2. Trabajo
Trabajo
El maltrecho Golf rojo de Conrad ya era viejo cuando El Cataclismo aún era joven.
Y, teniendo en cuenta que habían pasado tres décadas desde que los monstruos y la magia empezaron a campar a sus anchas, aquello lo convertía en algo más que una antigüedad.
Lo convertía en una puñetera reliquia de los dioses.
Algunos llamaban al coche una trampa mortal.
Pero yo hacía mucho que me había acostumbrado.
Durante los últimos ocho años, había acompañado a Conrad en innumerables incursiones a bordo de aquel cubo de óxido.
Había dejado atrás a brutos demoníacos y sobrevivido a tiroteos desde vehículos en pleno territorio de las necropandillas.
A esas alturas, se había convertido en una segunda piel.
No había otra trampa mortal en la que me sintiera tan segura como en aquel montón de chatarra.
Pero que no tuviera ningún problema con el coche no significaba que estuviese cómoda con su conductor.
Conrad introdujo la llave en el contacto sin decir palabra.
Sentí una punzada de arrepentimiento por mi arrebato.
Y confusión. Culpa, aderezada con una generosa dosis de resentimiento.
Una mala combinación, fuera cual fuese el plato.
No quería estar allí sentada, acompañando a Conrad Khoi en otro trabajo más. Pero ¿qué otra opción tenía?
Después de que salváramos al Presidente, Tom había desaparecido y yo había perdido casi toda mi chispa por haber matado a Delilah Gurtrum.
Las cacerías de monstruos habían empezado a esfumarse.
El Reckoning se disolvió. Sus miembros se dispersaron a los cuatro vientos.
Brick se convirtió en el líder de los ogros.
Alex se retiró de la caza de monstruos y abrió un bar.
DJ Gibbs se convirtió en DJ de verdad, en vez de limitarse a ser un aspirante a bardo del siglo XXI.
Sin equipo, no podía cazar monstruos. Nunca se me había dado demasiado bien actuar por mi cuenta. Y, sin mi magia, ni siquiera Heiligslicht me habría aceptado de nuevo. No tenían ningún uso para una sanadora sin magia curativa.
Sin embargo, pese a todo lo ocurrido, seguía necesitando la caza.
Al fin y al cabo, aquel impulso había dado comienzo a todo este desastre.
Ocho años atrás, cuando un demonio de ceniza había arrebatado de este mundo a mi mentor, Herschel Holtsturm.
Aquel suceso me había encaminado por esta senda. Sabía que necesitaba matar demonios.
Con chispa o sin ella, necesitaba seguir matando.
Aunque permitiera que mi vida se fuera al garete, cubierta de mugre y sumida en el caos, sin mis amigos y con mis días de gloria muy atrás, aún conservaba aquel propósito.
Ni siquiera la abrumadora desesperación que había invadido el resto de mi vida podía minar mi necesidad de devolver a los demonios al Vacío.
Reconozco que mi chispa debilitada no había facilitado precisamente la tarea de matar demonios.
Ni siquiera podía emitir un orbe de luz tenue.
Pero matar demonios solo dependía en parte de la magia de purificación; tenía mucho más que ver con el conocimiento.
A regañadientes, debía admitir que Conrad me había enseñado muchísimo sobre cómo desterrar a un demonio sin que yo poseyera apenas una pizca de magia.
Conrad giró en el cruce sin molestarse en poner el intermitente.
Por suerte, al carro tirado por un burro y atestado de chusma cobolda no pareció importarle, y siguió avanzando entre el tráfico mientras sus ocupantes emitían chasquidos y siseos en su lengua de lagarto.
Tenía que admitir que mostraban más sentido vial que la mayoría de los conductores de Hope City.
A un lado de la carretera, junto a una subestación destripada y humeante y una salida que descendía desde la autopista, una furgoneta blanca con la imagen de una ola dorada sobresalía de la acera.
Varios hombres con armaduras corporales blancas rodeaban una fosa común de no muertos que se desparramaban desde las ruinas calcinadas como caramelos de una piñata destrozada.
Pero no era un festín que yo recomendase a los niños.
Conrad chasqueó la lengua, irritado ante aquella imagen.
—Ayer perdimos un trabajo por culpa de esos capullos de Puretide. Y uno muy suculento. Una lamia había acampado cerca de la Zona de Exclusión y se alimentaba de los excursionistas que intentaban espiar a los mutantes de larvas cerebrales.
No sabía por qué querría ningún excursionista contemplar a unos mutantes de larvas cerebrales. Era una forma segura de echar hasta la primera papilla. O de perder por completo las facultades cognitivas si uno se acercaba demasiado.
—Mientras esté muerta... —respondí—. Las lamias son más monstruos que demonios. La última vez que lo comprobé, no teníamos potencia de fuego suficiente para acabar con una.
Conrad volvió a chasquear la lengua ante mi conformismo.
