Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 3. Desayuno
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3. Desayuno

Desayuno

Conrad y yo nos aseamos en los baños de una cafetería cercana. Esperaba que no les importara que gastase todo el jabón de manos. Ni todas las toallitas de papel. Ni que hubiese dejado los suelos perdidos de barro y sangre...

Me aseguraría de dejar una propina generosa.

Desayunar con Conrad no era precisamente mi idea de pasarlo bien. Solía empeñarse en hablar sin parar. Peor aún era cuando esperaba que le respondiera.

Pero tenía razón. Esta vez. Necesitaba comer algo.

Y mucho más café para desterrar los últimos vestigios de la resaca.

Tampoco me vendrían mal unos huevos con beicon.

Resultaba que tenía más hambre de la que creía, incluso después de la truculenta escena de aquella mañana.

Bueno, me había acostumbrado a lo truculento. Muchísimo más de la cuenta.

Me sequé las manos con la última toallita de papel, absorbiendo con cuidado la humedad entre todos los dedos, antes de arrojar con cierto remordimiento aquel trapo empapado a la papelera.

Sentí una leve punzada de familiaridad en lo más profundo de las entrañas.

Hacía siglos que no me limpiaba con tanto esmero.

Bueno, meter los brazos hasta los codos en un torso descuartizado haría que cualquiera se tomara en serio la higiene personal.

Salí del baño y vi que Conrad ya se había sentado en un reservado junto a una ventana que daba a los surtidores de gasolina.

Quienquiera que hubiese diseñado aquella gasolinera con cafetería debía de ser ciego, porque había orientado las ventanas en dirección contraria a Table Mountain, asegurándose así de que, mientras comíamos, no tuviéramos otra cosa que contemplar aparte de los viajeros matutinos y los agotados empleados de la gasolinera.

Sí, la Ciudadela podía ser una monstruosidad, pero el resto de la tumba de El Titán, en todo su esplendor natural, era capaz de alegrarme el día hasta a mí.

Conrad estaba sentado en un rincón del reservado, con el rostro oculto tras un periódico que habían dejado en la mesa. No sabía si era un ejemplar gratuito o si se lo había dejado algún cliente anterior. Por las manchas de café de la portada, sospechaba que era lo segundo.

Dejé vagar la mirada distraídamente por los titulares mientras una camarera se acercaba a servirnos café. Conrad debía de haberlo pedido mientras yo me aseaba.

—Os dejo un minutito, cielo.

La camarera sonrió y yo me obligué a devolverle algo parecido a una sonrisa. Conrad bajó el periódico para saludarla. Había dejado la americana en el coche. No había forma de quitarle el barro. Con los pantalones tampoco se podía hacer gran cosa. Al menos, las manchas estaban por delante.

Volví a fijarme en el periódico. Nueva Sintar y Nueva Zelanda volvían a estar a la greña, y Goldfield libraba una guerra fronteriza con el Imperio Zulú por unos territorios de lo que en otro tiempo había sido Mozambique.

Más de lo mismo. Al menos, el estadio de Newlands volvía a estar operativo después de que un enjambre de abejas gigantes decidiera instalarse allí durante unos meses.

Drakenbane por fin las había desalojado.

No pude evitar preguntarme cómo le habría ido a El Reckoning. Tom habría acabado con ellas en un santiamén. Incinerar bichos siempre había sido su especialidad.

Me descubrí sonriendo, sincera pero discretamente, cuando regresó la camarera. Conrad dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa. Yo borré la sonrisa de mi rostro.

—¿Ya sabéis qué vais a pedir, cielos?

Conrad le dedicó a la camarera su sonrisa más deslumbrante, blanca como el papel y llena de dientes.

—Gracias, señora. Sí. ¿Cins?

Le hice un gesto para que pidiera primero. Y para que pidiera por mí. Para mí, la comida no era más que calorías últimamente. No quería desperdiciar capacidad mental eligiendo qué combustible quemar. Prefería limitarme a quemarlo.

