Capítulo 21
Colton
Dios. ¿Quiere quedarse a pasar la noche?
Creo que el corazón se me acaba de parar.
Menos mal que no estaba bebiendo agua, porque me habría salido por la nariz.
Tocarla, estar tan cerca de ella, hablar de cosas personales, todo eso...
fue demasiado. Que se quede a dormir, bajo el mismo techo que yo...
oh... Dios. Dijo que se sentía más segura aquí, y la culpa es mía.
Debería haber seguido al tipo fuera del pueblo y haberle dado una paliza en cuanto parara a echar gasolina o a mear.
¿Estoy preparado para que una mujer duerma en mi casa?
Dios, la idea es demasiado tentadora. No puedo.
No estoy preparado. Es demasiado pronto.
Hace apenas unas horas, estaba tumbado en la cama, pensando en Pam otra vez.
Y ahora, aquí estoy con Julia. Guiándola, conociéndola y dejando que ella me conozca.
¿Para qué? ¿Adónde puede llevar esto? A nada bueno.
No puede quedarse. Simplemente... no puede.
Una cosa es ayudar a una mujer en apuros, pero otra muy distinta es involucrarse personalmente con ella.
Pero ¿qué más da si duerme en mi sofá? Bueno, para empezar, veré qué aspecto tiene por la mañana, y no creo que pueda soportarlo.
Ese largo y lustroso cabello castaño extendido a su alrededor como si fuera un querubín.
Un querubín muy sexy, eso sí. Probablemente dormirá solo con su camiseta, o peor, con mis pantalones de chándal y mi camiseta.
Oh Dios, tengo que ajustarme el cinturón solo de pensarlo.
¿Y si me llama por la noche? Como si tuviera una pesadilla o algo así.
La veré, nunca podré sacarme esa imagen de la cabeza.
Igual que no puedo sacarme la imagen de Pam de la cabeza.
Pero quizá eso es lo que necesito. Sacar a Pam de mi cabeza y que entre Julia.
Dios. Estoy tan confundido. Wade se lo estaría pasando en grande ahora mismo si lo supiera.
Pero me mira con tanta inocencia. Ninguna mujer me ha mirado así antes.
Completamente vulnerable, poniendo su seguridad en mis manos.
Parece agotada; como si no hubiera dormido en días.
Quizá no lo ha hecho. Quizá este imbécil ha conseguido que no pueda dejar de pensar en cuál será su próximo movimiento.
El puño se me cierra solo de pensarlo. Quiere aprender a defenderse, y lo decía completamente en serio.
Estaré encantado de enseñarle. Es una lección muy valiosa en la vida, y una que no todo el mundo se molesta en aprender.
Cuando alza la vista esperando una respuesta, noto que en el fondo quiere que diga que no.
Porque no quiere molestar. Siente que ya ha causado suficientes problemas, pero está dividida entre causar más molestias y estar aterrorizada.
Veo que está conteniendo las lágrimas porque tiene ese enrojecimiento bordeando los párpados, como antes, en el coche, cuando me habló por primera vez de este desgraciado.
—Puedes dormir en mi cama. Yo dormiré en el sofá —digo finalmente—.
Llevo tiempo pensando en poner otra cama aquí, pero no he tenido tiempo.
Cuando vienen mis hermanos, normalmente se quedan en un hotel de todos modos; no soportan el olor de los caballos —estoy divagando, avergonzándome aún más—.
Tengo camisetas y pantalones de chándal en los dos primeros cajones; puedes usar lo que quieras.
Solo déjame coger lo que necesito y prepararé el sofá para mí.
—Gracias, Colton. De verdad que te lo agradezco.
Le digo que hay un cepillo de dientes de repuesto debajo del lavabo y corre al baño a usarlo.
Mientras rebusco en mis cajones, encuentro mi camiseta y pantalones de chándal, el par más pequeño, y los dejo en la esquina de la cama para ella.
Cojo mis pantalones cortos y mi camiseta, voy al armario y saco la ropa de cama para preparar el sofá.
A los pocos minutos, la oigo entrar en mi habitación y coger la ropa de la cama.
Cuando oigo que la puerta del baño se cierra de nuevo, sé que está ahí cambiándose.
Oh, Señor... dame fuerzas. El corazón me da volteretas en el pecho pensando que hay una mujer desnuda en mi baño.
Me la imagino cepillándose el suave cabello castaño y poniéndose mi camiseta sobre los pechos desnudos, y tengo que parar.
No voy a pegar ojo esta noche. Imposible.
Sí, duchas frías y películas de terror es lo que me espera hasta el amanecer.
Cinco minutos después entra en el salón, mientras estoy ahí tumbado, envuelto en las mantas, viendo una reposición de Friends.
—Buenas noches, Colton —dice, con mi camiseta blanca y los pantalones de chándal azules puestos—. Gracias de nuevo, por todo.
—No te preocupes. Que duermas bien —digo, haciéndole un saludo desde el sofá.
Intento parecer indiferente, pero en realidad estoy tratando de ocultar la tienda de campaña bajo las sábanas.
