2. Trabajo #2
No había ninguna multitud congregada a aquellas horas de la mañana.
¿Y por qué iba a haberla? Aquello no quedaba en ninguna ruta importante.
Solo acudían allí los trabajadores de Saneamiento y del Ayuntamiento, y no muy a menudo.
Las antiguas alcantarillas habían quedado prácticamente obsoletas desde la llegada de la eliminación mágica de residuos.
Tan cerca de la línea wey de El Titán, la mayoría de los distritos contaban con estaciones de bombeo que convertían las aguas residuales en abono para los jardines feéricos.
A las dríades y las hadas les encantaba aquello y no parecían saber ni importarles de dónde procedía.
La carretera terminaba y se transformaba en una pendiente embarrada que descendía hasta una hondonada todavía más cenagosa.
Era producto de la erosión del agua salada del cercano mar y de la antigua escorrentía de la boca de la alcantarilla.
Desde el coche, las espaldas de varios policías inmóviles me impedían ver el fondo.
Un agente joven, recién salido de la academia, aún estaba acordonando la hondonada con cinta policial.
Unas runas menores hacían que la cinta emitiera destellos rojos, azules, naranjas y amarillos.
Parecía más un espectáculo de luces que algo destinado a mantener alejados a los curiosos.
Conrad echó el freno de mano, se quitó el cinturón y salió del coche, entablando de inmediato conversación con uno de los agentes.
Sus palabras se convirtieron en ruido estático en mis oídos mientras yo también salía.
Al principio me recibió el frío, tan refrescante como nauseabundo, del aire marino.
Pero no tardó en desvanecerse, sustituido por otro olor conocido, aunque mucho menos agradable.
Azufre. Como huevos podridos puestos por una gallina no muerta. Pero incluso aquello ocultaba algo más siniestro.
El hedor acre de los cadáveres en descomposición.
Observé a los policías. Todos guardaban silencio salvo el que hablaba con Conrad.
No había bromas. Ni charlas triviales. Se limitaban a contemplar la hondonada con los brazos cruzados para protegerse del frío.
La brisa marina mordía, pero el sol del amanecer pronto se impuso sobre ella.
A pesar de eso, lo que hubieran visto les había provocado un escalofrío que ningún cambio de temperatura podía disipar.
—¿AIU? —oí que Conrad le preguntaba al policía con quien se mostraba tan amigable.
Su amigo negó con la cabeza.
—No hay pruebas de magia. Al menos, ninguna evidente.
Eso era muy improbable. Hoy en día había magia en todas partes.
La AIU —la Unidad de Investigación Arcana— debía encargarse de investigar los delitos relacionados con la magia.
Pero, como casi todos los crímenes implicaban algún tipo de hechizo, encantamiento o ser sobrenatural, estaban desbordados.
—¿Las necropandillas les ocupan todo el tiempo? —preguntó Conrad.
El policía asintió mientras se frotaba las manos. Él también sentía aquel frío antinatural.
La última vez que había tratado con la AIU había sido siete años atrás.
¿Cómo le iría al detective Richard Evergreen?
Debería tener cuentas pendientes con él por haber engañado a mis amigos para que se enfrentaran al Kan Oscuro como parte de una conspiración ultracompleja destinada a garantizar la supervivencia de Hope City, pero no podía evitar que aquel hombre me cayese bien.
Su hija, Candace, ya debía de tener siete años.
Podía hablar, jugar, pensar. Tenía casi la misma edad que yo cuando ingresé en Heiligslicht.
Quizá incluso fuera lo bastante mayor para empezar a recibir clases de hechicería.
Aunque aquello no era para todo el mundo.
A decir verdad, esperaba que jamás tuviera que tocar un hechizo en toda su vida.
La magia era algo hermoso. Pero complicado. La vida resultaba más sencilla sin el zumbido de lo arcano dentro de la cabeza.
Pensé en preguntarle a Conrad por Evergreen y su familia, pero decidí no hacerlo. No quería que pensara que intentaba ser amable. Aquello era una relación laboral por conveniencia. Nada más.
Ya había bajado la guardia demasiadas veces en su presencia, solo en lo que llevábamos de día.
—¡Eh! —Uno de los policías reparó en mí—. ¿Estuviste en aquel incidente con el espectro en Cavs hace ocho años?
Arqueé una ceja con expresión inquisitiva, pero asentí. Pese a su palidez enfermiza y a la repugnancia que le provocara lo que hubiera en la hondonada, mi confirmación hizo que se le iluminara el rostro.
Me tendió la mano.
—Yo estaba en el cordón policial. Te vi entrar con los demás. Hicisteis un trabajo magnífico.
Le estreché la mano, pero no pude compartir su entusiasmo. Con el tiempo, cualquier felicidad asociada a aquel recuerdo había quedado sepultada bajo la melancolía. Por no mencionar que Lilian aún estaba con nosotros durante aquella cacería. Al menos, ahora su ausencia sí era motivo de alegría.
