Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 7. Túneles #2
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7. Túneles #2

Seguimos persiguiéndolo hasta que cesó el sonido de sus pisadas.

Frené en seco, resbalando, en una intersección de antiguos túneles.

Aquellos no se parecían ni a la alcantarilla de hormigón ni a la mampostería del viejo sistema de túneles.

Estaban excavados directamente en la roca.

Era un sistema de cuevas. Nos detuvimos para recobrar el aliento, esforzándonos por respirar en el aire a un tiempo frío y cargado de aquella caverna subterránea.

Mientras me orientaba y me recuperaba de la carrera, observé la cámara en la que nos encontrábamos.

Varios túneles serpenteaban hasta aquella intersección y desaparecían en la oscuridad.

Estaban tallados directamente en la roca.

Algo que habría resultado impresionante de no sugerir una posibilidad aterradora.

Casi podía sentir las vibraciones de la aprensión de Conrad.

—Estamos cerca. Tenemos que estarlo —susurró, mientras la ansiedad se desprendía de él como pulgas abandonando a un perro mojado.

—¿Cerca de qué? —cometió Alex el error de preguntar.

—De la Subciudad —siseó Conrad, a partes iguales emocionado y aterrorizado.

Alex se limitó a negar con la cabeza. Pero vi que mi amigo tenía miedo. Solo que no de los hombres rata.

—¿Alguien ha visto por dónde se ha ido? —pregunté mientras examinaba las entradas de las cuevas en busca de huellas o cualquier otra señal.

Alex negó con la cabeza.

—Quizá no deberíamos haber perseguido a un crío hasta las entrañas del subsuelo de la ciudad.

Apreté los dientes y me tragué una réplica. Sí. Quizá no había sido buena idea. Deberíamos haber dejado escapar al chico. Probablemente lo habíamos asustado y puesto en un peligro aún mayor.

Muy bien, Cindy Giles . Ayudando como de costumbre. ¡Ya!

Conrad apoyó una mano en una de las paredes de la cueva y examinó la roca.

No pude evitar un leve escalofrío. Era la misma formación rocosa en la que Steelbender había intentado enterrarnos vivos en la fortaleza de Dawi.

Aquel lugar resultaba inquietantemente parecido.

Como si lo hubiera tallado... un geomante.

—Este sistema de túneles es nuevo —dije—. Los cortes son demasiado limpios. No hay estructuras de soporte. Lo ha creado un geomante.

Conrad asintió.

—No hay polvo de perforaciones ni excavaciones. Magia. Sin duda.

—¿Magia de ratas? —preguntó Alex con un deje de burla.

Conrad lo ignoró.

—Cins, si tienen un geomante...

—Lo sé. Pero los geomantes rara vez son violentos. Podría tratarse de un proyecto de infraestructuras del Consejo o de una ampliación de los asentamientos enanos.

Conrad asintió, pero vi que no se lo creía.

—Una fosa común profanada, un elaborado intento de asesinato con fuego infernal y túneles excavados por un geomante bajo las profundidades de Hope City... —Alex fue enumerándolos con los dedos—. Y, para rematar, los demonios rata de Lilian...

Me mordí el labio. Si ya antes parecía que aquello nos venía un poco grande, ahora nos venía enorme.

—Chicos...

Conrad señaló uno de los túneles. Dirigimos las linternas hacia allí y luego hacia él, comunicándole sin palabras nuestra confusión. A mí me parecía un túnel normal.

—Apagad las luces.

A regañadientes, apagamos las linternas y miramos por el túnel. Contuve la respiración.

Había una tenue luz a lo lejos. Como una estrella distante en el cielo nocturno.

Pero, en vez de hermosa y cósmica, era lo que quienes nos dedicábamos a esto llamábamos ominosa.

A menudo, una luz en la oscuridad daba más miedo que las tinieblas interminables.

Al menos cuando de verdad no esperabas encontrarla.

Volvimos a encender las linternas.

—Así que nos dirigimos hacia la misteriosa luz de unos túneles tallados mediante magia mientras perseguimos a demonios rata y sectarios, ¿no? —preguntó Alex, resumiendo oportunamente nuestra misión.

—Eso viene a ser —dije antes de adentrarme en el túnel en dirección a la luz.

Lancé una mirada a Conrad, confiando a medias en que volviera a advertirnos contra aquella decisión y nos instara a marcharnos y conseguir que algún pez gordo corporativo resolviera el caso por nosotros. Pero guardó silencio.

Era demasiado tarde para retroceder. No después de habernos metido hasta ese punto. En sentido tanto metafórico como literal.

Sin decir nada más, avanzamos hacia la tenue luz con las armas preparadas.

No sabía qué encontraríamos allí. Con suerte, solo sería una sala de mantenimiento bien iluminada de algún proyecto de metro del Consejo abandonado.

No es que algún día fuéramos a tener nada parecido a un metro en Hope City.

Ni siquiera habían logrado que los trenes de superficie funcionaran desde los años noventa.

A medida que nos acercábamos, mantuvimos bajas las linternas y dejamos que la misteriosa luz se derramara por el túnel e iluminara nuestro destino.

