Capítulo 20
Julia
Vaya. Acabo de compartir más sobre mi vida con Colton de lo que he compartido con nadie en mucho tiempo.
Quizá sea el whisky o esta estúpida vulnerabilidad, pero acabo de contarle lo de John, algo que prometí no compartir con nadie más que con Mary y mi hermana.
Dios, ¿Colton estuvo casado? Eso es una locura.
Bueno, no es realmente una locura, sino más bien alucinante.
Es inteligente, sexy, guapísimo, y parece ser ese tipo de hombre profundo pero sencillo y a la vez complicado que mantiene las distancias.
¿Solo le interesa lo que pasó con John para averiguar dónde está y darle una paliza?
Sé que Colton está cabreado porque apareció por el rancho haciéndose pasar por otro, así que quizá solo esté marcando territorio.
¿Quién puede culparlo? Este rancho es precioso, y ha trabajado duro para conseguirlo.
Ahora me tiene de pie en medio de su salón, mientras mueve los muebles. Para qué, ni idea, pero da igual. El efecto del whisky se me está pasando y estoy muerta de cansancio, pero tengo tanta curiosidad por saber qué trama que me quedo aquí plantada con la boca medio abierta.
—Quítate los calcetines —dice Colton mientras hace lo mismo.
—¿Por qué?
Me guiña un ojo.
—Es una orden.
Le sigo el juego y me quito los calcetines. Pero no sin olerlos primero.
Colton se queda mirándome atónito.
—¿Acabas de... oler tus calcetines?
—Bueno... sí. ¿Nunca lo has hecho?
Se ríe.
—Supongo que no.
—Cuando estás en casa de un tío y te dice que te quites los calcetines... primero los compruebas. Es una regla que tengo.
—¿Y? —dice, apartando la mesa de centro un poco más del sofá.
—¿Y qué?
—Bueno, ¿olían?
Tengo la cara roja como un tomate. No puedo mirarlo. Respondo mirando al techo, haciéndome la terca.
—No.
—Bien. ¿Estás lista? —se coloca a mi lado con los pulgares enganchados en las trabillas de los vaqueros.
Hay un círculo despejado en el centro del salón.
Incluso ha movido la alfombra que estaba debajo de la mesa de centro.
El sofá está pegado a la pared de la ventana, dejando espacio de sobra para hacer ejercicio o bailar sin peligro.
—¿Qué vamos a hacer?
—Vale, agárrame por detrás, como si fueras a quitarme el sombrero o algo así. Actuaré como si no me lo esperara.
Me río.
—¿Hablas en serio? ¿Para qué haces esto?
—Muy en serio. Ya tuviste agallas para darle un puñetazo a ese tal John, ¿verdad?
Me encojo de hombros y respondo que sí.
—Entonces tienes lo que hace falta aquí dentro para defenderte —se golpea el pecho para enfatizar—. Ahora solo necesitas aprender los movimientos para saber qué hacer después. Por si alguna vez viniera a por ti.
—¿Y tú vas a enseñarme? ¿En serio?
—¿Por qué no? No vas a dejar que un desgraciado te mangonee, ¿verdad?
—No.
—Pues entonces. Atácame por detrás y te enseño lo que haría.
—Ahí lo tienes. Esto es lo que haces si alguien te ataca por detrás. ¿Quieres probarlo?
Colton da unos pasos hacia la ventana. Por suerte, las cortinas están echadas.
Me acerco por detrás y le agarro un puñado de pelo.
Al instante, me coge el brazo a ciegas, me sujeta la muñeca y la gira de modo que mi cuerpo no tiene más remedio que seguir.
Con la otra mano me sujeta suavemente la cabeza mientras se da la vuelta y me lleva despacio hasta el suelo.
Nos quedamos cara a cara en el suelo un instante.
No me había dado cuenta de lo azules que tiene los ojos.
Casi brillan en la oscuridad. Y esas pestañas interminables...
Algo sin aliento, habla en un susurro que resulta increíblemente sexy.
Parece una conversación íntima de madrugada, y por un segundo me imagino así con él, cara a cara, en la cama.
Sacudo la cabeza para salir de mi ensoñación.