—Tomaremos dos desayunos clásicos. Pan blanco para las tostadas. El beicon, crujiente. ¡Y los huevos! Mmm... Para mí, fritos. ¿Tú aún los quieres con la yema sin cuajar, Cins?

Mascullé una respuesta absurda.

—Revueltos, entonces.

Mierda. Debería haber dicho algo.

—¿Y queréis algo más de beber? —preguntó la camarera mientras anotaba los detalles a toda prisa en su libretita.

A Conrad se le iluminaron los ojos como a un niño.

—Un batido de fresa. Con nata montada y lacasitos de chocolate.

Hay que reconocer que la camarera ni siquiera pestañeó al oír a aquel hombre adulto pedir semejante bebida.

—¿Quieres uno? —preguntó Conrad—. ¡Invito yo!

Negué con la cabeza.

—Yo ya soy bastante dulce.

Conrad se encogió de hombros.

—Eso es todo. ¡Gracias!

La camarera guardó la libreta y se marchó a tramitar nuestros pedidos.

Por suerte, Conrad no intentó entablar conversación conmigo, como solía hacer. Volvió a coger el periódico y siguió leyendo. Eso me dio tiempo para pensar.

¿De verdad podía ser que lo que había matado a aquellas pobres personas fueran los mismos demonios rata que habían pertenecido a Lilian?

Él solía tenerlos como mascotas, disfrazados de ratas auténticas.

Eran unas criaturas siniestras que vivían en su traje de tweed y entraban y salían reptando por las mangas y los bolsillos.

El hecho de que, en realidad, fueran demonios sedientos de sangre hacía que el recuerdo resultase aún más espantoso.

Probablemente los demonios rata no fueran exclusivos de Lilian.

Sin duda, había infinitas versiones de aquellas alimañas por todo el Entremedio.

La pestilencia, el hambre, las plagas y la hambruna abundaban en los reinos de aquel multiverso infinito, y eso era cuanto necesitaba un demonio así para formarse.

Los demonios eran, en esencia, subproductos de la existencia.

Cuando se crea algo, ya sea físico o mental, en algún lugar se forma un demonio.

Por lo general, en un reino demoníaco. Un reino que no obedecía las leyes de la física.

Un plano casi inmaterial donde lo imposible era ley.

Y, la mayoría de las veces, hasta esa ley se quebrantaba.

No todos los demonios eran malos de por sí.

Puesto que cada aspecto de la creación y de la existencia tenía su equivalente demoníaco, también tenía que haber demonios buenos.

O, en su mayoría, simplemente neutrales.

Pero no se solía oír hablar de los buenos.

Porque no eran ellos a quienes unos imbéciles megalómanos invocaban en la Tierra para utilizar su poder destructivo con el fin de saldar deudas y consumar venganzas.

Eso me hizo volver a pensar en Lilian. Había sido uno de esos idiotas y había intentado invocar en el mundo a un poderoso archidemonio de pura furia y carnicería. Por su arrogancia, acabó engullido de un solo bocado.

Pero empezaba a sospechar que todo aquello había formado parte de su plan.

O quizá no. No estaba segura de que Lilian hubiese tenido nunca un plan de verdad. Había sido como un perro persiguiendo coches. Tal vez lo único que esperaba era que se produjera una colisión.

Desde que salvé Hope City de la lamentable afición de Lilian, había perfeccionado mi oficio junto a Conrad.

Había luchado contra un montón de demonios de todas clases.

Los suficientes para reconocer los patrones y descubrir qué los movía.

Muchos eran meras bestias voraces. Criaturas simples con deseos simples.

Casi siempre relacionados con matar y comer.

Los demonios rata eran así. No hablaban. Al menos, no en una lengua que yo pudiera oír o entender. Pero habían sido leales a Lilian. Hasta el extremo. Y él tenía a incontables criaturas de esas bajo su mando, royendo sin cesar los cadáveres de sus víctimas y devorándolos.

