2. Trabajo #3
Bajé la mirada para examinar los cadáveres.
De cerca, la forma de la composición resultaba menos evidente.
Lo cual apuntaba a una especie de trabajo en equipo.
Varias personas para disponer las extremidades mientras alguien, desde arriba, les daba indicaciones.
Y habría que sumar a otra persona para vigilar.
Aquello ya estaba convirtiéndose en una operación de envergadura. Un grupo. Una banda. Incluso una secta.
Examiné el barro terroso y descompuesto, sin importarme que mis zapatos ya estuvieran cubiertos de mugre casi hasta los tobillos. Habría pensado que había avanzado a la hora de superar mis manías con la limpieza y mis compulsiones, pero mi yo del pasado no hacía más que gritarme por mi apatía.
Había hendiduras en el barro que venían desde la entrada de la alcantarilla. ¿Huellas? El lodo estaba demasiado mojado e inestable para asegurarlo. Podían ser de un zapato o simples burbujas de aire atrapadas en la tierra.
No había alteraciones en las pendientes, salvo por el camino que yo había seguido.
Lo cual indicaba que los cadáveres habían llegado por los túneles de las alcantarillas.
Bueno, a esas alturas eran más bien extremidades.
Los asesinos no habrían descuartizado los cuerpos allí.
Lo habrían hecho en un lugar seguro y después habrían llevado hasta allí sus trofeos para aquel proyecto de arte moderno.
Por fin me agaché, manchándome los vaqueros con aún más barro, mientras examinaba las propias extremidades. Apestaban hasta los reinos demoníacos, cruzaban el Entremedio y regresaban, pero todavía no habían empezado a hincharse.
Olisqueé. Olían fatal, aunque buena parte de aquel hedor procedía del azufre. Eso situaba las muertes quizá uno o dos días atrás. Tal vez menos. Al fin y al cabo, era verano.
Entonces, ¿de dónde procedía el azufre?
Conrad soltó un grito antes de aterrizar con un golpe sordo a apenas un metro de una pierna amputada que formaba la parte inferior de uno de los seises.
De bruces, debo añadir. Solo sus botas de goma prestadas no tocaban el suelo.
Abrió los ojos de par en par, se incorporó de un salto e intentó sacudirse el barro sin éxito.
—Entonces, ¿has encontrado algo? —preguntó, intentando desviar la atención de su número cómico.
—Seis muertos —respondí con impasibilidad—. Dispuestos formando un símbolo seudosatánico.
Conrad puso los ojos en blanco.
—Guárdate el sarcasmo para cuando no estemos hundidos hasta los tobillos en un pozo lleno de cadáveres, señorita Giles.
No le faltaba razón.
—Los cuerpos tienen posiblemente entre 24 y 48 horas. Quizá sean algo más recientes, dependiendo de las condiciones en que los mantuvieran. El hedor a azufre es el responsable de la mayor parte del olor. De momento, se desconoce su origen.
Conrad agitó una mano delante de la nariz, como si quisiera ahuyentar el hedor. No sabía cómo había logrado sobrevivir tanto tiempo en aquella profesión.
—¿Causa de la muerte? —preguntó.
—Estoy en ello.
Me acerqué al conjunto de extremidades más próximo y las observé de cerca. No veía ninguna cabeza. Solo extremidades y torsos. Habían eliminado los pezones y los genitales. Por el aspecto de la carne desgarrada y las abrasiones, los habían lijado.
Fruncí el ceño al verlo. No era solo un intento de impedir que identificáramos a las víctimas. Era una forma de deshumanizarlas. De convertirlas en algo inferior a lo que habían sido. Simples materiales para aquella macabra obra de arte.
El método de desmembramiento parecía variar.
Algunos cortes parecían limpios. Hechos con un instrumento afilado.
Otros estaban machacados. Un hacha roma.
O incluso un martillo. Ya había visto partes del cuerpo con aquel aspecto después de toparse con el martillo de mi antiguo compañero.
Aunque él jamás habría hecho algo así. Deshonrar a los muertos no tenía ninguna gracia.
A Brick le gustaba que sus enemigos se defendieran.
—¿El desmembramiento les causó la muerte? —sugirió Conrad.
No respondí. Era posible, pero mi instinto me decía que aquello se había hecho post mortem . Un pequeño consuelo. Bueno, puede que aún no fuera un consuelo.
Fruncí el ceño y acerqué más la mano hasta tocar la carne fría de uno de los torsos mutilados. Había averiguado todo cuanto podía mediante técnicas detectivescas mundanas. Al menos, dada mi falta de formación oficial. Había llegado el momento de recurrir a la magia.
Por instinto, busqué en mi interior, tanteando en busca de mi chispa.
Pero no encontré nada. Donde antes había existido un pozo dorado, ahora quedaba una cámara hueca con una mota de luz.
No pretendía recurrir a mi chispa, pero en el fondo seguía siendo una hechicera. Incluso después de tanto tiempo.
