6. Armas
Armas
La única posesión que había sobrevivido al infierno era la moto de Alex, que estaba aparcada junto a la acera. Desapareció calle abajo, dejándonos a Conrad y a mí obligados a volver a empezar de cero.
—El alijo de Alex seguramente solo tenga material suficiente para él. Lo que significa que... necesitamos armas —dijo Conrad, metiéndose las manos en los bolsillos manchados de barro—. Por no hablar de linternas.
Suspiré.
—Lo sé, lo sé. ¿No tendrás tu propio alijo, por casualidad?
Conrad negó con la cabeza.
—Vendí mi última pistolita para pagar el alquiler.
Chasqueé la lengua, irritada.
—Y, por cierto, ¿adónde fue a parar tu parte del dinero de Dawi? ¡Grietas! No me digas que intentaste invertirlo en oro de leprechaun o en alguna estupidez por el estilo.
—¡Esos leprechauns pagan dividendos, Cins! Ya lamentarás no haber hecho caso de mis consejos de inversión.
—Sí, claro.
Sopesé nuestra situación y volví a suspirar.
—Tengo dinero. Yo financiaré esta cacería.
Conrad frunció el ceño. No le gustaba. Se suponía que cada uno de nosotros debía correr con sus propios gastos.
Y sabía que yo no quería gastar el dinero de Tom.
Ni tocar aquel dinero que simbolizaba su muerte.
Pero, si había alguien ahí fuera que nos quería muertos y ya había matado al menos a media docena de personas para llegar hasta nosotros, no podía dejarme llevar por mis insignificantes sentimientos de culpa.
Recorrimos unas cuantas calles y nos detuvimos frente a un almacén reconvertido en tienda. Sin ventanas. Pintura gris. Y una única puerta en la parte inferior. Cerrada a cal y canto. Parecía más un búnker que un comercio. Pero la seguridad era importante en esa clase de negocio.
Conrad pulsó el timbre y esperó. Una luz roja se encendió sobre la puerta mientras una cámara enfocaba nuestros rostros.
La cerradura eléctrica de la puerta de seguridad emitió un chasquido, seguido de un leve tintineo cuando se desactivaron las protecciones mágicas, y entramos en el Emporio del Matamonstruos del Casco Antiguo.
La tienda donde cazadores de bestias, exorcistas y exterminadores de monstruos podían encontrarlo todo.
Ya había estado allí varias veces con el equipo.
Tenía todo lo que podía necesitar un cazador de monstruos, desde armas y munición hasta chalecos antibalas y pergaminos de batalla.
Eso sí, era caro. Para la mayoría de las cosas, salía más a cuenta acudir a un traficante de poca monta o a un encantador.
Pero nada superaba la comodidad de encontrar bajo un mismo techo todo lo necesario para matar.
La zona de venta estaba iluminada por fluorescentes que alumbraban expositores de chalecos antibalas, chalecos tácticos, uniformes de camuflaje de pega, armas de combate cuerpo a cuerpo e incluso provisiones de carne seca y aperitivos azucarados para las vigilancias largas.
—¡Conrad! ¿Ya has terminado de pagar ese viejo coche inkunkuma ? ¿Listo para comprarte armas de verdad?
Un anciano de piel oscura, pelo blanco y parche en el ojo salió cojeando de detrás del mostrador, apoyado en un bastón. Por el golpe sordo que producía al caminar y las junturas visibles en la caña, deduje que ocultaba algún tipo de hoja.
—Hola, Falcie —lo saludó Conrad, con voz ya agotada.
Por lo general se mostraba más entusiasta al tratar con la gente. Había sido una mañana larga. Y aún nos esperaba un día más largo todavía.
Falcie se acercó arrastrando los pies y nos tendió la mano. Conrad se la estrechó. Yo hice lo mismo. Reparé en que Falcie llevaba un uniforme caqui debajo de un chaleco táctico. Reconocí el diseño.
—¿CDF? —pregunté.
Falcie sonrió.
—Cuando serví, no existía la CDF. Y en cuanto a para quién serví, prefiero dejarlo en el pasado. Ahora dejo que otros combatan a los verdaderos monstruos.
—Y ganando un buen dinero con ello, cabría añadir —intervino Conrad.
Falcie se echó a reír.
—¿Y usted no, señor Khoi? ¿Qué tal va el negocio de cazar monstruos? No me diga que esos novatos de las agencias lo están expulsando del mercado.
—Voy tirando, como siempre, señor Mpembe. Yo estaba aquí antes que las agencias y seguiré aquí mucho después de que desaparezcan.
—Ojalá pudiera decir lo mismo.
Falcie se hizo crujir la espalda.
—Pero mi cuerpo ya no es lo que era. Estoy pensando en cerrar pronto. En venderles mis existencias a esos nuevos proveedores.
Sentí una punzada de tristeza. Parte de ella, comprendí, procedía de la mota que ahora era mi chispa.