La última vez que me había enfrentado a ellos, había podido aniquilarlos con mi chispa de purificación. Aquella energía limpiadora era antitética a su esencia demoníaca, y fueron desterrados. Por completo y para siempre.

Pero, sin mi chispa, eso ya no era una opción.

Aunque eso no me había impedido matar demonios durante los últimos siete años.

Había perdido mi poder natural, pero lo había compensado con ingenio y unos conocimientos enciclopédicos sobre los demonios y cómo matarlos.

Conrad aportaba buena parte de esto último.

Desde bolsas llenas de pergaminos hasta virotes de purificación, rituales de destierro o círculos de protección, pasando por tarros de sales sagradas, pulverizadores de agua bendita e incluso las controvertidas granadas de varillas de incienso.

No eran polémicas porque no funcionasen.

¡Claro que funcionaban! Pero muchos consideraban un tanto sacrílego lanzar manojos de algo que debía ser sagrado.

Aunque no podía ser más sacrílego que meter agua bendita en un pulverizador.

Al principio, no sabía qué pensar de aquellas herramientas para matar demonios. Eran, en esencia, mis poderes reducidos a su forma básica y vendidos en tiendas especializadas a cualquier profesional chiflado con una cartera lo bastante abultada. Me hacía sentir un poco ridícula.

Pero ahora que era yo quien utilizaba esas herramientas, no me quedaba más remedio que convertirme en su mayor defensora.

Oí un crujido cuando Conrad dejó el periódico, acompañado del aroma celestial del beicon, los huevos y las salchichas de cerdo del desayuno. Por primera vez en muchos meses, me rugió el estómago.

Conrad sonrió cuando recibió el batido y se bebió la mitad, al parecer de un solo trago, antes siquiera de tocar la comida.

Puse los huevos revueltos, que dejaban bastante que desear, sobre la tostada junto con unas lonchas de beicon y me lo comí todo como si fuera un sándwich, antes de lanzarme sobre las salchichas y el resto del beicon.

Ni de lejos era comparable a lo que comíamos cuando éramos El Reckoning.

Las hamburguesas y pizzas a altas horas de la noche se habían convertido para nosotros en un manjar durante nuestras cacerías nocturnas.

Estoy casi segura de que éramos nosotros quienes manteníamos en funcionamiento el sector de la comida rápida después de medianoche.

Pero, aun así, aquello sabía al cielo y a Shangri-La juntos.

Después de terminarme el sándwich y beberme lo que quedaba del café, el resto de la resaca desapareció en el Vacío, que era donde le correspondía estar. ¿Quién necesitaba magia curativa teniendo comida grasienta y cafeína?

Conrad se terminó el batido, ofreciéndome algunos lacasitos de vez en cuando, y luego se puso con la comida. Cuando acabamos, se reclinó en el asiento y entrelazó los dedos sobre la barriga con aire satisfecho.

Yo me sentía más o menos igual, salvo por la persistente ansiedad que me causaba haber dejado un trabajo a medias.

—No te acomodes —mascullé—. Tenemos trabajo que hacer.

Conrad asintió, se inclinó hacia delante y pareció un tanto decepcionado.

—¿Llevas Voidshot encima? Necesitaremos armas si vamos a entrar en la Subciudad. ¡Esos cabrones de las ratas no caerán sin luchar!

—No vamos a entrar en la Subciudad —lo corregí—. ¡Suponiendo siquiera que exista una Subciudad! Bueno, existe. Pero no vamos a entrar.

La existencia de los hombres rata de la Subciudad era un tema confuso. Tom me había confirmado que existían, pero el sistema educativo me había programado para rechazar cualquier idea de que bajo nuestros pies viviera una civilización de hombres rata.

—Subciudad o no, es posible que haya un asesino ahí abajo. Probablemente muchos. ¿Tienes Voidshot?

