Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 26
53%

Capítulo 26

John

Supe que era mía desde el momento en que la vi.

Con todo ese pelo castaño enmarañado, esos ojos verdes y una sonrisa encantadora que me robó el corazón al instante.

Julia es perfecta para mí, y yo soy perfecto para ella, en todos los sentidos imaginables.

Mi padre, un golfista empedernido, conoció al suyo en el campo un día, hablaron de negocios y enseguida se hicieron socios.

En cuanto Julia apareció en una reunión de negocios entre los tres, supe que mi vida nunca volvería a ser la misma.

Dos años después, estábamos comprometidos.

Mi plan era casarnos de inmediato, pero mi padre no termina de decidir dónde colocarme de forma permanente.

Por eso, la boda tuvo que posponerse. Me frustra muchísimo, pero no puedo hacer nada si quiero seguir en gracia con mi padre.

Es un hueso duro de roer y no hace excepciones por nadie.

Julia ha sido muy paciente, pero ha habido consecuencias.

Por ejemplo: los frecuentes viajes de negocios me alejan de mi chica.

Siempre que puedo, la llevo conmigo, pero mi padre me prohíbe llevarla a todos.

La única vez que la dejo sola, esa cosa que ella llama amiga...

Mary, la llevó a un club asqueroso y degradante, un mercado de carne, y la vistió medio desnuda con ropa que ni una vagabunda se pondría.

La dejó bailar con un pervertido que parecía tener edad de estar en el instituto; restregándose y tocando lo que es mío.

Ah, me enteré. Tengo mis métodos. Sé dónde está en todo momento, lo sepa ella o no.

Es mi derecho. Proteger lo que es mío. Claro, intenté pegarle a ese crío que le metió mano a mi chica, pero Julia estaba tan borracha que no sabía lo que hacía.

Ahora está enfadada conmigo por haberla avergonzado.

Fue a visitar a su hermana en Carolina del Norte, solo que me mintió y me dijo que se iba con esa cosa Mary que llama amiga.

Sé por qué mintió. Por el enfado. Haremos las paces cuando hable con ella.

Este juego del gato y el ratón se está volviendo irritante.

Sobre todo porque anda con un neandertal que su hermana le presentó en ese antro donde trabaja.

Puedo con él. Lo sé porque lo estuve vigilando en su casa.

Vale, es todo músculo y tiene esa mirada, el ojo del tigre, pero puedo con él.

No hay ninguna duda. Elegiré mi momento e iré a por la yugular.

Claro, tiene dinero, probablemente más que yo, pero no puede darle lo que yo puedo.

Lo tengo todo: dinero, una polla enorme, contactos que dejarían los suyos en ridículo, y un padre que me da todo lo que quiero, siempre que yo le dé lo que él quiere a cambio.

Además, cuando mi padre se jubile, todo lo suyo será mío.

Me lo dijo bien claro. Voy a ser un hijo de puta asquerosamente rico cuando él se decida.

Julia no tiene problema en esperar. Es solo una maestra de escuela, ganando una miseria por aguantar a todos esos mocosos.

Pero cuando nos casemos, dejará de hacer eso.

Todavía no hemos hablado de todos los planes, pero estará encantada de atenderme como a un rey, preparando nuestra enorme casa para invitados y reuniones de negocios.

Le encanta hacer de anfitriona; mucho más que aguantar a los mocosos.

Gregory Abbott es un imbécil. Fue listo al hacer negocios con mi padre, pero en lo que respecta a sus hijas, el hombre vive en la inopia.

Liz, la estúpida zorra, se quedó embarazada cuando era demasiado joven para beber en su propia boda y se casó con un perdedor que no tenía donde caerse muerto, y como una tonta, tuvo a su hijo.

No es de extrañar que, después de trece años atrapada en la vida de un buhonero, él se largara sin dejar rastro.

Yo quiero demasiado a Julia como para hacerle eso jamás.

Joder, la seguiría hasta el fin del mundo y más allá.

Nada me impediría conservar lo que es mío.

Gregory creía que Julia estaba con Mary, pero yo lo sabía todo.

Está aquí en Carolina del Norte con las dos; ¿quién ríe ahora?