—¿Así que a eso se reduce todo? Se acabaron las heroicidades. Se acabó la personalidad. Se acabó el alma. Solo tropas rasas de hombres sin rostro, vestidos con armaduras y armados con fusiles. Agencias que cotizan en bolsa, más preocupadas por los beneficios que por abatir bestias.
—Eso te describe literalmente a ti, Conrad.
Sacudió la cabeza, ignorando mi comentario, y entonces recordó algo.
—¿Has visto esa nueva aplicación Monster Slayer?
No respondí. No la había visto. Mi móvil era un ladrillo que apenas servía para enviar mensajes, y mucho menos para instalar aplicaciones. Conrad siguió hablando de todos modos.
—Ahora cualquier idiota con un palo puntiagudo puede convertirse en cazador de monstruos. Solo tiene que registrarse con un correo electrónico y un justificante de domicilio para empezar a aceptar trabajos de exterminio de monstruos por toda la ciudad.
—Parece una buena idea. Cuantos más cazadores haya, menos monstruos quedarán.
Conrad me fulminó con la mirada.
—Parece una buena forma de conseguir que maten a la gente.
—Espera... ¿Estás en contra de que las agencias se hagan con el negocio, pero tampoco quieres trabajadores autónomos? ¿Qué quieres, Conrad Khoi?
Frunció el ceño y reflexionó largo y tendido sobre sus verdaderos deseos en la vida.
—Esta es una profesión sagrada, mi joven aprendiz. Y requiere una buena dosis de estilo, independencia y supervisión. Por no hablar de un montón de gloria.
—Y estupidez.
Asintió.
—Mucha. Sí.
Negó con la cabeza.
—No me gusta adónde conduce todo esto. La era de las aplicaciones y las agencias. Se acabaron los pequeños grupos que luchaban por contener el olvido. Se acabaron las bandas valerosas y las peligrosas partidas.
—Con suerte, también se acabarán las aliteraciones obscenas.
—Aliteraciones abominables —me corrigió Conrad—. Aunque eso sería una asonancia.
—¿Te apuntaste a clases nocturnas de escritura creativa en vez de estudiar ética empresarial?
—¿Ética empresarial? ¡Eso es un oxímoron! Y sí...
Pasamos junto a otra furgoneta. Esta vez era negra y lucía el logotipo de un draco carmesí en pleno vuelo. Drakenbane. La otra gran agencia de caza de monstruos.
—Creo... —dije— que no te gustan todos estos cambios porque vuelven irrelevante a un viejo timador como tú.
Conrad me dedicó un guiño cómplice y una sonrisa astuta. Había acertado.
Sonreí y después fruncí el ceño al darme cuenta de que me había distraído del hecho de que lo odiaba. O, al menos, de que no me caía demasiado bien.
—Entonces, ¿cuál es el caso? —pregunté. Si no podía mostrarme fría, al menos podía comportarme como una profesional—. ¿Y cómo has conseguido arrebatárselo a tus mejores amigos de Drakenbane y Puretide?
—Este viejo estafador aún se guarda algún que otro as en la manga. Y tiene muchos amigos. Un antiguo camarada de la HCPD cree que podemos ayudarlos a investigar unas muertes misteriosas ocurridas cerca de la antigua entrada de las alcantarillas.
—Las muertes misteriosas son el único tipo de muerte que existe en Hope City.
—En esta muerte misteriosa hay olor a azufre. Y muchas señales de que unos turistas infernales se han dedicado a disparar contra los vecinos.
Me encogí de hombros.
—Podría ser la alcantarilla la que desprende ese olor. Y dudo que la HCPD esté equipada para detectar demonios. Entonces, ¿por qué nosotros? Esto parece trabajo para cazadores de monstruos. O un simple asesinato mundano.
Esta vez fue Conrad quien se encogió de hombros.
—Sé que quieres encerrarte a cavilar en tu caverna, como la bruja cavernícola en la que estás empeñada en convertirte, pero un trabajo es un trabajo. Y cobramos tanto si se trata de un monstruo como de un demonio o de un vecino cabreado. Siempre que enterremos al culpable.
Un par de coches patrulla de la HCPD aparcados al otro lado de la carretera fueron nuestra señal para dejar de hablar.
Un policía que sostenía un vaso térmico de café aún humeante levantó la mano para detenernos.
Conrad redujo la velocidad hasta avanzar a paso de tortuga y el agente le indicó que siguiera.
Ni siquiera hizo falta enseñar documentación.
Viajar con Conrad parecía bastar para que nos dispensaran un trato de categoría especial.
Un pequeño consuelo por tener que soportar al hombre que había conseguido que mataran a mi novio.
Otro policía, blanco como el papel y visiblemente tembloroso pese al tiempo cálido, apartó un cono de tráfico y nos dejó pasar hasta quedar detrás de la barrera policial.