Negué con la cabeza.

—No la he tocado desde...

Desde que maté a Gurtrum y perdí mi chispa. Esa parte no la dije en voz alta.

Conrad no insistió. Utilizó la pajita para remover los restos del batido.

—Alex está cerca. A menos que ser propietario de un pequeño negocio lo haya vuelto tan blando como la mantequilla de gnomo, seguro que tiene algunas armas que pueda prestarnos.

¡Hacía años que no veía a Alex! Una chispa de emoción atravesó la fría armadura que rodeaba mi corazón cuando comprendí que volvería a ver a uno de mis viejos amigos.

Pedimos que nos rellenaran las tazas de café. Íbamos a necesitarlo. Cuando la camarera se marchó llevándose una bandeja llena de pruebas de nuestro festín, Conrad se inclinó hacia mí. Bajó la voz y sus ojos rezumaron algo repugnante.

Sentimentalismo.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó, con sinceridad y un deje de triste desesperación en la voz.

Debí de mostrar una confusión evidente, porque se inclinó aún más hacia mí, apoyando casi todo su peso sobre la mesa.

—Recorrer las alcantarillas detrás de demonios rata y cultos satánicos... Esto es demasiado para que lo hagamos nosotros solos. ¡Deja que Puretide se encargue!

Negué con la cabeza.

—Puretide no enviará ni a un solo maldito cazador a las profundidades. Es demasiado arriesgado. Dejarían que una infección arrasara una manzana entera con tal de no poner en peligro la vida de un solo cazador.

—Algunos dirían que eso es admirable.

Yo habría sido una de esas personas. Hacía mucho tiempo.

—No puedes dedicarte a esta profesión si no estás dispuesta a correr riesgos.

Conrad suspiró.

—¿Drakenbane, entonces?

—No sacarían suficiente dinero. Los demonios dan más problemas de los que compensan sus márgenes de beneficio. Y en las profundidades del subsuelo no pueden conseguir su maravillosa cobertura mediática digna del cine.

—¿Heiligslicht? —sugirió Conrad, apoyando las palmas sobre la mesa mientras me miraba a los ojos con la esperanza de que cediera.

Fruncí el ceño. Heiligslicht había sido mi familia.

Mi hogar. En otro tiempo les habría confiado mi vida y mi alma.

Pero después de que Gurtrum matara a otro purificador y de que Heiligslicht encarcelara injustamente a mi mejor amigo, no me sentía tan magnánima con ellos.

A decir verdad, no confiaba en ellos. Y buena parte de la ciudad tampoco, después de que se convirtieran oficialmente en súbditos del Sacro Imperio Romano Germánico.

El maestro capitular Geoffard Cox había asistido al funeral de Tom y no era tan malo, pero no sabía en quién más podía confiar de mi alma mater . Aparte de Stephanie, claro.

Conrad supo leer la reticencia en mi rostro. Levantó las manos y soltó un bufido.

—¿Tampoco confías en ellos? ¡Por las Grietas, Cins! Han pasado siete años. Heiligslicht ya no es un coco que oculta asesinos. La Liga de los Glitch se disolvió. Todo vuelve a estar en orden en el mundo. Tienes que superarlo.

Lo fulminé con la mirada, atravesándolo con dagas de hielo.

—Quieres decir que debería perdonarte.

Me sostuvo la mirada y luego se volvió hacia la ventana. No respondió.

La camarera llegó con la cuenta. La cogí antes de que pudiera hacerlo Conrad. No quería que pagase él y tuviera algo que echarme en cara. No más de lo que ya tenía. Prefería pagarle la comida antes que permitir eso.

—Sabes... —dijo por fin, con los brazos cruzados y todavía mirando por la ventana—. Probablemente no sean las ratas de Lilian. Pero, si lo son...

Tenemos problemas mucho más graves de los que preocuparnos.