7. Túneles #3
Sudáfrica llevaba ya más de treinta años sin existir. Él habría sido un niño o un adolescente por aquel entonces. Quizá el régimen cosmético de Conrad fuera más mágico que las ilusiones de Stephanie. Seguía sin saber qué edad tenía en realidad.
Alex negó con la cabeza.
—No hay excusa. Me da igual lo desesperado que llegue a estar alguien. O cuánto envidie a su vecino. El mal es el mal.
Tenía cosas más importantes de las que preocuparme que una discusión filosófica entre Alex y Conrad.
Me aparté de ellos y examiné la habitación.
No podía detener la mirada demasiado tiempo en ninguna palabra porque, aun sin entender la escritura, me escocían los ojos.
Si aún hubiera conservado la mayor parte de mi chispa, no habría sido capaz de acercarme a aquella habitación.
Así que, al menos, había sacado algo de la traición de mi chispa.
—Si llevas a alguien al límite y lo mantienes encadenado, acabará mordiendo. Se defenderá —continuó Conrad.
Alex chasqueó la lengua, irritado.
—Ellos mismos se fabrican sus cadenas. Se regodean tanto en su autocompasión que ni siquiera conciben la posibilidad de salir del pozo.
Mi familia escapó de un infierno asolado por la guerra y vino a este otro.
Un lugar donde la gente nos odiaba, donde los monstruos y los gánsteres eran los amos de las calles.
Pero conseguimos salir del agujero. Nosotros… yo hice algo con mi vida.
Conrad se limitó a negar con la cabeza.
—No es tan sencillo para todo el mundo.
Levanté una mano para hacerlos callar. Había oído algo. Algo en la distancia, pero muy cerca. Cada vez más cerca.
Se me estremecieron las entrañas. Aquella sensación de alarma. Parecida a la que había experimentado al detectar el sello detonador. Pero esta vez venía acompañada por un olor creciente a azufre y por un frío que me helaba la carne y los huesos.
El silencio se convirtió en un zumbido ensordecedor. Y sentí una docena de ojos clavados en mí mientras me obligaba a sostenerles la mirada.
Las cabezas me observaban. No con ojos sin vida. No con aquel terror absoluto y petrificado. Sino con una amenaza al mismo tiempo ajena y terriblemente familiar.
—Ha pasado demasiado tiempo —dijeron al unísono, con unas voces que se fundían trémulas en una melodía horrenda.
—Cindy Giles —gorgoteó una sola cabeza, con una voz áspera como el papel de lija.
—Solo un poco más —anunciaron todas de nuevo al unísono.
—Estoy deseando volver a verte.
Las cabezas enmudecieron. Como si jamás hubieran pronunciado palabra alguna. Quizá no lo hubieran hecho. Conrad y Alex habían seguido con su discusión, ajenos a lo que yo acababa de oír y ver.
Pero sabía que no me lo había imaginado. Y reconocía la voz incorpórea y la voluntad que se ocultaban tras aquellas palabras de ultratumba.
Aunque no quisiera creerlo…
—¡Cindy! —gritó Conrad, y el sonido regresó a la habitación. Y, con él, los gruñidos guturales y babeantes de criaturas del Infierno.
Me volví hacia la entrada del túnel que conducía a la cámara y me encontré cara a cara con tres de los demonios rata de tantos años atrás. Los llamaba demonios rata, pero aquello era un insulto para las ratas.
Su piel, chamuscada como carbón, estaba salpicada de parches sarnosos y andrajosos de pelaje abrasado.
Sus garras amarillentas, afiladas como puñales, se agitaban de forma repulsiva mientras nos observaban con aquellos ojos rojos, fríos y ardientes a la vez, llenos de odio y hambre.
Sus colas escamosas, semejantes a las de una rata, se mecían de un lado a otro.
Como las de un gato irritado o un perro exultante.
Nos miraban sin pestañear. Depredadores e inmóviles. Se interponían entre nosotros y la única salida. Conrad y Alex no dijeron nada.
¡Oh, Luz Sagrada! De todos los momentos posibles para quedarme sin mi chispa, ¿por qué tenía que ser ahora?
Ahondé en mi interior, tratando de obligar a mi chispa a regresar. Rogándole que no permitiera que todo acabara de aquella manera. Que me dejara reducir aquellas monstruosidades a cenizas con la misma furia justa que las había incinerado tantos años atrás.
Pero no hubo respuesta. Solo un silencio siniestro y, acto seguido, un alarido bestial y desgarrador cuando las criaturas saltaron hacia delante.
Alex disparó sus dos pistolas. Las balas rebotaron sin causar daño en las cabezas y los pechos de los demonios antes de que estos aterrizaran delante de nosotros.
Alex rodó para apartarse mientras Conrad abría fuego con la escopeta.
Los perdigones de plata atravesaron el pecho de la rata.
Esta se detuvo y se examinó el torso mientras los perdigones silbaban sobre su carne demoníaca.
Entonces salieron expulsados, sin dejar siquiera una cicatriz.
—¡Falcie! ¡Cabrón tacaño! —maldijo Conrad mientras disparaba una y otra vez, sin resultado.
Dudaba que fuera culpa de Falcie. No todos los demonios eran vulnerables a la plata. Por eso los purificadores aún tenían trabajo. Lástima que yo ya no fuera purificadora.
—¡Cins! No sé si todavía puedes hacerlo, pero tienes que intentar algo —gritó Alex mientras detenía con el machete la garra de un demonio rata. La hoja ni siquiera hacía mella en la carne del demonio rata, mucho menos la cortaba.
Uno de los demonios esquivó a Conrad e intentó cargar contra mí. Conrad le dio la vuelta a la escopeta, la agarró por el cañón recalentado y la blandió como un bate, haciendo perder el equilibrio al demonio. ¡Resultaba que no necesitábamos a Brick!
El demonio alzó la vista hacia mí y gruñó. Vale, Brick sí nos vendría bien justo ahora.
Saqué un puñado de sal bendita de una bolsita que llevaba en el cinturón y se la arrojé al demonio. Su gruñido no hizo más que volverse más profundo y furioso cuando el sodio divino y resplandeciente cayó inútilmente por su hocico.
Retrocedí ante él, a punto de chocar con las cabezas cercenadas, mientras suplicaba a mi chispa que me perdonara. Que me dejara canalizarla. Que nos permitiera sobrevivir. Pero no llegó respuesta alguna.