Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 4. Bar
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Hacía una eternidad que no veía a ningún otro miembro de El Reckoning.

En alguna ocasión me había parecido ver a Alex y a Gibbs.

Pero o estaban demasiado lejos o solo eran personas que se les parecían.

Lo más probable era que no hubieran sido más que alucinaciones engendradas por mi mente confusa y anhelante.

Tampoco había visto ni rastro de Brick. Desde que se había convertido en el nuevo kan de la Horda de Ogros del Sur, ya no residía en Hope City.

Y ni siquiera mis delirios habían llegado al extremo de hacerme alucinar con aquel bruto gigantesco así, de la nada.

Debería haberme esforzado por ver a mis antiguos camaradas.

Pero, después de la muerte de Tom…, todos se habían dispersado.

Él había sido el pegamento que mantenía unida a nuestra pequeña panda de inadaptados.

Y, sin él, todo se había desmoronado. La gran ironía era que, sin Tom, el único miembro del grupo con quien de verdad conservaba algún vínculo era Conrad.

El hombre que le había enseñado a Tom precisamente aquello que había causado su muerte.

Pero ahora que estaba a punto de volver a ver a Alex, no podía evitar sentirme nerviosa y emocionada a la vez.

¡Aquello era prácticamente un reencuentro!

Y lamentaba no haber buscado antes a mis viejos amigos.

Bueno, estar perdida en mi propio Vacío no me había dejado muchas ganas de ver caras amigas.

Ni ninguna clase de cara, ya puestos. A pesar de mi resentimiento hacia Conrad, la parte más racional de mí le agradecía que me hubiera dado una razón para seguir despertándome cada mañana.

De lo contrario, no sé qué habría sido de mí.

A Alex le había ido bien gracias a la recompensa que Adam Dawi le había pagado después de que lo salvara de los agentes de Goldfield y de sus mercenarios chalados. Había comprado un edificio de ladrillo visto en pleno Casco Antiguo y lo había convertido en uno de los bares de moda del distrito.

Antes de entrar, me detuve a contemplar boquiabierta el negocio de Alex. Sobre la marquesina de chapa ondulada había un letrero que parecía representar un abrigo en llamas y un hacha de fuego.

The Fire Joint.

Y solo podía llevar ese nombre por Tom.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y me sequé la cara antes de que Conrad pudiera verlas. Después lo seguí al interior.

El bar estaba tranquilo a aquellas horas de la mañana.

Las sillas se apilaban sobre las mesas, montones de vasos descansaban a buen recaudo en los estantes de detrás de la barra y los grifos estaban cerrados con llave y cubiertos con fundas de plástico.

El viejo suelo de madera, revestido de una capa protectora de laminado, estaba impoluto.

Un hombre conocido barría el suelo, ya de por sí inmaculado, aferrando la escoba más como una lanza que como un utensilio de limpieza. Tenía la expresión de alguien sumido en sus pensamientos, como si limpiar no fuera para él sino otra forma de meditación.

Llevaba los brazos desnudos cubiertos de rúnica escarificada y se había dejado crecer el pelo hasta formar un afro corto, que empezaba a encanecerle por los bordes. También se había dejado crecer la barba de varios días. Resultaba extraño verlo con delantal en vez de chaleco táctico.

Pero, pese a aquellos cambios superficiales, seguía siendo el mismo Alex. A pesar de las nuevas arrugas y del cansancio, no había envejecido ni un solo día. Al menos para mí.

—Estamos cerrados —comentó Alex sin mirarnos, mientras barría suciedad microscópica hasta formar un montón invisible.

—Barrer a estas horas de la mañana es propio de un hombre que aún no se ha acostumbrado a los hábitos de sueño de la gente corriente —respondió Conrad.

Sobresaltado, Alex alzó la vista hacia nosotros y se le iluminó la cara. Soltó la escoba y prácticamente se abalanzó sobre los dos para envolvernos en un abrazo formidable. Por su intensidad, casi parecía cosa de Brick.

—¡Conrad! ¡Cins! Por las Grietas, el Titán y Jack Daniels , no os veo desde hace…

Nos soltó mientras hacía cálculos en silencio. No pareció reparar en las manchas de barro de los pantalones de Conrad. O tuvo la suficiente educación para no mencionarlas. Seguramente esto último.

—¡Años! —concluyó—. Desde que intentaste convencerme de que avalara tu préstamo…

Fue sutil, pero Conrad se sonrojó un poco. ¡Luz Sagrada! ¿Qué hacía pidiéndole ayuda económica a Alex? Podría habérmela pedido a mí. Probablemente le habría dicho que no, pero debería haber preguntado.

Alex me miró y su sonrisa se marchitó un poco.

—Cins…, ha pasado demasiado tiempo. La última vez que te vi…

Asentí con rigidez.

—En el funeral de Tom.

Alex bajó la mirada y dejó que un silencio sombrío se cerniera sobre nuestro pequeño reencuentro. No pude evitar sentir una punzada de culpabilidad por haber provocado semejante bajón en el ambiente.

Esbocé una sonrisa a la fuerza.

—Creo que en el último minuto has dicho más palabras que durante todos los años que te conocí, Alex. ¿Trabajar de camarero te ha soltado la lengua?

