2. Trabajo #4
¿Monstruos? No monstruos estúpidos. ¿Y qué monstruo se preocuparía por semejantes tonterías neosatánicas?
Las garras se hundieron profundamente, apuñalando y cortando a la vez. Sospechaba que los daños en el pecho de todos los torsos pretendían ocultar la verdadera naturaleza de sus muertes. Así que no era solo para deshumanizarlos. La mutilación tenía una finalidad.
Inteligente. Lo cual no auguraba nada bueno. No me gustaban los monstruos inteligentes.
Las garras no solían ser tan resistentes. Incluso las de origen mágico o demoníaco eran frágiles en comparación con las armas metálicas. Escaneé el cuerpo en busca de objetos extraños. De algún tipo de residuo. Y... bingo.
Una esquirla microscópica de queratina estaba incrustada en la cavidad torácica de la mujer. Se había desprendido al rozar una costilla. Era tan pequeña que la criatura ni siquiera lo habría notado.
Queratina. Así que era biológica. No un imitador de Wolverine ni un espíritu oscuro. Una criatura biológica dotada de inteligencia. O que contaba con ayuda inteligente.
Y, por suerte para mí, aquel trocito de queratina contendría más datos. Todo un archivo.
Sin dejar de recitar el encantamiento, metí la mano en el pecho de la víctima, cubriéndomela con su sangre y guiando el tacto mediante mi ojo arcano. La punta del dedo rozó la queratina y una oleada de información asaltó mis sentidos.
Detuve el torrente y lo ralentizé antes de que pudiera abrumarme. ¡Empecemos por el principio! Despacio.
Reconstruí la garra. Curvada. Animal. Más fina de lo que había imaginado.
Casi quebradiza. Pero afilada. Mi investigación arcana siguió expandiéndose a partir de aquella diminuta prueba.
Casi sin ayuda, continuó ofreciéndome una imagen cada vez más completa.
Como si conociera la respuesta. Como si yo ya la supiera.
La garra se convirtió en una mano bestial cubierta de pelo y después en un brazo. Y, cuando la figura de una criatura empezó a formarse ante mis ojos mentales, estuve a punto de interrumpir el encantamiento.
Una criatura rata. Erguida sobre dos patas, aunque encorvada, con unos ojos pequeños y rebosantes de odio y una hilera de dientes afilados como cuchillas, dominada por dos incisivos puntiagudos en la parte delantera.
Ya había visto criaturas como aquella. Y creía haberlas matado a todas.
Mi encantamiento terminó y me quedé jadeando, con la garganta seca y una respiración crepitante como un fuego moribundo.
El hedor a azufre albergaba ahora un nuevo olor. Uno inconfundiblemente familiar. No había olido nada semejante en ocho años. Y habría deseado no volver a olerlo jamás. Ya no era azufre. Era algo mucho peor...
Conrad corrió a mi lado y me ofreció una botella de agua de plástico.
La acepté solo para ahogar lo que había percibido con demasiada claridad mediante mi ojo arcano.
Bebí demasiado deprisa y empecé a toser.
Mis toses se convirtieron en arcadas, hasta que los restos del rosado de la noche anterior, que tan mala idea había sido, acabaron mezclándose con el barro.
—¡¿Cins?! ¿Estás bien? ¿Qué has visto?
Dos de los policías se acercaron con cautela. Debían de haber descendido mientras yo investigaba. Mostraban preocupación y repugnancia a partes iguales. Debía de ofrecer un aspecto lamentable. Cubierta de barro, vómito y la sangre de un torso desmembrado.
Alcé la mirada hacia Conrad; sus facciones, por lo general serenas e impasibles, estaban contraídas por la preocupación.
Parpadeé para apartar la humedad que me escocía en los ojos. Lágrimas causadas por las arcadas. Y por lo que había visto y percibido.
—Una criatura rata... La ha matado una criatura rata.
Conrad ladeó la cabeza y frunció el ceño.
—Se dice que la Subciudad está conectada con estos túneles. ¿Podrían ser los hombres rata?
—Eso no es más que un mito —intervino apresuradamente uno de los policías—. No hay ninguna Subciudad ni una nación de hombres rata debajo de la ciudad.