No lleva sujetador debajo de la camiseta, y el contorno de los pezones firmes se nota lo suficiente.
No es que estuviera mirando, pero lo noté con el rabillo del ojo.
Aproximadamente una hora después, Netflix me pregunta si sigo ahí, viendo Friends.
Cuando se pausa, oigo un sonido extraño que viene de mi habitación.
Es un ruido amortiguado, un suave sollozo.
Al acercarme a la habitación, me doy cuenta de que Julia ha dejado la puerta abierta, algo que yo siempre hacía de niño cuando tenía una pesadilla o me sentía inseguro.
Las tablas del suelo están bien fijadas, así que mis pasos son silenciosos.
El sonido vuelve cuando estoy a unos metros de la puerta.
—¿Julia? ¿Estás bien?
—Estoy bien.
La «n» de «bien» suena como una «d», así que parece que ha dicho «estoy bied». Entonces me doy cuenta... está llorando.
—Oye, ¿qué pasa? —susurro, entrando un paso, olvidándome de la erección que llevaba una hora aguantando.
—Nada, en realidad.
Enciendo la lámpara de la mesita de noche y me siento en el borde de la cama.
—No me mientas. Vamos, puedes contármelo —le froto la espalda suavemente, ya que está de espaldas a mí, y no sé qué más hacer. No me atrevo a meterme en la cama por el otro lado.
—Colton, de verdad que no quieres saberlo.
—Entonces, ¿por qué he preguntado?
—Porque te he despertado con mis gimoteos —dice con sorna—. Menos mal que Liz ronca como un cerdo y nunca oye nada por la noche.
Dios, ¿hace esto a menudo?
Se me encoge el corazón.
—Oye. Oye, date la vuelta.
—No quiero. Estoy horrible —se tapa la cabeza con las mantas—. Tengo los ojos y la nariz hinchados y rojos. Me cuelgan los mocos de la nariz y los labios los tengo agrietados. No quieres verme.
—Espero que mañana laves mis sábanas.
—No te preocupes. Lo haré —solloza, mientras otra oleada de lágrimas la invade.
—Oye, oye. Era broma. Ven aquí —le aparto las mantas de la cabeza y le empujo el hombro con suavidad, obligándola a ponerse boca arriba.
Tiene razón, su cara está roja como un tomate e hinchada, como si tuviera una gripe horrible.
Pero es el dolor en su rostro, que le viene del corazón, lo que de verdad me remueve por dentro—. ¿Sigues asustada?
—No —solloza. Voy a sacar un pañuelo de la caja que suelo tener en la mesita de noche, pero me doy cuenta de que no está.
De pronto, ella saca la caja de debajo de las mantas y coge un pañuelo.
Se seca los ojos y se suena la nariz mientras le froto el brazo, esperando a que se calme.
Su piel es tan suave que me estremezco—. Me siento mal.
—¿Te sientes mal? ¿Por qué?
—Porque soy un desastre. Un desastre indefenso y necesitado. Justo la persona que no quería ser. Y... bueno, da igual.
Me inclino sobre ella para acercarme a su cara y aprieto los labios.
Deslizo el brazo hacia abajo hasta rodearla con él—.
No eres nada de eso. Eres una chica valiente que ha pasado por un mal momento con un auténtico imbécil, y has salido adelante como has podido.
Te fuiste en cuanto tuviste la primera oportunidad, y ahora estás haciendo todo lo posible por pasar página —hago una pausa, observando cómo asimila mis palabras—. ¿Qué era eso de «da igual»?
—No quiero hablar de ello.
—Bueno, ¿por qué no? Hemos hablado de todo lo demás esta noche.
—No es apropiado.
Frunzo el ceño—. Vale. —¿Ha pasado algo vergonzoso, como que le ha venido la regla? ¿Ha tenido un accidente?
—¿Tengo que lavar las sábanas ahora?
—No, nada de eso —se seca la cara de nuevo. El enrojecimiento empieza a desvanecerse a medida que se calma.
—Bueno, ¿entonces qué?
Se lame los labios, ganando tiempo para pensar. Se nota que quiere elegir bien sus palabras—. Tengo la sensación de que las cosas entre Pam y tú todavía están en el aire —hace una pausa—. No querría que ella pensara que me estoy interponiendo entre vosotros.
Dios, ¿es tan obvio? ¿Tanto se me notaba lo que sentía por Pam?
—No, cariño. Lo de Pam y yo se acabó. Se fue hace más de dos años y nunca miró atrás.
—Lo entiendo. Pero...
Se queda callada.
—¿Pero qué?
Entonces dice cuatro palabras que nunca antes me habían dicho, y me impactan como un trueno.
—¿La has superado?
Miro a esta mujer preciosa, valiente e inteligente tumbada en mi cama y me pregunto: si Pam estuviera aquí ahora mismo, ¿a quién elegiría?
Le acaricio la mejilla, la miro a los ojos y respondo con sinceridad—. Desde hace mucho tiempo, sí. Solo que no lo supe hasta que me lo preguntaste.