ante nuestra peculiar escena.
—Vienen-vienen más —chilló, con una voz cargada de energía nerviosa y de las vibraciones arcanas propias de un usuario de la magia—. Venid, venid. Secretos y túneles. Seguridades.
Conrad y yo intercambiamos una mirada. Pero los alaridos y los gritos guturales de incontables enemigos que avanzaban por la oscuridad pusieron fin de inmediato a aquel momento. Venían hacia nosotros.
No discutimos y seguimos a los hombres rata por un agujero en el suelo, hacia las regiones más oscuras y desconocidas de Hope City.
Me pregunté si nos toparíamos con alguna tortuga.