Julia pasó la noche con el neandertal anoche, pero sé que mi chica no haría ninguna tontería.

Me ama más que a su vida y me perdonará.

Si consigo mantener a esa cosa Mary alejada de ella, entrará en razón.

Mi chica nunca podría estar lejos de mí tanto tiempo.

Esta noche está en el club cutre con su hermana y el neandertal.

Llevo esperándola fuera un buen rato. Sé que cuando me vea, vendrá corriendo.

El neandertal llamó a la policía porque me pilló merodeando por su casa, así que tuve que cambiar de coche.

Haré lo que sea para recuperar a mi chica. Ya lo verá.

Mientras estoy sentado en el aparcamiento trasero, veo al neandertal salir a recoger un pedido.

El puño se me cierra al instante, pero me contengo.

Es demasiado pronto y tengo que elegir bien el momento.

A Julia no le gusta verme perder los estribos, pero le enseñaré los dientes a ese neandertal si pone sus sucias zarpas en mi chica.

Le reventaré el cráneo con el bate de béisbol que guardo en el coche.

O le rajaré el cuello con el cuchillo que tengo en la guantera.

No sabrá ni qué le ha pasado. Estará demasiado preocupado por su pelito; es un pijo.

Le voy a dejar la cara hecha un cromo, como a Sylvester Stallone en las películas de Rocky.

Un gilipollas aparca a mi lado mientras espero en la parte delantera.

Le echa un vistazo a mi coche y calculo que parece lo bastante imbécil como para hacer un favor por cien pavos.

Su coche es un Ford Escape destartalado con las llantas oxidadas y los flancos destrozados.

Tiene a otro tipo sentado a su lado, con pinta de ser aún más imbécil.

Murmuran algo entre ellos antes de salir del coche.

Bajo la ventanilla y los miro. El aparcamiento está bien iluminado.

Veo que al conductor le falta un diente. Lleva una gorra que dice «Cheetah».

—Oye, qué ruedas más chulas. ¿Dónde te lo pintaron de ese color? Llevo tiempo buscando un pintado así. Este es mi coche de currar. Lo traigo aquí porque no quiero que me roben el bueno en este antro.

—Soy copropietario de una empresa de piezas especializadas para coches.

Los dos se miran y chocan los cinco como un par de maricones.

—¿No me jodas?

El imbécil me tiende la mano.

—Eh, soy Cheetah. No es mi nombre real, pero nadie nota la diferencia.

Le estrecho la mano y me presenta a su amigo, que tiene un nombre olvidable. Ya lo había olvidado antes de terminar el apretón de manos, así que lo interrumpí con mi propuesta.

—Oye, ¿quieres ganarte cien pavos fáciles?

Abren la boca, sacan la lengua y levantan los meñiques y los pulgares en el aire. Como no paren de hacer eso, voy a tener que olvidarme del asunto y partirles la cara a los dos.

—Lo único que tienes que hacer es acercarte al portero, el grandullón de la entrada, no a ninguno de los de dentro, y preguntar si Julia Abbott está ahí esta noche.

—Joder, ¿y cómo coño van a saber eso?

—No te preocupes, lo sabrán. Es pariente de una de las camareras.

—Ooohhhh, conocemos a las camareras de allí.

Cheetah hace un silbido asqueroso.

—Por eso vamos todas las noches. Me he comido tantas tetas en ese sitio.

—Ya me imagino.

Cheetah se pone a la defensiva.

—Eh, oye, no pienso hacer nada hasta que vea la pasta.

Meto la mano en el bolsillo trasero y saco la cartera.

—Aquí tienes cincuenta. Los otros cincuenta cuando hagas lo que te he pedido. Si no lo haces…

Alargo la mano hacia el asiento del copiloto y doy unas palmaditas al bate de béisbol.

—Eh, no hace falta amenazarme, tío. Aquí todos somos colegas —dice Cheetah.

—Joder, vámonos —dice su amigo, agarrando los cincuenta—. Quiero ir a tomarme unas cañas.

Veo a los dos capullos sin huevos caminar hacia la entrada y sonrío. Si Julia se entera de que estoy aquí, vendrá corriendo. Y si no, tengo un plan aún mejor.