Se rio.

—Tampoco era tan callado. Pero sí. Este es un negocio social. Hay que dar conversación para que los bebedores sigan bebiendo.

Conrad resopló.

—Díselo al dueño de El Gravekeeper. No ha dicho ni una palabra desde que abrió el Vórtice.

Alex volvió a reírse. Una risa espontánea. Había recuperado el buen humor. ¡Bien! No convenía que nuestro reencuentro estuviera marcado por tanta tristeza del pasado. Ya habría tiempo de sobra para que la desesperación se filtrara en él.

—El tipo de El Gravekeeper no está mal. Es buena gente. Habla cuando lo considera necesario. De hecho, me ayudó a montar este sitio. ¡Pero no querréis hablar de negocios! ¿Habéis hablado con Brick? ¿O con Gibbs? No me dirige la palabra desde que lo eché de una actuación que arruinó el año pasado.

Se inclinó hacia nosotros, apoyándose en la escoba.

—Y la arruinó literalmente volándolo todo por los aires. Creyó que podía encargarse él mismo de la pirotecnia con unos pergaminos de explosión y fuegos artificiales suministrados por gremlins. ¡En un espacio cerrado!

—Gibbs está disfrutando del mundo del espectáculo —dijo Conrad—. Tiene varias actuaciones fijas en Long Street. Ni idea de cómo. La última vez que supe de Brick, había perdido el kanato.

—¡¿Qué?! ¿Brick… Brick está muerto? —exclamé. Era la primera noticia que tenía.

Conrad negó con la cabeza, pero Alex se adelantó.

—No está muerto. Yo también me enteré. Por lo visto, perdió el kanato ante el hijo del Kan Oscuro. En una partida de backgammon.

Conrad resopló.

—Ni siquiera sabía que Brick supiera jugar al backgammon.

—No sabe. De ahí que perdiera —añadió Alex—. Pero sospecho que se aburrió y quiso pasar a otra cosa. Le mandé un mensaje para invitarlo a celebrar su libertad en el bar, pero nunca me contestó. Esperaba que vosotros supierais algo más.

El pánico que había sentido al pensar que Brick había muerto se desvaneció. Perder el poder absoluto en una partida de backgammon era muy propio de Brick. ¡La política de los ogros nunca dejaba de sorprenderme! Pero Brick era tan inmutable como…, bueno, como un ladrillo.

Alex guardó silencio y miró por encima de nuestros hombros hacia la puerta principal, ahora cerrada. Apoyó la escoba contra la barra y se frotó las manos en el delantal.

—Por mucho que agradezca este reencuentro, te conozco, Conrad Khoi. No llamas a la puerta al amanecer solo para recordar viejos tiempos. ¿A qué debo el placer de esta visita?

—Necesitamos armas —soltó Conrad. Sin preámbulos ni explicaciones.

Puse los ojos en blanco. Alex hizo lo mismo.

—Esto no es una armería, jefe.

Conrad se quedó mirándolo sin decir palabra hasta que a Alex le tembló un ojo y suspiró.

—Seguidme.

Quien es cazador una vez, lo es para siempre. Conrad había hecho bien al venir aquí. Aquello lo acepté, aunque a regañadientes.

Alex manipuló un pestillo del mostrador y abrió una portezuela que nos permitió pasar al lado de trabajo de aquel altar del desenfreno.

La zona de detrás de la barra estaba asombrosamente limpia.

No había derrames ni superficies pegajosas, ni siquiera cubitos de hielo derretidos.

Alex llevaba el negocio con mano firme. Los vestigios de mi antiguo yo, puro y obsesionado con la limpieza, quedaron impresionados.

—Entonces, ¿qué clase de presa buscáis? —preguntó Alex, trasteando con un llavero mientras nos guiaba por la larga barra hacia una puerta blanca situada al fondo del local.

¡Aquel sitio era enorme! Más que un pub, parecía una discoteca.

La clase de sitio por cuya entrada Stephanie, Sarah y Kabo habrían matado, metafóricamente hablando, cuando eran más jóvenes.

La pregunta de Alex sonó puramente pragmática, aunque encerraba un atisbo de interés personal y sincero.

Pese a haberse retirado de aquella vida, alguna parte de él debía de ansiar volver a apretar el gatillo.

Nos habíamos convertido en cazadores por una razón.

No era algo que pudieran arrancarnos sin más.

Aunque nos armaran con una escoba o un maletín.

—Hombres rata —contestó Conrad con gesto impasible.

—¡Demonios rata! —lo corregí.

Alex se volvió hacia Conrad.

—¿De verdad crees que hay hombres rata debajo de la ciudad?

—Sé que los hay —respondió Conrad con firmeza.

Alex me lanzó una mirada y, cuando Conrad no estaba mirando, se hizo círculos con un dedo junto a la sien mientras articulaba una palabra sin emitir sonido:

—Chiflado.

Reprimí un resoplido de diversión e intervine para aclararlo.

—Buscamos un demonio rata. Puede que varios. ¿Recuerdas aquellos demonios rata contra los que luchamos cerca de El Gravekeeper?

Alex frunció el ceño.

—¿Hace ocho años?

Asentí.

—¿Las ratas de Lilian?

Vacilé, pero volví a asentir.