7. Túneles
Túneles
Nos reunimos con Alex junto al pozo. Los de Sanidad habían llegado y ya estaban metiendo los restos humanos en bolsas. Sin embargo, no lo bastante pronto para evitarle a Alex aquel espectáculo. Pese a su estoicismo, distinguí el leve temblor de sus brazos y aquella mirada ausente.
Los polis no nos pusieron trabas, pero tampoco se ofrecieron a ayudarnos.
Ya estaban desbordados. Como siempre. Sobre todo ahora que las necropandillas se estaban abriendo paso más allá de los suburbios.
¡Grietas! Y yo que pensaba que esta ciudad ya estaba mal hacía años.
En aquel entonces había sido prácticamente idílica.
Ahora, cada día parecía acercarnos más a una guerra civil dirigida por gánsteres.
Una parte de mí se preguntó si dejar con vida a monstruos como la Bestia de los Blue Downs no habría servido en realidad a un propósito superior: mantener a esos oportunistas señores de la guerra hundidos en el arroyo.
Sin corruptores ni asesinos en serie que acabaran con sus rivales más ambiciosos, las necropandillas no habían hecho más que crecer y crecer.
Y ahora los polis parecían dedicar más tiempo a sofocar disturbios y brotes de zombis que a investigar asesinatos en pleno Casco Antiguo.
Bueno, eso no cambiaba nada. Tampoco esperaba que los polis nos ayudaran en esta misión. Estaríamos solos los tres. Tendría que bastar.
Tal como esperaba, las bisagras de la verja que cerraba el acceso a las alcantarillas estaban en mucho mejor estado que los propios barrotes. Apenas chirriaron cuando Alex abrió la verja. Estaban engrasadas y bien cuidadas. Lo cual significaba que se usaban a menudo. Y no por los de Sanidad.
Le entregué a Alex una de las linternas que habíamos comprado mientras nos internábamos en la oscuridad.
Las runas escarificadas de sus brazos ya emitían un tenue resplandor verde y palpitaban de energía mágica.
Un rito ancestral que le otorgaba poder, agilidad y fuerza.
Había envejecido desde la última vez que lo vi, pero, con la magia recorriendo su tejido muscular, no creía que unas cuantas canas fueran a suponer un gran problema.
Conrad cerraba la marcha, abrazado a la escopeta como si fuera un osito de peluche. No creía que aquella actitud fuese sincera. Había visto a Conrad en acción y, aunque jamás se lo diría, era enormemente competente en un tiroteo.
Cuando la luz del exterior empezó a desvanecerse, encendimos las linternas e iluminamos aquel túnel ancestral.
El túnel estaba revestido de ladrillos toscamente cortados, pulidos por la humedad incesante y cubiertos por una fina película de agua y musgo.
Nuestros pies chapoteaban en agua que nos llegaba hasta los tobillos.
Por suerte, no parecía oler a aguas residuales.
El techo formaba un arco perfecto, testimonio de las maravillas de la ingeniería humana, siglos anteriores al hormigón moderno o a la geomancia.
Aquellos túneles eran antiguos. Del siglo XVII, en su origen.
Los había construido la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales para abastecer a los barcos con agua dulce de los manantiales subterráneos.
Ahora se entrecruzaban con la red de alcantarillado y otras infraestructuras más modernas.
Aunque buena parte de estas también había quedado obsoleta, pues la magia nos había proporcionado medios mucho más eficientes de eliminar las aguas residuales.
—La gente... —susurró Alex—. ¿Sabemos quiénes eran?
Negué con la cabeza antes de darme cuenta de que probablemente no podía verme.
—Percibí una vida dura. Traumas incluso anteriores a la muerte.
Continuamos en silencio, chapoteando suavemente por aquellas aguas someras y fangosas. Por fin, la interminable pared de ladrillo se interrumpió para revelar un agujero.
Alex se agachó y sacó un ladrillo del agua. Un montón de sus hermanos yacía en el suelo, entorpeciendo el lento fluir del agua subterránea.
—¿Un derrumbe? —preguntó Conrad.
—Más bien parece que alguien abrió una brecha —respondió Alex.
Desplacé el haz de la linterna por el agujero de la pared e iluminé un túnel de alcantarillado de aspecto más moderno, construido con cemento y hormigón en lugar de mampostería.
Aquellas paredes eran antiguas, pero no débiles. Quien... o lo que fuera... que hubiese abierto la brecha tenía que ser tan fuerte como Brick. Incluso más.
—A ver si lo adivino. ¿Vamos a meternos por el agujero? —preguntó Conrad.
Alex ni siquiera se dignó a responder. Salió del agua y entró en la sección moderna, relativamente más seca.
Esta parte del túnel era más reciente. Aunque tampoco nueva, claro. Probablemente del siglo XX. Una parte de la infraestructura de la ciudad que llevaba décadas en desuso.
Al menos, eso creíamos.
El túnel desembocaba en una sala de techo más alto de la que partían otros túneles. Y, en aquella estancia más amplia, agonizaban las brasas de una vieja hoguera.