Conrad puso los ojos en blanco.
—Te pagan para que digas eso.
El policía no lo negó. Su expresión se volvió inescrutable.
—No era un hombre-rata, Conrad.
Alargué la mano y me agarré a la pernera de su pantalón para estabilizarme. Él me sujetó por los hombros y me ayudó a ponerme en pie. Inspiré y espiré, intentando recuperar el aliento, antes de volver a mirarlo a los ojos.
—Tom me habló de los hombres rata, Conrad. Esto no era uno de ellos. Es una criatura que rezuma maldad. Y... y ya la he visto antes. Ya la he olido. Hace ocho años...
La expresión de Conrad se ensombreció hasta alcanzar profundidades más oscuras que cualquier cosa que hubiera mostrado aquel día.
—¿Lilian? —preguntó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de reticencia. No quería que aquello fuera cierto. Esperaba que estuviera hablando de algún otro demente capaz de invocar demonios rata. Pero ambos sabíamos que solo había una respuesta.
Asentí y los dos guardamos silencio.
Aquella era una de las ratas de Lilian. Lo sabía.
¿Una criatura que se había vuelto salvaje y había escapado después de que el archidemonio al que él había tratado de dominar se lo comiera?
Quizá. Pero ¿por qué ahora? ¿Por qué aquello?
Además, esos demonios no parecían poseer la inteligencia necesaria para llevar a cabo algo así.
Lo cual significaba que había alguien más implicado. Personas.
Miré hacia el túnel y sus negras profundidades. Antes de que pudiera cuestionarme lo que hacía, avancé hacia él.
Conrad me agarró del brazo.
—¡Suéltame! —exigí.
Tenía que entrar. Tenía que arreglar aquello. Creía haber terminado con todo aquello. Pero si me había equivocado, tenía que enmendarlo. Detenerlo. De una vez por todas.
—¡Esto nos viene grande, Cins! Deja que se encarguen las agencias. Puretide puede ocuparse de esto.
Los policías se habían asustado con la escena y se habían retirado todo lo lejos que permitía el pozo.
Seguí forcejeando y avanzando hacia la oscuridad de las alcantarillas y su ominosa jaula oxidada. ¿Qué secretos ocultaba? ¿Estaba él allí? ¿Había sobrevivido de algún modo tras ser engullido por aquel demonio?
Tenía que saberlo.
—¡Esto te afecta demasiado, Cindy! No te hará ningún bien.
Me detuve y me revolví contra él, mientras la ira crecía y estallaba en mi interior. ¿Qué derecho tenía a protegerme ahora? Después de todo lo que había hecho. Y cuando ya era demasiado tarde...
—¡Mi chispa está todo lo mancillada que puede llegar a estar, Conrad! Nada puede oscurecerla más. Esta es mi misión. ¡Tengo que ser yo quien la termine!
Volví a girarme hacia la entrada del túnel, pero dejé de forcejear. Mi voz se suavizó.
—Si esto... si esto es obra suya, tengo que detenerlo. Tengo que terminar el trabajo.
En mi corazón ardía una llama que llevaba una eternidad apagada. Una misión que de verdad me importaba. Porque, si aquel era el demonio de Lilian y él seguía ahí fuera de algún modo, significaba que Herschel aún no había sido vengado.
Y si no había vengado al hombre que me había salvado la vida, entonces todo lo que había sufrido, todo cuanto había sacrificado... no había servido de nada.
—Tengo que terminar lo que empecé...
Conrad me observó durante unos instantes y después me soltó el brazo.
—De acuerdo. Inspeccionaremos el túnel.
Di un paso.
—¡Pero todavía no! Tenemos que prepararnos. ¿Quién sabe qué puede haber ahí dentro? Necesitamos armas, linternas. ¡Y desayunar!
Yo no estaba pensando en comida. Pero Conrad no decía ninguna tontería. A regañadientes, dirigí una última mirada al túnel y después me volví para seguirlo pendiente arriba.
Conrad trató de distraerme describiendo el desayuno. Pero solo una imagen ocupaba mi mente. La del demonio rata y la nauseabunda sonrisa de su creador, muerto hacía mucho tiempo.