Intentar tocar aquello que ya no estaba me dejó una sensación de vacío. Aún más profunda que antes.
Levanté una barrera entre mi mente y mi reticente y menguada chispa. En su lugar, tendí la mano hacia la línea wey local. Estábamos cerca de la montaña, así que allí debía de ser abundante. Pero a mí nunca me había resultado fácil canalizar la magia que me rodeaba. Ni siquiera ahora.
Busqué un filamento de la magia invisible que fluía por el mundo.
Estaba contaminada, inundada por los residuos de oscuridad, muerte y descomposición que cubrían aquellos cadáveres.
De no ser por el flujo constante de magia procedente del Titán que dormía bajo Table Mountain, aquella línea wey se oscurecería.
Y lo que yo intentaba hacer no habría sido posible.
Al menos, no para una maga novata como yo.
Proyecté mi voluntad y me aferré a un lento filamento de magia suspendido en el aire, arrastrándolo hacia mi interior.
Se rebeló y se retorció como un pez recién capturado que aún no estaba dispuesto a convertirse en la cena de alguien.
Percibió la magia que había en mi interior, mi chispa latente, y trató de alejarse de mí.
Como si una hechicera codiciosa como yo no mereciera sus abundantes riquezas.
No la solté y, por fin, la energía de la línea wey se calmó y pude entretejerla con mis palabras de poder.
Las palabras acudieron a mí con naturalidad.
Me parecieron tan frescas como el día en que las había utilizado para recorrer el cuerpo de Lesley y descubrir la verdadera naturaleza de su muerte.
Aunque entonces había empleado mi propia chispa, usar ahora la energía de una línea wey no era muy distinto una vez canalizada su magia.
Proyecté mi ojo arcano hacia el interior del torso de aquella desdichada víctima, mutilada hasta quedar irreconocible. Deshumanizada de la manera más abyecta.
La magia forense era una escuela híbrida que combinaba muchas clases de magia.
Reconocía algunos de los idiomas y orígenes que salpicaban mi discurso.
Hebreo para la indagación y la pureza, Sintari para el espíritu y la voluntad, y un revoltijo de lenguas primordiales y antiguas ya olvidadas para darle un impulso extra.
El resultado era un método que no solo me permitía precisar la naturaleza de una escena, sino también construir una cronología. Fechar sucesos y recrear escenas. Responder preguntas.
Y la pregunta que ocupaba mi mente era cómo había muerto aquella persona.
No podía reconstruir con exactitud lo ocurrido.
No era una forma omnisciente de magia. Pero sí recurría a la imaginación.
Analizaba los datos arcanos de una muerte y los convertía en una historia ante mis ojos mentales.
Deshacía los daños que habían provocado la muerte y, al corregirlos, me mostraba qué había salido mal.
Ante mis ojos mentales, el torso comenzó a reconstruirse.
Sus desgarros, laceraciones y moratones desaparecieron y sanaron.
Recuperó su identidad. Una mujer. Joven, aunque envejecida por una vida dura.
Un embarazo precoz, drogas duras y alcohol fuerte, combinados con su negativa a acudir a sanadores o buscar ayuda, habían quebrantado su cuerpo y su espíritu.
Estaba acostumbrada a la oscuridad y a tener los pulmones llenos de los vapores tóxicos de cigarrillos, mandrágoras, marihuana de mala calidad y hogueras alimentadas con plástico.
En los túneles no había ventilación, y sus pulmones habían sufrido daños permanentes.
Pero eso no era lo que la había matado.
El hechizo no podía contarme nada más allá de lo que estaba presente en su torso. Solo conocía la amputación de las extremidades. Pero no había dolor en aquella experiencia. Ya estaba muerta cuando ocurrió.
Como si reprodujera una cinta al revés, retrocedí, intentando localizar un punto intermedio entre su desmembramiento y la dura vida que había llevado en las entrañas de Hope City.
Su cuerpo había sufrido muchísimo daño. Años y años de maltrato.
Las alarmas se dispararon por todo mi sistema de detección.
Incontables pinchazos, callos y moratones ya curados.
Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas, aunque hasta mi corazón frío y endurecido sintió compasión por aquella mujer de la que ni siquiera estaba segura de que hubiera conocido alguna vez el amor o la ternura.
Pero no era su vida lo que necesitaba comprender. Era aquello que le había puesto fin.
Examiné los datos. Hasta que algo llamó mi atención. Una herida reciente. Había quedado oculta bajo los daños del pecho. Hasta tal punto que, incluso durante mi análisis forense, la herida se había confundido con la mutilación.
Observé más de cerca, sintiendo cómo la línea wey se rebelaba contra mis esfuerzos mientras intentaba precipitarse hacia el mar. Me aferré a ella, indiferente a su irracional anhelo de libertad.
Comprendí que los daños del pecho solo se habían producido en parte después de la muerte. Gran parte de ellos habían sido causados mientras el corazón aún latía. Sentí su pánico y el torrente de adrenalina y sangre cuando algo le desgarró el pecho con unas... garras.
No un arma. Garras.