De todo aquello de lo que me arrepentía durante la mayor parte de esa década, haberlo derrotado no era una de esas cosas. Aquello sí había sido una auténtica victoria.
Conrad captó mi mirada y me hizo señas para que me acercara al borde de la hondonada. Los policías enmudecieron, aportando un tono sombrío a una atmósfera que ya era bastante apagada.
Con las manos en las caderas, miré hacia el interior de la hondonada y sentí al instante que el hielo se extendía por mis venas. Un escalofrío se apoderó de mí mientras la sangre abandonaba mi rostro.
Llevaba suficiente tiempo dedicándome a aquello como para calcular ya los daños.
Podía ver los patrones. Seis cadáveres. La ausencia de manchas oscuras en la tierra húmeda que los rodeaba indicaba que los habían desangrado antes de trasladarlos allí.
Tenía sentido, pues ya no estaban enteros, sino desmembrados, y sus extremidades habían sido dispuestas con cuidado para formar el número 666.
La Marca de la Bestia.
Conrad soltó un bufido despectivo.
—¿Qué es esto? ¿Alguna broma satánica? Menuda falta de creatividad. Dejemos el pánico satánico en los años ochenta. ¡En serio!
Los policías más jóvenes parecieron confusos. Conrad se dio cuenta y se llevó la palma de la mano a la cara, sacudiendo la cabeza con una decepción absoluta.
—¿Vuestros padres nunca os hablaron del pánico satánico? ¿Ni de La Marca de la Bestia?
Lo miraron con incredulidad. Todos salvo el policía de mayor edad, que no parecía dispuesto a dar explicaciones.
—Esto... —Conrad señaló aquella matanza cuidadosamente dispuesta— es La Marca de la Bestia. Seis-seis-seis. Una especie de código bíblico que insinúa que Satanás, el enemigo de Dios, llegará para dominar a la humanidad y arrebatarle a todos sus fieles.
—Yo sigo a El Titán y su misericordia, señor —respondió el agente más joven, el de la cinta.
Conrad le dio una palmadita en la espalda y le dedicó una sonrisa afable.
—Claro que sí.
— Y vi subir del mar una bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, y en sus cuernos diez diademas, y sobre sus cabezas nombres blasfemos.
Y la bestia que vi era semejante a un leopardo, y sus pies eran como de oso y su boca como boca de león.
Y el dragón le dio su poder y su trono y gran autoridad —recité sin apartar la mirada de aquellos cadáveres profanados, convertidos de forma tan inhumana en una mezquina exhibición de superstición precataclísmica.
Conrad asintió, con un atisbo de orgullo en los ojos.
—Apocalipsis 13:11. No sabía que fueras aficionada a la Biblia, Cins.
—No lo soy —respondí—. Pero memorizar versículos bíblicos es un juego de niños comparado con los textos arcanos. Solo me duele la cabeza en sentido metafórico.
Y, al cazar demonios, había que escudriñar todas las fuentes posibles. Desde la Biblia hasta el Infierno de Dante, pasando por H. P. Lovecraft.
—¿Qué significa? —preguntó el joven policía, todavía confuso.
Examiné las extremidades amputadas y su mensaje apocalíptico, y suspiré.
—Significa que unos aspirantes a satanistas poscataclísmicos mataron a varias personas y decidieron congraciarse con un señor demoníaco que ni sabe que existen ni valora su lealtad —dije con ponzoña en la voz—.
Ese es el quid de estos imbéciles adoradores de demonios.
Se comportan como diablos, creyendo que así se ganarán el favor de los demonios de verdad.
Negué con la cabeza. Idiotas. Lo mejor que podían esperar, si algún demonio llegaba a reparar en sus atrocidades, era no seguir vivos el tiempo suficiente para ver cómo un engendro les devoraba los intestinos como si fueran una ristra de salchichas.
El policía que me había visto durante la cacería del espectro palideció aún más, aunque parecía imposible.
—¿Dices que esto lo hizo un ser humano? No puedo imaginarlo. ¿C... cómo?
No respondí. No tenía sentido acabar con su ingenua fe en la pureza del espíritu humano. Tras ocho años en aquel oficio, había aprendido que los seres humanos eran capaces de cualquier cosa.
—¿Tenéis botas de goma? —preguntó Conrad a los policías—. Será mejor que bajemos a investigar.
No esperé respuesta. Me agaché para pasar bajo la cinta policial y me deslicé por el terraplén hasta detenerme allí donde la hondonada se allanaba frente a la entrada de la alcantarilla.
La reja de la entrada estaba oxidada, pero me habría apostado la colección de Nancy Drew de Tom a que quien utilizara aquel túnel para sus juegos enfermizos mantenía las bisagras bien engrasadas.
Más allá de los oxidados barrotes de metal se extendía una oscuridad impenetrable. Las entrañas de la ciudad, envueltas en una sombra más oscura que cualquier línea wey. Lo que quedaba de mi chispa se estremeció ante la idea de adentrarse en aquellas profundidades más negras que la propia negrura.