Pero no era solo eso. Conrad se colocó a mi lado y, bajo la luz de nuestras linternas, que rebotaba por toda la sala, vi en su rostro una indisimulada mezcla de repugnancia y tristeza.
Alrededor de la hoguera moribunda había sacos de dormir mugrientos, bolsas de plástico rotas, montones de cigarrillos apurados hasta el filtro y botellas de cristal hechas añicos.
Muchas botellas de cristal hechas añicos.
El aire apestaba a alcohol acre y tabaco mezclado con hierba seca y todo un surtido de sustancias perniciosas.
Y, como siempre, aquel olor penetrante y pútrido a azufre.
Había gente viviendo allí abajo. Y, por la sangre que manchaba los sacos de dormir, el hedor demoníaco del ambiente y los jirones de tela y trozos de carne esparcidos a nuestro alrededor, sospeché que habíamos encontrado el lugar donde nuestras víctimas habían hallado su fin.
—Pobres almas —murmuró Conrad, con una melancolía que parecía sincera. Rara vez sonaba sincero. Al menos conmigo. Pero, en momentos así, dejaba entrever una profunda empatía. Aparté la mirada tanto de los sacos ensangrentados como de Conrad.
Alex contemplaba en silencio las pertenencias ensangrentadas de unas personas que habían tenido muy poco y que lo habían perdido todo a manos de unas bestias sedientas de sangre.
Pese a su silencio, vi en sus ojos que aquello se había convertido en algo más que una venganza por la destrucción de su bar.
—Cazaremos a los cabrones que hicieron esto —murmuré, apretando los puños.
Alex apartó la mirada de la escena. A diferencia de la mayoría, aquel acto de horror no lo amedrentaba.
Le infundía valor. Reafirmaba la determinación de todos nosotros y hacía aún más importante que detuviéramos a quienquiera que hubiese hecho aquello.
Algo chapoteó en la oscuridad. Los tres nos volvimos en redondo y apuntamos las linternas en la misma dirección.
Un muchacho aterrorizado, tocado con un gorro de lana comido por las pulgas y vestido con una chaqueta de lona remendada con bolsas negras, nos miraba fijamente.
Con los ojos muy abiertos, muerto de miedo.
Sus mejillas hundidas recordaban a las de un zombi en descomposición, pero la vida desesperada de sus ojos revelaba la verdad. Hacía una eternidad que no comía.
Levanté una mano para indicarles a Conrad y a Alex que retrocedieran. Ambos permanecieron en silencio.
—No estamos aquí para hacerte daño —le aseguré al chico, intentando imprimir a mi voz toda la dulzura posible—. ¿Cómo te llamas?
Se quedó mirándome. Tenía los ojos inyectados en sangre y el cuerpo paralizado.
No podía saber hasta qué punto estaba delgado bajo aquella chaqueta.
Le daba más volumen. Lo mantenía relativamente caliente.
Con tan poca grasa corporal, probablemente la necesitaría incluso durante un día de verano en la superficie.
Di un cauteloso paso hacia delante. El chico no se movió. Ni siquiera podía imaginar qué le pasaba por la cabeza.
¿Qué había visto allí abajo, en aquellas oscuras profundidades? ¿Eran las víctimas su familia? ¿Sus amigos? ¡Grietas! ¿Había sobrevivido a aquella matanza?
—No vamos a hacerte daño —repetí, tratando de imitar a Stephanie y de lograr que mi voz sonara lo más suave e inofensiva posible—. Quiero ayudarte. Soy sanadora. Somos los buenos.
No se movió. Ni siquiera parecía respirar. Había surgido de la oscuridad y no llevaba ninguna luz. Titán sabía cuánto tiempo habría pasado vagando por aquellos pasadizos a oscuras. ¿Qué horrores había afrontado para verse arrojado a un Vacío tan insondable?
Lentamente, tendí una mano hacia el chico, aunque todavía nos separaba bastante distancia. La esperanza empezó a crecer en mis entrañas cuando dio un paso hacia nosotros. Extendió la mano...
Y entonces se volvió y echó a correr, desapareciendo como un fantasma en la oscuridad.
Me volví hacia Conrad y Alex, conmocionada. Sus rostros reflejaban mi misma angustia. Y, como si nuestros reflejos de perseguidores hubieran tomado el control, salimos tras él.
Quizá no deberíamos perseguir a un chico joven y traumatizado por las alcantarillas. Pero era nuestra mejor pista sobre lo ocurrido. Y aquel no era lugar para que viviera alguien de su edad. Ni nadie, en realidad.
Debía estar con personas que se preocuparan por él. Quizá en Heiligslicht. O en otro orfanato. O, mejor aún, con algún familiar vivo en la superficie. Si es que lo tenía.
Oí chapoteos en la oscuridad mientras el chico corría por los túneles, se desviaba por pasadizos serpenteantes y nos conducía cada vez más hondo bajo tierra.
—¡Solo queremos ayudarte! —grité túnel abajo entre jadeos. Pero el chico no se detuvo.