El túnel nos condujo muy lejos y, cuando por fin alcanzamos la luz, esta era mucho más intensa de lo que podríamos haber imaginado. Prácticamente se vertía desde la sala como el agua de una presa reventada, formando una auténtica alfombra roja hasta lo que fuera que hubiera dentro.

Y, pese a mi inquietud y a la creciente sensación en mis entrañas de que algo iba mal, doblé la esquina y entré.

La luz repentina me cegó por un instante. Y ojalá solo hubiera sido un instante.

Unos focos iluminaban una amplia cámara que se elevaba hasta un techo abovedado, excavada en la roca del mismo modo que el túnel.

Pero, si bien las rocas del exterior estaban impolutas, aquellas se hallaban cubiertas de inscripciones rojas que me cuajaban el ácido en el estómago y hablaban de un mal inherente que anidaba en el corazón y el alma del universo.

Si había algo bueno en tener la chispa debilitada, era que ahora podía resistir una escena semejante.

Antes, la escritura y los rituales demoníacos me incapacitaban.

Su oscuridad y su malicia eran anatema para mi chispa, y estar cerca de ellos me exigía una fuerza de voluntad extrema incluso para poder funcionar.

Ahora podía moverme. Aún podía hablar y pensar. Mi chispa se limitaba a reaccionar ante aquella oscuridad insidiosa y metafórica encogiéndose todavía más. Pero, incluso sin ella, podía percibir la maldad de aquel lugar. Sospechaba que solo Brick podría estar allí y seguir dichosamente ajeno a ella.

Sin embargo, no era la escritura demoníaca de las paredes lo que de verdad me aterraba. Sino lo que había en el centro de la cámara.

Seis cabezas. Hombres y mujeres. Sus expresiones, atrapadas en un aterrorizado rigor mortis mientras gritaban en silencio, eternamente, pidiendo unos salvadores que nunca llegaron.

Sus ojos imploraban y acusaban a la vez.

Gritaban dentro de mi cabeza, suplicando clemencia.

Condenándome. Negándose a creer que estaban muertos.

Rogando que los salvaran. Suplicando que los curaran. Vivir. Vivir. No morir así…

Pero yo no podía. No podía salvarlos. No podía hacer nada. Todos habían muerto. Hasta el último de ellos, y yo no podía hacer nada.

—¡Cins!

Conrad me sobresaltó y el mundo enmudeció. Las voces de las cabezas cesaron. Volví a mirarlas y estaban calladas. Inmóviles, aunque seguían siendo macabras y aterradoras.

Quizá no fuera tan inmune a la maldad de aquel lugar como había creído.

Alex contemplaba la escritura con el ceño profundamente fruncido, grabándose en el rostro surcos de preocupación permanentes. Por lo general, él era el impasible. Estoico e inmutable. Para él, aquello equivalía a echarse a llorar.

Conrad me agarró del hombro y apretó mientras me miraba a los ojos. Su preocupación me tranquilizó hasta que empezó a hacerme sentir débil. Me zafé de su mano y volví la mirada hacia aquel despliegue.

—¿Un ritual de algún tipo? —pregunté—. No veo ningún círculo. ¿Quizá sea la propia cámara?

Conrad negó con la cabeza.

—No es un círculo perfecto. Es alargado. Y la escritura no sirve para invocar. Al menos, no demonios.

—Pues a mí me parece bastante demoníaca —añadió Alex.

—¿Qué dice? —pregunté.

Conrad clavó la mirada en la escritura roja hasta que se le enrojecieron los ojos y tuvo que parpadear para apartar de ellos lo que había visto.

—Es una profecía —dijo, y entonces la recitó de memoria. Típico de él entender aquella lengua oscura. Y, he de reconocerlo, tremendamente útil.

—La Prole de la Oscuridad heredará un mundo de fuego y sangre.

El Padre del Final vendrá y reparará los agravios de este Cataclismo.

Engendrará una nueva era. Una en la que los pobres, los maltratados y los oprimidos derrocarán a los opresores y a los embusteros de la pureza.

Y él se alzará como una bestia de entre las cenizas y el caos.

El mundo temblará. Los charlatanes, los ricos y los tiranos serán derrocados.

Y, entre oscuridad y fuego infernal, todos seremos iguales.

Cuando la voz de Conrad se apagó, la cámara volvió a quedar en silencio. Hasta que Alex soltó un bufido y negó con la cabeza.

—¿Así que provocarán el apocalipsis para llevar a cabo su revolución? ¿Y qué tiranos? El Consejo no puede oprimir a los kóbolds para impedir que roben los huevos del granjero Brown.

El ceño fruncido de Conrad daba a entender que la profecía no le parecía tan ridícula.

—La desesperación, el resentimiento, el odio…

son motivaciones todopoderosas. Conocí a personas que creían en cosas así.

Lo destruirían todo, incluso a sí mismas, si con ello consiguieran derrocar a su enemigo.

Y no deberíamos subestimarlas. Hubo un tiempo en que estuvieron a punto de apoderarse del país.

No sabía de qué época ni de quiénes hablaba Conrad. Hope City nunca había pasado por una revolución, ni siquiera por una tentativa. Pero podía estar hablando de Sudáfrica. Lo cual planteaba la pregunta de cómo había conocido a aquellas personas.