Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Colton

Mi hermanito es un idiota; siempre lo ha sido y siempre lo será.

Es capaz de hacer cualquier cosa para sacarme de quicio, y vaya si lo consiguió.

Por supuesto, no me molestó tener que bailar con Julia, sino que la chica es vulnerable y no necesita que nadie la presione, y lo que Wade hizo esta noche la puso en un aprieto.

Nunca pone una balada lenta cuando la pista de baile se vacía.

Nunca. Lo hizo esta noche solo para hacerme hervir la sangre.

Sabía que tendría que bailar con ella, y eligió el momento perfecto para hacerlo.

Vale, admito que bailar con ella fue fenomenal.

Con su cuerpo pegado al mío perdí la noción de todo.

Su cuerpo encajaba perfectamente con el mío, y no creas que no me di cuenta desde el principio.

Cuando eso pasa, sé que va a haber problemas.

La pobre estaba nerviosa como una adolescente que baila por primera vez con un chico, y me dio pena.

Intenté ser lo más delicado y platónico posible, pero tío, es como un imán.

Cuando me tocó la nuca, pensé que era el fin; que todas mis defensas se habían venido abajo.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no besarla allí mismo.

Cuando terminó la canción, salió corriendo como un conejo asustado.

Esa mujer… me vuelve loco. No dejo de imaginarla durmiendo a mi lado, su piel suave y luminosa bajo la luz de la luna.

Su boca perfecta, carnosa y suave, esperando ser besada.

Esa sonrisa, esa voz. Quería ir tras ella y asegurarme de que estaba bien, pero algo me frenó.

¿Y si ella no siente lo mismo que yo? Idiota…

seguro que está curada de espanto con los hombres después del imbécil con el que estuvo prometida.

—¡Colton! —grita Blake—. Bingo te necesita en la puerta. Dice que tiene que mear.

—Voy enseguida —respondo, y me dirijo a la puerta principal. Cuando llego, Bingo tiene una cola de unas diez personas esperando para entrar.

—Gracias, tío. Serán dos minutos.

—Tómate tu tiempo —digo, echando un vistazo a los clientes para ver a quiénes hay que pedirles el carné.

Los lunes no cobramos entrada, así que los voy dejando pasar uno a uno por el detector de metales.

Un tipo lo activa; se había olvidado de que llevaba tachuelas metálicas en el cinturón.

En cuanto se lo quita, pasa a la primera.

—Hola, Colton —ronronea una voz femenina. Es la tía de los dientes marrones de hace un par de noches. La que estaba hablando con Cheetah—. Qué sorpresa encontrarte aquí fuera.

—Solo estoy cubriendo a Bingo. ¿Tienes el carné? —pregunto, aunque probablemente tenga cincuenta años. Se lo pregunto solo para tocarle las narices. No me cae bien ni ella ni su amigo.

—Qué galante —dice, tomándose claramente mi pregunta como un flirteo.

—¿Tu amigo Cheetah viene contigo esta noche? —pregunto por decir algo mientras ella rebusca en el bolso el carné de conducir.

—Ese no es amigo mío —responde, y me pasa el carné. Le echo un vistazo rápido, aunque no hace falta.

—Adelante —digo, justo cuando Bingo reaparece.

—Blake te necesita en la parte de atrás. Ha llegado otra maldita entrega fuera de horario.

Niego con la cabeza, poco impresionado.

—Vale. Llámame si necesitas algo.

—Gracias, tío.

Blake ya está sacando cajas de cerveza de la parte trasera del camión cuando llego.

—Solo hay unas cuantas, Colton. Por lo visto, el tío se dejó algunas cajas a principios de semana. No es para tanto, solo un coñazo.

—No hay problema, Blake. Vuelve a la barra y yo me encargo de esto.

—¿Lleva mucho tiempo ahí? —le pregunto al repartidor.

Blake asiente y desaparece. Unos faros me llaman la atención a lo lejos.

Hay un coche parado en el aparcamiento de atrás.

Cuando me ve, da la vuelta y se dirige hacia la entrada.

No distingo la matrícula en la oscuridad, ni el color del coche.

Desde luego no es un BMW blanco; quizás un Charger granate o rojo oscuro; algo más grande que un turismo.

—Un par de minutos. No más.

Seguramente esté buscando un sitio para fumarse un porro o algo así. No le doy más importancia, pero tomo nota mental de avisarle a Bingo cuando vuelva a entrar. Después de firmar el albarán, llevo la cerveza dentro y la dejo en el almacén, y me choco de lleno con Julia al entrar.

—¡Mierda! Perdona, cariño… ¿estás bien? —suelto, dejando la caja de cerveza en el suelo. Julia lleva un montón de bandejas en las manos. Debía de estar en el almacén cogiendo más mientras yo estaba fuera con la cerveza—. Perdona, tienes que encender la luz cuando entres aquí, o nadie te ve.

—Estoy bien. Perdona, solo entré un momento a coger más bandejas de encima de esta caja. Me lo pidió Blake. Se está llenando ahí fuera.

Lleva un juego de bandejas cuadradas; las que no son. Blake se habrá olvidado de que había sacado las redondas antes para lavarlas. Pero no consigo decírselo, porque el brillo de sus ojos en la oscuridad me tiene hipnotizado.

—Cariño, esas son las que no son.

Julia baja la mirada, confundida. Le quito las bandejas y las dejo de nuevo encima de las cajas.

—Oh —susurra. Su mirada es intensa, como si estuviera contando las motas de mis ojos o algo así.

—¿Estás bien? —susurro, acariciándole la cara.

Doy un paso hacia ella y cierro la distancia entre nosotros.

Tiene la espalda contra la pared del almacén, y solo nos separan unos metros de la puerta.

Con la luz apagada, es como si fuésemos las únicas dos personas del mundo, y nadie pudiera vernos.

El aroma a coco de su pelo me inunda. La suavidad de su piel me hace desear tocarla entera.

Al recordar cómo me tocó en la pista de baile, cómo casi perdí el control, no puedo contenerme teniéndola a centímetros de mí.

Cuando asiente, le tomo el rostro con ambas manos y la beso con avidez, como si fuera el último beso de mi vida.

Al principio no me devuelve el beso, deja escapar un pequeño gemido, pero no me aparta.

En cambio, abre la boca y me acoge. Nuestras lenguas danzan al ritmo suave pero ansioso del beso.

Le muerdo los labios con suavidad. Respira con dificultad, encuentra mi lengua y la chupa con avidez.

Ahí abajo, mi polla se agita de deseo. Si no fuera porque estamos atrapados en un armario de escobas de metro y medio, me la follaría aquí mismo.

De repente, oímos un estruendo y la puerta se abre de golpe. —Colt... —Es Dan, sin aliento. Me aparto de Julia de golpe y maldigo entre dientes. —¡Mierda! Colton, tenemos problemas en la entrada —habla atropelladamente, como si una bomba estuviera a punto de estallar.

—Ahora voy.

Ambos respiramos agitados mientras él cierra la puerta. Apoyo la frente contra la suya.

—Lo siento mucho. No sé en qué estaba pensando.

No responde, pero intenta recuperar el aliento lamiéndose los labios.

—Lo siento de verdad —repito—. No volverá a pasar.

Salgo corriendo por la puerta y la dejo allí sin aliento.