—Claro. Pero no soy tan fuerte como tú. ¿Cómo va a funcionar esto?
Me ayuda a levantarme.
—Julia, cuando entré en el ejército tenía diecisiete años. Era un renacuajo flaco y tan patoso que tropezaba con mis propios malditos pies. En combate aprendes rápido que el tamaño no importa. Lo que cuenta son los movimientos y la velocidad.
—Vale. Vamos.
—Camina como hice yo, y te voy a agarrar del pelo. Te iré guiando.
Repite lo que hice hace un momento y luego me enseña cómo agarrar, girar en el ángulo exacto y tirarlo al suelo.
—¡Dios mío! ¡Lo conseguí! —chillo.
—Ahora solo tienes que practicar. Y la clave es estar preparada. Siempre preparada para un ataque. Ser consciente de lo que pasa a tu alrededor en todo momento. Saber dónde están las salidas y dónde puede esconderse alguien, para no quedarte expuesta —sonríe—. Venga. Te enseño algunos más.
El siguiente que me enseña es algo que llama «Pelar un plátano». Cuando lo dice, pongo cara rara.
—¿Qué demonios?
—Te lo enseño. Ponte frente a mí y agárrame el brazo.
Hago lo que dice, y me aparta la mano con el brazo contrario, doblándome el dedo hacia atrás hasta que no me queda más remedio que caer al suelo.
—¡Joder, Colton! ¡Esto es genial! ¡Enséñame a hacerlo!
—Este es el más fácil. Lo aprendí de un tío que es cinturón negro en kárate.
Se me ocurre algo. —Oye, ¿usas mucho esto en Mingles?
Asiente con énfasis. —Mucho. No viste nada la noche que trabajaste porque estuvo tranquilo hasta que te fuiste. Aunque te perdiste un par de buenos momentos.
—¿Y a veces tienes que noquear a alguno?
Se encoge de hombros. —Intento evitarlo, pero sí, sobre todo si llevan un arma que pasa el detector de metales.
Hacemos una pausa. Él empuja el sofá a su sitio y yo deslizo la alfombra. Entre los dos cogemos la mesa de centro y la colocamos de nuevo frente al sofá. —Te enseñaré a hacer todos estos movimientos y más, y te ayudaré a practicar si quieres.
—Eres muy amable, Colton.
Estudio su rostro. Mira por un hueco de la cortina que se abrió al mover el sofá. —¿Por qué quieres ayudarme tanto? ¿Qué sacas tú de esto?
—No lo sé. Supongo que lo de mantener la paz lo llevo en la sangre. Por eso me alisté, y por eso trabajo en Mingles.
—¿Y qué pasa con Wade?
—¿Qué pasa con Wade?
—Bueno, ¿le pegaban mucho? ¿Por eso trabajas allí también?
—Es más de hacerle de niñera que de guardaespaldas.
Apuro el vaso de agua que me dio Colton antes. —¿Se mete en líos?
Colton se levanta y va a la nevera, llevándose mi vaso vacío. Lo oigo rellenar el vaso. Cuando vuelve, trae uno para él también. —Es más que nada porque toma malas decisiones. Es mi hermano pequeño. Mi trabajo es mantenerlo a raya.
—¿Tienes hermanos mayores?
—Sí. Tres. Jack, Garrett y Dalton. Wade y yo somos los pequeños.
—Vaya, ¿cinco chicos?
—Sí. Aunque Wade fue una sorpresa. Eso lo sé seguro.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno, no hace falta ser un genio cuando solo hay un año de diferencia entre cada uno de nosotros, salvo que entre Wade y yo hay cinco.
Se ríe. —Wade no fue planeado, eso seguro.
—Tu madre estuvo ocupada.
—Ni idea. Dejó a mi padre cuando Wade era un bebé. Aunque creo que ya te lo he mencionado. Tus padres también están separados, ¿no?
—Sí.
Nos quedamos en silencio un momento. —Debería llevarte a casa —dice Colton—. Es muy tarde.
Mira su reloj. Miro el mío. Son casi las dos de la madrugada.
—¿Colton?
—¿Sí?
—¿Puedo quedarme a dormir?