Falcon «Falcie» Mpembe era toda una institución. Pero incluso él estaba envejeciendo. Pasando página. El mundo cambiaba. Las cosas se desvanecían.
No había nada realmente trágico en ello. Así funcionaba el mundo. Pero siempre había algo que lamentar en el envejecimiento y la desaparición de las cosas. En el momento en que los últimos vestigios de una era pasada se desvanecían por fin.
—Ojalá pudiéramos quedarnos charlando, Falcie —prosiguió Conrad—, pero tenemos un trabajo urgente.
La expresión de Falcie se endureció. Ahora iba al grano.
—¿Qué puedo hacer por vosotros?
—Necesitamos armas y linternas. Potentes.
—¿Una cacería nocturna?
Conrad negó con la cabeza.
—Los túneles.
A Falcie se le iluminaron los ojos.
—¿Por fin vais a llevar la lucha a la Subciudad?
¡Grietas! ¿Qué les pasaba a aquellos veteranos, tan empeñados en darles su merecido a los habitantes de una ciudad de hombres rata que, por lo que yo sabía, no se metían con nadie?
—No —declaré—. Demonios, lo más probable.
Y sus sectarios humanos. Pero esa parte me la callé.
—Necesitaréis balas de plata. Armas con encantamientos de purificación. Por un pequeño suplemento, puedo incluir una granada de mano santa.
—No intentes vendernos extras, Falcie. Tenemos prisa.
Falcie suspiró y luego sonrió.
—Tengo una escopeta y un montón de perdigones de plata. Los cartuchos los ha bendecido un purificador como usted, señorita Giles.
No tenía fuerzas para corregirlo. Ya no era purificadora. Pero las viejas reputaciones tardaban mucho en morir.
—¿Algo más? —preguntó Conrad—. Necesitaremos más que una escopeta.
—¿Te consideras un espadachín? A los jóvenes de hoy les encantan las espadas encantadas. Tengo una docena en la trastienda.
Conrad torció el gesto.
—¿Y manchar de sangre estos pantalones ya cubiertos de barro? No, gracias. ¿Algo más?
—Una pistola. Pero no me quedan balas de plata para ella.
Conrad frunció el ceño.
—Tendrá que servir.
Seguimos a Falcie hasta el mostrador y, de camino, pasamos junto a varios chalecos antibalas. Eran sencillos. Kevlar con placas metálicas delante y detrás. Podían detener una bala y, con suerte, la garra de un demonio rata.
—Añada también estos, por favor —dije.
Conrad hizo una mueca al verme gastar, pero yo sabía que tenía dinero suficiente. Al fin y al cabo, llevaba años ahorrándolo. Y apenas había gastado un céntimo.
Y, por mucho que estuviera resentida con Conrad por todo lo que había hecho y dejado de hacer, no quería verlo herido. Un chaleco antibalas era lo menos que podía proporcionarle para que ambos saliéramos con vida del oscuro laberinto que se extendía bajo nuestros pies.
Conrad y yo cogimos los chalecos del expositor y los dejamos sobre el mostrador, mientras Falcie desaparecía en la trastienda para buscar las armas. Mientras esperábamos, Conrad envió un mensaje a Alex para decirle que se reuniera con nosotros en la entrada de las alcantarillas.
Alex se llevaría una buena impresión cuando viera aquel espectáculo sangriento en el foso. Pero, con suerte, eso agilizaría la explicación de la urgencia de nuestra misión. O de su importancia.
—¿Estás preparada para esto, Cins? —preguntó Conrad en voz baja mientras esperábamos a que Falcie regresara.
Estuve a punto de asentir por puro instinto, pero me contuve.
¿Lo estaba? Sin chispa. Con una única arma entre los dos capaz siquiera de hacerle un rasguño a un demonio.
Contra algún que otro poseedor o engendro, confiaba en nuestras posibilidades.
Podríamos retrasarlos lo suficiente para practicar un exorcismo utilizando la línea wey local.
Pero ¿contra un demonio rata y su colección de aspirantes a satanistas?
Todo lo ocurrido en los últimos siete años, desde que asaltamos la fortaleza de Dawi, había sido un juego de niños. Un pasatiempo con el que matar las horas antes de que la dicha de la bebida y el sueño me ofreciera cierto alivio del anhelo que sentía por un hombre desaparecido mucho tiempo atrás.
¿Estaba preparada para volver a enfrentarme a algo real? ¿A algo que importaba?
La verdad era que daba igual. No tenía elección. Porque, si quedaba algo de Lilian en este mundo, tenía que destruirlo. Tenía que terminar mi misión.
Falcie regresó con nuestras armas antes de que pudiera responder a Conrad. Pero creo que él ya conocía mi respuesta. Y para él era la misma.
En realidad, ya no teníamos elección. Estar preparados era un lujo por el que no podíamos permitirnos preocuparnos.